COLECTIVO MILHOMES
Nos sentimos profundamente consternados por la noticia de que el culpable del asesinato de dos gays en Vigo, en el año 2006, ha sido absuelto por un jurado popular gallego en base a que consideran lógico matar a un gay (o dos) si sospechas que quiere violarte, dicho popularmente: DAR POR EL CULO.
La defensa ha apelado miserablemente a la homofobia enraizada en el subconsciente de la sociedad, machacada durante siglos con mensajes que nos denigran, nos insultan y nos hacen responsables de cualquier tipo de mal que aqueje a la ciudadanía. Tampoco hay que ir tan atrás para encontrar diatribas de ese tipo, la Iglesia Católica las tiene todavía en agenda, en Galicia Manuel Fraga, Rouco Varela y el obispo Gea Escolano fueron sus más cualificados portavoces. Es meridiano que el mayor peligro para el culo de un varón (más si es jovencito) es un cura católico (gay o hetero) pero la maestría propagandística del Vaticano ha traducido a la sociedad que ser homosexual y violador es todo uno. Y el truco funcionó.
Funcionó hasta tal punto que hasta la Vicepresidencia de Igualdad de la Xunta de Galicia ha puesto especial empeño estos cuatro años en no luchar abiertamente contra la homofobia. Los cuatro años de Quintana al frente de este departamento ponen de manifiesto que la premisa de su gobierno ha sido avalar la desigualdad que existe entre los heterosexuales y los homosexuales en nuestra Comunidad, eliminando de sus comunicados de prensa y publicaciones los términos gay, lesbiana, homosexual y homofobia.
Uno de los titulares del periódico Faro de Vigo es contundente a este respecto: “Si en vez de ser dos gays fueran dos chicas, el veredicto sería otro”, lo dice Tomás Santodomingo, abogado de la acusación, no Milhomes. Pero Milhomes lo ratifica. Para defender la dignidad de las mujeres la Xunta y el Gobierno del Estado se han gastado millones y millones de euros en estos cuatro años (bien hecho), para defender la dignidad de los homosexuales se puede decir que lo poquísimo (risible cantidad) que se han gastado es incluso nada, porque han tratado de llevar adelante sus programas “a las escondidas”, como avergonzándose de ellos (muy mal hecho).
Milhomes certifica que si hubiesen sido dos mujeres las víctimas, al día siguiente del crimen, serían miles los ciudadanos y cientos las funcionarias de “igualdad” que estarían en las calles gallegas protestando por semejante barbarie. Pero fueron dos maricas y por eso no vimos ni movilización ciudadana ni institucional. La madre de Al-Dani estuvo más sola que la una, con sólo unos pocos allegados a su lado. Una auténtica vergüenza.
Milhomes en el momento del crimen no existía como colectivo por eso no hubo respuesta por nuestra parte, pero en esta ocasión, en que SI EXISTIMOS, pese a la persistencia de otros grupos gallegos en negar nuestra existencia y en intentar ningunearnos, no se queda callado y además denuncia lo lamentable que ha resultado recorrer las páginas de prensa que desde hace varios días dan las noticias del juicio al asesino, sin encontrar ningún comunicado oficial de ningún grupo LGTB gallego dando su apoyo a las víctimas o recriminando la inoperancia de la Xunta de Galicia en este campo. En este sentido resulta para nosotros lamentable no haber visto las declaraciones de la Federación Aturuxo, que se supone que existe y representa mejor que nadie a los gays y lesbianas gallegos, y tampoco hemos visto ni una sola palabra del colectivo vigués “Nos mesmas”.
Lamentable Quintana estará contento porque a él sólo le afea su ineptitud un insignificante colectivo de A Coruña, y entonces, España… perdón, en que estaríamos pensando…. Galicia va bien.
57 PUÑALADAS, por Sejo Carrascosa
Está claro que hay vidas que no valen nada. Que no importan a nadie. Esta
claro que el dolor, el sufrimiento y la muerte no son conceptos
universales que afecten a toda la humanidad. Hay jerarquías claras y la vida de un maricon, de una bollera, de un transexual o de una trabajadora sexual no vale nada. A nadie le importa.
A Jacobo le entro pánico cuando, tras muchos cubatas de whisky y gramos
de cocaína, se le insinuaron para mantener relaciones sexuales,
homosexuales. Su hombría en entredicho. Su virilidad cuestionada. Toda
su esencia a punto de desaparecer tras la tamaña agresión de ser objeto
un deseo que el no compartía.
Como iba a permitir Jacobo, esa mano que al acariciar su pierna le privaba
de toda su dignidad de macho de pro. Como iba a permitir Jacobo, que esos ojos que le miraban con deseo le inocularan un veneno capaz de diluir su testosterona y difuminar su hombría. Que tremenda osadía simplemente el plantear su accesibilidad a una forma de placer. Que miedo. Que pánico. Que horror. Tenia que defenderse. Tenía que acabar con eso para siempre,
por eso no fue una, ni fueron dos, fueron 57 puñaladas las que debían
garantizar su integridad viril, su estatus de macho impenetrable, al
deseo, a la razón.
Las puñaladas fueron certeras, no en vano el puñal había sido afilado por
los mejores vaciadores: la iglesia católica y el islam con su mensaje
de odio, jueces acostumbrados a anteponer sus creencias a las leyes,
deportistas dispuestos a demostrar que la sangre que llena sus músculos
no llega a su cerebro, profesores y maestras acostumbrados a mirar a
otro lado cuando el bulling homofóbico llena sus patios y aulas, padres
y madres empeñados en dirigir los deseos de su prole, políticos
dispuestos a meterse en las talamos para decidir con quien y como
hacerlo, y si no es así conculcar derechos; escritores y plumillas
detentadores del saber tradicional, ese que no conoce empatía. Cada
puñalada se afilaba con la firma de un macho detentador del poder, o de
sus hembras sumisas incapaces de ver que ese mismo puñal puede volverse
en cualquier momento contra ellas.
Pudieron ser muchas menos, hubieran bastado dos o tres para salir airoso del paso; pero fueron 57. 25 y 32. Cada puñalada se convertía en una medalla en su uniforme guerrero, en una nueva pieza en su potente armadura viril, en una garantía de su integridad de macho.
Después vino el fuego. La inquisición enseñó, muy bien, como acabar de forma
total con el pecado. No debía quedar nada que supusiera una sospecha
sobre los sanísimos deseos heterosexuales, naturales, de toda la vida
de Jacobo. Además, Jacobo, contaba con el beneplácito social: se porto como un hombre, se portó como un machote, y como tal se le ha tratado. Defender la hombría no es delito, es un acto de exaltación del macho, el que con 52
puñaladas construye su integridad viril. Jacobo actuó en defensa propia
y los 52 agujeros en cuerpos inertes son el argumento más infalible de
su enorme calidad humana. Esa de la que Jacobo y los que le juzgaron
son sanos detentadores.