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Monday, November 12, 2007
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 En el año 2005 formé parte, junto a Osvi Grecco, Tito Dávila, Candy Avello y Jose "el niño" Bruno, de la banda que acompañó a Miguel Ríos en la segunda parte de su gira "60mp3". En los primeros días, cuando aún estábamos ensayando, Miguel me animó a visitar el foro de su web (www.miguel-rios.com), intuyendo que sería un lugar adecuado para sacar algún provecho de mi natural inclinación a la gamberrada gráfica. Le hice caso y me registré asegurando ser un espía infiltrado en el equipo de la gira, con el nombre en clave de Paesa. Mi intención era informar un poco y trastear mucho, y supuse que si no revelaba mi identidad real tendría más libertad y me pondría a salvo de las cuestiones personales y de la avidez de los más ávidos. Comencé respondiendo a sus preguntas, subiendo fotomontajes o comentando algún concierto, y como todos me lo agradecían con una invitación a tomar lo que quisiera cuando visitase su ciudad —y yo no podía cobrarla si quería seguir manteniendo el anonimato—, la deuda se fue acumulando. Así, un día que tocábamos en Córdoba, y que me había tomado unos cuantos finos junto a la Mezquita, inventé una historia en la que Paesa decidía cobrar por su cuenta, bebiendo sin contención y adjudicando los recibos a distintos foreros. Más tarde, bajo la influencia de otros agentes externos, desbarré e hice que el personaje terminase, tras varias peripecias extravagantes, internado en el frenopático de Totana, Murcia, bajo los cuidados de la inquietante Dra. Quiñones. Una vez perfilado el carácter del espía pobre, borracho, disparatado e incompetente; deudor reconocido (aunque insolvente) del genio inimitable de Eduardo Mendoza, entregué varios informes secretos sobre las arriesgadas e inverosímiles misiones que supuestamente llevaba a cabo en los conciertos. Como algunos de estos informes contienen demasiados guiños cómplices y bromas internas referidas al personal de la gira o a los foreros que asistían a los conciertos, sólo he seleccionado aquellos en los que Paesa se esmera en el relato de sus desventuras laborales, así como los que aportan datos biográficos útiles para una mejor comprensión del personaje y de su estrafalaria conducta. Al finalizar la gira matamos a Paesa y el foro recibió la visita de su doliente viuda, mujer esforzada, siempre al borde de un patatús, que nos obsequió con un par de sustanciosas intervenciones, ciertamente merecedoras de figurar en esta antología por su indudable interés humano.
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Sunday, November 11, 2007
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 Hoy han vuelto a sacarme unos minutos de la preciosa habitación acolchada en la que me recupero de los daños sufridos en mi última misión. Me han desatado por primera vez desde que llegué. Luego me han dado una cuchara de goma y me han permitido jugar un rato con mi papilla. Aprovechando que las enfermeras estaban en el otro extremo del pasillo tratando de reducir con la manguera a una anciana paralítica muy rebelde, me he apoderado del ordenador de la jefa de planta, y cuando me he introducido en el foro, he podido comprobar con tristeza que a nadie le preocupaba mi estado de salud. Eso sí, ya hay quien empieza a poner pegas a mis demandas de cobro. Siempre igual: unos cuantos nos jugamos la vida en las alcantarillas del Estado, y los políticos, que se benefician de nuestro esfuerzo, critican nuestros métodos, nos ponen trabas burocráticas y se resisten a pagar lo convenido. Lo mismo me sucedió en la web de Bustamante y en la del hijo del Fary. ¡Fondos reservados! Sí, reservados para los de siempre. Gracias a los que han aceptado mis recibos sin rechistar, y a los demás: "arrieritos somos…" PAESA (ser espía no interesa). 
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Saturday, November 10, 2007
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 Jamás podré olvidar los días que pasé en el Frenopático de Murcia: los chorros de agua fría, los calambrazos en la cabeza, la macedonia de pastillas. Pero no todo fue una fiesta, os lo aseguro; también hubo momentos chungos de soledad y retortijones, y si logré superarlos fue gracias a la impagable ayuda que me brindaron mis veteranos compañeros de planta. La "abuela peligrosa" me introdujo en la timba nocturna que tenía montada con algunos de los pacientes menos discapacitados en el cuartucho de las fregonas. Bebíamos suero glucosado y jugábamos a las cartas con las cajas vacías de los medicamentos. La de Transilium-50mg era el as de oros, y así. Dejo allí un montón de amigos entrañables, como el Lambreta, así llamado por la aerofagia crónica que le producía la medicación; o don Adolfo, un enano que trabajó durante años como sicario de un mafioso brasileño, hasta que un día, en la consulta del otorrino, oyó la voz de la conciencia; y Violeta, inmune al diazepam, a la que todos llamaban Veleta, porque cambió de sexo dos veces. Y Manolo, que ya era tonto antes de tener problemas, y al que con no poca paciencia enseñe a cantar: "Bienbebidos, a los hijos del Rohipnooool". Qué gente. Y por fin me dieron el alta. Por supuesto, no fue gracias a las gestiones de Alfredo, que se tira mucho el rollo pero luego nada de nada. Miguel pulsó un par de teclas (concretamente el Re y el Fa sostenido), y logró que me concediesen un alta condicional, es decir que durante tres años y un día tengo que presentarme diariamente en algún puesto de socorro para echar una meadita dentro de un bote. Me lo esperaba. También esperaba un recibimiento algo más caluroso, qué queréis que os diga, y no es que no lo fuese, es que no hubo recibimiento. Salí a la calle solito, triste, vestido con una insuficiente bata verde y el culo al aire. Ni un amigo esperándome junto a la ambulancia o la rula o el coche, para ofrecerme un abrazo cordial, unas palabras afectuosas y una muda limpia. En la sombría acera sólo había un repartidor de Telepizza bajito, malencarado, gorra roja, que limpiaba la moto con gesto displicente y un trapo más sucio que mi conciencia. Me asusté, porque pensé que quizá venía a recogerme a mí y se trataba de mi medio de transporte hasta Pinto. Luego rechacé la idea por absurda: qué cosas se me ocurren, efectos secundarios del tratamiento, me dije, a fin de cuentas, Miguel no puede estar tan enfadado. Me equivocaba. Aquel era el medio de transporte que Miguel, personalmente, había elegido para recogerme. Tras una tensa negociación con el pizzero, que me costó una comida, dos invitaciones para la próxima actuación en el "Conde Duque" y todas las pastillas que llevaba en el bolsillo de mi bata, conseguí que me dejase viajar fuera de la caja de las pizzas, y no dentro como le habían ordenado, y después de diecisiete horas inolvidables llegué a Pinto. El viaje no estuvo del todo mal: si bien no podré cerrar las piernas durante mucho tiempo, es un hecho que mis molestias hemorroidales han cesado por completo. La combinación de presión prolongada y vibración constante ha obrado un efecto tan extraordinario que estoy pensando en patentarlo.  ¿En qué estábamos? Ah, sí…Pinto…¿qué se puede decir de Pinto? Que es un pueblo…que está bien…no sé si mejor que Valdemoro, pero vamos, por ahí le anda…y que tiene un teatro precioso que lleva el magnífico nombre de "Teatro Municipal Francisco Rabal". Del concierto poco puedo añadir: la banda está adquiriendo verdadera solidez y todos se divierten como monos. Miguel, que está cantando como nunca, lleva sus conversaciones con el público hasta extremos hilarantes, los pone de pie a dar palmas y a cantar, y nadie sale defraudado, os lo aseguro. Los detalles se los dejo a Martikas, a la que pude ver en primera fila cantándoselas todas, y charlando con Miguel, al final del concierto, acompañada de otros foreros. Yo, por mi parte, bastante tuve con capear el temporal de silencios y miradas aviesas que el equipo me dedicó durante el día. Afortunadamente, cuando cantaron "Un mal día lo tiene cualquiera", Miguel me miró y yo creí vislumbrar un atisbo de perdón en sus ojos. Por si acaso, al terminar el concierto salí a la puerta trasera a ver si aún me esperaba el repartidor de pizzas. Fue un alivio comprobar que no estaba y que quizá tuviera posibilidades de ser readmitido en la tribu; claro que, mientras tanto, tendré que resignarme a que los músicos se agarren a las botellas cada vez que entro en su camerino. Y al día siguiente, a Talavera. Primera de feria, que diría un cronista taurino. Y es que fue en la feria, concretamente en medio de ella, donde se dio el concierto esa noche. Era una prueba a superar, ya que, si se me permite opinar, estos tíos están demasiado mimados: acostumbraditos a los teatros y al confort, a los horarios cómodos y los ambientes entregados, lo cierto es que se están amariconando un poco. Así que salieron a dar batalla, y el caso es que la dieron. El numeroso público estaba integrado por gente que había ido a ver a Miguel, gente que había ido y otros. Miguel se lanzó en busca de la necesaria complicidad, porque ya sabéis que si no hay complicidad no juega, y como lo consiguió en la segunda canción, el resto del concierto transcurrió como debía, superando con honores el peligroso bache que supone la interpretación de las canciones más lentas ante un público bullicioso, y rematando con éxito los muy reclamados bises. Todos contentos, que es de lo que se trata, y nosotros a preparar la complicada expedición del próximo fin de semana a Gijón y a Castellón, ciudades que, como todos sabéis, están en puntos casi opuestos del mapa. PAESA PD: Si llego pronto a Gijón tendré el placer de degustar una vez más la poderosa gastronomía local, pero ¿se ha inventado la sidra sin?
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Friday, November 09, 2007
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 Creo hablar en nombre de una nutrida mayoría de miembros de mi colectivo cuando hago la siguiente afirmación: ¡Los espías autónomos estamos siendo discriminados! Trabajamos más que cualquier otro, ya que realizamos las tareas propias de cada una de nuestras identidades, y a cambio no obtenemos derechos laborales ni protección social ni subvención alguna; beneficios de los que sí disfrutan muchos ciudadanos con un solo trabajo en el que, además, no dan palo al agua. Los agentes dobles y triples están descorazonados. Y todo se lo debemos al cine, porque estamos muy mal vistos por culpa de los payasos que protagonizan esas degradantes películas del género. Os aseguro que si hay un personaje al que todos los profesionales del gremio odiamos con aplastante unanimidad, ese es James Bond. ¡Cuánto daño nos ha hecho! Vale, pasamos por lo de los martinis y las chicas; pero eso de ir todo el rato vestido de smoking, esos casinos deslumbrantes, esos yates imposibles y el lujo obsceno versión Hollywood, pues qué queréis que os diga: apesta e induce a la gente a pensar lo que no es. Por no hablar de sus delirantes medios tecnológicos o de los faraónicos presupuestos que dilapidan sin despeinarse. Esas películas nos retratan como presuntuosos fantasmas que ganan más que Julio Iglesias currando menos que Chabeli, pero la realidad es bastante más ordinaria y miserable, amigos. Permitidme que ilustre mi reivindicación con el relato sucinto de un par de jornadas normales en la vida de un "proveedor autónomo de información reservada", que es como preferimos ser denominados los espías que no trabajamos para organizaciones estatales ni para lobbys multinacionales, y que no tenemos respaldo alguno ni seguridad social ni jubilación ni leches. Es decir, los pringaos de base. El jueves pasado salí de mi casa dispuesto a hacerme con algunos pertrechos imprescindibles para las arriesgadas misiones que me aguardaban en Gijón y en Castellón. Viajé cuarenta minutos en el autobús que comunica Madrid con la superpoblada y nada glamourosa barriada periférica en la que resido; luego me desplacé en metro durante treinta y cinco minutos más, entre insolidarios apretones y reveladores efluvios, para llegar después de tres trasbordos y una larga caminata a "La Flor de Oriente", el todoacién especializado en artículos de carnaval que administra con arácnida eficiencia mi amigo y colaborador Chung Hi, conocido entre los nuestros como "el Chungui". Yo estaba interesado en máscaras de calidad, como esas de las pelis, que son como una segunda piel; pero el Chungui no tardó en desanimarme: "Poronto", dijo, que es lo que dice siempre que no tiene intención de conseguir lo que le pido, y plantó bajo mis marices su amplio muestrario de caretas de goma, restos de los últimos veinte carnavales, entre las que, después de mucho reflexionar, elegí la de Carod-Rovira, por ser la más moderna. También me proporcionó una boina grasienta como complemento del disfraz de vagabundo andrajoso que le compré a muy buen precio hace varios años, que me ha dado muy buen resultado y que se conserva como el primer día. Precio total de la compra: nueve euros con sesenta y cinco céntimos. Pido factura y salgo a la calle resignado a tragarme otra horita larga de transporte público para volver a mi covacha de espía proletario. Y ahora, decidme sinceramente: ¿se parece esta historieta en algo a esas deleznables películas de "tomcruises" guaperas (malditos sean los ginecólogos de sus madres), que no hacen sino minar nuestra muy discutida credibilidad y destruir el escaso prestigio que nos queda?  Pero eso no es todo. Lo primero que hice al llegar a Gijón fue pasar a recoger la entrega de Gario y Nacho. Pues bien, no había siete cajas de sidra sino seis, y dos de ellas eran de El Gaitero, que quede claro. Y las fabes no llegaban a diez kilos, que quede claro también. Para lograr introducirlo en el teatro tuve que sobornar al encargado de la puerta: una caja menos. Para sacarlo de allí debía comprar la voluntad de los técnicos que lo cargarían: tres cajas de sidra y cinco kilos de fabes menos. Al conductor del camión no le gustaba la sidra, así que se quedó con los cinco kilos de fabes restantes y tuve que darle las gracias mientras le veía tapar mi decepcionante botín con una lona sucia. Beneficios netos de mi arriesgada y agotadora actividad: ¡dos cajas de El Gaitero! Luego de realizar durante varias horas la actividad correspondiente a mi identidad real, que es con la que a duras penas logro alimentar a mi numerosa prole de Paesitas, me presenté en los camerinos y saludé a Nacho y a Gario, que en ningún momento sospecharon quién era yo. Necesitaba ponerme en contacto con ellos para quejarme de la deficiente entrega que habían realizado, y para ello debía disfrazarme. Me deslicé en el baño del camerino de los músicos y en unos segundos, como superman en la cabina telefónica, me convertí en otro. Salí a los pasillos con la jeta de Carod-Rovira y, para mi sorpresa, nadie pareció sorprenderse: "eso es lo que consigue el principal partido de la oposición con su incesante matraca", pensé, "que puedes estar junto a un depravado conspirador destruyepatrias robaniños y qué sé yo qué más, y ni te inmutas, oye". Por el contrario, Miguel me cogió del brazo y me pidió que le hiciera unas fotos con los foreros; y yo, claro, obedecí sorprendido pero en silencio. A partir de ahí no volví a estar a solas con Gario y Nacho y no tuve ocasión de trasladarles mi queja. Resignado a no alcanzar mi objetivo; agotado por la extenuante doble jornada de trabajo, y harto de los caudalosos chorretones de sudor que me provocaba la careta, desaparecí de nuevo para recuperar mi verdadera identidad y despedirme de todo el mundo. Al día siguiente salíamos para Castellón a las ocho de la mañana y ya no tenía más fuerzas que empeñar en mi infortunado e ingrato oficio. ¡Menudo negocio!
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Thursday, November 08, 2007
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 A la mañana siguiente tomamos un avión de Asturias a Madrid, otro de Madrid a Valencia y, finalmente, recorrimos en furgoneta los setenta u ochenta kilómetros que nos separaban de Castellón. Fue precisamente durante este trayecto cuando pillé al vuelo un fragmento de conversación que resultó providencial: los Flying Navarros comerían con Carlos, Felipe y algunos otros amigos en un conocido restaurante del puerto. Esto me brindaba una ocasión excepcional para cobrarme algunos servicios prestados, y en un par de minutos ideé mi plan: me presentaría disfrazado en el restaurante, me sentaría en una mesa cercana y les haría llegar una nota firmada por Paesa, acompañada de la factura de mi opípara comilona. Un plan sencillo es siempre lo más recomendable; lo dice el manual. En cuanto llegamos al hotel corrí a mi habitación con objeto de disfrazarme de mendigo harapiento, ponerme la boina y la máscara de Carod-Rovira y salir pitando hacia el puerto. Ya atravesaba la acristalada puerta del hotel —la mirada fija, los nervios templados—, cuando una mano del tamaño de una ensaimada familiar acabada en cinco longanizas, me trincó del cuello de la gabardina gris cemento —que se rasgó como si fuera papel higiénico—, y detuvo en seco mi artístico mutis cortándome violentamente el flujo sanguíneo al cerebro. Al volverme comprobé que la monstruosa garra pertenecía a un segurata que medía aproximadamente un metro y medio… de ancho…, que me miraba a los ojos bufando como un Mihura, ajeno a mis balbuceos y a las súplicas para que dejara de agitarme el pescuezo. "Con esa ropa no se puede pasar", me ladró. Con gestos desesperados y una voz que más parecía un regüeldo, le hice ver que yo trataba de salir; pero, al parecer, su cerebro venía mal de fábrica y no lograba entender en qué afectaba eso a mi situación. Afortunadamente, cuando ya mis ojos parecían pelotas de golf saliéndose del hoyo y todos mis miembros empezaban a tomar un color rabiosamente cianótico, aflojó la tenaza y yo pude recular unos pasos y correr a ponerme a salvo en un ascensor. Opté por prescindir de los harapos y subí a cambiarme, aunque conservé la careta del Rovira en vista de que a nadie parecía inquietarle. Efectivamente el segurata no puso impedimentos a mi segunda salida y me dispuse a parar el primer taxi que viese. En ese momento, dos tipos grandes y elegantes que yo tomé por luchadores de sumo metrosexuales, me agarraron por los sobacos (las axilas las dejo para el cursi de James Bond), y levantándome del suelo como el viento al polvo, me arrojaron con poca delicadeza y mala puntería al interior del maletero de un larguísimo coche negro que estaba aguardando en la esquina. Además de dar con la cabeza en el parachoques, caí mal y quedé en una postura dolorosamente absurda; para colmo me estaba clavando el gato en los riñones, y por si no fuera suficiente, se había derramado algún tipo de líquido, anticongelante o lubricante o qué sé yo, que me estaba empapando los pantalones y comenzaba a filtrarse a los calzoncillos. No podía despegarme la máscara, ya que los polvos de talco que suavizan la parte interior habían formado con el sudor, las babas y las lágrimas una especie de masilla que se adhirió a mi barba como un pegamento de contacto. Cuando me sacaron del maletero, desencuadernado, maltrecho y humillado por el vergonzante lamparón de mi bragueta, un tipo con cara de jefe incontestable, que vestía un traje que bien podría costar el equivalente a ocho mensualidades de mi hipoteca, me hizo saber que eran agentes del Mossad con la misión de trasladarme a Israel, donde sería juzgado secretamente por los desplantes y desprecios que había perpetrado en mi reciente viaje oficial a Jerusalén. También me explicó que no eran los únicos que andaban detrás de mí: la Conferencia Episcopal había puesto precio a mi cabeza por la bromita de la corona de espinas. Yo sabía cómo se las gastaban los cristianos y juzgué preferible parlamentar con los judíos. Sobreponiéndome al pinchazo ardiente que me taladraba el cerebro —y a otros mil dolores pequeños que me taladraban todo lo demás—, traté de explicarles, hablando despacito y alto, que yo no era el tipo que ellos buscaban, que yo no sabía hablar catalán ni en la intimidad, que yo era del gremio, un compañero, ¿es que no se daban cuenta de que llevaba puesta una careta, y de las malas, por cierto? Por fin uno de ellos reparó en que las gafas también eran de goma, y algo mosqueados se alejaron para mantener entre ellos una tensa conversación en su enigmática lengua llena de jotas y haches aspiradas. Finalizada la reunión me zarandearon un poco, volvieron a arrojarme al maletero y lo cerraron de golpe antes de que yo hubiese tenido tiempo de acomodar la cabeza. Al más fiero de los gorilas le irritó mucho el abollón que mi coronilla había provocado en el capó, y me arreó por su cuenta un par de patadas al cuerpo y a la cabeza que me hundieron dos costillas flotantes y me dejaron sin sentido unas tres horas y media. Me desperté tirado junto a un cubo de reciclaje a tres manzanas del hotel. Llegaba la hora de realizar mi trabajo oficial y mis tripas rugían como una docena de leones de Ángel Cristo. Tambaleante pero sigiloso me acerqué hasta la entrada y, ocultándome tras un macetero, calibré el riesgo que suponía enfrentarme de nuevo a "Segureitor" con la ropa hecha unos zorros y una gran meada oscureciéndome los pantalones. Y por una vez en toda esta misión tuve suerte; aprovechando que el bicho estaba de espaldas hurgándose las orejas con un destornillador de estrella, pude colarme sin ser visto por una rampa para equipajes que conducía al montacargas. Al llegar a mi habitación llamé al servicio de habitaciones: cerrado. Llamé a la cafetería: cerrado. La señorita de Recepción confirmó mis peores presagios: no había bares a menos de tres kilómetros. Asalté el minibar con un martillo y una llave inglesa y descubrí con amargura que todo en esta vida puede empeorar: un botellín de agua de Lozoya —agua buena con pésima rima— y ¡una bolsita de cacahuetes salados! Generosa recompensa para un espía internacional de mi prestigio. Después de sumergir la cabeza durante veinte minutos en una bañera de agua hirviendo y de otros diez minutos de tirones y alaridos a partes iguales —cinco minutos de tirones y cinco minutos de alaridos—, logré por fin desprenderme de la funesta careta. Al mirarme en el espejo comprobé con estupor que mi cara presentaba ese aspecto de hamburguesa cruda que pasean los guiris por nuestras costas. Y entonces lloré amargamente. Sí, amigos, lloré; pero no por debilidad ni por cobardía. No. Lloré porque en mis desesperados intentos de refrescarme la cara, me palmeé las mejillas, sin darme cuenta, con medio frasco de loción para después del afeitado. No quiero aburriros con mis pesares. Deciros, nada más, que tuve que realizar mis labores como si no pasara nada; argumentando una alergia como respuesta a las constantes preguntas sobre mi repulsivo aspecto; sonriendo sin descanso y aceptando las despiadadas burlas de los músicos; observando cómo Carlos y Felipe permanecían de pie tras el concierto, sin duda para terminar de bajar la pantagruélica zampa que se habían apretado al mediodía (sin mí). Mientras tanto, yo era víctima del rencoroso furor de mis jugos gástricos, y juré, como Escarlata O'Hara, que jamás volvería a pasar hambre. Así que estáis advertidos: si alguien vuelve a hablarme del arroz "Valentina" lo cocino con un soplete. PAESA PD: Sidra "El Gaitero" y cacahuetes. Aquí me gustaría ver a Roger Moore. 
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Wednesday, November 07, 2007
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 Castellón. 08.00 a.m. La expedición 60mp3 parte con destino al aeropuerto de Valencia. Valencia. 08.45 a.m. Mariano Rajoy, Rita Barberá y un mindundi cuyo nombre ignoro, abandonan la sede de su partido y se dirigen al aeropuerto de Manises. Pensaréis que he vuelto a beber y que estoy mezclando informes; pero no es así. Resulta que ambas expediciones coincidieron a su llegada al aeropuerto. A veinte metros escasos de donde se detuvo nuestra furgoneta, Rajoy, la Barberá y el mindundi exhibían sus mejores sonrisas electorales —que son las buenas—ante media docena de fotógrafos. Yo acababa de recoger mi equipaje y ya emprendía el camino hacia a la entrada, cuando, a mi espalda, alguien gritó: "¡Espantajo!" "¡Vago!". Antes de que pudiera girarme para reprobar la actitud de quien había proferido tan injustas invectivas contra el esclarecido líder del centro reformista —el de losh hilitosh de plashtilina—, un atlético picoleto se vino a mí en dos zancadas y, ya que estaba, juzgó oportuno partirme un labio y dos incisivos superiores con la base del gualquitalqui. Sin darme tiempo a reaccionar me arrastró del pelo hasta las dependencias policiales del aeropuerto y, una vez allí, me depositó en una sillita de fakir frente a una mesa gigantesca, sobre la que había un cenicero lleno de palillos mordisqueados, un flexo con una bombilla de cuarenta vatios y un ejemplar de la revista "Músculos". Él se quedó en posición de firmes, mirando a la nada, esperando la llegada de una autoridad competente; yo me quedé acurrucado, abrazado a mi maleta, temiendo la llegada de más problemas. Y los problemas llegaron encarnados en la figura de un cabo primero grandote, de unos cincuenta años, que entró dando una patada a la puerta y mordisqueando un palillo. La autoridad competente —que lucía en su antebrazo derecho un enorme tatuaje de legionario y tenía pinta de haber sido el más machote del Tercio— se acercó a mí, y tras observarme por un momento, dirigió una dura mirada de reproche a su subordinado —sospecho que por no haberme dado lo suficiente—, y con una voz cercana a la de Tom Waits recién levantado de la cama, le espetó: "Honrubia, registra esa maleta, coño, que tengo que estar en todo". Es curioso, pero nadie se interesó por mí; ninguno de mis compañeros siguió mi rastro, a pesar de que dejé un insoslayable reguero de gotitas de sangre. Puede que estuviesen medio dormidos; puede que todo sucediese demasiado rápido; puede que sean ciertas mis sospechas de que hacen como que no existo; puede que… Lo cierto es que se largaron sin mí; facturaron, embarcaron y me dejaron en Valencia en manos del cabo primero Lejía y de su atlético ayudante. Al abrir la maleta, Honrubia descubrió la máscara de Carod y mis escasas esperanzas se diluyeron pasando a formar parte de mi vejiga urinaria. Soy un negociador razonable y bastante locuaz; no me costó mucho decirles todo lo que sabía, desde la primera comunión hasta nuestros días: vamos, que lo largué todo. Os denuncié a todos los foreros y a la banda de miguel y a una prima hermana de mi mujer a la que tengo mucha manía desde un día que… pero bueno, esa es otra historia. El caso es que el cabo Lejía no estaba satisfecho aún, y en el preciso instante en que se disponían a practicarme una rudimentaria endoscopia rectal con una porra y una linterna —Honrubia pretendía utilizar un mechero— sonó el teléfono y era Miguel. Lo supe porque el cabo Lejía dijo: "a sus órdenes", y yo pensé: "pues va a ser el jefe". Y así era. El cabo colgó el auricular y ordenó el cese inmediato de la investigación; se volvió a mí y gargajeó: "Tiés suerte, chaval; te vas pa' casa". Llevándose a Honrubia a un rincón, le susurró algunas instrucciones al oído —sin dejar de roer el palillo— y abandonó la escena dando un rotundo portazo. Honrubia me agarró de la oreja y me arrastró por todo el aeropuerto hasta la terminal de carga. Allí pidió una caja especial para el transporte de mascotas, y con un par de patadas en las corvas y dos o tres puñetazos en los riñones me acomodó dentro de ella. Así llegué a Madrid. Pasé tres días en la terminal de carga de Barajas esperando a que mis amos viniesen a recogerme; pero no tengo a nadie que me desinsecte, y tuve que compartir mi soledad y el plato de pienso con un pastor alsaciano que al menor descuido me olisqueaba el culo. Al amanecer del cuarto día una señora de la limpieza se apiadó de mí y me dejó hacer una llamada con su móvil. Dudé mucho a quién llamar: Miguel ya me había traído y no podía abusar de su paciencia; a Clara, no sé por qué, me la imaginaba pegándome con un periódico en el hocico; de la banda no me podía fiar: menudos flipaos; si los llega a conocer Freud, monta un circo de dos pistas; al equipo técnico lo he comprometido en tantas ocasiones que temía que me mandasen a hacer lo que dicen que se hace en Parla. Necesitaba una persona compasiva y entonces pensé en Regina. Y no pude elegir mejor. Regina se presentó en el aeropuerto, me dio dos besitos y tuvo el detalle de llevarme una pelotita de goma y unos huesos. Gracias a ella pude llegar a mi casa a tiempo de ducharme con una lija y un bote de Fairy, y de hacerme con las provisiones que necesitaría unas horas después en mi misión en Toledo. A las diez de la noche, cuando salió al escenario el grupo Xucro, el recinto aún estaba casi vacío; y es que el día había sido muy caluroso y la gente sólo comenzó a llegar cuando se cerró la noche. No se me da bien calcular, pero puede que hubiese cuatro o cinco mil personas cuando Miguel pisó el escenario al ritmo de "No mires hacia atrás". La noche era cálida y las vistas desde el campo de fútbol, preciosas. El concierto fue estupendo, la gente se lo pasó bien y todo salió a pedir de boca. Salió tan bien, tan bien, que nadie me preguntó nada; aunque es cierto que nadie me miró siquiera en todo el día.  La siguiente misión, en Tarancón, fue bien diferente a la de Toledo. El recinto era un enorme pabellón con altas y rebuscadas tejavanas metálicas, escenario con suelo de loza y una acústica pésima. El equipo técnico realizó una labor ímproba para ofrecer un espectáculo a la altura de los que se ofrecen en condiciones favorables; pero no todo dependía de ellos. Unos minutos antes de que diese comienzo el show surgieron problemas con la instalación eléctrica del recinto y, tras algunas comprobaciones y mediciones, se confirmó que había una peligrosa derivación eléctrica en la estructura del escenario. Es decir, que si tocabas uno de los hierros te metía un zurriagazo de setenta voltios. También los micrófonos, en algunos casos, pueden transmitir esa derivación, y puede ser especialmente peligroso para los guitarristas y bajistas, que al tener entre las manos un instrumento eléctrico con cuerdas de acero, pueden crear con el contacto de los labios en la cápsula metálica del micrófono un arco voltaico de fatales consecuencias. El equipo técnico decidió retrasar el concierto y cortar la corriente para intentar alguna solución, pero no se consiguió nada. Miguel se reunió con los músicos y les preguntó su opinión; él no tenía ese problema, pues usa un micro inalámbrico, pero estaba dispuesto a suspender el concierto si sus músicos consideraban que no se podía tocar en esas condiciones. Se habló de suspender; se habló de hacer el concierto sin coros; se analizaron los riesgos; y mientras tanto el público se impacientaba. Finalmente se optó por la brava: tratarían de cantar a un palmo de distancia del micro y harían un esfuerzo para no olvidarlo durante los arrebatos de feeling. Miguel explicó a la gente el riesgo que esto suponía, y alabó la valentía de músicos y técnicos por atreverse a llevar a cabo el espectáculo en tan difícil situación. A pesar de todo, el concierto discurrió con tranquilidad; en algún momento me pareció que al público le habría venido bien un poquito de nuestra derivación, pero a partir de "Santa Lucía" se animaron y participaron de la fiesta eléctrica de Miguel hasta el último tema. En los bises, ante la persistencia del problema, se procedió a un discreto arreglo para ahorrar riesgos: Miguel y Tito interpretaron "Todo a pulmón", y a continuación, ya con la banda, tocaron de un tirón "Sábado a la noche", "El blues del autobús" y "El himno". Fue un gran concierto, dadas las circunstancias, y estoy seguro de que en el futuro lo recordaré como un concierto heroico, con una derivación de trescientos voltios y un par de pobres víctimas achicharradas. Las contrariedades del día y la agitación que causaron en los miembros de la expedición me ayudaron a pasar desapercibido, y volví a ser ignorado por todos incluso cuando el equipo entero se despidió hasta dentro de dos semanas. Es igual; si superé lo del moquillo y las garrapatas, también superaré esto. No quiero cerrar el informe de esta campaña sin referir que para mí las dos últimas actuaciones han sido las mejores de toda la gira de primavera que aquí termina. ¿Queréis saber por qué? Pues porque al saber que a ninguna de las dos irían representantes del foro ¡¡¡me llevé una tartera!!! PAESA (en dos semanas, regresa)
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Tuesday, November 06, 2007
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 Después de varios informes, cuando casi todo el mundo conocía ya la identidad secreta de Paesa, éste fue insultado por un subversivo forero llamado Pijón (en realidad se trataba del gran pianista, y enorme agitador, Tito Dávila), lo que provocó una acerada respuesta del espía, que divirtió sobremanera a los foreros. Uno de ellos, apodado Plutarquete (Gabriel, buena gente), animó a Paesa a seguir respondiendo a los insultos: "Sin embargo, si tus pérdidas de tiempo tienen que resultar tan divertidas para nosotros como este delicioso texto, no sólo te animo a que sigas contestando al amigo Pijón, sino que además animo al resto de amig@s forer@s a que te insulten, te menosprecien, te vilipendien, te infamen, te injurien, te agravien, te calumnien y te provoquen, para que tú debas contestar a todos y cada uno de estos insultos y desprecios. Vamos, ex-amigo Paesa, a ver si hay cojoncillos para contestarme, yo te digo: ¡TONTOLCULO!" He aquí la respuesta de Paesa: Yo no fui tontolculo hasta que cumplí los diez años. Mi madre era tan ahorrativa y nuestra existencia tan sobria, que no malgastábamos ni los insultos. Los íbamos heredando unos de otros, como la ropa y los libros de texto, por riguroso turno. Recuerdo que por los días en que me aprestaba a celebrar una década de coexistencia ingrata en el seno del estrafalario clan de los Paesas, el Paesa que me precedía dejó vacante el puesto de "tontolculo" para ascender al de "valiente majadero", y yo me dispuse a heredar mi nuevo insulto encantado de poder llamar "mocoso cagón" al pobre pringao que me sucedía. En lo más alto de la cadena alimentaria, mi padre y mis dos hermanos mayores compartían el prestigioso "vago calzonazos", y en lo más bajo de la misma, entre el plancton y los protozoos, los Paesas más recientes se estrenaban en los procelosos misterios de la vida con el cariñoso apelativo de "fetillo". Fue otra enseñanza útil: teníamos tan poco que de todo aprendíamos. Y aprendimos a tratarnos mal para inmunizarnos, para curtirnos frente a un mundo que, visto cómo trataba a nuestro padre, algo tenía contra nosotros. Aunque no fue tan terrible como puede parecer, ya que también los insultos, como la ropa y los libros, se iban estropeando con el uso y nos llegaban manoseados, sin brillo, sin impacto: ya empezaban a resbalarnos. Por esa época, mi padre daba clases en la Escuela de Buzos del Colegio Oficial de Notarios, en Barbate. Enseñaba a sus alumnos a sumergirse y dar fe; a mantener contra los impedimentos inherentes al medio subacuático la solemnidad requerida en el desempeño de tan honorable profesión; a despachar con destreza y eficiencia los asuntos más variados, como por ejemplo, levantar actas de embargo, a quince metros de profundidad, contra peligrosas colonias de cangrejos ermitaños, okupas congénitos que amenazan nuestro litoral, impidiendo, en clara confabulación con ecologistas y otros enfermos, el avance, el desarrollo y por qué no, la construcción de una nueva primera línea de playa más primera que la primera anterior, si cabe. A mi padre le gustaba llevarme a su trabajo. Decía que yo era un mocoso cagón y que no me venía mal ser útil de vez en cuando; pero sé que en el fondo lo hacía por otra razón: él sabía que yo era el único Paesa al que impresionaba la insospechada autoridad con que impartía órdenes, el respeto insólito que le mostraban muchos e insignes personajes, mientras él se crecía ante ellos, aupado en el innegable poder temporal que detentaba sobre sus vidas por el simple hecho de ser quien manejaba la válvula del oxígeno. Una tarde vigilábamos la inmersión de un notario de Palencia que asistía al curso para cambiar de aires, y aprovechando que se hallaba ejecutando un acta de derribo contra una construcción coralina ilegal (y apercibiendo a los responsables), mi padre me dejó al cargo de la válvula de oxígeno pretextando una casi olvidada e inaplazable cita con un tal Valdepeñas en la taberna del puerto, donde yo podría encontrarles en caso de necesidad imperativa. Lo primero que hice al verme solo fue, naturalmente, darle unas cuantas vueltas a la valvulita, primero para aquí, ahora para allí, y finalmente la dejé como estaba, más o menos. Luego jugué un rato a tirar piedras a los peces, di patadas a unos hierros, hice bolitas con los mocos: lo normal; y cuando mi padre regresó, el notario de Palencia flotaba quince metros por encima de nuestras cabezas haciendo torpes aspavientos y desgañitándose dentro de la escafandra. Mi padre, con su chispa de siempre, desconectó de un fuerte tirón el tubo de oxígeno, y la propulsión consecuente, como en un globo pinchado, hizo que el notario saliese disparado, errático, haciendo pedorretas en todas direcciones, hasta que se vació del todo y fue a estrellarse contra una escollera, de la que quedó colgando ya inservible. Mi padre comenzó a recoger sus pertrechos previendo un nuevo pase a la clandestinidad, y sin descomponer el semblante dijo como para sí: este niño es tontolculo. A esas alturas, como ya he contado, los insultos no me atormentaban lo más mínimo; por el contrario, había aprendido a leer entre líneas y comprendía que éste era de distinta naturaleza, pues al margen de lo denigrante que pudiera sonar, denotaba una incuestionable mejora de posición en el rígido orden jerárquico de mi desventurado rebaño, donde el título de tontolculo venía a representar lo que un cinturón naranja en el escalafón del karate. Aún recuerdo a mi fornida madre, que siempre hablaba en serio porque desaprobaba el optimismo, el día que supo que el Ayuntamiento de Barbate no nos consideraba una "familia" sino un "hatajo". Reunió a los hijos y a los cerdos, y con su persuasiva voz de barítono viejo nos transmitió quizá la más ilustrativa de sus enseñanzas: "hijos míos, será mejor que os resbale, porque para un Paesa siempre hay un insulto peor". Amén, mamá. 
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Monday, November 05, 2007
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 A la doctora Quiñones no le sentó bien que Miguel hiciera uso de su incalculable influencia para sacarme del Frenopático de Totana, prestigiosa e injustamente ignorada institución para la salud mental que ella gobernaba con inconmovible firmeza desde hacía más de cuarenta años. Supongo que se le encogieron las bragas de hierro al saber que un rockero de moral desordenada iba a perturbar la contundente paz de su pequeño campo de exterminio; pero el escalafón es el escalafón, y una llamada de las alturas la doblegó. Dos meses después he tenido que solicitar su permiso para: a) Abandonar el territorio peninsular, pues me disponía a desplazarme, por razones de tipo laboral y alimentario, a las agraciadas Islas Canarias; y b) Verme dispensado de la pertinaz vigilancia a la que su adelantado, clarividente y nunca bien ponderado sistema terapéutico me tiene sometido (intervinieron mi portero automático, llenan mi buzón de propaganda de la Boutique del Beodo, y varios vagabundos, agentes de Chivatos Sin Fronteras, se turnan para dormir en mi portal). En resumen, que con la ayuda de Miguel, y tras otra oportuna llamada de la ministra del ramo (trigésimo segundo titular ministerial al que la doctora ha servido en su dilatada carrera), hubo de tragarse los sapos y las llamaradas, autorizar mi viaje y suspender la vigilancia. La mismísima Sigfrida, coronela de enfermeras, me lo confirmó por conducto telefónico con ese tonillo suyo, tan seductor, que hace que a su lado Fernando Fernán-Gómez parezca Heidi. Luego supe que la ministra había hecho especial hincapié en el sincero interés que ponía su gobierno en la salud mental y tal; en la mejora de las condiciones, fueran éstas las que fuesen; y en avanzar: había que avanzar mucho y bien, sin cortapisas, fueran lo que fuesen las malditas cortapisas; sugirió que se recomendase a los pacientes que no sean impacientes, pues el gobierno en su conjunto, su ministerio en particular y ella misma en su mismidad, se habían planteado el irrenunciable reto de avanzar. Y mucho. Y bien. Puedo imaginar la templada reacción de la doctora Quiñones y deducir los daños de la onda expansiva: durante un par de horas trotaría desbocada por el castillo, gritando hasta reventarse las venas de los ojos, escupiendo azufre y fuego, desintegrando a su paso tanto seres como enseres; y una vez descargada, recompondría la escalofriante sonrisa, se proveería de un embudo y un bidón de pastillas, y regresaría en busca de algún desnutrido del Pabellón C para cebarlo como a una oca. Siempre sospeché del abundante paté que servían en todas las comidas. Libre al fin, me presenté en el aeropuerto de Barajas a la hora acordada para tomar un vuelo con destino a Las Palmas de Gran Canaria. Como la escuela de espías a la que asistí de niño no tenía presupuesto para aviones, ni para casi ninguna otra cosa, jamás recibí un cursillo de vuelo en condiciones (salvo aquella vez que los alumnos mayores me colgaron de una ventana para vaciarme los bolsillos), y es por esto que necesitaba prepararme mentalmente para superar el inevitable desasosiego que me produce montar en cualquier cosa que se desplace sin tocar el suelo. Así que me dirigí a la cafetería y me apreté cuatro, cinco o más chispazos de Anís Machaquito, y una vez que me hube encontrado a mí mismo, me reuní con mis compañeros, que observaban espeluznados cómo unas sonrientes señoritas despeñaban nuestro equipo por un insondable laberinto de toboganes, al final de los cuales se estrellaría contra las rocas y acabaría previsiblemente hecho pedazos. Beber no soluciona los problemas, pero te importan menos. Con este espíritu y el pecho calentito ocupé mi asiento, me abroché el cinturón, cerré los ojos y dormí hasta que una azafata me informó de que el resto del pasaje ya había desembarcado. Como el negro del Equipo A. Una vez recogido nuestro maltrecho equipo, montamos en una guagua y nos adentramos en aquel inhóspito paisaje marciano con dirección a la pequeña población de Mogán, situada en el extremo opuesto de la isla, adonde llegamos un millón de curvas después. Nuestro hotel era un faraónico complejo turístico que compartía el luminoso escenario de postal con una miniurbanización y con un micropuerto. No estaba nada mal: marco incomparable, modernas habitaciones, frescos jardines, bares diversos, discoteca, bolera y piscinas varias, en una de las cuales soñé largo rato un gozoso futuro de prejubilación e hidroterapia. Pero a lo que iba: antes de que se abriese la puerta de la guagua, el Niño ya estaba en el mostrador de recepción registrándose con una dirección absurda y un teléfono de contacto con más de quince cifras. Cuando unos cuantos nos dirigíamos a comer junto a la piscina, el Niño ya estaba bañado, comido y pagaba su cuenta. Para cuando planeábamos echar una siesta, el Niño ya se había levantado. Y así todo el tiempo. Como si viniese de fábrica con la hora de Canarias. Por cierto, que alguien dijo que eran sólo tres días y no valía la pena cambiar la hora, y esa pequeña discordancia cronológica entre nuestros relojes y la realidad insular nos trajo por la calle de la amargura a lo largo de toda la operación: todos mirábamos el móvil haciendo cálculos, llegamos a varios sitios una hora antes, y una noche Candy, en un frenesí de dudas, llamó a Osvi para preguntarle si sabía a qué hora tenía que poner su despertador para ir de acuerdo con el Cosmos. Cuando se viaja a Canarias, la mayor parte del equipo se alquila allí, y siempre hay algo que falla, no me preguntéis por qué. Por eso sabíamos que la prueba de sonido sería larga y complicada; pero no lo fue de manera especial, salvo para Tito, al que volvieron loco durante un par de horas con un teclado que se negaba a obedecer. Eso sí, mientras los del Miguel Ríos Team nos calcinábamos trabajando sobre el escenario sin techo, los técnicos locales observaban sonrientes, plácidamente sentados en la única sombra de todo el pueblo. Me recordaron a una familia de osos montañeses que salía en los dibujos animados de cuando yo era espiíta, los del "¡oye Apá!" y el "¡oye Amá!", muy vagos y muy graciosos. Finalmente todo parecía funcionar correctamente, y volvimos al hotel alegres y confiados. Por la noche Miguel anunció al personal que no se iba a hacer "Estos Labios" ni tampoco "Sueño Espacial", que ya lleva varios bolos sin hacerse, y saltaron a la arena con la resolución habitual. Todo iba bien, hacía una noche estupenda, y justo cuando el concierto empezaba a estar encarrilado y la satisfecha audiencia participaba con más ganas, falló el equipo de monitores, el que utilizan Miguel y los músicos para escucharse en el escenario. Mientras los técnicos se afanaban en localizar la avería, Osvi, sin dejar de tocar, improvisaba soluciones para Miguel, que cambió de micro y pasó de los pinganillos; y así, mal que bien, tiraron un par de canciones hasta que nuestros técnicos y los juramentos de Miguel consiguieron que todo volviese a ser lo que era, o parecido. El resto del show transcurrió con pequeños incidentes que se torearon con oficio, y con la gente entregada, cantando y dando palmas hasta el último acorde del Himno. Al final del concierto comenté con varias personas del público las muchas incidencias de la noche, y nadie parecía haberse dado cuenta. Me decían que el sonido había sido excelente y que las luces y el espectáculo eran acojonantes. Lo cierto es que el público se lo pasó de miedo y todo quedó en un paso más hacia la úlcera para Miguel y los músicos, y un par de kilómetros más hacia el infarto para el pobre Belushi, que se comió esa noche, en el siempre arriesgado papel de técnico de monitores, un marrón de los más crudos. Correr con la bici de otro es lo que tiene. Tito resumió la batalla con su corrosivo humor: "A mí ya me extrañó que no fallase por la tarde". Antes de que se me olvide, he de pedir disculpas por no informar sobre el concierto de Almería, pero es que sólo se hizo una canción. Tampoco informé del de Sevilla, porque duró media hora. Luego todo pasó demasiado rápido para mi hígado: el importante concierto de Madrid, sobre el que ya habéis informado vosotros; el emotivo de San Fermín al día siguiente, con su océano de meadas y una inspección de trabajo, a las doce de la noche, que nos alteró los fluidos corporales; el espléndido concierto de Santurce y la tranquila noche etílica cerca de mi pueblo. Hay demasiada roña en mis penúltimas neuronas para poder hacer un relato preciso de los momentos que celebré cumplidamente o de los que cumplí celebradamente o de los que celebré sin que hubiera nada que cumplir. Esa noche, al volver a mi habitación del superhotel de Mogán, restablecí mi autoestima con un cuartillo de Juanito el Caminante (etiqueta negra: los licores siguen siendo baratos en Canarias), encendí la tele y hablé de tú a tú con un tipo que vendía aspiradoras en un canal de teletienda en alemán. Le conté cosas interesantes sobre la soledad de los agentes secretos y sobre el negro porvenir de nuestros hijos, pero en vista de que sólo quería hablar de lo suyo me dejé caer en la cama, y antes de llegar a tocar la colcha ya me había precipitado irremediablemente en la oscura gruta del sueño y mi propia voz me decía: "no has puesto el despertadoooooor". La cagué. (Continuará…) PAESA 
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Sunday, November 04, 2007
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 Tuve pesadillas toda la noche. Siniestras y particularmente vívidas. El día anterior habíamos conocido al "niño chistoso de la televisión canaria", y ahora reaparecía amenazador, moviendo sus rígidos bracitos de juguete mecánico y parloteando sin sentido sobre "arañasoh y yuponeh". A mi espalda, la madre de la criatura le animaba: "¡cuéntale otro yihte, cuéntale otro yihte!". Cuando me giré dispuesto a separarle la cabeza del tronco con el hacha que súbitamente había aparecido en mi mano, asistí sobrecogido a una transformación psicotrópica: en lo que había sido la cara de una madre insoportable se dibujaba ahora la tétrica sonrisa, puntual anunciadora de terrores sutiles, de la doctora Quiñones. Venía acompañada de las Quiñonettes, tres brujas de Pamplona que me preguntaron muy enfadadas si yo tenía una sucursal. Parece ser que la tenía, porque dejé de estar donde estaba y pude verme a mi mismo, desde fuera, durmiendo a pierna suelta y roncando como Angus Young con un disco de Aute. Tranquilizado por la apariencia de normalidad que de pronto transmitían todos los detalles de mi sueño, resolví dejarme dormir. Abandoné la habitación sin hacer ruido (para no despertarme), y hete aquí que al doblar la primera esquina me topé de frente con Pelayo, mi dentista, que pasaba casualmente por allí con una facturita y un taladro. Yo no quería ir donde pretendía llevarme, pero tiraba de mí, y a base de darme amigables palmaditas en la espalda logró introducirme en su consulta, sentarme en la silla eléctrica y atarme. Me había resignado a abrir la boca y la cartera cuando Pelayo encendió el sol para mostrarme que estaba rodeado de sillas eléctricas, cientos, miles, en una enorme nave industrial en cuyo centro brillaba la silla más grande de todas. Allí estaba Miguel, vestido de rey mago, recibiendo a los niños y sentándolos en sus rodillas. Me sentí muy feliz y muy contento y muy reconciliado con todo eso de la armonía y tal y tal, hasta que Miguel pidió silencio, se aclaró la voz ("Lí-Lí-Lí-Lí-Lí-Lí-Líííí) y se dirigió a mí en estos términos: "Has sido malo: no has dado palmas y has roto el equipo de monitores. No tendrás regalo". A pesar de mis sollozos, Rosa y el hermano abogado de Clara me arrastraron al calabozo de la gira y me arrojaron a un putrefacto cubículo donde nada más entrar se desató una tormenta con rayos, truenos y gran despliegue de efectos especiales y chuzos de punta. Después de una eternidad o de dos segundos, según se mire, amainó el temporal, mis ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad y pude advertir que no estaba solo. Temí que pudiera tratarse de algún técnico de monitores preparándose para recibir tormento; encendí un mechero con forma de baraja de póquer, y su trémula llamita reveló la presencia de una silueta negra, con pasamontañas y boina, que me habló con voz distorsionada y acento silbante: "soy Pijón, y tú no eres mi amigo; sólo eres amigo de mi amigo". Vaya usted a saber lo que quería decir con eso, pero bueno, en el Foro tampoco habla muy claro. Determinado a poner fin a tanta peripecia y tanto lance, me lancé de cabeza contra los barrotes de la puerta y, para mi sorpresa, los atravesé sin el menor esfuerzo; subí corriendo unos doscientos pisos por tenebrosas escaleras, y cuando por fin llegué al corredor que conducía a la salida, el Niño ya me sacaba cien metros. Iba despacito, con su pasito de siempre, y recuerdo que logré adelantarle varias veces corriendo, todo a pulmón, hasta que comprendí que no hacíamos más que dar vueltas alrededor de un foso que en otros tiempos, quizá gloriosos, habría estado abarrotado de cocodrilos hambrientos, y en el que ahora chapoteaban con desgana tres o cuatro paparazzis de Aquí hay Tomate. Aprovechando mi vuelta rápida entré en boxes para cambiar neumáticos y aparqué en la puerta de una estancia en la que Clara, herméticamente comprimida en un modelito de látex rojo, hacía restallar su látigo frente a los suplicantes ojos de Itu y de Pincho, ambos encadenados a la pared, que juraban llorando que no volverían a hacerlo más. Por lo visto, yo volvía a estar metido en la cama, porque Clara se acercó solícita, ofreciéndome su mirada más tierna y su sonrisa más maternal, me arropó bien arropadito y me dio un beso en la frente que avivó en mí recuerdos y aromas de caricias antiguas. Luego posó suavemente su mejilla en la mía, proponiendo un susurro mimoso al oído, y justo cuando yo estaba a punto de completar mi ciclo de regresión al útero, me mordió la oreja y aulló como la sirena de los bomberos: ¡Y TÚ QUÉ HACES DORMIDO SI YA ES LA HORA! Fue entonces cuando vi que a la izquierda del salón, en el ángulo oscuro, Joe Pesci sacaba brillo al cuchillo cebollero de su madre. PAESA 
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Saturday, November 03, 2007
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 Allá nos fuimos todos, menos Paesa, que creo que fue a otro sitio: No sé cómo contaros esta historia. Soy consciente de que las insólitas peripecias que revelo en mis informes confidenciales y, sobre todo, las insidiosas e inexactas relaciones de los hechos —quizá sería más acertado llamarlas delaciones— que ha realizado algún forero recientemente, os pueden confundir hasta el punto de considerarme un tipo extravagante, perdulario, desahuciado o algo peor. Es por ello que me resulta difícil; sé que mi credibilidad en este foro no pasa por su mejor momento y lo que tengo que decir resulta bastante increíble ya de por sí. Pero ahí va: ¡Fuimos abducidos por los extraterrestres! Os lo juro por mi robusta y peluda madre. Resulta que tras el concierto de Leganés me encerré con una botella de ron añejo Santa Teresa en un váter de pago que el endeudado ayuntamiento había plantado oportunamente a un lado del escenario. Solo, como siempre: soy un profesional. Una vez agotado el preciado néctar y recobrada una porción suficiente de autoestima, salí de allí trastabillando, extraviado pero gozoso, y una férrea zarpa tuvo la inesperada amabilidad de agarrarme por el cuello y cargarme en un vehículo con destino a Madrid. Por delante de nosotros, en otra furgoneta, viajaban Miguel y los músicos, la expedición estaba en marcha y yo era feliz porque todo iba bien a pesar de mí. De pronto uno de mis compañeros, no recuerdo quién ni por qué, se empeñó en abofetearme y preguntarme cuántos dedos veía, y antes de que pudiera preguntarle a qué dedos se refería, sentí como que me desenchufaban y se me paraba el molinillo. Cuando por fin logré plegar los párpados y expuse mis ojos al fastidioso picor de la realidad, descubrí espantado que me hallaba en el interior de una extraña nave espacial, atado a un sillón incómodo, en compañía de un centenar de agitados individuos de diferentes edades y sexos varios, que supuse capturados a traición como yo. Nos habían suministrado una almohadita y una manta, y asumí con serenidad que estábamos en una especie de calabozo interestelar. Tuve una sospecha fugaz de que había sido condenado a galeras, pero no había remos y la decoración no era nada "retro", por el contrario, era modernísima como suelen serlo todas las cosas interestelares. Superados a duras penas los efectos letárgicos de la abducción y casi recuperado mi nivel natural de aturdimiento, puse en marcha mi infalible intuición deductiva, sopesé algunas deducciones intuitivas y concluí que habíamos sido seleccionados con algún propósito y que lo más probable era que fuese perverso, vistas las caras de los alienígenas disfrazados de azafatas que vigilaban los pasillos. También pensé en el arca de Noé, pero acabé descartando la idea porque el muestrario, salvo yo y unos pocos, no me parecía gran cosa. La nave se elevó a una velocidad endemoniada hasta rozar el infinito y una vez allí recuperó paulatinamente la horizontalidad. Una ruda guardiana depositó ante mí una bandeja llena de extraños receptáculos metalizados y unas curiosas herramientas parecidas a nuestros cubiertos, y me obligó a ingerir una bazofia marciana que insistía en llamar pollo (¡a mí me iba a engañar!). El reo que viajaba inmovilizado junto a mí se quejaba de que pretendieran hacer pasar por pasta un verdoso y maligno amasijo de neumáticos de bici recocidos. Al parecer aún no le habían pillado el punto a la clonación de alimentos terrícolas (tampoco la clonación de azafatas se les daba bien). Estirando un poco el cuello advertí que entre los cautivos estábamos todos los integrantes de la gira, empezando por Miguel y terminando por mí —en riguroso orden jerárquico—, lo que me tranquilizó un tanto, ya que si había rocanrol, pensé, la cosa no tenía por qué acabar mal del todo. Reforzado mi ánimo a pesar de la inconsistencia de la hipótesis, llamé a la vigilante que me pareció menos insociable, le pedí güisqui —por ser ésta una bebida que el cine norteamericano ha convertido en planetaria— y, para mi sorpresa, al cabo de unos segundos el bicho se presentó con mi pedido. Se trataba de una réplica enana de una botella terrestre, y aguantándome la carcajada traté de explicarle, con mi mejor intención pedagógica, que sus cálculos eran erróneos y que debían corregir alguna que otra fórmula, en especial las relativas a sabores, texturas y tamaños. Recibí una mirada puntiaguda y un gruñido chato, así que opté por disimular pidiendo permiso para ir a mear y me fue concedido. En el compartimiento adjunto al habitáculo mingitorio descubrí sin querer, pero con regocijo, cientos de microbotellas de licor, y tras comprobar que nadie me observaba, escamoteé dos o tres docenas con destreza impasible. Volví satisfecho a mi asiento y me tragué la mitad del botín con el objeto de mantener el espíritu engrasado y prepararme para las duras pruebas a las que sin duda nos iban a someter tras el repugnante experimento de la comida. De momento nos observaban. Apenas me quedaban microbotellas cuando descendieron del techo unos pequeños monitores de plasma en los que nuestros desalmados abductores proyectaron un poderoso anestésico visual que me durmió profundamente en menos de diez segundos. Presumo que trastearon en mi cerebro y me robaron datos, porque hay muchas cosas que he olvidado o retengo mal. Recuerdo vagamente que dos repulsivos marcianos con corbata se agarraron a mí y me trasladaron en volandas hasta otra nave más pequeña en la que me sentaron, me ataron y volvieron a empezar con las mismas putadas. Decidí que esta vez yo llevaría la iniciativa y, aprovechando el factor sorpresa, me dormí sin su permiso. Desperté en una habitación extraña, herido por las flechas de la incertidumbre. Era de día, pero no sabía qué día; podían haber pasado horas, semanas o años. Por un momento creí que lo había soñado todo y que estaba donde debía estar (donde quiera que fuese); pero la tele estaba encendida y en la pantalla brillaba con luz propia mi ídolo, mi guía, el maestro de maestros: Maxwell Smart, el superagente 86. Indudablemente los extraterrestres habían interferido mis circuitos y querían que yo lo supiera; conocían ya mis valores, mi ciencia, mi ideología (buena o mala, pero mía); sabían lo que me impulsaba y trataban de manipularme. Salí disparado a la calle; busqué alguna evidencia fatal: dos soles, tres lunas, motos voladoras, rayos cósmicos, cosas de esas; y me quedé boquiabierto en mitad de la calzada, sobrecogido, diminuto frente a la magnificencia de los tres volcanes nevados, majestuosos, titánicos, que señalaban los confines tridimensionales de una improbable ciudad de simpáticos y ruidosos humanoides. Un bocinazo me sacó del pasmo y tuve que apartarme del paso de un taxi microscópico y de un autobús descacharrado, del tamaño y la altura de una furgoneta descacharrada, repleto de lugareños encogidos y prensados. ¡Estaba en otro planeta! En la esquina, mis compañeros se disponían a montar en una furgoneta, bromeando, como si no pasara nada. Deduje enseguida que el efecto de los trasteos cerebrales había sido más intenso en ellos que en mí y que no eran capaces de apreciar objetivamente lo que mi perspicacia innata y mi exhaustiva preparación me permitían ver con toda claridad: que era una trampa, que habíamos sido secuestrados por algún tipo de seres del espacio y llevados a un planeta remoto, y que por muy simpáticos que pareciesen los lugareños haríamos bien en desconfiar. Al montarme en la furgoneta, Clara me suministró unas pastillas para el mal de altura; me pregunté si ya trabajaba para ellos. Decidí actuar con naturalidad y fingir que las tomaba, no fuera que la tomasen contra mí. Fuimos conducidos a un inmenso recinto para espectáculos, con un escenario gigantesco y su correspondiente equipo dispuesto. Los técnicos jugaron un rato con los cacharritos, también los músicos jugaron con los cacharritos, y luego llegó Miguel y jugaron todos un ratito más con los cacharritos. Lo llaman "probar sonido". Todo estaba bien, no pasaba nada, más bromas, más risas; seguían ignorando temerariamente que estábamos en otro mundo, frente a una civilización afable pero extraña, y que todo aquello resultaba más sospechoso que mi seguro de vida. Y nadie se daba cuenta. Ni siquiera cuando nos llevaron a comer y nos sirvieron un festín a base de camarones y otras sabrosas delicias locales, con coloridas raciones de tamaño familiar, platos de sopa como para hacerse unos largos, inabarcables montañas de arroz y de papas, ríos de cerveza de varios sexos y vertiginosas crecidas de ácido úrico. A mí no me la pegaban, habían adquirido nuestro aspecto, pero les delataban sus constantes errores de proporción, y la prueba más evidente era la botella de cerveza de quince metros de altura que presidía la entrada al recinto (próximamente enviaré foto). A pesar de todo, decidí seguir fingiendo y no intervenir, ya que a esas alturas resultaba evidente que ansiaban agradarnos. El show fue bastante singular. Miguel salió a cantar sobre las nueve y media de la noche —hora oficial de la confederación galáctica— y el show debía durar setenta y cinco minutos, así que el repertorio habitual sufrió un drástico recorte y ofreció alguna que otra novedad. Un concierto sobrio, ponderado, marcado por la necesaria readaptación a los equipos, solventes, pero extraños. Nuestros anfitriones no eran muy vehementes, y aún así hubo momentos de verdadera comunicación interplanetaria, en especial con Bienvenidos, Nos siguen pegando abajo, Todo a Pulmón, Sábado a la noche y el Himno. Miguel transmitió algunos mensajes memorables en las presentaciones de las canciones, cantó entregado, conectó, agitó y convenció. Al final del show, en los camerinos, traté de averiguar con astucia si Miguel era consciente de haber sido abducido; le comenté, como quien no quiere la cosa, lo mucho que me extrañaba la total ausencia de foreros: dudó un momento, me dedicó una mirada cargada de condolencias y abiertamente rehuyó mi compañía. Como todo el mundo, o mejor dicho, todos los mundos estaban contentos, lo celebré dejándome arrastrar a una fiesta de alienígenas de aspecto andino, donde fui iniciado en la libación de una pócima mágica, el "Pisco Sour". Tratando de corresponder a tan honrosa deferencia, bebí unos mil aproximadamente y cuando me dirigía al baño con el propósito de hacer sitio para otros mil, alguien se me acercó por detrás y me dijo: "Soy Pijón y estoy siempre a tu espalda". Sentí un fuerte impacto en la nuca, un punto de dolor, y me desvanecí tratando, no sé si en vano, de que el vaso de "Pisco Sour" se mantuviera horizontal. PAESA PD: He vuelto y no sé cómo. Sé que estoy en casa porque he encontrado una paletilla ibérica y una caja de vino del somontano que me pertenecen, aunque alguien haya contado por ahí vaya usted a saber qué infamias. He llevado a revelar las fotos que hice con una cámara de usar y tirar y me ha sorprendido un hecho desconcertante: recuerdo que Osvi, Tito y yo le pedimos a un complaciente lugareño que nos sacara una foto con el volcán "Mitsi" de fondo. El tipo dijo: "miren al paaaajaro"; nosotros nos partimos de risa. En la foto que ahora tengo encima de la mesa de mi despacho no hay ningún volcán, ni grande ni pequeño; sólo una neblina gris que oculta cualquier realidad posible y tres incautos que se ríen en la nada. Si cuando yo digo que era todo muy raro... 
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Friday, November 02, 2007
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 El propósito de este breve comunicado es notificarles la irreparable pérdida de nuestro acaso amado Paesa, abnegado servidor de este foro, que fuera esposo lejano de aquí una servidora y padre insuficiente de seis desconsolados servidorcitos aún ignorantes del ignominioso destino que su apellido acabará imponiéndoles tarde o temprano. Aprovecho ahora que están enzarzados en una pelea a muerte por el último yogur, para teclear estas apesadumbradas palabras y darles a ustedes noticia del hallazgo fortuito de unos archivos secretos a los que accedí pinchando con el ratoncito sobre un icono astutamente encubierto con el nombre de "Archivos Secretos". La carpeta contenía abundante material fotográfico y una dirección de Internet, donde, al parecer, mi desventurado marido, que nunca tuvo tiempo para montar una estantería, cambiar las cuerdas del tendedero o aprenderse los nombres de sus hijos, se había tomado la molestia de subir ingentes cantidades de informes y fotografías como si alguien fuera a agradecérselo, y no hablemos ya de pagarle por ello. Y mira que yo le advertía: "que tú no estás bien de ahí arriba; que menudo negocio si ni siquiera puedes cobrar por no delatarte, y mal te lo podrán agradecer si no saben quién eres". Y él que no; que venga; que el espionaje era su vida y tal y cual y lo de siempre. Y lo que yo digo, que vaya vida miserable la de los espías, a mí que no me digan. Alguno habrá por ahí que tenga a su prójima a pan y mantel, hecha una señora, y a los niños internos en un colegio finolis; pero aquí no hay manera de sacar adelante una familia decente, y de eso puede dar fe aquí una servidora, porque lo nuestro, sin ir más lejos, ha sido siempre un sinvivir. Y es lo que yo le decía a mi difunto Pa, que es como solía llamarle cuando le veía por casualidad, porque no paraba en casa más que para cambiarse de calzoncillos y darles unos coscorrones a los niños, y ya se iba de nuevo, que ahora hay quien dice que mi marido era un "trasunto", y yo no puedo responder a eso porque no sé lo que significa, pero lo que sí sé es que normal, normal, lo que se dice normal no era, porque se dejaba la vida trabajando en tontunas y disparates que no le daban para alimentar tanta boca necesitada, que los niños ya se sabe, y más éstos que están en una edad que se comen lo que se les ponga delante, que no es mucho, por más que una servidora exprima el presupuesto hasta la última gota de su sangre, la del presupuesto, y con la nevera siempre vacía, inventando las comidas, que he inventado yo más pucheros de nada y sopas desestructuradas que el Ferrán Adriá ese por mucho que me discutan, y no es que a mí me guste eso de discutir, pero si hay que defender la verdad, pues eso, que se defiende donde haga falta, porque una no tiene estudios, pero es honrada a carta cabal y muy defensora de lo suyo, que se preguntarán ustedes que qué es lo suyo, o sea, lo mío, y es lo mismo que yo me pregunto, porque qué le queda a una después de tantos padecimientos y de tantas amarguras, que parece que tuviéramos un imán para las calamidades. Pues yo se lo digo: un cansancio muy grande, muy grande, y unas ganas también muy grandes de rendirse definitivamente, porque durante años te das y te das sin mirar cuánto, hasta que un día te paras frente al espejo y no te conoces, con los ojos apagados, la piel opaca y blanda, unos ojerones como paelleras y ese mapa de carreteras comarcales que las varices te han dibujado en las piernas, y te preguntas dónde estabas tú mientras te estaba pasando todo esto, y haces un somero inventario de tu existencia, y esforzándote mucho, mucho, puede que detrás de las telarañas encuentres dos o tres recuerdos borrosos no demasiado malos, y se acabó: no hay más que rascar, porque en toda tu vida no has hecho otra cosa que trabajar como una burra, sí, sí, y a veces como dos burras, para llevar adelante a la familia, y todo eso abandonada por tu media naranja, que a esas alturas ya es un melón entero, y secuestrada, sí, créanme, secuestrada por una jauría de vástagos egoístas e insaciables que acaban por absorberte la energía y consumirte toda, hasta que llega un momento en que ya no puedes más, y por las noches, cuando caes medio muerta en la cama, lo único que quieres es acabar de morirte y… en fin… y todo eso; y sé que ustedes estarán pensando que me he desviado un poco de la cuestión, pero lo cierto es que he olvidado cuál era la cuestión ¿De qué estaba hablando? ¡Ah, sí, lo del comunicado breve!  Pues como les decía, yo se lo advertí muchas veces a Paesa, pero él nunca hacía caso. Ni a mí ni a nadie; él, siempre a lo suyo: un cabezota como su padre, el intrépido hombre-rana, que ya me dirán ustedes qué oficio es ese, que le das a la gente tu tarjeta y no saben si eres un buzo o un fenómeno de circo. Menudo batracio, mi suegro, y a testarudo no le ganaba nadie: figúrense que arrastró a su dulce esposa, mi amarga suegra, y a su nutrida prole hasta Groenlandia ¡para criar cerdos de bellota! Qué les parece. Allí vivieron una temporada en un iglú adosado, de los pequeños, dejando a la mitad de los niños en la calle para que no se congelasen los puercos, y aunque nadie compró nunca uno solo de sus productos estrella, el granizado de chistorra y los tocinillos de hielo, el viejo no cedió en su desquiciado empeño hasta que una colonia de groenlandeses musulmanes amenazó con lapidarlo por vender polos de beicon a la puerta de una guardería coránica. Ya ven qué cuadro familiar y qué forma de criar a unos hijos. Y la que tenía mi Paesa con los niños, para qué les cuento: tendrían que haberle visto el día que se enteró de que no había un espejo frente a la mesa del comedor y eran seis los niños, y no tres como él pensaba. Se marchó de casa muy enfadado y se fue de espía a la gira de Georgie Dann, que digo yo que a quién podían interesarle los secretos de ese hombre, y no volvió ni en invierno, cuando de todos es sabido que Georgie Dann hiberna en los Picos de Europa y no sale de su cueva hasta el siguiente verano. Pues no tuvimos noticias de él en no sé cuánto tiempo, díganme ustedes si eso está bien, y cuando por fin volvió, yo le supliqué o le exigí, no recuerdo, que buscase un trabajo decoroso, dando la cara por una vez en la vida, y que no me dejase tan sola, porque yo estoy muy sola, señoras y señores, sí, sí, sí, muy sola; estoy más sola que en la foto de mi boda, que me la sacó el cura, porque la ceremonia fue secreta y no invitamos a nadie, y el botarate de mi marido, que ni se había quitado el pasamontañas, se largó zumbando nada más responder que sí, que sí, que claro que me quería, que sí. Y encima se llevó los anillos, el listo, y tuve que mandar al monaguillo a comprarme una arandela en la ferretería más próxima. ¡Hay que ver qué hombre! Un cabeza de chorlito, como todos los Paesas que he tenido la desdicha de conocer, que han sido muchos porque de lo malo siempre hay más, como bien decía mi ilustre padre, y ese sí que era un caballero de fuste, que de no haber desaparecido misteriosamente una vez que salió a comprar tabaco, hoy estaría aquí dándome la razón y brindándome ese respaldo moral que tanto necesita una mujer en mi situación. En fin, que no quería enrollarme y aquí estoy como una tonta, dándole palique a unos desconocidos… ay, si supieran ustedes el bien que me está haciendo este pequeño desahogo, y cuánto se lo agradezco… porque yo he sufrido mucho; sí, sí, así se lo digo: ¡yo he sufrido mucho! Pero no se crean que un sufrimiento así… como yo qué sé, de esos de tal y cual; no, no, no, no, no, que yo he sufrido mucho, oiga. Si hasta lo dice mi médico: "Olguita, que tú has sufrido mucho", y es que mi nombre es Olga, no sé si ya se lo había dicho, y el doctor me llama Olguita porque ha sido mi médico toda la vida, un médico de los de siempre y no como estos de ahora, que ni pinta tienen de médicos, y ya me dirán cómo van a ser de siempre si sólo son de ahora, y todo lo achacan a un virus, que es lo que yo digo, que si en mi casa llega a entrar un solo virus nos lo comemos en filetes, así que hay que ver cómo está la medicina, y si ya ni en eso podemos confiar, pues ustedes me dirán qué hacemos, y así va todo, que yo no sé qué va a ser de nosotros, y cuando digo nosotros me refiero a mí y a las seis secuelas que me dejó el espía, que me tienen de los nervios, y luego la gente se queja de que si tanto estrés, tanto estrés: por el estrescientos voy yo y tengo que seguir apechugando, a pesar de que una ha sufrido ya tanto que... pero si tienen un momento se lo cuento así por encima: Tenía yo dos añitos cuando… Perdón; tengo que dejarles, porque no veo a mis hijos y en cuanto que me descuido intentan comerse al pequeño. ¡Uy, qué tonta! Pues no va y se me olvida la dirección, que era la razón principal de este breve comunicado. Pero qué quieren, una no sabe ya ni dónde tiene la cabeza, figúrense, con seis chiquillos por criar y sin la figura del padre, aunque tampoco el padre era un figura, pero ustedes ya me entienden, y está todo tan mal, tan mal, que no sé dónde vamos a llegar. El otro día le decía yo a una amiga: "pues mira, Mari", porque se llama Mari, de María… pero bueno, ya me estoy desviando otra vez. Que nada, que un placer y gracias por la oportunidad que me han brindado para soltar alguna de mis penas, que son muchas, si yo les contara, porque las tengo de todos los tamaños y colores, sin ir más lejos, hace poco me sucedió… ay, no, no, que me lío… Ah, sí, la dirección, que es que ya no sabe una ni por dónde va… http://xxxxxx.xxx/xxxxxx A tantos de tantos de dos mil tantos, que no está una para contar ni entrar en detalles, con tantas cosas que atender y tantas preocupaciones y tanta esclavitud, porque yo soy una esclava, sí, sí, sí, así se lo digo: ¡una esclava soy yo!; y he sufrido tanto en esta vida que ya estoy para el desguace, qué quieren que les diga… pero bueno, si eso ya se lo digo en otra ocasión. Olga Zana Morcillo, viuda de Paesa.
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Thursday, November 01, 2007
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 En el foro de la web de Miguel Ríos, los foreros debatían acaloradamente sobre si "Reina de la noche", una célebre canción de Miguel Ríos, podía ser calificada como una balada. La viuda de Paesa fue invitada a intervenir y no desperdició la ocasión de meter la cuchara y enredar más la madeja con una de sus breves y precisas reflexiones: Pues no sabe usted, joven, cómo le agradezco su confianza, porque a una no le preguntan nunca, para qué van a preguntar si una es tonta y no entiende de nada, ya sabe usted cómo le digo, que una lleva así toda la vida, y oiga, que ya está bien. Pero mire usted por dónde resulta que una servidora también hizo sus pinitos en el mundo del espectáculo, y aunque no llegué a doctora de la cosa, pues qué quiere que le diga: viajé por ahí y algo aprendí. Hubo un tiempo, antes de conocer a mi difunto esposo, en que una servidora recorrió los caminos de la ilusión acompañando a una orquesta, concretamente al batería, que se llamaba Pako, con ka, el batería, no la orquesta, que ésta se llamaba Orquestina Escarlata, aunque más de uno los llamaba Orquesta Escarlatina, porque tocaban en hospitales y sitios así, y porque en ese mundillo hay una competencia feroz y, sobre todo, muy mala leche. Pues eso, lo que le decía, que algo aprendí, porque Pako tenía un aparatillo, y le hablo de un cacharro llamado metrónomo, no del otro, que tampoco era gran cosa, y con el tal aparatillo, como un reloj que hacía clac, clac, clac, ensayaban las canciones e intentaban no irse del tiempo, sin lograrlo la mayor parte de las veces, porque corrían como galgos, y el primero Pako, que siempre se anticipaba, y me refiero a la música, no a lo otro, que también, pero no es para contarlo ahora. El caso es que Pako y yo tuvimos una noche loca en la que me enseñó a manejar su chisme, el metrónomo ese, y me explicó que medía golpes por minuto, bits per minute, que decía él, porque sabía idiomas y tenía mucha labia, y mientras se acomodaba encima de mí, me contrató, sin sueldo, para que viajase con él y me encargase de mantenerle el aparatillo siempre a punto, y sigo hablando del metrónomo, no vaya usted a pensar, porque el otro no se lo ponía a punto ni el mecánico de Fernando Alonso. Y así debuté como profesional en una vertiginosa gira por asilos, casas de salud e instituciones mentales, moviendo el chirimbolito para arriba y para abajo según fueran las canciones rápidas o lentas. El chirimbolito del metrónomo, porque el otro lo movía a mi ritmo y, además, por amor, fíjese usted qué tontería. Fue en una de las funciones de esa gira, concretamente en la última, que conocí a Paesa y mi vida cambió para siempre, ¡vaya si cambió! Al finalizar el espectáculo se acercó a mí con las mangas atadas a la espalda y su cara de besugo inadaptado; hizo algunos comentarios ponderados sobre el repertorio, y mostró un interés tan sincero y enternecedor por mi trabajo que le expliqué el funcionamiento del metrónomo y accedí a hacerle una exhibición de mis habilidades, pero justo cuando le estaba moviendo el chirimbolito para arriba y para abajo llegó el batería y no hubo manera de explicarle que aquello no era lo que parecía. Pako me despidió en el acto, me advirtió con voz declamatoria de que las puertas del olimpo artístico se me cerraban para siempre, y para añadir fuerza dramática y realismo a sus amenazas se largó dándome un portazo en las narices. En fin, que allí me dejó plantada con un majara, un metrónomo y los dos chirimbolitos. Pero a lo que iba, que me pierdo más que el alambrito del pan Bimbo. Servidora ya había escuchado alguna vez lo del origen medieval de las baladas, como ha escrito por ahí un tal Plutarquete, que parece un mozo inteligente y cabal, y eso se nota, porque servidora ha visto mucho de todo pero muy pocos inteligentes y aún menos cabales, hágase una idea; y también tenía noticia de las baladas pastoriles, que eran cosa de pastores enamorados, que ya me dirá usted si eso está bien, pobre ganado; pero según decía Pako, que era una fuente inagotable de conocimientos, en su mayoría inútiles, en la "música ligera moderna", e incluía en esta calificación a su casposa y trasnochada "agrupación melódica", el término se había generalizado hasta designar como "balada" lo que toda la vida hemos llamado "lenta". Y yo de lentas sé un rato, porque el repertorio de la Orquestina Escarlata estaba empedrado de ellas, no olviden que el público estaba integrado habitualmente por enfermos, ancianos, impedidos, algunos atiborrados de pastillas o, incluso, amordazados y atados con correas. En las rápidas, que en el repertorio de la Orquestina eran sólo un par porque a la audiencia no le sentaban bien, yo subía el chirimbolito por encima de 120 golpes por minuto, bits per minute, si lo prefieren. En las lentas lo bajaba hasta las rayitas que marcaban entre 55 y 70 bpm. Todo lo más podía llegar hasta 80, pero a partir de ahí ya empezaba a no ser una lenta del todo. Como conservo el metrónomo y aún le funciona el chirimbolito, que ya es mucho decir, porque no sé si a Pako, pero a Paesa seguro que no, me tomé la molestia de comprobar los tiempos de algunas canciones que ustedes han citado en su encuesta y efectivamente todas ellas se mueven dentro de las magnitudes citadas, entre 60 y 72 bpm, a excepción de Reina de la noche, que pasa de los 100 bpm. Una servidora opina que no se puede considerar un tiempo lento, sino más bien un tiempo medio, como apuntaba Rockero Urbano, ese mozo tan formal y espabilado que gusta de promover este tipo de encuestas, el mismo que también señalaba, con mucho acierto, en mi opinión, los fraseos cañeros y otros detalles estructurales que diferencian a Reina de la noche de una balada al uso. Por todo esto, en mi nombre y en el de mi difunto marido, que seguramente pensaría que estamos hablando de ovejas porque era tan memo que confundía baladas con balidos, mi voto es rotundo: Reina de la noche NO es una balada. Dª Olga Zana, viuda de Paesa. Ya sé que me podría haber ahorrado tanta historieta y votar simplemente que no, pero es que no sabe usted el bien que me hacen estas divagaciones, un verdadero alivio de luto, porque está una tan harta y tan sola…
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Wednesday, October 31, 2007
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 Al hilo del apasionado debate sobre si "Reina de la Noche" era una balada o no, un forero llamado Cooper contradijo la reputada opinión de la viuda de Paesa en estos términos: "¿Desde cuándo es el metrónomo el que decide el carácter de una canción?" ... "El metrónomo lo tienen para hipnotizar inocentes como usted, la pobre. Este rítmico aparato nació con otra finalidad - para que estudiaran, para que aprendieran a mantener el 'tempo' más de un compás" ... "El metrónomo nos marca, en la música popular, la velocidad o el tempo del arreglo. Del arreglo, Doña Olga, que nada tiene que ver con el estilo o tipo de canción. Una canción de un estilo puede ser arreglada e interpretada de otra forma. Un bolero puede ser tocado con un arreglo heavy metal al triple de velocidad y seguirá siendo un bolero. Tocado en plan heavy pero bolero." ... "Y ya que estamos un poquito más en confianza, le aclaro que 'aqui' (*) es la isla de San Bartolomé, en pleno Caribe, donde algún día espero tenerla de visita para homenajearla como se merece y, de paso, revisarle los 'bits per minute' que nunca es tarde para una adolescencia loca.... Suyo, Cooper". La respuesta no se hizo esperar: Desde luego, hay que ver qué gente más agradable frecuenta este foro, y qué educados son todos, que da gusto, oiga, con lo que hay por ahí, que el otro día se lo decía yo a una amiga, que yo no sé en qué va a terminar todo esto; y mira por dónde, ahora empiezo a entender a mi difunto esposo y hasta a perdonar la enfermiza devoción que les profesaba a ustedes y que tantas desdichas nos trajo; porque me tratan todos con una delicadeza y un respeto que, oiga, pues qué quieren que les diga, que una lo agradece de verdad, y más en estas circunstancias de desamparo que atravesamos, que si se las detallo, las circunstancias, pues no acabaríamos nunca, porque siempre hay algo, como si no tuviera una ya bastante, y si no, figúrense que el otro día va mi prima, la que no veía desde hace no sé cuánto, y me llama muy enfadada y me dice que… ay, no, no, que me lío y lo que yo quería era responder a este forero misterioso, el tal Cooper, que espero que no tenga nada que ver con aquel actor de cuando estonce, porque yo no le deseo a nadie ni la soledad ni el peligro, que bastantes peligros he toreado yo, y de soledades qué les voy a contar, porque de eso sí sé todo lo que hay que saber, que en eso soy doctora horroris causa, y voy a hacer una pausa para respirar porque he empezado lanzada y ya no puedo más. Pues resulta que, con mucha delicadeza y con mucho respeto y tal, eso sí, pero como quien no quiere la cosa, el tal Cooper ha puesto en entredicho la opinión de una servidora, y todo por decir lo que no dije y, cómo no, porque cometí un desliz con lo del batería, que un desliz, oiga, como un mal día, lo tiene cualquiera, y no hay por qué pagarlo toda la vida, creo yo; y ojalá que usted no tenga nada de lo que arrepentirse, aunque me extrañaría, porque en el libro de la vida no hay página sin borrón, ni nosequé sin nosecuál, que ahora no me acuerdo, pero lo decía mucho mi abuela, que era ciega de nacimiento y no había visto un borrón en su vida; o sí, ahora que lo pienso. Pero es igual, a lo que iba; que dice este forero tan cortés, que desde cuándo es el metrónomo el que decide el carácter de una canción, que me pregunto yo que de dónde habrá sacado que yo he dicho tal cosa, porque sería como decir que mis movimientos de chirimbolito decidían el carácter de la Orquestina Escarlata, y yo allí, pueden estar seguros, no decidía ni dónde me ponía, y quiero decir encima o debajo. Pues claro que no, don Cooper; el metrónomo no decide, el metrónomo mide; que me ha debido de tomar por más tonta de lo que parezco y me quiere hacer picar; que se piensa usted que me voy a tragar lo de que los metrónomos se inventaron para que los baterías cazasen incautas, como si no supiese yo que el metrónomo se inventó mucho antes de que se inventasen los baterías y su ferretería ortopédica; y también sé, porque lo aprendí cuando estudiaba solfeo con las monjas, que los autores de música clásica, o sea, antes de Elvis, escribían en las partituras "Largo" o "Lento" para que fuese muy despacio, o "Adagio", un poco menos lento; o "Andante" o "Allegro", cada vez más rapidito; o "Vivace", ya con más caña; y que la invención del metrónomo ayudó a precisar esos concetos y otros más sutiles, como la diferencia entre el Andante con moto y el Andante sin ella; o lo que separa al Allegro ma non troppo de su primo el Allegro común, que es algo más asilvestrado y nerviosete; y también contribuyó a establecer unos criterios normalizados universalmente aceptables, relativos, eso sí, porque luego la moto del Andante no rueda igual si la conduce Von Karajan o Luis Cobos; y eso que a Beethoven le gustaba tanto el cacharrito, que anotaba las marcas de metrónomo en sus partituras para que éstas fuesen interpretadas como él quería. Así que ya ve, don Cooper, que el metrónomo es un poco más útil de lo que usted pretendía hacernos creer al considerar a una servidora como la inocente del chirimbolito; y no está bien eso de burlarse de una pobre viuda, que una está muy orgullosa de su cualificación profesional, y aunque el chirimbolito no decida nada, sí viene a confirmar lo que ya sugieren los nombres de los tiempos: moderado, alegre, vivaz, que no es otra cosa que la íntima relación existente entre el tempo de una obra, o el aire, que decían los clásicos, y su carácter. Y créame, don Cooper, que con las personas pasa lo mismo, que se lo dice una servidora, porque a un tío de mi madre, que en paz descanse, le dio un aire y le cambió el carácter, y de ser trabajador y formal pasó a ser un vivalavirgen y un desastrao, y arruinó su vida y la de su familia, que si yo le contara las cosas que le hizo a esa pobre familia se iba usted a espeluznar, porque menudo pájaro resultó ser… pero bueno, mejor sigo con lo otro, porque una servidora está de acuerdo en que las canciones tienen un espíritu, un carácter, pero yo no creo que sea inmutable; por el contrario, pienso que, como en el caso del tío de mi madre, que en paz descanse, un aire lo puede trastocar todo y hacer de uno lo que no era. Porque los arreglos son a las canciones lo que el amor, la miseria, la educación o las malas compañías son a las personas, que pueden convertir, subvertir y hasta pervertir el carácter y hacerlo otro, de suerte que el que nació de una manera acabe convirtiéndose, incluso, en la contraria. Por eso una servidora no cree que un bolero tocado al triple de velocidad siga siendo un bolero, por más que así lo recuerden los que lo conocieron antes de que le diese un aire: puede resultar interesante, pero me parece que es otra cosa y lo es intencionadamente. Y, sobre todo, no creo que una Misa de Réquiem siga siendo la misma después de que Chiquito de la Calzada haya hecho unos fandanguillos con ella; usted dirá lo que quiera, pero si yo llego a saber cómo era de verdad, no habría permitido que tal cosa se interpretase en el entierro de mi padre, porque menudo bochorno: figúrese que la gente batía palmas y hasta el cura terminó muerto de risa, cortando jamón para acompañar al vino, y tirándonos arroz, que cuando se acabó el arroz empezó con las aceitunas con sabor a anchoa, y menos mal que eran sin hueso, oiga; y para colmo, al despedirse, nos bendijo en el nombre del Padre, del Hijo y ¡Olé! Ya me dirá usted, don Cooper, si los arreglos no cambiaron el carácter de la cosa. En fin; sin llegar a esos extremos, y en lo referente a la canción que nos ocupa, Reina de la noche, yo no digo que no fuese una balada; sólo digo (y es la humilde opinión de una servidora), que ya no lo es; vamos, que tal y como la conocemos ha dejado de serlo, precisamente por la intervención de unos arreglos que determinan su nuevo carácter: y es que yo creo que una canción es lo que se empeña en ser. Usted podría replicarme que hay algo que permanece siempre y tal… pues mire, don Cooper, no estoy tan segura sobre lo de las permanencias, porque una servidora ha sufrido mucho y ha visto ya de todo; sin ir más lejos, recuerdo haber vivido esto mismo con la Dra. Quiñones, la responsable de la salud mental de mi difunto esposo, que también me hablaba del alma y del espíritu y me recomendaba mirar en el interior de Paesa, donde, según ella, subyacían el niño tierno y amoroso que admiraba a su padre, el joven inteligente que despuntaba en la escuela de espías, el hombre cabal y brillante que burlaba los servicios de seguridad más invulnerables, y no sé cuántos otros; y yo no digo que no, pero yo a esos no los vi nunca, que debían estar muy escondidos; porque yo miraba y miraba en la oscura gruta llena de murciélagos que era el interior de mi marido, y qué quiere que le diga, don Cooper; yo sólo veía lo que veía, lo que él se esforzaba en mostrar; en definitiva, lo que se empeñaba en ser: un pobre idiota (o un idiota pobre, que también). Suya afectísima, Dª Olga Zana, viuda de Paesa. ¡Ay! que se me olvidaba, y es que no sabe una ni dónde tiene la cabeza; que he decidido aceptar su generosa invitación para visitarle en el Caribe. Llegaré a San Bartolomé el próximo viernes acompañada de mis seis hijos y de un cerdo, mi cuñado; espero que no le importe. En la larga temporada que planeamos gozar de su hospitalidad tendremos tiempo suficiente para conocernos mejor, para que yo le demuestre cómo se sube y se baja un chirimbolito, y para que usted me haga una revisión a fondo de los bits per minute, que falta me hace, porque le aseguro, don Cooper, que mi espíritu era una jota, y los "arreglos" lo han convertido en un fado.     
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