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El arsenal-biológico-de la libertad humana (1946)*
Los
gobernantes y los generales pasan revista a sus tropas. Los magnates pasan
revista a las sumas de dinero que les dan poder. Los dictadores fascistas pasan
revista a las reacciones irracionales humanas que les posibilitan conseguir y
mantener su poder sobre las masas. Los científicos pasan revista al
conocimiento y a los medios de investigación. Pero, hasta aquí, ninguna
organización que luche por la libertad ha pasado nunca revista al arsenal biológico en el que han de
encontrarse las armas para el establecimiento y el mantenimiento de la libertad
humana. A pesar de toda la precisión de nuestra existencia social, no hay
todavía una definición de la palabra libertad
que esté de acuerdo con la ciencia natural. Ninguna palabra es peor
empleada y entendida.
Definir
la libertad es lo mismo que definir
la salud sexual. Pero nadie admitirá abiertamente esto. La defensa de la libertad
personal y social está conectada con los sentimientos de ansiedad y de culpa.
Como si ser libre fuese un pecado o, al menos, no lo fuese tanto como debiera
ser. La economía sexual hace comprensible este sentimiento de culpa: la libertad sin autodeterminación sexual es
en sí misma una contradicción. Pero ser sexual significa -de acuerdo con la
estructura humana prevaleciente- ser pecador o culpable. Hay muy pocas personas
que experimenten el amor sexual sin sentimiento de culpa.
El
“amor libre” ha adquirido un significado degradante: pierde la significación
dada por los viejos luchadores por la libertad. En las películas y en los
libros, ser genital y ser criminal son presentados como la misma cosa. No maravilla, luego, que el asceta y el reaccionario
gocen de una mayor estima que el cariñoso primitivo; que la posición social
elevada sea incompatible con las actitudes y comportamiento sexuales naturales;
que a la “autoridad” no se le permita tener una “vida privada”; que un gran
científico como De La Métrie pudiera ser deshonrado y perseguido por ascetas;
que cualquier moralista perverso pueda salir impune de deshonrar a una feliz
pareja cariñosa; que los adolescentes se arriesguen a ir al reformatorio por
tener intercambio sexual, etc.
Este
artículo ha intentado mostrar el error de cálculo en el que, hasta ahora, todas
las luchas por la libertad han caído presas. Es este: la incapacidad para la libertad social está fisiológica-mente anclada
en el organismo humano. De esto se sigue que el dominio de la incapacidad
fisiológica para la libertad es uno de los prerrequisitos más importantes de cualquier lucha genuina por la libertad.
Este artículo no quiere discutir esos elementos de la libertad que son
generalmente conocidos y defendidos, tales como la libertad de expresión, la
libertad de la opresión y explotación económicas, la libertad de reunión, la
libertad de investigación científica, etc. La tarea esencial aquí era mostrar
el obstáculo más poderoso en el camino de todos esos empeños.
No
es difícil de entender por qué la incapacidad caracteriológica general para la
libertad por parte de las masas de la población no ha sido nunca hecha un tema
de discusión pública. Es un hecho absolutamente demasiado deprimente e
impopular. Requiere severa autocrítica y cambios de gran alcance en todo el
modo de vivir por parte de la aplastante mayoría de la población. Requiere
desplazar la responsabilidad de todos los procesos sociales de las minorías o
individuos a las masas de la población, de las que depende el trabajo en la
sociedad. Hasta ahora, esta mayoría trabajadora de la población nunca ha
gobernado el destino de la sociedad. Lo mejor que podían hacer, hasta ahora,
era poner la guía de sus vidas en manos de individuos decentes en lugar de despreciables.
La forma “parlamentaria” del “gobierno” no equivalía a los acontecimien-tos
actuales, pues al mismo tiempo, otros grupos
y mayorías invistieron a sádicos e imperialistas brutales con poder sobre sus
destinos. Hay un gran peligro de que la democracia formal, al combatir la
dictadura autoritaria, pueda ella misma padecer un cambio en el sentido de la
dictadura. Dado que las masas trabajadoras no determinan ellas mismas sus
vidas, de hecho y prácticamente, el germen de la supresión de la libertad está
presente en el curso de los aconte-cimientos mismos; no tiene que residir en
ninguna intención maligna de los representantes electos. La guerra, por
ejemplo, requiere muchas medidas que, aunque sumamente necesarias, son
potencialmente autoritarias. Bajo tales circunstancias, depende de la
composición accidental del parlamento si la supresión de la libertad va a ser
temporal o permanente. De este hecho parece haber una conciencia general. Pues
se oye decir en todas partes, cada vez más claramente, que puede no haber
retorno al viejo orden y que ha de establecerse un orden básicamente nuevo.
Aunque esto es enteramente correcto, se hecha en falta cualquier propuesta
concreta. En particular, nadie propone depositar
en las mayorías trabajadoras, que hasta ahora han jugado un papel social
pasivo, toda la responsabilidad sobre su destino futuro. Es como si hubiese
un miedo general y secreto a desplazar la responsabilidad de un gobierno
democrático, bienintencionado, a aquellas que hasta ahora sólo han sido
votantes, pero no portadoras responsables de la sociedad. Este miedo no se basa
en la malicia o en una intención malvada, sino en el conocimiento de la estructura
biopsíquica de las masas de la población. La revolución rusa, que partió en
dirección al establecimiento de la responsabilidad de las masas, falló por esta
razón. Sin embargo, la necesidad de una revolución social en el sentido de
progresar de una democracia formal a una democracia plena, factual, es la
conclusión más importante a trazar desde esta guerra y todo lo que ha levado a
ella. Para repetir las conclusiones ineludibles de los hechos anteriores:
a)
Las masas de la población son incapaces de libertad;
b)
la capacidad general para la libertad puede adquirirse sólo en la lucha diaria
por una vida libre;
c)
se sigue que las masas, que son incapaces de libertad, deben tener el poder
social si van a volverse capaces de libertad y capaces de crear y mantener la
libertad.
La
tarea presentada por estos hechos puede ilustrarse mediante un ejemplo de la
vida de las plantas. Durante mucho tiempo, he estado observando el efecto de
las malas hierbas en el crecimiento de las plantas de semillero de pino. Los
pequeños pinos que crecen en sitios donde hay pocas malas hierbas lo hacen
vigorosamente por todos los lados, desarrollando ramas justo por encima del
suelo; las hojas son verdes y enteras; la planta crece, sin impedimentos,
directa hacia el sol; esto es “saludable”, su desarrollo es “libre”. Si, no
obstante, la semilla ha caído en un sitio donde hay muchas malas hierbas,
desarrolla un tallo encorvado, ramas incompletas, con hojas pobres o ninguna en
absoluto. Muchas de tales plantas de semillero son incapaces de abrirse paso
entre las malas hierbas. Otras crecen torcidas, en su intento de alcanzar la
luz solar. Si se libra a tal planta de semillero de las malas hierbas, ésta
empieza a crecer mejor y se desarrolla más plenamente; sin embargo, la influencia
más temprana de las malas hierbas todavía es visible en la forma de un
crecimiento atrofiado, un tallo torcido, pobre desarrollo de las hojas, etc.
Las semillas, sin embargo, que caen desde el principio en un sitio libre de
malas hierbas, se desarrollan libre y plenamente.
El
libre desarrollo de una sociedad es como el de las plantas de semillero de pino
que crecen libremente; la dictadura es como la planta de semillero asfixiada
por las malas hierbas; y las democracias formales bajo la presión de las
dictaduras son como las plantas de semillero que, aunque se las arreglan para
abrirse camino, están, a pesar de todo, biológicamente atrofiadas (stunt). No hay en el presente ninguna
sociedad democrática capaz de desarrollarse de acuerdo a los principios
naturales, libres, autorregulatorios, sin la influencia deformadora de las
presiones autoritarias dictatoriales de fuera o de dentro. La experiencia del
fascismo no ha proporcionado el medio para reconocer el Hitlerismo dentro y
fuera de nuestras propias fronteras. Biopsiquicamente
hablando, el Hitlerismo no es más que la forma más altamente desarrollada del
mecanismo maquinal más el irracionalismo místico de las masas humanas. El lisiamiento
de la vida individual y social no es más que el resultado de la antigua
influencia de todas las instituciones irracionales y autoritarias en el ser
humano actual. El fascismo no ha creado estas condiciones recientemente; sólo
ha utilizado las viejas condiciones de represión de la libertad y las ha
llevado a un nuevo nivel. Todo lo que puede esperar la generación que está
caracterizada por los resultados de miles de años de autoritarismo es respirar
un poco más libremente. Ya no puede contar con devenir un árbol que crezca
plenamente, de acuerdo con las leyes naturales, una vez las malas hierbas sean
arrancadas de raíz -esto es, una vez la máquina fascista sea aplastada.
En
otras palabras: la rigidez biológica de la presente
generación ya no puede ser eliminada; todo lo que puede hacerse es dar más
espacio para desarrollarse a sus fuerzas vitales todavía activas. Pero nuevos
individuos están naciendo cada día, y en el curso de 30 años habrá una nueva generación, sin vestigios de
deformidad fascista. Todo depende de en qué tipo de condiciones nazca esta
nueva generación; condiciones que aseguren la libertad o condiciones
autoritarias de acogida. Esto define claramente la tarea social y legislativa
que se halla delante: La próxima
generación debe, bajo todas las circunstancias y por todos los medios, salvarse
de ser influenciada por la rigidez biológica de la vieja generación.
El fascismo alemán ha nacido de la rigidez biológica
y el lisiamiento de la generación anterior. El militarismo prusiano, con su
disciplina maquinal, su paso de ganso, su “¡barriga adentro, pecho fuera!”,
es la manifestación extrema de la rigidez biológica. Fue capaz de contar con la
rigidez biológica y el lisiamiento de las masas de otros países. De ahí su
éxito internacional. Tuvo éxito, finalmente -dentro de una generación- en
erradicar los últimos vestigios de una voluntad de libertad en la sociedad
alemana y en convertir a la nueva generación, en apenas más de una década, en
rígidas máquinas de guerra automáticas y sin pensamiento. Está claro: la
libertad social y la autorregulación son inconcebibles en las personas rígidas,
maquinales. Las principales armas en el arsenal de la libertad, por
consiguiente, son las gigantescas fuerzas vitales en cada nueva generación.
Permítasenos asumir que las democracias formales
ganen esta guerra, pero pasen por alto o subestimen el error de cálculo
biológico en la lucha por la libertad, la rigidez biológica del individuo de la
masa. En ese caso, cada nueva generación reproducirá inevitablemente la
rigidez, formará nuevos conceptos de la vida autoritarios y hostiles a la vida,
y habrá, como mucho, sólo libertades mutiladas, que funcionarán de forma
biológicamente pobre. Y las masas nunca se volverán capaces de desarrollar su
responsabilidad por la existencia social. De este modo, aquellos que no
tienen interés en tal autorregulación de la sociedad, no necesitan hacer nada
más que usar su poder del dinero, su posición o su autoridad, para impedir
la liberación de las nuevas generaciones de la presión ejercida por la rigidez
de la vieja generación.
Si, por otro lado, estamos interesados en sacar
adelante una sociedad libre, estamos confrontados con tareas sociales, médicas
y educacionales: Socialmente, se trata de encontrar todas las fuentes
del empobrecimiento biológico del hombre y de crear leyes para la protección
del libre desarrollo. Las formulaciones generales tales como la “libertad de
prensa, de expresión, de reunión”, etc., son algo que se da por supuesto, pero
está lejos de ser suficiente. Pues bajo estas leyes el individuo irracional
tiene exactamente los mismos derechos que el racional. Así como las malas
hierbas siempre crecen de manera más fácil y rampante que otras plantas, el
hitlerista triunfará inevitablemente. Es cuestión de no limitar el hitlerismo a
los portadores del signo de la esvástica, sino de reconocerlo en la vida
cotidiana, científica y humanamente, y de combatirlo allí. Sólo en el proceso
de tal extirpación del fascismo en la vida cotidiana se formularán las leyes
apropiadas contra él.
Sólo un ejemplo entre muchos: cualquiera que quiere
conducir un coche o quiere montar una peluquería debe, para la protección de la
seguridad de las demás personas, probar su capacidad para hacerlo; debe tener
una licencia. Pero todavía no hay ley para la protección de los infantes recién
nacidos contra la incapacidad de los padres para educarles o contra las
influencias neuróticas de los mismos. Los niños pueden -y, de acuerdo con los
principios fascistas, deben ser- traídos al mundo en masa, sin nadie que
pregunte si serán alimentados y educados apropiadamente. La consigna
sentimental de la familia con muchos niños es típicamente fascista, no importa
por quien sea propagada.
Desde
un punto de vista médico y educacional, el hecho ignominioso que
habrá de remediarse es que el destino de cada nueva generación esté en manos de
pediatras y profesores que no han adquirido el más ligero conocimiento del
desarrollo biosexual del infante. Esto es todavía así, 40 años después del
descubrimiento de la sexualidad infantil. Cada día y cada hora, esta ignorancia
de pediatras y profesores crea una mentalidad fascista en millones de niños y
adolescentes. Dos requisitos son inmediatamente evidentes.
Primero:
todo médico de familia, profesor o trabajador social que tenga que ver con
niños debe mostrar pruebas de que el o ella misma es sexual-económicamente
saludable y que ha adquirido un conocimiento exacto de la sexualidad infantil y
adolescente. Esto es, la instrucción en
economía sexual debe ser obligatoria para médicos y profesores. La
formación de conceptos sobre la sexualidad no debe dejarse a la suerte o a
moralistas neuróticos.
Segundo:
Se necesitan leyes más rigurosas para la
protección de la sexualidad infantil y adolescente. Esto puede sonar
revolucionario. Pero debería ser evidente para cualquiera que el fascismo, que
creció de la represión de la sexualidad infantil y adolescente, ha sido mucho
más radical y revolucionario, en un sentido negativo,
de lo que la sociedad puede serlo en un sentido positivo protegiendo el
desarrollo natural. En toda sociedad democrática hay innumerables intentos de
sacar adelante un cambio a este respecto. Pero estas islas de entendimiento y
buena voluntad son eclipsadas por las ofuscaciones que médicos y profesores
moralistas, biológicamente rígidos, extienden sobre el conjunto de la sociedad.
No
tiene sentido entrar en detalles aquí. Cada medida individual se formulará
espontáneamente una vez que el principio
de la afirmación de la sexualidad y de la protección social de la sexualidad
infantil y adolescente sea establecido.
Desde un punto de vista económico, sólo las
relaciones laborales naturales, es decir, la interdependencia económica natural
de las personas, puede formar la base y el marco de una reestructuración
biológica de las masas.
La
suma total de todas las relaciones de trabajo naturales la llamamos democracia del trabajo. Estas relaciones
de trabajo son funcionales y no
mecánicas. No pueden establecerse u organizarse arbitrariamente; sólo pueden
desarrollarse espontáneamente desde el proceso de trabajo mismo. La interdependencia
mutua del carpintero y el herrero, el investigador y el pulidor de cristal, el
pintor y el productor de pintura, etc., resulta en sí misma del entrelazamiento
de las funciones del trabajo. No se
podría inventar una ley arbitraria que cambiase estas relaciones naturales de
trabajo. No se puede hacer al trabajador de laboratorio independiente del
pulidor de cristal. La naturaleza de las lentes está dictada sólo por las leyes
de la óptica y mediante la técnica, la forma de las bobinas de inducción por las
leyes de la electricidad, las actividades del hombre por la naturaleza de sus
necesidades.
Las
funciones naturales del proceso de trabajo están fuera del alcance de la
arbitraria acción humana autoritaria. Funcionan libremente y son libres en el sentido estricto de la palabra. Ellas
solas son racionales. Sólo ellas, por consiguiente, pueden determinar
racionalmente la existencia social. El
amor, el trabajo y el conocimiento comprenden todo el significado del concepto
de democracia del trabajo.
Es
cierto, las funciones naturales del trabajo, el amor y el conocimiento pueden
ser mal empleadas y asfixiadas. Sin embargo, se regulan ellas mismas
intrínsecamente; lo han hecho así desde que hubo trabajo humano y lo harán
mientras haya un proceso social. Estas funciones naturales constituyen el hecho (en modo alguno el “postulado”) de
la democracia del trabajo. La democracia del trabajo no es un programa político
o la anticipación de un “nuevo orden”. Es un hecho, aunque sea uno de esos hechos que hasta ahora han escapado
de la atención humana. La democracia del trabajo no puede ser organizada más de
lo que la libertad puede ser organizada, o el crecimiento de un árbol, un
animal o un humano. El crecimiento de un
organismo es, por la fortaleza de su función biológica, libre en el sentido más
estricto de la palabra. Así es el crecimiento natural de la sociedad. Se
autorregula y no necesita legislación o regulación. De nuevo, únicamente puede
ser obstaculizado o mal empleado.
La
esencia de todos los tipos de gobierno autoritario es que éstos inhiben las funciones autorregulatorias
naturales. La tarea de un genuino
orden libre no puede ser nada más que la de impedir
cualquier inhibición de las funciones naturales. Esto hace necesarias leyes
estrictas. La democracia, si es seria y genuina, es idéntica a la
autorregulación natural del amor, el trabajo y el conocimiento. La dictadura y
el irracionalismo humano, en el otro extremo, son idénticos a la inhibición de
esta autorregulación natural.
De
esto se sigue que la lucha contra las dictaduras y el anhelo irracional de la
autoridad por parte de las masas únicamente puede consistir en dos medidas
fundamentales: 1) en la elucidación de
todas las fuerzas vitales naturales en el individuo y en la sociedad; y 2) la elucidación de todos los obstáculos que
contrarrestan el funcionamiento espontáneo de esas fuerzas vitales. Las
fuerzas vitales deben ser promovidas, los obstáculos deben ser eliminados.
La
regulación humana de la existencia social no puede extenderse a las funciones
naturales del trabajo. La civilización en el buen sentido de la palabra no
puede consistir sino en el establecimiento de las condiciones óptimas para el desarrollo de las funciones naturales
del amor, el trabajo y el conocimiento. Aunque la libertad no puede organizarse
-es más, cualquier organización contradice la libertad- pueden y deben
organizarse las condiciones que
garanticen el libre desarrollo de las fuerzas vitales.
En
nuestra organización profesional no les decimos a nuestros trabajadores qué y cómo deben pensar. No organizamos su pensamiento. Pero demandamos
de cada trabajador en nuestro campo que se
libre de esa falta de libertad en el pensamiento y la acción que ha
adquirido como resultado de su educación. Si lo hace, sus reacciones racionales
espontáneas se liberan. Es un sinsentido interpretar la libertad en el sentido
de que la mentira tiene el mismo derecho ante un tribunal que la verdad. Una
genuina democracia del trabajo no dará al irracionalismo místico el mismo
derecho que a la verdad, ni dará a la represión de los niños el mismo poder que
a su libertad. Es un sinsentido negociar con un asesino en relación a su
derecho a asesinar. Pero este sinsentido está constantemente perpetrándose en
nuestras relaciones con los fascistas. El fascismo, en lugar de ser reconocido
como el irracionalismo y la indecencia organizadas, es considerado una forma de
“Estado” como cualquier otra. Esto, la gente lo hace debido al fascismo en ellos mismos. Por supuesto, incluso
el fascismo “está bien, en algún lugar”, justo
como el paciente mental; solo que no sabe donde.
Vista
desde este punto de partida, la libertad deviene un simple hecho, fácil de
entender y de manejar. De hecho, la libertad no tiene que lograrse primero;
existe espontáneamente en todas las funciones naturales de la vida. Lo que tiene que lograrse es la eliminación
de todos los obstáculos que están en el camino de la libertad.
Visto desde este punto de partida, el arsenal de la
libertad humana es gigantesco y siempre abundante en medios, biológicos tanto
como mecánicos. No hay que luchar por nada extraordinario. La vida ha de ser
liberada; eso es todo. El antiguo sueño de la libertad puede volverse realidad
una vez la realidad sea comprendida. En este arsenal de libertad encontramos: El
conocimiento espontáneo, vivo, de las leyes naturales de la vida, que
cualquiera tiene en algún lugar, no importa cuál sea su edad, posición social o
color. Lo que ha de eliminarse es la distorsión y la represión de este
conocimiento por las concepciones e instituciones enemigas de la vida, rígidas,
mecánicas y místicas.
Las relaciones naturales de
trabajo entre las personas y su goce natural en el trabajo. Están llenas de fuerza y
promesas. Lo que ha de eliminarse es la obstrucción de la democracia natural
del trabajo por las limitaciones y regulaciones arbitrarias, hostiles a la vida
y autoritarias.
La socialidad y moralidad
naturales que están
presentes en todo el mundo. Lo que ha de eliminarse es el repugnante moralismo
que obstruye la moralidad natural y luego se justifica por los mismos impulsos,
perversos, antisociales y criminales, que ha creado.
La
actual guerra, como ninguna otra guerra antes, echará a un lado muchos
obstáculos a la autorregulación natural, obstáculos que parecería inconcebible
eliminar en tiempo de paz. De este modo, por ejemplo, la relegación autoritaria
fascista de la mujer al hogar, ciertas prácticas de comercio, explotación y
usura, las fronteras nacionales artificiales, etc. Nosotros no somos parte de
esos que sostienen que las guerras son necesarias para el progreso de la
civilización humana. La situación es la siguiente: la organización mecanicista,
mística, autoritaria de la sociedad humana y de la estructura humana una y otra
vez provocan la matanza maquinal de la guerra. Que lo que está vivo y se
esfuerza por la libertad en el hombre y su sociedad se rebela contra esto. Dado
que en la guerra el lisiamiento biológico del hombre y de la sociedad se
muestra en sus manifestaciones extremas y grotescas, la función viviente es forzada a afirmarse, algo que bajo
condiciones más normales es menos probable que suceda.
Un
concepto vivo, funcional, de la vida abre múltiples tareas. No puede entrarse
en ellas aquí. Se podría escribir un grueso volumen sobre las cabriolas del
politiqueo solo, esta expresión suprema del irracionalismo humano. Todo lo que
este artículo intentó hacer fue demostrar el
anclaje biológico de la incapacidad humana para la libertad.
Puede
lanzarse la siguiente objeción: Admitimos que el hombre, bajo la influencia de
la producción de máquinas durante miles de años, ha sufrido la degeneración de
manera maquinal de su cuerpo y la degeneración de manera irracional de su
pensamiento. Pero no podemos ver cómo sería posible revertir este proceso en el
organismo y liberar las fuerzas autorreguladoras en el hombre si las masas
continúan estando bajo la influencia de la máquina. Ninguna persona sensible
esperará que nos volvamos iconoclastas y queramos abolir la civilización
industrial. No hay contrarrestación apreciable a las influencias biológicamente
devastadoras de la técnica maquinal. Eliminar la rigidez biológica del hombre
supondría cosas más palpables que información científica. Además, esta guerra,
con su disciplina y su regulación de las actividades humanas, incrementará en
lugar de disminuir la rigidez biológica.....
Esta
objeción es enteramente correcta. Los actuales medios técnicos no ofrecen, de
hecho, ninguna posibilidad de deshacer la aberración biológica del hombre.
Durante mucho tiempo, después de que hubiese reconocido el hecho de la
reproducción biológica de la civilización mecanizada, dudé de publicarlo. Me
dije a mí mismo que no hay utilidad en proclamar verdades que no pueden tener
ningún efecto práctico.
Finalmente,
la respuesta a este doloroso dilema se presentó cuando empecé a preguntarme
cómo yo mismo había llegado a las formulaciones funcionales en psiquiatría,
sociología y biología que con tanto éxito explicaron el mecanicismo y el
misticismo y que pueden reemplazarlos en estos tres campos. No debido a que yo
sea alguna clase de superhombre.
Entonces,
¿cómo pude yo llegar a soluciones que eran inaccesibles a otros? Gradualmente
se volvió claro que décadas de trabajo profesional sobre el problema de la
energía biológica me habían forzado a librarme de conceptos y métodos
mecanicistas y místicos; de otro modo, el trabajo hubiera sido imposible. Esto
es, mi propio trabajo me forzó a aprender
el pensamiento funcional. Si, en lugar de cultivar el pensamiento
funcional, hubiera cultivado la estructura mecanicista, mística, que mi
educación me había impartido, no habría sido capaz de descubrir un solo hecho
de la biofísica del orgón. Pero me encontré en el camino oculto que llevaba al
descubrimiento del orgón en el momento que entré en el campo tabú de la contracción
orgástica del plasma. En retrospectiva, ví que había pasado cierto número de
puntos críticos en los que podría haber sido impulsado de vuelta del modo
funcional de mirar las cosas al modo mecanicista, místico. Cómo escapé de este
peligro, no lo podría decir. Lo que es cierto es que el modo funcional de mirar
las cosas, que contiene tantas respuestas importantes al presente caos, fue
respaldado por la ocupación con la energía biológica, el orgón. De esta manera,
encontré una respuesta por mi mismo. La razón de que explique esto es mi
creencia de que esta respuesta es generalmente válida:
La
ignorancia de las leyes del
funcionamiento biológico ha creado el mecanicismo, y ha puesto el misticismo en
el lugar de la realidad viviente. El orgón, la energía biológica específica en
el cosmos, sin embargo, no es ni mecanicista ni mística. Esta energía sigue sus
propias leyes, que son específicamente
funcionales y no pueden ser comprendidas en términos de la mecánica rígida,
o en términos de electricidad positiva y negativa. Sigue leyes funcionales
tales como la atracción y la disociación, la expansión y la contracción,
luminación, pulsación, etc. La técnica de la matanza maquinal difícilmente
puede esperar cualquier socorro de ella, pues no será adaptable a la técnica de
la matanza. Esta guerra, o la próxima, crearán una gigantesca demanda de
funciones vitales positivas. Los rayos vitales orgonóticos no son la última
contribución al desarrollo de la humanidad que la economía sexual ha sido capaz
de hacer. Más pronto o más tarde, un número siempre creciente de personas se
enterarán de las funciones del orgón. En el proceso de entender y dominar la
energía cósmica de la vida, la gente será forzada
a aprender el pensamiento funcional, vivo; de otro modo serían incapaces de
dominar los problemas teóricos y prácticos del orgón. No hace mucho,
aprendieron a pensar psicológicamente,
cuando una vía de aproximación se abrió para un entendimiento de la sexualidad
infantil, y económicamente, cuando
las leyes de la economía se volvieron conocidas. Por un lado, las leyes
mecánicas de la naturaleza inanimada hicieron que el hombre se volviese rígido
y maquinal cuando las captó y dominó. Por otro lado, cada nueva generación, al
dominar las leyes de la función vital orgonótica en un grado siempre creciente,
aprenderá a comprender, amar, proteger y desarrollar el funcionamiento vivo.
Me gustaría pedir al lector que no considere esta
conclusión como una proclamación de salvación. Cuanto más profundamente se
penetra en los reinos funcionales de la ciencia natural, menos se puede librar
del sentimiento de ser sólo un “gusano en el universo”; yo no me considero nada
más que la herramienta de cierta lógica científica. La conclusión de largo
alcance que he esbozado a partir del descubrimiento del orgón, para la solución
del problema social del empobrecimiento biológico humano, es una conclusión verdadera,
comparable a la conclusión de que se puede vencer la gravedad llenando una
pelota con un gas de un peso específico más bajo que el del aire. No tengo
panaceas para repartir, como muchos de nuestros amigos parecen creer. Tales
cosas como la “autorregulación biológica natural”, la “democracia natural del
trabajo”, el “orgón cósmico”, el “carácter genital”, etc., son hechos. Son
armas que la economía sexual ha puesto a disposición de la humanidad para la
erradicación de condiciones esclavizadoras tales como la “rigidez biológica”,
el “acorazamiento del carácter y muscular”, la “ansiedad por el placer”, la
“impotencia orgástica”, la “autoridad formal”, la “irresponsabilidad social”,
la “incapacidad para la libertad”, etc. Es una parte esencial de este trabajo,
que se ha hecho a partir del goce del trabajo, de la búsqueda y el hallazgo, de
la percepción de la decencia y sabiduría espontáneas en la naturaleza, y no con
la expectativa de medallas, riqueza, reconocimiento académico y popularidad, y
ciertamente no partiendo del placer sádico en la tortura, la opresión, el
cultivo de ilusiones, la guerra y la matanza de la vida.
Ésta se desliza, por ejemplo, en el de otra manera
progresivo Plan Beveridge en
Inglaterra, 1942.
* : Tercer capítulo de "El error de cálculo biológico en la lucha humana por la libertad" (1946), incluido en Wilhem Reich, "La revolución biosocial", edición del CICA. http://www.geocities.com/cica_web
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