un pájaro cantor habitaba un bosque donde las sombras eran murmullo del río y las manchas de luz
tersgiversaban pensamientos. a orillas de ningún lado, al pajarillo jugueteaba ensortijando encantamientos sin pensarlos mucho y atrapando al vuelo las notas que no piaba.
una noche, el pájaro
fue muerto por una flecha traicionera que con las manos alrededor de su cuello, exterminó sus últimas sílabas en un bisbiseo tristón.
la noche siguiente, el pájaro
fue visto por quienes no tenían ojos arrastrado por el río, sollozando unos cuantos recuerdos y reapareciendo siempre seco; la flecha, que tenía su arco sobre el río, flotaba sobre él para mostrarle que su vida valía nada o poco menos, y que la suerte que le había tocado merecía ser peor, pero su destino arrastraba los pies
cansinamente para prolongar el cautiverio sin vida.
el pájaro amaba a la flecha aunque ésta no había hecho música nunca, sino cuando existía aún muy lejos del pajarillo, y éso a él no le constaba pero creía en sus ojos (en los suyos propios, no los de ella) y lo aceptaba como cierto. por eso su tormento era
infinitamente más desesperante cuando la flecha, amor de sus vidas, lo acuciaba sin que él tuviera oportunidad, y si una mediana felicidad nacía de contemplarla, éso sólo facilitaba que el quebranto de su pobre corazón alcanzara cada vez una profundidad mayor y el pichón suspirara, mitad para ablandar a su amada, mitad porque la amargura era demasiada para contenerla.
un día, mientras el
pajarín daba vueltas en un remolino sin poder salir (seguía muerto), resolvió que amor no valía tanto para muerte sufrirla toda, y quinientos años más en lunas desesperanza.
la flecha cumplía años por ése entonces, y celebraba con un desconcierto de repugnantes personajes sin el pichón: sintió sólo un
alfilerito aguijando su perdido corazón, un poquito de amor olvidado, una nada de bruma en su recuerdo, una
briznita de culpa en su alma; algo insignificante en medio de su orgía de cumpleaños,
olvidable al fin y al cabo; nada que tener en cuenta si debía aún atender a tantos y tantas meretrices en su día tan feliz.
lo que pasó luego al pajarillo no se sabe, pero el río tenía fama de ser interminable, y su amor parecía gastarse tan lentamente como caen los años en el recuerdo.