Casi desde que tengo uso de razón mi madre ha insistido en hablarme de las bondades de la moderación a la hora de expresarse, y motivos tenía para ello pues lo cierto es que, siendo yo más joven, a menudo la exaltación me ganaba logrando enlodar mis razonamientos hasta hacerlos ininteligibles –si saben lo qué les digo entenderán cuán frustrante resultaba-. Afortunadamente el tiempo y la determinación lo pueden prácticamente todo y hoy soy capaz decir que he conseguido ser moderadamente moderado en el uso de la palabra ¿Por qué hago esta introducción? Honestamente les digo que es para auto convencerme de que no debo salirme del camino que me marcó mi señora madre por mucho que me apetezca.
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Si en estas líneas les hablara de lo peligroso que es llevar a las gentes la idea de que el inmigrante es poco menos que un invasor que hurta a los patrios servicios y privilegios, si hablara de la necesidad de tender puentes de entendimiento entre las distintas culturas que ya cohabitan en este país, si les hablara de la injusticia que resulta de mal juzgar a una determinada persona por su procedencia o por su color de piel… si les hablara de todo eso no haría más que repetir los argumentos que ya han sido dichos en multitud de ocasiones por personas mucho más preparadas, sabías y brillantes que yo, de modo que les contaré otra cosa.
Negar que en España existe una masa social importante que recela del de fuera es no querer ver la realidad. Se insiste desde los medios de comunicación y los distintos estamentos públicos en la idea de que el español es un ser especial que debido a su nacionalidad es incapaz de odiar al distinto. Espero que entiendan que esa afirmación es una gran falacia, y espero que lo entiendan porque el segundo partido político más importante de este país ya lo ha hecho y está más que dispuesto a exprimir esta realidad para convertirla en votos. En política no existen las casualidades, no hay otra profesión en la que se midan más las palabras, los gestos y los tiempos. Estamos en la precampaña de las que serán a priori unas reñidísimas elecciones nacionales, los dirigentes de los dos partidos con posibilidades de gobernar saben exactamente qué es lo que deben decir, cuándo y cómo porque se juegan todo en ello. Cuando el "Señor" –si, si, entre comillas- Arias Cañete viene a decir que los inmigrantes no son capaces ni de poner bien un cortado, que están escasamente cualificados y que son los culpables del colapso de nuestra sanidad pública está mandando un mensaje luminoso a los votantes de la extrema derecha, les está diciendo: "no tiréis vuestro voto dándoselo a un partido que no conseguirá representación parlamentaria, votad al PP". Bien, pedir el voto en precampaña es normal, el Partido Popular está en su derecho de hacerlo. Incluso entiendo que se juegue al despiste para no asustar a los votantes más moderados y que, en un movimiento perfectamente planeado, horas después aparezca Mariano Rajoy diciendo muy bajito y con la boca muy pequeña que las declaraciones de su secretario ejecutivo de Economía y Empleo son inofensivas y no merecen comentario, pero… aquí es donde viene el gran pero.
Sabemos que todo vale para arañar unos escaños, se ha utilizado sin pudor a ETA, a las víctimas del terrorismo, a los muertos en carretera, a la violencia de género; se han inventado justificaciones inverosímiles para disculpar las palabras meridianamente homófobas de Dimas Cuevas –ya saben, el de las tortillas en las bodas de lesbianas, ¡qué ingenio Dios mío!-, pero quizá acabamos de pasar al siguiente nivel de bajeza moral. Según las palabras de Arias Cañete una mujer ecuatoriana que se palpe un bulto sospechoso en el pecho debe obviarlo no vaya a ser que presentándose en un centro médico haga que usted o yo tardemos diez minutos más en ser atendidos –digo usted o yo porque no creo que Arias Cañete haya pisado una sala de Urgencias de la sanidad pública en su vida-.
Rajoy habla de hacer firmar a nuestros vecinos un contrato con validez jurídica que les obligue a comportarse como personas civilizadas porque, según él presume, de no firmarse estos bárbaros mutilarán los genitales de sus hijas. Sé que mi opinión no vale nada, pero estoy absolutamente convencido de que obligar a los inmigrantes a firmar ese contrato no va a servir más que para recordarles que les soportamos porque son necesarios, pero que no les queremos aquí. El mensaje es brutalmente sencillo: "Si no encuentras trabajo en el tiempo que yo te digo, te echo. Si no aprendes mi idioma en los plazos que yo considero, te echo. Si conduces con una tasa de alcohol en sangre superior a la permitida y te pillo, te echo". No sé a ustedes, pero a mi me suena a presunción de culpabilidad. Lo que no quiere ver el Partido Popular, porque no le importa, es que el inmigrante no es un concepto, no es una chacha, ni un camarero incompetente, es una persona que se relaciona y que vive. El candidato del PP a la presidencia del Gobierno dice que los que lleguen tendrán los mismo deberes y obligaciones que los nacionales, muy bien, como yo también sé ser contradictorio diré dos cosas: Una, esa afirmación es absurda por obvia, ¿o puede a caso un político salir en los medios de comunicación diciendo que promulgará leyes de desigualdad entre personas?. Y dos: Lo que dice es simplemente mentira, todos tenemos derecho a no vivir bajo amenaza y supervisión constante… todos menos los inmigrantes
El ministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba dice que las palabras de Arias Cañete tienen un cierto tufo xenófobo, él es de la quinta de mi madre por lo que intuyo que también fue criado con la idea de que la moderación en las declaraciones es una virtud, pero, como vivir en una democracia es algo maravilloso, me voy a permitir el lujo de corregir a todo un ministro. Las palabras del secretario ejecutivo de Economía y Empleo del Partido Popular son abiertamente xenófobas. No esperemos a que se quemen cruces en la puerta de la casa de nadie para llamar las cosas por su nombre.