"Un Asunto De Bragas" pertenece a la recopilación "Neurolip 500" (2007); Caminaba deprisa y ella me seguía a duras penas. Llevábamos tres hoteles y no había forma de conseguir habitación. Todos llenos, la feria del mueble es una cosa seria en esta ciudad y no había una maldita habitación libre. El personal de las recepciones se reía. Yo sabía lo que pensaban: este infeliz acaba de ligar, lleva un calentón de miedo y no va encontrar habitación. Podía escucharlo en sus miradas y en sus voces, trataban de convencerme para que desistiera, por mi bien, para que le pidiera a algún colega las llaves del piso, o lo intentara en el mío, o en el de ella, o en el coche de uno de los dos.
Estas alternativas ya se me habían ocurrido, pero tenían menos posibilidades que encontrar habitación.
- Tranquila, tú, en esta ciudad se han construido montones de hoteles en los últimos años. No te preocupes.
- No me preocupo, pero me duelen las piernas.
Ella aún conservaba el buen humor, no se había cansado de patear hoteles con un desconocido chiflado. Por eso tenía que aprovechar el momento. Si no encontraba una habitación y una botella de algo en media hora, todo desaparecería.
Y no podía arriesgarme a que desapareciera. No solían sucederme cosas así. Arrastraba una sequía sexual de las que se ponen como ejemplo. Y seguía sin entender cómo la tipa más sexy de toda la discoteca había ido a fijarse en mí, que llevaba toda la noche coleccionando fracasos. Agarré su mano bien fuerte y entramos en aquel hotel de las afueras.
El hall estaba vacío. Eran las seis de la madrugada. Enfilé solo hacia el mostrador de recepción, hacia la chaqueta inmaculada de aquel tipo que parecía sorprendido por mi prisa, aunque no asustado.
- Te doy cincuenta euros si me consigues una habitación.
El tipo cogió el billete sin inmutarse y después me dio una llave. Acababa de ganarse cincuenta pavos por nada, porque en aquel hotel sí quedaban habitaciones. En eso llegó mi rezagada acompañante y desde entonces el tipo sólo tuvo ojos para ella. Subíamos en el ascensor. Me había tranquilizado, por fin teníamos habitación. La maldita feria del mueble había estado a punto de arruinarme la noche. Volvieron las ganas de reír y de toquetearse.
Llegamos al segundo piso. Íbamos sudados, toda la noche bailando y después la caminata en busca de hotel. Ella iba salidísima y lo reconocía. No paraba de reconocerlo.
- Date prisa - decía -, llevo un calentón de la muerte.
Me bajé los pantalones como respuesta y de un tirón me los volví a subir. Menos mal que ella se entretuvo en desabrocharse el vestido y no lo vio. Yo llevaba puestas unas bragas de mi hermana que le había chorado años atrás, un día que me quedé sin calzoncillos limpios. Y desde entonces las guardaba para las emergencias. Aquello era una emergencia, pero de otro tipo, y las bragas estorbaban. No quería que se llevase esa primera impresión de mí.
- Espera – dije -, sería mejor si...
- No puedo esperar.
- Hace una hora que no bebo nada, ¿y tú? Una botella de champán hará las cosas más fluidas.
- Después.
- No, no, antes. Tiene que ser antes, confía en mí.
- Confío en ti, pero no puedo esperar.
- No esperarás. Lo que me cueste bajar y subir con la botella.
- Llama al servicio de habitaciones y vamos haciendo camino mientras la suben.
- Es buena idea, pero no me fío del champán de los hoteles. Además lo cobran carísimo. Prefiero bajar al bar de la esquina.
- Está todo cerrado, ya lo has visto.
- No, ese bar de la esquina tiene que estar abriendo en este momento. Hay que gente que va a trabajar y necesita tomarse su café con leche.
Yo no pretendía que me vendieran champán en ese bar, ni que estuviera abierto. Tan sólo necesitaba salir de allí y hacer desaparecer las bragas. Lo hubiera hecho en el cuarto de baño de la habitación si la puerta hubiera cerrado por dentro.
Ella se quedó sobre la cama a medio convencer. Cinco minutos serían suficientes. ¿Dónde iba a cambiarme, en las escaleras, en el ascensor? No, mejor en los aseos de la planta baja. Llegué a la recepción para preguntar por los aseos, me vi frente a aquel tipo que aún no había cambiado de cara, y adiviné la respuesta que me iba a dar: "¿los aseos, señor? ¿es que no funciona el de su habitación?".
- ¿A qué hora pasa el setenta? – pregunté.
- El setenta no pasa por aquí – dijo.
- ¿En serio? Debo haberme confundido de hotel.
Me fui corriendo a las escaleras. Era el sitio más seguro, nadie utiliza las escaleras de un hotel. Subí hasta el rellano que separaba el primer piso del segundo y me quité los zapatos, me bajé los pantalones y escuché unos pasos que se acercaban un escalón tras otro.
Eché a correr escaleras arriba, tropecé al llegar a la segunda planta y rodé por el suelo enmoquetado. Solté un juramento. Ella salió de la habitación al oírlo. Iba en ropa interior y me estaba gustando cada vez más.
- ¿Qué te ha pasado? – dijo.
Yo me terminé de subir los pantalones y comprobé que llevaba un roto importante debajo de la bragueta.
- Nada – dije-. El bar de la esquina está cerrado, así que he decidido hacerte caso y prescindir del champán. Venía corriendo para no hacerte esperar. ¿Sigues caliente?
- Claro. Aunque un poco menos. El camarero que subió el champán tenía una pinta formidable, un uniforme tan nuevo, tan limpio, tan planchado, tan apestando a suavizante, que no me he podido contener y hemos echado uno rápido en el cuarto de baño.
- ¿Qué? Yo no he encargado nada.
- Yo sí. Sabía que el bar estaría cerrado. Pero sólo ha sido un aperitivo. Lo bueno viene ahora.
Me dirigió una mirada felina que fue bajando hasta posarse en el roto del pantalón.
- A ver de qué color llevas los calzoncillos – dijo.
- Aquí no, hay alguien subiendo las escaleras.
Ella miró por encima de mi hombro.
- No viene nadie – dijo.
- Así te vas a enfriar – dije yo -. Dame la llave, métete en la cama y no se te ocurra abrir a nadie diga lo que diga.
- ¿Adónde vas ahora?
- A por condones.
- Yo llevo.
- Pero seguro que llevas de los normales. Necesito que sean de los colores de mi equipo.
- Interesante.
- Haz lo que te he dicho, por favor, sólo tardaré cinco minutos. Te lo prometo.
Volví a bajar en el ascensor. Me las arreglé para dar la espalda al tipo de la recepción y salí del hotel. Crucé la rotonda y llegué hasta una gasolinera. Entré en la tienda. Detrás del mostrador estaba la única chica a la que le podía sentar bien aquel uniforme. Se quedó mirando mi agujero en el pantalón.
- ¿Los aseos? – pregunté.
- Al salir, a mano derecha – dijo.
Y sonrió. Otra mirada felina. Llevaba dos en un rato.
Cuando me dirigía a la puerta divisé mi salvación al lado de las revistas. Paquetes con calzoncillos nuevos de diversas tallas y colores. Me acerqué, cogí un paquete al azar y volví al mostrador. La chica seguía sonriendo. Le pagué, podía notar su mirada según salía de la tienda. Me cambié en los lavabos, me lavé la cara, me mojé el pelo y abandoné la gasolinera.
Esta vez, el recepcionista del hotel no estaba. Mejor, se hubiera puesto a mirar el azul claro de mis calzoncillos a través del roto. Entré en la habitación del segundo piso.
- Ahora sí, nena – dije.
- Por fin – dijo ella.
- ¿Estás caliente?
- Algo menos.
- ¿Qué? ¿otra vez ese camarero?
- Fue otro. Dijo que la botella de champán no era para esta habitación.
- O sea, que se te ha follado y encima se ha llevado el champán.
- Le convencí para que la dejara.
- Menos mal.
Estaba sentado en la cama, a su lado, desabrochándome la camisa.
- Que no te sepa mal – dijo -, pero...
- Pero, ¿qué?
- Que ya no tengo ganas.
- Mierda.
- De veras que lo siento, pero este último ha sido la bomba. Figúrate que el tipo no llevaba calzoncillos, sino bragas. ¡Bragas! ¿Te das cuenta? Le quedaban la mar de sexy.
Pensé en las de mi hermana, en la papelera del cuarto de baño de caballeros de la gasolinera.
- Tengo que irme – dijo ella.
- Escríbeme.
- Si paso por esta ciudad te llamaré. Y espero que seas más rápido.
Nos despedimos con un beso en los labios. Pagué la habitación y salí a la calle. El roto seguía allí. Ahora todos los que iban camino del trabajo podían verlo. No iba a ser fácil conseguir taxi. Pero, ¡qué narices!, todavía no estaba todo perdido. Crucé de nuevo la rotonda y entré en la tienda de la gasolinera. Si aquella otra mirada significaba algo, yo no podía ser el último en enterarme. Avancé hasta el mostrador. Había unas cuantas personas agarradas a su taza mañanera.
La chica salió de la trastienda y vino hacia mí, pero ya no sonreía. Yo sí lo hice, dicen que es contagioso.
- Hola, feo – dijo.
El tipo que estaba detrás de mí se acercó al mostrador y le dio un beso de los que duran. Después ella me miró.
- Un cortado – dije.
Le pagué. Me lo bebí mientras ellos se besuqueaban cada dos por tres a mi lado. Salí de la gasolinera. Un día más. Todo el mundo corría como si fuera el último. Necesitaba un taxi.