MySpace
myspace music

José Sala superviviente

José Sala



Last Updated: 11/27/2009

Send Message
Instant Message
Email to a Friend
Subscribe

Status: Single
City: Interzone
State: Valencia
Country: EG
Signup Date: 1/2/2008

Blog Archive
[Older      Newer]
 /  / 
Friday, November 27, 2009 
Desde mayo 2009 me encuentro emitiendo un programa de radio, con mi compinche Raúl Valenciano, un programa llamado "Desconexión". Se emite en UPV Radio (102.5 FM) los jueves de 21:00 a 22:00. Se repite los viernes de 21:00 a 22:00 en Mislata Radio (92.4 FM). Se vuelve a repetir los sábados de 22:00 a 23:00 en UPV Radio. Y por si fuera poco, te puedes bajar todos los programas antiguos desde PodCast. Esta es la dirección del blog del programa: Pincha aquí. Espero vuestras visitas y comentarios.
Thursday, June 05, 2008 
The ultimate technique for mastering changes and adding flavour to your bass lines
Chaining  arpeggios with bass (and II)
Monday, May 26, 2008 
Master chord changes and add interest to your bass lines - Chaining arpeggios with bass (I)
Tuesday, May 20, 2008 
En este blog encontraréis artículos sobre todo lo que se pueda imaginar en lo referente al bajo eléctrico. Como siempre, vuestros comentarios son apreciados.
Bajo Máximos
Saturday, April 19, 2008 
    Ya podéis leer algunos de mis textos clikando directamente desde la página de MySpace o desde este enlace: http://josesala.wordpress.com.
    Echad un vistazo. Vuestros comentarios siempre serán bien venidos.
    jOSE

Friday, April 18, 2008 
"Un Asunto De Bragas" pertenece a la recopilación "Neurolip 500" (2007);


    Caminaba deprisa y ella me seguía a duras penas. Llevábamos tres hoteles y no había forma de conseguir habitación. Todos llenos, la feria del mueble es una cosa seria en esta ciudad y no había una maldita habitación libre. El personal de las recepciones se reía. Yo sabía lo que pensaban: este infeliz acaba de ligar, lleva un calentón de miedo y no va encontrar habitación. Podía escucharlo en sus miradas y en sus voces, trataban de convencerme para que desistiera, por mi bien, para que le pidiera a algún colega las llaves del piso, o lo intentara en el mío, o en el de ella, o en el coche de uno de los dos.
    Estas alternativas ya se me habían ocurrido, pero tenían menos posibilidades que encontrar habitación.
    - Tranquila, tú, en esta ciudad se han construido montones de hoteles en los últimos años. No te preocupes.
    - No me preocupo, pero me duelen las piernas.
    Ella aún conservaba el buen humor, no se había cansado de patear hoteles con un desconocido chiflado. Por eso tenía que aprovechar el momento. Si no encontraba una habitación y una botella de algo en media hora, todo desaparecería.
    Y no podía arriesgarme a que desapareciera. No solían sucederme cosas así. Arrastraba una sequía sexual de las que se ponen como ejemplo. Y seguía sin entender cómo la tipa más sexy de toda la discoteca había ido a fijarse en mí, que llevaba toda la noche coleccionando fracasos. Agarré su mano bien fuerte y entramos en aquel hotel de las afueras.
    El hall estaba vacío. Eran las seis de la madrugada. Enfilé solo hacia el mostrador de recepción, hacia la chaqueta inmaculada de aquel tipo que parecía sorprendido por mi prisa, aunque no asustado.
    - Te doy cincuenta euros si me consigues una habitación.
    El tipo cogió el billete sin inmutarse y después me dio una llave. Acababa de ganarse cincuenta pavos por nada, porque en aquel hotel sí quedaban habitaciones. En eso llegó mi rezagada acompañante y desde entonces el tipo sólo tuvo ojos para ella. Subíamos en el ascensor. Me había tranquilizado, por fin teníamos habitación. La maldita feria del mueble había estado a punto de arruinarme la noche. Volvieron las ganas de reír y de toquetearse.
    Llegamos al segundo piso. Íbamos sudados, toda la noche bailando y después la caminata en busca de hotel. Ella iba salidísima y lo reconocía. No paraba de reconocerlo.
    - Date prisa - decía -, llevo un calentón de la muerte.
    Me bajé los pantalones como respuesta y de un tirón me los volví a subir. Menos mal que ella se entretuvo en desabrocharse el vestido y no lo vio. Yo llevaba puestas unas bragas de mi hermana que le había chorado años atrás, un día que me quedé sin calzoncillos limpios. Y desde entonces las guardaba para las emergencias. Aquello era una emergencia, pero de otro tipo, y las bragas estorbaban. No quería que se llevase esa primera impresión de mí.
    - Espera – dije -, sería mejor si...
    - No puedo esperar.
    - Hace una hora que no bebo nada, ¿y tú? Una botella de champán hará las cosas más fluidas.
    - Después.
    - No, no, antes. Tiene que ser antes, confía en mí.
    - Confío en ti, pero no puedo esperar.
    - No esperarás. Lo que me cueste bajar y subir con la botella.
    - Llama al servicio de habitaciones y vamos haciendo camino mientras la suben.
    - Es buena idea, pero no me fío del champán de los hoteles. Además lo cobran carísimo. Prefiero bajar al bar de la esquina.
    - Está todo cerrado, ya lo has visto.
    - No, ese bar de la esquina tiene que estar abriendo en este momento. Hay que gente que va a trabajar y necesita tomarse su café con leche.
    Yo no pretendía que me vendieran champán en ese bar, ni que estuviera abierto. Tan sólo necesitaba salir de allí y hacer desaparecer las bragas. Lo hubiera hecho en el cuarto de baño de la habitación si la puerta hubiera cerrado por dentro.
    Ella se quedó sobre la cama a medio convencer. Cinco minutos serían suficientes. ¿Dónde iba a cambiarme, en las escaleras, en el ascensor? No, mejor en los aseos de la planta baja. Llegué a la recepción para preguntar por los aseos, me vi frente a aquel tipo que aún no había cambiado de cara, y adiviné la respuesta que me iba a dar: "¿los aseos, señor? ¿es que no funciona el de su habitación?".
    - ¿A qué hora pasa el setenta? – pregunté.
    - El setenta no pasa por aquí – dijo.
    - ¿En serio? Debo haberme confundido de hotel.
    Me fui corriendo a las escaleras. Era el sitio más seguro, nadie utiliza las escaleras de un hotel. Subí hasta el rellano que separaba el primer piso del segundo y me quité los zapatos, me bajé los pantalones y escuché unos pasos que se acercaban un escalón tras otro.
    Eché a correr escaleras arriba, tropecé al llegar a la segunda planta y rodé por el suelo enmoquetado. Solté un juramento. Ella salió de la habitación al oírlo. Iba en ropa interior y me estaba gustando cada vez más.
    - ¿Qué te ha pasado? – dijo.
    Yo me terminé de subir los pantalones y comprobé que llevaba un roto importante debajo de la bragueta.
    - Nada – dije-. El bar de la esquina está cerrado, así que he decidido hacerte caso y prescindir del champán. Venía corriendo para no hacerte esperar. ¿Sigues caliente?
    - Claro. Aunque un poco menos. El camarero que subió el champán tenía una pinta formidable, un uniforme tan nuevo, tan limpio, tan planchado, tan apestando a suavizante, que no me he podido contener y hemos echado uno rápido en el cuarto de baño.
    - ¿Qué? Yo no he encargado nada.
    - Yo sí. Sabía que el bar estaría cerrado. Pero sólo ha sido un aperitivo. Lo bueno viene ahora.
    Me dirigió una mirada felina que fue bajando hasta posarse en el roto del pantalón.
    - A ver de qué color llevas los calzoncillos – dijo.
    - Aquí no, hay alguien subiendo las escaleras.
    Ella miró por encima de mi hombro.
    - No viene nadie – dijo.
    - Así te vas a enfriar – dije yo -. Dame la llave, métete en la cama y no se te ocurra abrir a nadie diga lo que diga.
    - ¿Adónde vas ahora?
    - A por condones.
    - Yo llevo.
    - Pero seguro que llevas de los normales. Necesito que sean de los colores de mi equipo.
    - Interesante.
    - Haz lo que te he dicho, por favor, sólo tardaré cinco minutos. Te lo prometo.
    Volví a bajar en el ascensor. Me las arreglé para dar la espalda al tipo de la recepción y salí del hotel. Crucé la rotonda y llegué hasta una gasolinera. Entré en la tienda. Detrás del mostrador estaba la única chica a la que le podía sentar bien aquel uniforme. Se quedó mirando mi agujero en el pantalón.
    - ¿Los aseos? – pregunté.
    - Al salir, a mano derecha – dijo.
    Y sonrió. Otra mirada felina. Llevaba dos en un rato.
    Cuando me dirigía a la puerta divisé mi salvación al lado de las revistas. Paquetes con calzoncillos nuevos de diversas tallas y colores. Me acerqué, cogí un paquete al azar y volví al mostrador. La chica seguía sonriendo. Le pagué, podía notar su mirada según salía de la tienda. Me cambié en los lavabos, me lavé la cara, me mojé el pelo y abandoné la gasolinera.
    Esta vez, el recepcionista del hotel no estaba. Mejor, se hubiera puesto a mirar el azul claro de mis calzoncillos a través del roto. Entré en la habitación del segundo piso.
    - Ahora sí, nena – dije.
    - Por fin – dijo ella.
    - ¿Estás caliente?
    - Algo menos.
    - ¿Qué? ¿otra vez ese camarero?
    - Fue otro. Dijo que la botella de champán no era para esta habitación.
    - O sea, que se te ha follado y encima se ha llevado el champán.
    - Le convencí para que la dejara.
    - Menos mal.
    Estaba sentado en la cama, a su lado, desabrochándome la camisa.
    - Que no te sepa mal – dijo -, pero...
    - Pero, ¿qué?
    - Que ya no tengo ganas.
    - Mierda.
    - De veras que lo siento, pero este último ha sido la bomba. Figúrate que el tipo no llevaba calzoncillos, sino bragas. ¡Bragas! ¿Te das cuenta? Le quedaban la mar de sexy.
    Pensé en las de mi hermana, en la papelera del cuarto de baño de caballeros de la gasolinera.
    - Tengo que irme – dijo ella.
    - Escríbeme.
    - Si paso por esta ciudad te llamaré. Y espero que seas más rápido.
    Nos despedimos con un beso en los labios. Pagué la habitación y salí a la calle. El roto seguía allí. Ahora todos los que iban camino del trabajo podían verlo. No iba a ser fácil conseguir taxi. Pero, ¡qué narices!, todavía no estaba todo perdido. Crucé de nuevo la rotonda y entré en la tienda de la gasolinera. Si aquella otra mirada significaba algo, yo no podía ser el último en enterarme. Avancé hasta el mostrador. Había unas cuantas personas agarradas a su taza mañanera.
    La chica salió de la trastienda y vino hacia mí, pero ya no sonreía. Yo sí lo hice, dicen que es contagioso.
    - Hola, feo – dijo.
    El tipo que estaba detrás de mí se acercó al mostrador y le dio un beso de los que duran. Después ella me miró.
    - Un cortado – dije.
    Le pagué. Me lo bebí mientras ellos se besuqueaban cada dos por tres a mi lado. Salí de la gasolinera. Un día más. Todo el mundo corría como si fuera el último. Necesitaba un taxi.
Thursday, January 03, 2008 
Sofía no para de hablar.
Cuando la canción termina,
seguimos escuchando su voz.
Las frases tienen sentido,
la charla, no.

Sofía se me acerca,
restriega su cuerpo
contra el mío, inerte,
como ha hecho con los cinco que somos.
Las pupilas dilatadas.
Le huele el aliento.
No ha parado de hablar
desde que entró,
hace tres horas.
No hay pausa.
Todas las canciones
suenan igual,
con su voz de fondo,
con su voz al frente,
con su risa apaleada
por la vida.

Le seguimos la corriente,
le damos la razón,
incluso bromeamos
sin faltarle al respeto.
La queremos.
Nos gustaría acostarnos con ella
si no fuera tan pesada,
si no fuera tan pasada,
si hiciera de vez en cuando una pausa.
Lo que daría por grabar
todo cuanto es capaz de decir
en una noche.

Vuelve a mi lado,
se restriega,
me agarra del brazo,
le huele el aliento,
se calla,
sus pupilas dilatadas
miran el techo.
La primera pausa en tres horas.
Una pausa breve, tres segundos,
una vida, suficiente.
¿Cómo puede una mujer tan hermosa
caer tan bajo?

Tres segundos, la única pausa.
Disfruto de sus ojos ebrios,
extraviados allá en el techo.
"No me acuerdo", dice.
Vuelve a cortar el aire
en dos con cada chiste
que nadie comprende.
Y cada chiste es una herida
en nuestro estómago.
Le huele el aliento.
Ninguno queremos que se vaya.
Veo sus pupilas dilatadas
y recuerdo la pausa,
el momento en que volvió a ser guapa,
y tierna como una niña,
aunque sólo fuera por tres segundos
(2007)
Thursday, January 03, 2008 
El patíbulo está armado
y se cita a los convictos
que ya suben la escalera
entre la turba sudorosa
observados por dos cuerpos:
el que busca y el que encuentra.
Cuerpos lisos, sin orejas,
maniatados también

El que encuentra la manera de buscar
y el que busca la manera de vender
lo que encuentra,
o de encontrar un camino,
porque todos los caminos se encuentran,
y todos los que buscan, caminan

El que busca encontrarse,
el que rebusca en la basura
y después se encuentra enfermo,
el que encuentra la muerte
buscándose la vida;
el que encuentra rebuscado a Góngora,
con el cual, me identifico

El que encuentra lo más buscado
sin ir en su búsqueda,
femenino de bus y novia infiel
del Encontronazo,
uno que va borracho
de vino japonés
y busca la forma de evitar
que le encuentren,
porque encuentra irresistible
verse empezonado o,
lo que es lo mismo,
acorralado por un par de pezones
como ese par de cuerpos
que es toda la multitud,
dividida en dos tribus:
la que busca encontrar
y la que encuentra sin buscar
(2007)
Thursday, January 03, 2008 
La vecina lo sabe todo de ti
porque lo escucha todo
desde su casa
bajo la tuya.
Sabe que no duermes por la noche,
porque te oye caminar;
sabe que bebes
porque te oye tropezar
con la botella;
que te tambaleas,
por el sonido de tus pasos;
sabe cuándo meas,
cuándo te duchas,
cuándo te afeitas con la máquina.

La vecina lo sabe
y tú no sabes nada,
no la percibes,
no te fijas,
no te importa su vida.
Sabe que eres un guarro,
porque hace tiempo que no te oye
poner la lavadora;
que no tienes amigos,
porque no se oye a nadie más en casa;
que tocas el bajo,
porque te oye practicar;
que hace tiempo que no practicas,
porque fallas más que antes;
que no tienes trabajo,
porque siempre estás en casa;
que te gusta el tecno,
que eres muy bueno
siguiendo el ritmo con el pie;
que eres aburrido,
porque no te ríes
ni viendo la tele.

Podrían ser pistas falsas,
podrías ser de otro modo,
pero ella lo sabe,
o cree que lo sabe,
y con eso basta,
aunque no te guste el tecno,
sólo el hip-hop
y ella abajo
como una tumba
ni hip, ni hop
dándole vueltas
a la cabeza
y tú bailando
venga hip
venga hop,
bailando sobre su silencio,
sobre su tumba.
(2007)
Thursday, January 03, 2008 
El coronel Fortipío Díaz
- en traje de luces,
retoca su maquillaje,
se aclara la voz,
peina a mano su felpudo aceitoso
y sale de la tienda
para ver al jodelotodo,
el pájaro cagador,
el que les llena de excrementos.
"Falta munición", se escucha;
"necesitamos combustible".
Decide no tomar el té

Sus paisanos
pronuncian "Díaz" como "días",
igual que él,
que al decir su nombre,
parece no confiar en durar una semana

El coronel payaso acepta el reto,
tiene cosas por las que morir.
Siempre hay cosas por las que morir
a poco que uno se fije.
Fortipío Díaz eyacularía
en su propio tormento
y encajaría un disparo
que le partiera los bigotes
antes que dar una señal de cobardía.
Tenía razón:
dijo que no tomaría el té y no lo tomó.
Nunca más.
(2007)