Status: Single
State: Distrito Federal
Country: MX
Signup Date: 3/27/2007
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Friday, December 18, 2009
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Current mood:  lethargic


PARQUE VÍA
armando vega-gil
En esa casona
abandonada vive un fantasma. No se trata de un alma en pena ni va regando
trozos de sí a lo largo de su camino, porque este ser unidimensional y
entrañable está empapado de un estado de serenidad excepcional, es un espectro
de carne y huesos que recorre los pasillos y salones deshabitados de la mansión
con paso suave, ¿inexistente?, pero con la firmeza de quien los ha andado
durante treinta años, bamboleando el cuerpo antiguo con el ritmo de quien sabe
que allí el tiempo no es una urgencia ni una persecución ni un dictamen. El
fantasma es un velador con el rostro endurecido, un cuidador olvidado por los
demás, pero que mantiene un rastro final de aliento en las paredes, a través de
las ventanas que limpia y pule para que nadie mire a través de ellas. Si la
casa tiene algo de humano, se debe a él, y sin embargo sobre ésta pesa una
densidad incómoda. Él es Nolberto, Beto, y tal parece que allí no ocurre nada,
pero eso que nada ocurre es la vida misma: una repetición sin hastío ni fatiga
de los quehaceres que esa casa necesita para estar limpia, presentable, cuando
un futuro comprador la visite e improbablemente se enamore de ella y decida
fincar su futuro allí. Pero nadie se queda. Todos se van, excepto Beto, quien
seguirá levantándose día tras día a las siete de la mañana, cortará el césped,
y lavará esa tina exuberante, barrerá las hojas que en verano caen puntuales
como una lluvia amarillenta, y esperará a que su patrona le llame por teléfono
para pedirle que de nuevo barra los escalones alfombrados de la escalera y
trapee los pisos hasta dejarlos seductoramente limpio.
Pero Nolberto,
Beto, está que se truena los dedos de las manos, deseando profunda,
nerviosamente que nadie decida comprar, porque él no quiere otra cosa de la
vida más que estar hundido en esa soledad tibia y monótona, esa soledad que de
pronto es asaltada por la ternura de una mujer, siempre la misma mujer, su
cabello ensortijado y ese rostro que mira sin ver a los clientes que en el
antro crepuscular de la colonia Doctores le dan una ficha a cambio de bailar
una pieza aburrida y cursi, pero en cambio ella si mira a los ojos a Nolberto,
Beto, y conversa con él, lo abrazo y ama a cambio de unas monedas, siempre las
misma monedas, siempre el mismo saludo cuando ella llega por las noches en el
mismo taxi manejado por el mismo chofer una vez a la semana. Una vez a la
semana. Y ella un día le pregunta, oye Beto, porque siempre hacemos el amor en
tu cuarto de azotea teniendo para nosotros solo esta casa enorme y lujosa, y él
no responde, no hay respuesta: esa casa no es suya, es un reino vacío que
pertenece a su patrona, lo único que es de Nolberto es la soledad entrañable y
sin exabruptos que implica su confinamiento. Porque la soledad es como el
colesterol: hay soledad buena y soledad mala; una mata, endurece y tapona las
venas, la otra es necesaria para sostener la lucidez del alma.
En su ópera
prima Parque Vía, Enrique Rivero
examina con cuidado minucioso el paisaje cotidiano de Nolberto, Beto, un
velador que en la vida real (pero, ¿cuál es la realidad, cuál la ficción?) ha
cuidado durante treinta años una mansión desierta, en una descripción que es
más un documental pausado, un registro libre, porque no, no corre prisa: el
tiempo está allí interminable, detenido.
Pero entonces
ocurre la catástrofe, la minúscula catástrofe domésitica, y uno se pregunta,
¿qué ocurrirá cuando alguien llegue y, efectivamente, compre la casona de
Parque Vía?
Y junto con
Nolberto, nos asomamos al mundo tenso, confuso, hostil y sobre poblando que lo
espera más allá de las paredes de la casa, ese mundo del que él sabe tan poco,
apenas las noticias catastrofistas que la televisión vomita a diario, las
noticias de periódicos viejos que ya nadie lee porque el tiempo de Nolberto es
otro y transcurre sin transcurrir, y junto con Nolberto nos llenamos de
zozobra. El documental se vuelve ficción (pero, ¿dónde termina la ficción para
dar paso a la realidad con sus comienzos perpetuos?) y Beto tiene que dejar su
sereno estado de fantasma de casona y es expulsado de su pequeño paraíso. ¿Qué
será de él? Pero el ya lo sabe, hay soledad buena y soledad mala, y ha de
decidirse continuar su confinamiento en otro paraíso, esta vez infierno, donde
estar consigo mismo sea la única realidad plausible. El fantasma frente a sí
mismo.
Parque Vía (México, 2008). Dir. Enrique Rivero. Con
Nolberto Coria y Nancy Orozco.
....
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Wednesday, December 16, 2009
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Current mood:  thoughtful

8 DVDs
PARA LA PRIMERA DÉCADA DEL MILENIO
armando vega-gil

1) Expiación, deseo y pecado (GB, 2008). Dir. Joe Right. Con Keira Knightey y
James McAvoy
A esta pequeña
le arden los dedos, necesita escribir, debe escribir, su mundo se desdobla en
ensoñaciones que brotan de la propia realidad como revelaciones que estallan de
erotismo. Por ello esta niña inventa, reinventa y miente: el oficio de los
escritores es mentir, manipular los hechos, retratar con descaro miserable las
aventuras de nuestros semejantes. Esta niña ya no sabe qué es verdad, pero sí
qué no es mentira, su mentira, más
aún, nada es falso, nada, y cuando la policía le pregunta «quién violó a tu
prima», ella contesta «él, este joven hermoso que ama a mi hermana». Y se lo
llevan preso y, como preso, lo enlistan en el ejército como a todos los
presidiarios rumbo a la guerra asesina y brutal. Esta niña separa a los
amantes, y ellos agonizan en medio de las balas y las bombas, no por la fiebre
o el agua que inunda sus pulmones, sino de amor, de amor roto. Y la niña sabe
que es culpable, que los ha matado de un golpe de rayo, ¿podrá expiar su culpa?
--------------------------------------------------------------------------------

2) Trilogía de la venganza: Simpatía por el señor
Venganza, Old boy, Señora Venganza. Dir. Park Chan-wook.
Todas las putas
malditas desgracias que llegan y nos corroen los huesos del alma, todos los
males injustos y las desgracias inmerecidas tienen un origen, un punto de
arranque fracturado en el pasado, y los cocineros de estas maldiciones andan
por allí, libres, infectando con sus estupideces o su perversidad al mundo, así
que no hay otro remedio que arrancarlos del suelo y verlos morir en un canto de
venganza, pero antes hay que hacerlos sufrir los horrores de su culpabilidad,
verlos cómo se cortan la lengua al enterarse de sus incestos, sentirlos tragarse
sus riñones a dentelladas, desangrarlos lentamente para que todas las víctimas
maten, degustes, sientan, escuchen un poco al verdugo. La venganza es plato que
se come hirviendo, si no, es estéril
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3) Viaje a Darjeeling (EU, 2007). Dir. Wes Anderson. Con Owen Wilson,
Adrien Brody, Jason Schwartzman
Todos los viajes
son una alucinación, una introyección delirante en medio del paisaje enorme que
linda con la frontera frágil de tu piel, más delirantes aún si el viaje te
lleva de la mano y las tripas a un país desconocido, dolorosamente inédito, con
una piel milenaria y polvosa, la India profunda que esconde en algún rincón
misterioso e hirviente a tu madre uterina, esa mujer extraña, al menos
desconocida, que es el único rastro que queda de tu origen, porque este viaje
es una sanación: tres hermanos enlutecidos, de padre muerto, van en busca de su
origen en una tierra de orígenes, de principios sin final, porque el tiempo
parece detenido en la ruta del tren de Darjeeling.
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4) Reconstrucción (Dinamarca, 2003). Dir. Christoffer Boe. Con Nikolaj Lie Kass y María
Bonnevie
El escritor
frente a sus criaturas. El escritor que empuja a su propia mujer, en una
conjetura masoquista, a buscar en las calles desiertas o multitudinarias, en
los viajes fulgurantes de los vagones del metro, el amor. El flaco obeso amor.
El amor con sus múltiples rostros, porque la pasión amorosa no conoce de
monogamias o de miedos a la multiplicidad, porque hay amores instantáneos como
un coito en cama ajena, como un beso de despedida definitiva, como la cita a la
que no llega el amante. Y el escritor frente a su criatura imaginaria (y por
ello real) decide torturarla por la falta que él mismo, el fabulista, propició
en su argumento, y la criatura no tiene más casa, no tiene amigos, no tiene
novia ni padre ni futuro ni tarjeta de identidad. La criatura sólo se tiene a
sí, y el escritor la aplasta con crueldad y vuelve el rostro y ve a su esposa
aún con los gérmenes olorosos de la criatura en sus entrañas de mujer
inculpablemente infiel. El adulterio, los celos, también son criaturas del
amor, criaturas enfermas, podridas, pero hijas bastardas del amor y la
venganza.
------------------------------------

5) Vital
(Japón, 2004). Dir Shinya Tsukamoto. Con Tadanobu Asano, Nami Tsukamoto y Kiki.
Una anatomía del
amor, pero no una anatomía metafórica, sino real, tangible: el cuerpo de la
amada inmóvil tendido en una mesa de disección y, desde allí, desde la
concreción trágica de sus tejidos más profundos, de sus huesos pelados por el
bisturí, de las membranas y mucosas muertas pero palpitantes en su mutismo y
que, exactas como un reloj divino, inflamaban de vida a la amada, desde allí,
tratar de reconstruir el alma que los animaba. El soplo divino de la vida. El
estudiante de medicina abismado en la amnesia (¿un choque, un cadáver?) regresa
lentamente al mundo de la conciencia, y el presente que es la contundencia de
este hermoso cadáver lo lleva de regreso a su pasado, y los sueños, los golpes
de luz inconexos que le alfileraban la memoria, son ahora un poema cantado a la
amada muerta, a su cuerpo de flexiones exquisitas, a sus labios húmedos, a su
cabello que baila una danza de fertilidad. El luto ha terminado y el cuerpo de
ella se vuelve ceniza, y la ceniza es arrastrada por el viento del presente,
por la espera sin amor del futuro y sus duelos.
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6) La vida loca (2008, España, Francia, México). Dir. Christian Poveda.
El cineasta
frente a su obra. El documentalista comprometido con las criaturas que registra
con su cámara horas tras hora, día tras día en cruenta batalla por la supervivencia,
y es que en este barrio duro y misérrimo del Salvador, en este agujero infame
del mundo al que han arrinconado a sus jóvenes furiosos, la muerte anda suelta
y vertiginosa. Aquí sólo puedes sobrevivir si eres un miembro de la Mara 18, y
es que la Mara Salvatrucha, la clica enemiga, está allí, a la vuelta de la
esquina con los filos de sus cuchillas, con el calor ardiente de sus balas
dispuestos a ejecutarte a causa de una guerra sin motivos, de un fratricidio
estéril (¿habrá fratricidios de fertilidad?). Aquí la vida es la vida loca, sin
sentido, absurda, y el cineasta frente a su obra vuelve al barrio y es
ejecutado por sus propias criaturas, por esos seres abandonados por los que
abogaba en el absurdo mundo de las injusticias, la violencia y la represión.
Christian Poveda fue asesinado por sus propios amigos meses después de
estrenada su obra póstuma La vida loca, porque allí, en ese agujero del mundo, nadie tiene amigos ni nada
porque en tu familia, en la Mara 18 todo es locura, y ya nada te permitirá
sobrevivir. Christian Poveda ha muerto, larga vida a Christian Poveda.




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Thursday, December 10, 2009
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Current mood:  cheerful

EL MEJOR LUGAR DEL MUNDO
armando vega-gil
¿Qué sería de nosotros si fuéramos unos trashumantes,
si no tuviéramos mayor compromiso con la pequeña y provisional parcela de
tierra y aire en la que asentamos nuestra casa, nuestro hogar, que el de estar
allí para aislarnos de la lluvia y el calor, de los vientos y la noche? ¿Qué
sería de nosotros si no tuviéramos hermanos ni padres ni amigos a muchos
kilómetros a nuestro alrededor y que dicho estado físico y moral nos diera la
libertad de movernos por todos lados, esperando encontrar en nuestro viaje la
tierra prometida, el lugar que
está por ahí, borroso y sin mapas, destinado nada más para nosotros, para
nuestra familia?
No, uno no
puede, uno no debe vivir aislado, roto del calor (por pobre que éste sea, por halado
que resulte) de los amigos, de la familia, de los compañeros de viaje y oficio,
porque si no te marchitas, y aún así --en una perpetua insatisfacción, en un
extravío que obnubila, buscando un mejor trabajo, un mejor clima, escapar del
pasado y sus densos y estorbosos lastres-- uno se va y se aísla en un rincón
del mundo en el que se harán nuevos amigos, donde se formará una nueva familia,
un futuro incalculable y esperadamente mejor, pero esto es quizás un espejismo:
el mundo se está desquebrajando y el viento lo esparce. Y los amigos se mudan,
los hermanos migran, los padres mueren.
Así es que, sin
saber bien cómo ni cuándo, Burt y Verona de pronto se encuentran solos, aunque
se tienen a ambos, son dos en medio de un basto paisaje desolado, y los acompaña
y une un pequeño astronauta (que es y no es) que gravita en el vientre de ella:
es la hija que esperan a que aterrice en el mundo dentro de tres meses.
¿Debemos permanecer aquí, sin querencias ni hermanos, debe nacer nuestra hija
en este solar perdido, sin abuelos ni tíos ni primos?, se preguntan Burt y
Verona..., no, no tenemos por qué permanecer ni aquí ni allá, somos
trashumantes y vamos pastoreando los capítulos de nuestra biografía mutua, y,
en una carrera contra el tiempo, Verona y Burt habrán de cruzar los desolados
territorios que los envuelven para encontrar su sitio, porque los sitios los
hacen su gente, sus fantasmas, los recuerdos y las amnesias.
En El mejor
lugar del mundo, su director, Sam
Mendes, nos lleva en un sencillo y alegre road movie tras los pasos de Verona y Burt en su búsqueda por
establecer un vínculo tangible en un mundo en el que no se echan raíces, del
que todos quieren partir, un Estados Unidos delirante, sin sentido, de seres
desarraigados que inventan submundos desesperados y, las más de las veces,
artificiales, donde dar sentido a sus vidas y a sus familias. Burt y Verona van
entonces descubriendo los distintos hogares que sus viejos amigos y parientes
van construyendo y deconstruyendo, y en un proceso de indagación extraño y
disparatado, encuentran que el hogar lo llevan sobre sus propios hombros, y
comprueban que uno siempre puede comenzar a construirse sus paisajes íntimos
desde la soledad de dos seres humanos tomados de las manos, que su hija será
también una aventurera de la vida. La familia es también un proyecto, no un
accidente estorboso.
Pero la vida de
los otros no les ofrece alternativas, nadie experimenta en cabeza ajena salvo
los peluqueros, así que, acariciándose y de ojos frente a ojo, bajo una noche
estrellada, Burt y Verona hacen un pacto de amor y escucharán con atención la
voz de su hija, sobre todo cuando ella tenga miedo, y se prometen estar allí
hasta que la última fuerza de sus cuerpos y espíritus se los permita, y
prometen no pasar junto a una construcción de la cual pueda caer un ladrillo
que les dé un golpe en la cabeza y les reviente el lóbulo frontal y les haga
olvidar que el amor es una pegamento poderoso que hace que un techo de cartón
se vuelva un hogar.
Y yo, sentado en
una absurdamente lujosa butaca de un cine prohibitivo para las masas de una
ciudad donde todos también vamos de un lado a otro buscando nuestro lugar
mágico, sin encontrarlo del todo, insatisfechos siempre con esta ciudad en
perpetuo Apocalipsis, me pregunto por los amigos que se han ido, me pregunto si
también debo ir de la mano de una compañera a buscar mis raíces en una tierra
donde nada echa raíces porque está todo seco. El hogar es quizá, sí, el amor,
el amor y sus pegamentos que se modifica junto con el cuerpo de la mujer que
pare, el amor que nos hace acompañarnos a pesar de los desencuentros, el amor
que envejece junto con mis huesos y mis pulmones fríos. Pero, como dice el
bolero, ¿dónde está el amor? Vuelvo la cara y me doy cuenta de que todos se
están yendo, y quisiera ir también de la mano de Burt y Verona a buscar a mis
querencias perdidas, a experimentar las vidas de los otros para descubrir mi
casa. ¿Dónde mi sitio, dónde El mejor lugar del mundo?
El mejor lugar del mundo (EU, 2009). Dir. Sam Mendes. Con John Krasinski y
Maya Rudolph.
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Sunday, November 29, 2009
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Current mood:  excited




LOS ABRAZOS ROTOS.
armando vega-gil
Dos amantes se abrazan en un punto a parte de aquella
playa apartada del mundo, de arenas negras la playa, negras, de luto (¿sabrán
esas arenas lo que pronto ocurrirá, o es que ya vienen tristes, en duelo desde
antes de la eternidad?), cenizas de una erupción antigua, olvidada. El cielo se
iluminó en un estallido hace ya tantos años. Y estos dos seres hermosos (los
que se aman siempre tienen algo de belleza inaudita, avasalladora, de pureza
exaltada, inmaculados en el instante inamovible del abrazo y del silencio),
ellos dos, sólo ellos dos, tienen algo de aquella pareja que yaciera unida en
un abrazo final, de muerte, bajo las cenizas ardientes del Vesubio, abrazados
en un momento de terror supremo, congelado para siempre. Sólo el amor los
salvaría: fallecer, desfallecer en los brazos del ser amado. Pompeya. Pero en
esta playa al final del mundo, en la Isla de Lanzarote, el fuego aéreo no guisa
a los amorosos en ampollas solares, aquí hace frío, un frío anestésico y exultante
a la vez, lo sabemos por la claridad húmeda de la luz, por las ropas abrigadas
de los amantes. El viento agita el cabello de ella, y ella que se acurruca en
el pecho de él. Adivinamos su calor, necesitamos su calor, el de su piel, el de
sus ojos, porque a pesar de estar tan apartados en aquel rincón de la costa
insular, sabemos que sus ojos están atados. El mar está de un azul entintado
con labios de una espuma de numinosa blancura, quizás igual de blanca que
cualquier otra espuma de la Tierras, pero las cenizas y los colores cálidos de
ellos, los amantes, enciende su tono total de leche materna: vía láctea.
Esta es la
fotografía absoluta y sagrada de los amantes, su semiótica secreta e íntima.
¿Quién es el que lee tan dolorosamente a fondo esta instantánea de los
amorosos?
Él. Mateo. Y
Mateo está de cara a esta imagen de los amantes frente al mar, la observa sin
verla, solo la toca y adivina lo que hay allí, porque Mateo está muerto,
agonizante al menos. En realidad, el espectador es Harry Caine, Harry que es el
cuerpo de ojos ciegos que un accidente mortal arrojara al mundo en lo que antes
era Mateo. Mateo es el hombre que abraza a la mujer de su vida (porque siempre
hay una mujer de tu vida, un hombre de tu vida, aunque después la ceguera del tiempo
te haga olvidar esos ojos que se reflejaron como un sol frondoso en el espejo
trémulo de tus pupilas). Ella es Lena, lo es en el fotograma, está suspendida
en el tiempo, viva, intensa, envuelta en los brazos de Mateo como en el abrazo
eterno de los amantes de Pompeya. Pero ahora, con Mateo-Henry como
superviviente, sabemos que Lena ha muerto, por eso él no tiene ya ojos para el
mundo, por eso Mateo ha dejado que el seudónimo que se escondía tras el
director de cine lo sustituya en este mundo frágil, un Henry Cane que, apartado
de las imágenes, solía escribir, sólo escribir.
Lena, ¿dónde
estás Lena? Porque no pudiste morir en mis brazos y yo contigo bajo las cenizas
del Vesubio.
Un hombre ciego
mira de frente su vida.
Dos amantes se
abrazan para vencer a la muerte.
Pompeya. La Isla
Lanzarote.
A partir de esta
imagen de belleza sobria y triste, Pedro Almodóvar ha construido en su Abrazos
rotos un homenaje al amor, al cine, a
los que vemos en este cine los otros modos de la vida, en una delicada yuxtaposición
de géneros y tonos, desde el cine negro hasta la comedia, a lo largo de una
historia llena de caminos abiertos, de puertas entreabiertas que fluyen como
los ríos hacia una catarsis euclidiana, allí donde los secretos no soportan más
su peso y se desfondan para dictarnos su verdad.
La verdad del
amor, del amor suspendido, apartado de la realidad que la persigue y amenaza.
Qué diéramos porque el amor fuera para siempre esa fotografía de los amantes
frente al mar, sin nexos con el mundo, con la realidad que lo ha parido en un
grito lleno de dolor y dicha. Pero la muerte y la ceguera están siempre allí
para envenenarnos. Y contra la ceguera y la muerte lo único con que cuentan los
amantes es el amor, su abrazo bajo las cenizas, el sabor del último beso en los
labios.
Los abrazos rotos (España, 2009). Dir. Pedro Almodóvar. Con Penélope Cruz, Lluís Omar y
Blanca Portillo.
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Tuesday, November 17, 2009
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Current mood:  scared

INTIMIDADES DE SHAKESPEARE Y VÍCTOR HUGO
armando vega-gil.
Las casas de huéspedes son universos erráticos de
hombres y mujeres en movimiento perpetuo, se van, se quedan y desaparecen para
siempre, quizá nos manden algún día una cartita o nos topemos con ellos en el
convencionalismo artificial del facebook, pero no regresarán a nuestra vida
porque son planetas desconocidos de los que, en la frágil convivencia forzada,
apenas si logramos atisbar en un movimiento tangencial sus superficies, sus
rostros, sus modales impostados o su cinismo descarado. Tan impenetrables ellos
como nosotros. Eso son las casas de huéspedes: un lugar de encuentro inusitado
donde apenas logramos enterarnos de quién es ese muchacho guapo y misterioso
que se sienta con nosotros a la mesa, que no ronca en la litera de abajo pues
sale de noche y llega hasta tarde, y duerme durante el día, cuando todos salen
a sus trabajos provisionales o van a la escuela, ese extraño chico que no
trabaja pero que usa ropa de marca carísima, y que de pronto tiene la cartera
llena de dólares, acá, en la Ciudad de México.
Es cierto, nunca
terminamos de conocer (¿jamás comenzamos a conocer?) a las personas con las que
compartimos un espacio en el tiempo común, sea cual sea la circunstancia, sus
lados luminosos u oscuros, tal vez sea esto un principio básico de
supervivencia, así que convivir codo a codo con estos parapetos, con estas
máscaras que son los huéspedes, se vuelve un enigma, y a los enigmas hay que
perseguirlos cuando son notables, cuando están rodeados de locura y redención.
Esto le ocurre a
Rosa, una mujer mayor, la abuela querida y extravagante, que en la esquina de
Shakespeare y Víctor Hugo, tiene, con toda la poesía necesaria, su casa en un
Polanco añoso, crepuscular y oculto. Yulene, su nieta, entra cámara en mano a
la recámara de su abuela y, junto con nosotros, los espectadores de Intimidades
de Shakespeare y Víctor Hugo, la mira
despertarse, arreglarse para asumir un día más de vida, para internarse en sus
memorias, que son la vida misma. De todos sus huéspedes, uno era el más
querido, el que le hacía regocijarse en su talante materno: Jorge, Jorge
Riosse. Uno de los huéspedes lo golpeó un día porque al parecer le quería
acariciar una pierna, alguien más dice haberlo visto vestido de mujer recorriendo
las calles de Insurgentes, prostituyéndose. Pero a Rosa esto le tiene sin
cuidado, pues Jorge posee una energía que la hace quererlo sin reservas, así
que ella no pierde un instante para estimular al joven que toca con destreza la
guitarra y que canta sus propia canciones. Ella confía en que el talento del
chico lo podrá llevar a mundos maravillosos. Pero Jorge es frágil, se rompe al
menor esfuerzo, y abandona la música a causa de un desencuentro con la abuela.
Las cosas están complicándose cada vez más: ella, la abuela ha dejado de ser
una simple anfitriona y se vuelve la explicación y el motivo de Jorge, y sin
ella ciertas cosas dejan de tener sentido.
Yulene lo conoció. Hay varios retratos de ella
misma colgados en las paredes de la abuela, los pintó Jorge, y en esos cuadros
de niños y niñas hay una belleza ingenua, naïf; pero la pintura de Jorge también toma caminos de
desequilibrio emocional, hay una oscuridad soterrada en sus pinturas: hay en
ellas mujeres, muchas mujeres, las ama, simbolizan un deseo incompleto; pero él
no tiene novias, no tiene relación con ninguna otra mujer que no sea Rosa.
Y, mientras se
profundiza y complica la relación entre Jorge y Rosa, asunto que tiene en un
alto punto de preocupación a la familia de la abuela, algo siniestro ocurre en
las calles de la Ciudad de México. Comienzan a aparecer mujeres, todas
prostitutas, estranguladas: hay un asesino serial entre nosotros, oculto en la
noche asalta a sus víctimas luego de violarlas. Les roba algo de su ropa: algo
muy femenino, muy preciso. Y Jorge sigue saliendo de noche, sigue durmiendo a
deshoras, y cada vez se le mira más intranquilo, enfermizo. Él ha logrado
apropiarse de un cuarto de azotea en el que hace de su vida un rito al que
nadie tiene acceso, y entonces Rosa se da cuanta de que cada vez conoce menos a
su chico nervioso.
Los asesinatos
siguen avanzando en su ritmo de sangre, cuando una noche, Jorge eleva al
paroxismo su ritual solitario: hace una hoguera en el centro de su habitación,
quiere deshacerse algo, ¿ropas? Pero el fuego le alcanza y lo hiere para
después matarlo. ¿Era esto un suicidio? De golpe cesan los asesinatos. Rosa
tiene una hipótesis, y reúne pruebas. En tanto, el cuarto de azotea permanece
vacío, con las pintas que hiciera Jorge en sus paredes y en las que grita, sí,
grita, que no es homosexual, que ama a Rosa, que odia al mundo. Rosa ha dejado
así la habitación para demostrarse algo y, azorados, miramos al termino del día
el cuarto. Yulene cierra el obturador de su cámara en la noche. La abuela
regresa a dormir.
Rosa jamás
conoció al Jorge profundo, al que vagaba de noche, así que, embebida en el
enigma, intenta conocer a ese Jorge enloquecido y amado, en el universo cerrado
y misterioso de una casa de huéspedes, dentro de las Intimidades de
Shakespeare y Víctor Hugo.
Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo y (México, 2008). Dir. Yulene Olaizola. Con Rosa Carbajal.
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Monday, November 16, 2009
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Current mood:  animated


CONOZCA LA CABEZA DE JUAN PÉREZ
armando vega-gil
¿Qué te puede hacer perder la cabeza, Juan Pérez?
Bueno, pues los
celos, por ejemplo, ver que tu mujer se refocila rico con un pinche payaso, uno
de esos payasos que te hacen reír (no por ocurrentes, sino porque los
desprecias y los mangoneas, los parodias y los humillas porque te sientes más
chingón que ellos), pero que a la mera hora son payasitos llorones que te
contagian cual si fuera el A/H1N1 la depresión de sus bocas torcidas de la
comisuras hacia abajo, porque aquí en el mundo de Juan Pérez (que por su nombre
tan común y corriente podría ser nombre de todos nosotros) los payasos son eso:
payasos de cara polveada y pálida, con zapatotes y roja nariz de pelota adherida
a su chata y cacariza nariz de carne y cartílagos, de voz chillona que diche
uno..., y dihe doch... y diche... ¡trech! Y tú bien que lo sabes, Juan Pérez,
la vida es un circo, tan pinche el circo como el payaso que, apenas te das la
vuelta, es capaz de clavarte un puñal por la espalda, y si no una mandarria de
acero sí una traición trapera. ¡Las cosas que uno puede hacer por los favores
amorosos de una mujer poderosa y potable! ¿O no perdiste la cabeza por esa
linda contorsionista y sus habilidades Kama Sutra? Porque, claro, la vida es un
circo en la que todos representamos papeles varios (lanzamos cuchillos a
nuestra amada, hacemos actos de escapismo para huir de nuestros acreedores, y
nos las pasamos en los malabares para sobrevivir, o, más aún, la hacemos de
domadores de bestias salvajes, pues nuestros semejantes son eso, bestias
carnívoras caníbales, fieras en cautiverio, si no es que nosotros mismos somos
los animales de esta función de moda en permanencia involuntaria (¿o no es que
llamamos a nuestras esposas mi domadora aceptando que uno no tiene remedio y que el matrimonio es una jaula,
la jaula de los changos?), bestias peludas y harto peligrosas, nosotros todos,
al contrario de esos perritos falderos que sí nos hacen caso y, sin retobar, bailan parados de
patitas, desde sus cuartos traseros, y brincan aros a una orden y comen de
nuestra mano, un circo de tres pistas en el que estamos esperando el aplauso
del público, sus risas y exclamaciones de sorpresa, esperando al menos
sobrevivir haciendo lo que nos ha tocado como oficio en los carajos tiempos de
la crisis: puras magias para sacar pan y agua de donde se pueda. Sobrevivir
ante la posibilidad de ser descabezados.
Porque la falta
de dinero, o la pulsión enloquecedora y avariciosa de tener más y más lana,
también te puede hacer perder la cabeza. ¡Venga, venga, pásele al espectáculo
más grande del milenio, Conozca la cabeza de Juan Pérez el mago, la
que por una maldición de sus padres flota en un catafalco lleno de formol!
Porque antes de perder la cabeza, el ilusionista está obligado ha dar unos
pases de magia por encima de su sombrero de copa, y, en lugar de sacar uno de
sus amados conejos (antes te
jugarías a la esposa en una partida de pókar que sacrificar a uno de tus
conejitos pachones para hacer estofado con papas, méndigo Juan Pérez) mejor
sacar un fajo de billetes de la chistera, o desaparecer ante el peligro en un
chorretazo de humo como en una película de Mèlies. Pero contra el destino ni la
magia ni la entereza ni el ilusionisma, y el hundimiento del mago no se
detiene. ¡Adiós Juan Pérez!
La opción es
realizar el mayor y más arriesgado de los actos del mundo entero, ¡sí!, algo
que sorprendería a chicos y grandes, ¡venga, pase!; porque si bien uno puede
perder la cabeza por una mujer o por dinero, es más fácil que la pierda
poniendo el cuello en la trampa de una guillotina, una guillotina maldita, por
si fuera poco, bajo su hoja de tremendos filos diseñada para ejecutar sin dolor
ni sobresalto a la víctima, en un corte tan veloz y eficiente que el degollado
parece no darse cuenta de lo que pasa, salvo porque la perspectiva de su mirada
cambia de ángulo. ¡Sí! Cuando la guillotina te mutila la cabeza, ésta, al caer
en la cestita de mimbre que la espera con un acojinado de paja, tiene aún cerca
de veinte segundo de conciencia en lo que se desangra, por lo que tienes tiempo
a contarnos en cuenta regresiva cómo es que fue que perdiste la cabeza. Y en el
cine veinte segundo pueden ser noventa minutos de una sabrosa comedia de humor
negro.
¡Sí, señoras y
señores, venga a escuchar la historia verdadera y las razones que mantienen en
esta situación insólita al decapitado de la colonia Guerrero, al mago de testa
sin cuerpo! ¡Venga, Conozca la cabeza de Juan Pérez! Pero, por favor, no vaya a perder usted la suya.
Conozca la cabeza de Juan Pérez (México, 2009). Dir. Emilio Portes. Con Silverio
Palacios, Dolores Heredia, María Aura y Carlos Cobo.
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Thursday, October 22, 2009
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Current mood:  crazy


BASTARDOS SIN GLORIA
armando vega-gil
¿Qué tal un pinche batazo marca cuadrangular abanicado
en plena cabezota, ¡tómala, barbón!, justo en el occipital, entre ceja, oreja e
hipotálamo, para dejar de sentir hambre o sentir frío, dicen los pollitos, pío
pío? Un crujido, pero no un crujidito de nuez aplastada o de tronco trozado,
¡un crujido cósmico de tan cabrón, milagroso y maligno, ¡CRONCH!, nacido desde
los adentros de la chirimoya y amplificado hasta el ensordecimiento definitivo,
la ceguera y la insensibilidad, envuelto en un chorro de luz insoportable e
hirviente como la cascada de Basaseachic! ¿De veras te morirás instantáneamente
por efectos de tan brutal mandarriazo, al menos te desbarrancarás en un desmayo
abisal inmediato, indoloro e insaboro que anticipe la muerte? ¿Cómo es el acto
de cruzar la frontera que separa la conciencia de que tu muerte es inminente e
inevitable de la zona de la ignorancia en el sentido más amplio de la palabra
que presupone la muerte: no saber nada de nada?
Cuando hablamos
de deceso automático, se nos ocurre a muchos la idea de que en el moridor no
hay dolor, de que el cruce de esa delgada línea roja que separa la vida de la
muerte es tan vertiginoso y definitivo como cuando alguien acciona el apagador
de una luz. De golpe te vas a negros. ¡Clic! Pero, ¿qué tal que ese
microsegundo en el que te pintas de colores se magnifica en un dolor infinito,
en un terror tan grande que nada de lo vivido hasta ahora se le compara? Es
obvio que el batazo que ese locazo te acomodará en la calabaza de tus sesos
desconectará todas tus terminales nerviosas, que estroperá tus sentidos y signos
vitales, que se interrumpirá la circulación de la sangre, que el corazón ya no
tendrá de quién recibir órdenes y se detendrá de golpe. Paro respiratorio.
Sí... Pero, cabe la duda, ¿no será que lo que en realidad te mata es el
horroroso horror de confirmar que el ánima se te disuelve en la nada? Los que
fallecen de muerte instantánea no regresan del largo túnel de luz que dicen los
resucitados que, del otro lado de la vida, los llama con voces angelicales. Los
catatónicos e infartados que marcan una línea recta y constante en el monitor
de sus latidos cardiacos luego de un largo agonizar con bip bips erráticos,
cuentan historias maravillosa de iluminación y paz post mortem, pero el que muere de un
palazo en la cabeza es probable que se quede encerrado en un paréntesis de
sufrimiento sin nombre, pues en un instante puede contenerse el infinito, como
en una molécula se contienen estructuras subatómicas similares a galaxias
insondables. Quizá quien en un abrir y cerrar de ojos pasa de ser un güero
guapo de perfil germano a un huevo reventado entre astillas de hueso, revoltijo
de masa encefálica con lunarcitos de sangre, se quede atrapado en un gusano
espacio temporal del que nunca salga.
Aunque, bueno, todo esto no son más que especulaciones, pero qué le queda hacer a uno
cuando vemos como un tipo sin piedad, sanguinario, prendidísimo por el olor de
la sangre, un bastardo sin gloria que aúlla al sentir el impacto duro y seco de
un cráneo fracturado nos voltea a ver con ojitos tiernos esperando que el
siguiente sacrificado sea uno.
Quentin
Tarantino, en su brutal comedia de sangre y slapstick bélico Bastardos sin gloria, nos invita a ponernos en las botas de quienes en la
cinematografía de los vencedores de la segunda guerra mundial siempre se nos
han mostrados como los villanos del conflicto en una secuencia memorable de la
cinematografía extrema. Así, luego de un machacamiento de cabeza prácticamente
pornográfico y delicioso, uno estalla en risas nerviosas al mirar de frente al
hombre del bat e identificarse con un pobre soldado que, ante la alternativa de
quitarse su uniforme y renegar del nazismo, recibe como premio de supervivencia
un tatuaje hecho a punta de cuchillo en la frente: una medalla que no podrá
quitarse jamás. Bueno, eso mejor a pensar en el dolor supremo, infinito y cósmico de la muerte instantánea por un batazo en la cabeza.
Bastardos sin gloria (EU, 2009). Dir. Quentin Tarantino. Con Brad Pitt, Diane
Kruger, Melanie Laurent y Christoph Waltz.
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Thursday, October 22, 2009
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Current mood:  aroused


RABIOSO SOL, RABIOSO CIELO
armando vega-gil
Una mujer tan antigua como el principio de los tiempos
(los tiempos del narrar, del contar y reinventar la Historia), Ella, comienza
el rito de la ficción en las entrañas de un viejo cine: el cuarto del proyeccionista
es un templo --su templo-- con los
muros pegoteados por carteles y afiches de viejas y delirantes películas que
nosotros, los que vemos a través del ojo de la cámara el ritual del Cácaro,
jamás veremos (somos videntes y ciegos al mismo tiempo); carteles y afiches que
son los testigos vivos y permanentemente agónicos de la narración ficticia de
la Historia (contar y reinventar), historias dentro de la Historia... Eso es el
cine, mundos paralelos que de pronto se funden en el pasado, en lo que ya no es
ni siquiera un recuerdo.
Pero esto no
importa a Ella, la sacerdotisa del proyector, Ella que carga el cañón de luces
y sombras con un rollo hecho de sueños, testimonios y alucinación. Sí, Ella lo
sabe: la que va a proyectar es una película más, otra entre las otras que
conforman la única gran película que el espíritu humano ha filmado hasta ahora
(y esto lo vemos a través de otro filme, un nuevo filme, un filme de belleza
salvaje y poética, el filme que ahora vemos al apagarse las luces de la sala
cinematográfica, Rabioso sol, rabioso cielo).
Pero el filme
que vemos a través del filme es Bramadero, ¿existió alguna vez dicha película? O mejor aún, ¿existió el cine
ruinoso en el cual se exhibió Bramadero; ese cine cuyos muros son piel que se desgaja en una lluvia de polvo
que caerá sobre los cuerpos de los amantes hasta cubrirlos de otra piel, una
nueva ritual, la piel leve del amor; ese cine sostenido en un laberinto de
pasillos misteriosos, de sótanos hirvientes y baños llenos de vida, de
prohibición rota? O más aún, ¿existieron esos seres humanos perdidos y
reencontrados que la vieron sin verla (videntes y ciegos a un tiempo)?
Y allá van,
ellos, se buscan en las entrañas del cine, bajo el cobijo de la noche interna
del antiguo edificio. Porque afuera, en las calles de la ciudad agónica, que es
también piel que se desmadeja en escamas de hierro y cemento, en graffitis,
basurales de belleza monstruosa y rugidos de motores, el sol se ha ocultado, el
sol que da vida, el sol que deberá nacer una vez más para que los hombres y las
mujeres puedan ir por la vida. El sol, sol rabioso en un cielo rabioso.
¿Qué es lo que
nos dará la vida?
El sol, el agua
que no deja de caer en cortinas espesas que inundan hasta los huesos. Y afuera
del viejo edificio que esconde en sus tripas un cine prohibido y contundente,
el sol y el agua se han roto, están despedazados. Lo único que resta entonces,
es el amor, pero el amor también está descuartizado, porque el amor es uno
solo, un único cuerpo que se desmiembra al infinito, por eso es que las
criaturas de la tierra lo buscan y lo buscan sin jamás encontrarlo, ¿o sí?,
¿hay esperanzas de que en las entrañas de este cinematógrafo porno y violento
los chicos solitarios, los que buscan el amor se encuentren? ¿Existió alguna
vez una película llamada Rabioso sol, rabioso cielo? ¿Existió un filme porno
exhibido en un cine habitado por fantasmas de carne y huesos y deseos ardiente?
¿Existieron los que se enamoraron unos de otros?
Porque en su
búsqueda, los chicos se encuentran y no se reconocen, y se conocen y
desecnuentran sin saber quienes son en realidad, se topan sus cuerpos agitados,
temblorosos, pero se pierden. Y el amor es entonces una posibilidad, una
oportunidad que se disuelve en la pulsión del sexo, de la carne besada, mordida,
martirizada, y el amor se vuelve, una irrupción forzada, una violación y una
seducción salvaje, aunque ellos busquen ser carne del amor. Uno necesita el
cuerpo del otro, y del otro, es un triángulo de pasión sin nombre. No saben sus
nombres, no hablan, no es necesario.
El ritual de la
sala cinematográfica enciende las hogueras y los chicos salen al mundo a
derrumbar el rabioso cielo de la noche a puñetazos: la muerte y la ternura los
espera allá, en el mundo que vive siempre un tiempo real y un tiempo mítico,
bajo un Rabioso sol rabioso cielo. Las luces de la sala cinematográfica se
prenden. Ella, la proyeccionista, nos lanza de nuevo a las calles vueltos
otros. La película ha terminado, la vida recomienza.
Rabioso sol, rabioso cielo (México, 2008). Dir, Julián Hernández. Con Jorge
Becerra, Javier Oliván, Guillermo Villegas.
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Thursday, October 08, 2009
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Current mood:  sad
  
LOS HEREDEROS
armando vega-gil
José tiene ocho años y no se quita la ropa cuando va a
dormir.
¿Por qué?
José duerme en
un petate que mal disimula la dureza húmeda del suelo, la tierra está en
contacto directo con sus sueños y el frío que danza y se cuela por la
empalizada que es el muro de su habitación lo cobija, ¿es porque su ropa
remendada y vuelta a remendar es su pijama que no se la quita para dormir?
La noche termina
y una tenue cubetada de luz lo empapa, la madrugada le abre los ojos. José no se
quita la ropa al dormir, porque, al momento mismo de su despertar, cuando se
mal incorpora en el mareo de la modorra, está ya listo para su primer tarea del
día. ¡No hay tiempo que perder, nada de ponerse poco a poco la ropa que es más
bien una cascada de hilachos rotos y desleído! ¿José está presto para ir a
jugar? ¿Lo espera un desayuno vaporoso en la mesa? ¿O es que saldrá corriendo a
la escuela o irá de paseo a reír y entretenerse con sus compañeros? No, lo
primero que José hace cuando regresa del misterioso planeta de los sueños es
trabajar. Trabajar duro, trabajar sin descanso hasta que el agotamiento lo
derribe de nuevo en su petate, sin tiempo de cambiarse de ropa porque, en la
vida, sólo tiene la que trae puesta. Sus manos están encallecidas como las de
su padre, como las de su abuelo, pues todos ellos, desde que eran unos niños,
han trabajado. No, no hay tiempo que perder porque es tan profunda y antigua la
pobreza en la que José vive, que cualquier descuido hace que la bestia del
hambre que lo ronda a él y a sus hermanitos salte de pronto y los devore. José
tiene la piel ajada por los fuetazos del sol que cae a plomo o se desliza
oblicuo entre los maizales y el cañaveral, piel quemada y rota como la de su
padre, como la de su abuelo, porque José ha heredado de ellos la única
pertenencia que su familia, desde hace siglos, se transmite de una generación a
otra: la miseria. José es uno de Los herederos incontables del México misérrimo, niños
multitudinarios cuya infancia es mutilada por la pobreza insultante y absurda
del campo de nuestra nación, esta nación que celebra doscientos años de usar a
sus campesinos como carne de cañón, de tragárselos vivos y desecharlos cuando
no queda de ellos más que huesos pulidos, de explotarlos hasta que no queda de ellos
más que polvo.
Pero José no
tiene tiempo de detenerse a pensar en esto, la necesidad apremia, y él corre al
monte a cortar un poco de leña para encender el fuego que cocerá un puñado de
maíz que él mismo cortara un día antes, cuando fue a paso forzado con su padre
a la milpa. Y el maíz cae en cascada a la palangana como un canto de aguacero,
María lo está desgranando. María cumplió apenas siete años y tiene las manos
callosas, como las de su madre, como las de su abuela. María también es una de Los
herederos de la nada, Los
herederos del abandono, y debe poner
a remojar los granos del elote endurecido, molerlos, y debe aprender a
amasarlos para echar tortillas en el comal grande o, ¿será esta mañana el comal
chico?
Y María carga a
sus hermanos más pequeños, los que aún no pueden andar al río para arrerar con
garrafas más grandes que ellos y traer un poco de agua a este rancho invisible,
y María lava los trastes y barre lo que es imposible barrer porque el piso es
polvo sobre polvo, lo hace de prisa, con angustia, porque sabe que mañana se
irá con sus padres hacia el norte, y cambiará el verde fresco de su pequeño
paraíso infernal, por un infierno sin paraísos: el desierto picante y sudoroso
de los campos de chile y jitomate de Sinaloa. María y su familia corren una vez
al año, como golondrinas, a la pizca, y la pequeña María se rompe las manos y
la espalda arrancando los hermosos frutos a las plantas madre, frutos que ella
no probará jamás, porque hay que arrojarlos a una caja de plástico y llevarlos
a la balanza. Pero María es muy pequeña aún, está desnutrida, endémicamente
enferma, y apenas puede cargar con media caja de tomates encarnados. ¿Cuánto le
pagarán por esta carga, un peso, dos? ¿La estafarán de nuevo diciéndole que su
carga pesa menos de lo que marca la balanza de la injusticia? Pero María no
tiene tiempo de protestar, está sola frente a los capatces, es tan pequeña y
está enmudecida, hambrienta, y debe regresar a donde están sus padres y sus
hermanos en la pizca porque el tiempo apremia, y María no puede perder ni un
segundo en soñar, en jugar con sus dedos o sonreír, sonreír como cuando en
alguna noche de excepción, un segundo antes de ir a la cama con la misma ropa
que la verá despertar mañana, comenzó a bailar al son de un sonecito que vibraba
por el radio de su abuela. Su abuela María, el espejo de María que alguna vez
fue niña y tuvo que trabajar duro, cruentamente, porque aquí todos son Los
herederos de la miseria y la
explotación, de la demagogia y la injusticia. ¡Vamos, señores dueños del Poder,
celebremos un bicentenario más alimentándonos las tripas con la carne de
nuestros hijos campesinos, con el dolor de Los herederos! ¡Vamos, vamos!
Los herederos (México, 2008). Dir. Eugenio Polgovski. Con decenas de niños del campo
mexicano.
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Thursday, October 08, 2009
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Current mood:  nostalgic


5 DÍAS SIN NORA
armando vega-gil
Una idea tal vez ingenua, anidada en lo profundo y
compartida por muchos de nosotros --una mayoría atemorizada y perpleja frente a
los misterios de la vida y la contundencia de su final-- es que no hay que
dejar nada inconcluso antes de avanzar hacia los rumbos de la muerte y su
irreversibilidad. Aunque esta certidumbre, que se aparece como un fantasma
(cubetada de agua fría) en los laberintos del luto humano, es más bien un fardo (o una joya maldita) que
habremos de cargar los supervivientes, los deudos, todos los que nos
atormentamos bajo el vacío que dejan ese abrazo y ese beso pendientes, el
perdón que nunca solicitamos, el perdón que no concedimos, la explicación jamás
dada por el muerto. Los
fulminados, en cambio, se van, o deberían irse, triunfantes, ligeros, relajados y
cumplidos, aunque en el momento previo del quiebre letal hayan estado
absolutamente tensos densos y dolidos, pues ya muertos habrían de despojarse de toda
responsabilidad y ligazón con lo humano en ese instante que muchos comparan con
un orgasmo cósmico (Eros y Thanatos), ellos que nos dejan a los vivos la tarea de un largo ritual
de desapego, la mayor parte de éste vuelto un pegajoso embrollo, hastiante
hasta la desesperación.
Aunque no
siempre es así, y los muertos, necios o mustios, extienden hacia nosotros sus
brazos... porque en realidad sí hay que dejar suspendidos en el tiempo un sinnúmero de temas inconclusos que durante la vida habrían sido
imposibles de revelar y que sólo muertos tendríamos el valor de confesar, pues
en nuestra caja de Pandora siempre habrá algo que ni muertos revelaríamos. Pero
la muerte no conoce obstáculos, al final no la detienen ni las medicinas ni los
rezos, es por ello que todos deberíamos tener el derecho de morir en nuestra
cama, rodeados de nuestros peores amigos, de nuestros mejores enemigos, sin
estar conectados a cables y tubos que enmudecen, con el derecho de murmurar
secretos en el oído de nuestros confidentes últimos. Si no lo hacemos, no
partiremos en paz.
Como en el caso
de Nora, quien se ha encargado de convocar a los suyos en torno a su cadáver con una
precisión de relojería, si bien no viva, sí de cuerpo presente. En torno a ella
en el lecho (suelo) de muerte, en la mesa de la última cena, la primera sin
ella, después de 5 días sin Nora.
Nora había probado morir muchísimas veces, anularse por mano propia. Y no es que fuera una
descortesía con los vivos, no era una venganza ni una locura, simplemente Nora
le daba sentido a su existencia en el suicidio, en la posibilidad de éste, su única permanencia era
la vida al límite. Pero sus intentos no habían sido más
que eso: intentos, o mejor dicho, ensayos. Y entre más ensayos, más grande se
volvía el secreto que fuera nutriendo ella misma en el proceso mortal, hasta
llegado el momento concluyente en el que Nora supo que no sobreviviría. Y sólo
allí, en ese punto sin vuelta a atrás, ella podría hablarle en silencio a su ex
marido, José, y confesarle de un modo tangencial, enrevesado pero contundente,
el gran secreto de su vida. Pero Nora sabe que en la perplejidad calamitosa de
la muerte verdadera (pues hay muertes falsas) deberá mantenerse allí, al menos
cinco días, rodeada de sus amores, para posibilitar que José pueda dilucidar el
gran secreto que se llevara a la tumba. Cinco días, 5 días sin Nora.
Pero José se
subleva ante esta decisión que lo implica hasta la médula de su rencor más íntimo,
y en la rebeldía matizada por los recuerdos, habrá de exorcizar sus fantasmas,
porque los que sobrevivimos somos quienes quedamos tensos densos, dolidos,
agónicos, con ganas de abrazar y besar, de perdonar, y porque Nora sabe que
José es un rebelde, que no admitiría ningún ritual de sanación, lo convoca para
descubrir ese secreto que todos nos llevamos a la tumba, porque no hay que
dejar nada inconcluso antes de avanzar hacia los rumbos de la muerte y su
irreversibilidad, de lo contrario no descansarán ni los vivos ni los muertos, y
eso sí que es un motivo de luto.
5 días sin Nora (México, 2009). Dir. Mariana Chenillo. Con Fernando Luján y Ari
Brickman.
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