Un gajito de flores del jardín de Sandra Corizzo
Diego Colomba
Durante las noches del 24 y 25 de septiembre, el escenario del Teatro Príncipe de Asturias del CCPE/AECI congregó a público, técnicos y músicos en una experiencia atípica: la compositora e intérprete Sandra Corizzo grabó el material de su próximo disco bajo la modalidad "fila 0".
Desde hace al menos un década, es notoria la presencia de Sandra Corizzo en el panorama musical rosarino. Sus frecuentes perfomances en el circuito local han dado cuenta de su versatilidad como cantante, guitarrista y pianista, cada vez que se presentó como solista o acompañó a músicos de la talla de Juan Carlos Baglietto, Leo Maslíah, Litto Nebbia, Lito Vitale o Luis Salinas. Como compositora, cuenta con trabajos instrumentales y un nutrido repertorio de canciones, al que han acudido algunas figuras del pop nacional.
A doce años de la edición de Vidas imaginarias, su primer trabajo discográfico, Corizzo se propuso la grabación de un CD en vivo, con temas propios y ajenos, que tal vez registre uno de los momentos más intensos de su carrera.
Como en un bar, pero distinto
Los primeros espectadores que subieron al escenario, programa en mano, evidenciaron cierta sorpresa, a pesar de las risitas sofocadas y los comentarios "entre nos" que intentaban disimularla.
Las plateas de la sala permanecían a oscuras, mientras los recién llegados invadían "el lugar" de los artistas. Tres o cuatro filas de asientos móviles contorneaban un pequeño centro en el que aguardaban los instrumentos, bajo una luz tenue. Un piano, de perfil a las gradas inutilizadas de la sala, aguardaba a pocos pasos de la batería. A ambos lados, dos pequeños amplificadores se enfrentaban: uno para el bajo y otro para la guitarra. En sombras, apenas se insinuaban los micrófonos del coro. Cuatros bocinas, dispuestas en los cuatros ángulos del escenario, apuntaban hacia su centro, como si se tratara de un home theatre a gran escala. Mientras los operadores de sonido y grabación trabajaban inclinados sobre sus consolas, en la base de esa especie de semicírculo, de cara al público, los recién llegados recorrían con lentitud el escenario, intentado acomodarse a ese nuevo espacio de espectación que se les ofrecía. Pero calcular dónde se hallaba el mejor lugar de escucha no era una tarea fácil. Por ejemplo, quien se sentara junto a la batería, no escucharía lo mismo que quien lo hiciera junto a la guitarra. Todo esto se traducía en cierta cavilación a la hora de elegir asiento o en súbitos cambios de posición. Como si los organizadores del evento se hubieran propuesto desacomodarle el oído y la postura al escucha. Y algo de eso había: de un modo sonoro es como las personas, si le seguimos creyendo a Barthes, suelen apropiarse de los espacios. Los ruidos familiares componen una suerte de sinfonía doméstica sobre la que se yergue la escucha, que es una operación selectiva, en busca de una presencia amenazante o de la satisfacción de un deseo. Un espacio trastocado inquieta, entonces, a la vez que aguza el oído.
Al tiempo que todo esto ocurría, un señor mayor le explicaba a una pareja cercana: "esto lo vi en algunos videos de esos recitales que Dave Brubeck hacía con su cuarteto en las universidades norteamericanas, en los años cincuenta o sesenta… todos los músicos cerca con la gente alrededor". "Yo no lo vi nunca. Es como estar en un bar, pero distinto", reflexionaba la más joven del grupo.
Lo que para músicos y espectadores resultaba una novedosa experiencia espectatorial, constituía un verdadero desafío técnico para los operadores Ariel Migliorelli y Manuel Cerrudo: debían asegurarse de que los músicos se oyeran, que la gente captara el conjunto sonoro en vivo, que esos mismos sonidos se registraran con calidad para la elaboración de un disco. Con una sobria puesta de luces, el "negro" Agudo creaba una atmósfera intimista, al tiempo que se cuidaba de cuestiones más prosaicas como la de que las luces no hicieran ruidos que interfirieran en la grabación.
En camarines, mientras tanto, aguardaban algunos de los músicos con los que Sandra había compartido escenario durante los últimos dos años y medio.
La utopía de la infancia
Cuando el casi centenar de personas estaba dispuesto en sus asientos, los sonidos de un piano grabado acompañaron algunas estrofas de "Las alas del deseo", del poeta austríaco Peter Handke: "Cuando el niño era niño/ andaba con los brazos colgando/ quería que el arroyo fuera un río/ que el río fuera un torrente/ y que este charco fuera el mar (...) Cuando el niño era niño lanzó un/ palo como una lanza contra el/ árbol,/ y hoy vibra ahí todavía."
Con los últimos versos resonando aún en el silencio expectante de la sala, Sandra apareció en el círculo de luz del piano y ejecutó "Mi jardín", tema que da nombre a su show, y religa la experiencia infantil, singular, íntima y lejana al mismo tiempo, que sólo en ciertos momentos "de gracia" es posible recrear y compartir, con la experiencia musical, lúdica, imaginativa y auténtica. Apelaba de este modo a ciertas mitologías de la infancia, ya centenarias, que en nuestro país, durante la década del sesenta, cobraron fuerza al punto de nutrir algunas literaturas, el cancionero infantil, el imaginario de los padres modernos, inclusive las primeras canciones de rock. Hoy tal vez no gocen de tal poder de impregnación -parecen más bien reducidas a los géneros infantiles-, pero sin duda siguen siendo productivas como todas las mitologías, y en el caso de Sandra parecen conservar su potencial genésico.
La llegada de "Es verdad" y "Lisa en el país", acompañadas por su guitarra acústica, harían pensar en el arte lento y persistente de cultivar un jardín, siempre diferente, fluctuante, íntimo, pero que se abre a los otros. "Voy por el tercer tema y no se me pasan los nervios", confesó Sandra a los presentes. Y no era para menos. El proyecto de grabación preveía pocos retoques en estudio, pues "se proponía ser lo más fiel posible a la energía propia e irremplazable de esa actuación", que sin duda no dejaba de discurrir por el cuerpo de Sandra, que soportaba el mayor peso del espectáculo.
Entonces comenzó un diálogo con el público, que se iría expandiendo con la creciente intensidad emotiva del show. La versión del clásico "Staying alive" con el coro del público, ensayado varias veces antes de que se ejecutara la versión completa, hizo comprender de alguna manera a qué respondía la inusual estructura de la propuesta, con ciertos ecos del music-hall y una idea teatral de la música. Con ese cuarto tema, un espacio sutilmente respetuoso del silencio y de los matices e intensidades sonoras, comenzó a congregar a los músicos que de al menos dos años a esta parte han participado de los diferentes "Mi jardín". La idea de la grabación había surgido como un intento por capturar "una instantánea de ese diálogo musical", asumiendo la alta cuota de azar e imprevisto que ello implicaría.
Marcelo Stenta en guitarra, junto con Gabriela Sinagra y Adelaida Gamboa en voces, se sumaron a Sandra para interpretar "Los cuentos de Helena". Luego lo harían los excelentes Julio Fioretti en bajo y Javier Allende en batería, responsables de una sólida base rítmica que aumentaría el voltaje anímico del show. La versión de "Bancáte ese defecto" de Charly García dio cuenta del modo en que Corizzo sabe apropiarse de algunos clásicos del cancionero popular para dotarlos de su propia coloración. Para confirmarlo, la banda a pleno ejecutó una versión de un tema de Madonna, "Beautifull stranger", que Sandra invitó a "descubrir" en su particular reelaboración. Después de varios covers, se hacía evidente su lógica transpositiva: un alejamiento de los lugares comunes de la canción que permite desarrollar rítmica o armónicamente sus posibilidades inadvertidas o inexploradas.
Otro de los temas marcados en la memoria auditiva del público, el rollingstonesco "(I can't get no) Satisfaction", sería interpretado por Sandra en piano, según lo indicaba la ficha técnica. Pero más atenta al clima afectivo que se respiraba en el lugar, la cantante invitó a Fioretti y Allende a que la acompañasen, les pasó la secuencia de acordes y arrancó con las primeras notas. Los aplausos del público se hicieron cada vez más prolongados.
Tras una versión jazzeada del clásico de los Beatles "Can´t buy me love", arreglada y ejecutada por el guitarrista Gustavo Marozzi, el público participó en la elaboración de un paisaje sonoro con ruidos de motores, carcajadas, bocinazos, canciones brasileñas tarareadas, para acompañar el tema "Foto de carnaval". La proximidad de los cuerpos en escena parecía propiciar el diálogo, la aparición del humor, la improvisación, el juego, lo aleatorio; pequeños acontecimientos que se sucedían para responder a ese "escúchame" velado que todo espectador dirige hacia el artista.
Antes de hacer una melodía en una escolar melódica, para la introducción de "Puras mentiras", con ritmo de bossa y aires tangueros, Sandra aclaró "que iba a cantar una mentira, o una verdad" de otro de sus yoes, y entonó minutos más tarde: "Benditas tus blancas mentiras, mi vida/ que quiero volver a creer".
Una breve anécdota prologó el siguiente tema: Gerardo Rossin había compuesto letra y música para una canción de cuna, que la inspiración de Corizzo transfiguró en un candombe. Así nació "Supersueños". "Pueden hacer el típico ritmo de candombe con la boca, pla pla pla/ pla pla, pero en sordina, que es una canción de cuna", aclaró antes de regalar las primeras estrofas: "Pasó Superman/ y me preguntó/ de dónde sacabas tanta fuerza/ después Acuaman/ a él le conté/ que yo toqué el agua que te vio nacer./ Colgado otra vez/ igual que papá/ el hombre araña dejó un saludo/ y el hombre invisible/ no quiso ni entrar/ sabe que tus ojos todo lo ven/ No es cuento, no/ ni fábula de media noche/ super sueños te daré/ no es cuento, no/ te juro que lo intento/ pero a veces sé que los sueños te cuidan mejor/ que yo." Mientras tanto, Javier Allende, sentado en el piso, hacía percusión con una regadera.
Los finales "Extraña rareza", "Calles" de Rubén Rada y "Oración de la luna nueva", siguieron alimentando con ritmos de bossa, rock y balada el eclecticismo sonoro del "Mi jardín" sabatino.
La noche siguiente se repetiría la seguidilla de canciones y músicos, con algunos nuevos invitados. La adolescente Valentina Bearzotti cantó a dúo con Sandra una versión castellanizada de un tema de Abba, que finaliza con unos versos de "Que ves el cielo" del flaco Spinetta. Jorge Fandermole recreó la bella melodía de "Diamante", de su disco Pequeños mundos, permitiendo que la amplia tesitura vocal de Sandra se expandiera sobre los glissandos de guitarra con slide de Stenta. Guillermo Rizzoto acompañó con su "batería vocal", una insólita manifestación de la rica expresividad audible del propio cuerpo, un popurrí de canciones de James Brown; luego ejecutó la guitarra en "Cielo de ti", una sentida versión de Spinetta, que puso en evidencia la multiplicidad de registros a los que la voz de Sandra puede apelar.
Un mensaje
Los músicos se abrazaban, tras saludar ritualmente frente a las cámaras que, bajo la dirección de Pablo Rodriguez Jáuregui, filmaban el concierto. Seguramente, disco y DVD intentarán en vano capturar la energía del vivo –los efectos que los cuerpos de los músicos produjeron en los cuerpos de los espectadores-, que paradójicamente, en una cultura de lo evidente, discurre siempre como lo no representable: sólo deja rastros de entonaciones, miradas y gestos contenidos que deberán ser objeto de una pesquisa. En fin, tal vez sirvan de ayuda memoria de lo que son los shows de Corizzo.
Mientras algunos espectadores se resistían a dejar el escenario, los primeros que abandonaban las instalaciones del CCPA/AECI se detenían frente a las cartulinas dispuestas para anotar impresiones sobre el show. Una mujer pidió a sus acompañantes que aguardaran un momento.
De pie, inclinada sobre una mesa, escribió con letra trémula: "Sandra: en tu jardín, pasáme un gajito de flores".