Se asoma la luna a mi cama, me asomo yo por la ventana para ver si la veo más, para ver si me ve un poco y saca su luz de mis sábanas. Tengo la boca vacía y no me entiende; no escucha que no puedo decirle que no puedo verla porque tengo los ojos llenos. Llenos del mar que no mojó mi cuerpo, llenos de tierra que se metió en mis zapatos; pero no tengo ni pies ni nada dentro del cuerpo. Tengo y no tengo la sonrisa que guardé, ésa que era de un tipo que tenía al menos setenta sonrisas distintas; yo las conté al principio, pero perdí la cuenta cuando empecé a contar las sonrisas en mi boca que provocaban las sonrisas en la suya, y las sonrisas de su boca que respondían a las sonrisas en la mía, y se hicieron bolas los números, y todos parecían seises o nueves o ceros, y no supe cómo eran al principio, y mucho menos cómo debían ser al final.
Tengo y no tengo un rincón que alguien me robó pero olvidó llevarse, es un pedazo de piel pequeño, que se hunde a veces. No sé bien qué forma tiene, ni dónde termina o comienza, pero una vez creí que era casi triangular, y que lo estaba cambiando por un trozo de la piel de otro que quería robarme y que me dijeron que podía robar pero que nunca pude llevarme. Entonces no sé si tengo mi piel o la de otro, si fui ladrona o asaltada, pero hoy tengo el cuerpo vacío. Mis tripas no son mías, son de la solitaria que solita las ha habitado, comido, vomitado y que rehusó abandonarme pese a todos los reclamos de mi madre; ella sabe que la quiero aunque tenga una parte de mí que me resulta de tal importancia, por eso nos llevamos bien, y yo la cuido con cenas grasientas y papas por las mañanas y ella me devuelve el favor tragándose a todos los que quieren invadirla para quedarse otra vez solita.
Tengo y no tengo las manos, tengo y no tengo la lengua. Ésta me la comí un día que me cansé de decir sin que nunca mis orejas le reclamaran; aquellas se fueron desbaratando, como las migajas que se dejan en el camino para que alguien nos encuentre. Y nadie me encontró. Pero la luna se asomó por la ventana, y yo me asomé a la ventana, y nos miramos sin entendernos y sin querernos. Ahora, como ha pasado otras veces, con otra gente, la voy a dejar si no quiere salirse de mi cama, al fin nada tengo ya que pueda robarme.
Mercedes Alvarado, 2008
*Versión en borrador