Estaba cerrada la librería, la de CONACULTA que esta sobre la calle de Donceles, el día era gris, nublado, triste, de pronto mire a mi alrededor y era una tarde tan hermosa, con tanta gente por las calles que la hacían tan vacía, carros indiferentes que transitaban por aquel asfalto tan antiguo y la vez tan nuevo, como sus edificios.
Pase por una cafetería, que entre olores de una mezcla exquisita de americano e irlandés me devolvió en segundos fragmentos de mi pasado, recordé las veces que fui ahí, las personas con quien iba, el café que tomábamos; ese sabor amargo se me impregnaba de nuevo en la lengua, recordé lo que había olvidado, lo que había vivido, de pronto las lagrimas inundaron mis ojos y ese nudo en la garganta se hizo incontenible, tuve salir casi huyendo, el seguir ahí era insoportable , como insoportable era aquel ataque de llanto silencioso que estaba por ocurrirme, parecido al que a veces tenemos antes de dormir y que ahogamos con la almohada, afuera me sentí mejor, respire profundo y la calle seguía como cuando la deje, pero empezaba a oscurecer. Camine hacia el metro, alguien me miro y me sonrió, creí conocerlo, él también lo creyó, pero solo soy parte de su memoria excluida, aquella que poseemos desde antes de nacer, él es lo mismo.
La vida son instantes de aquella memoria que se oxida, pero no olvida...