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Cada foto esconde un revés, una segunda mirada que revela detalles más sórdidos. Algunas son como fragmentos de terciopelo que si se acarician en una dirección son apacibles, pero que de hacerlo en la otra, muestran una realidad más áspera.
El tratamiento de la luz y los escenarios rozan a veces lo intemporal, haciendo difícil situarse en un momento concreto; más que imitar la realidad, reflejan plásticamente estados de ánimo. Invitan a viajar en el tiempo, a bucear en lo más profundo del sentimiento en busca de respuestas, de incógnitas, de sabiduría. A veces parecen alucinaciones, un sentimiento inspirado y rebelado, en otras, el paisaje y la luz, sugieren un estado de ánimo inmaculado. El terciopelo, el agua al cuello, las rayas psicodélicas, los retretes, las sombras que aguardan al ir más allá, a contraluz, a contrapelo.
Hay un acento en la espiritualidad del contenido, en la persona del creador, de aquél que irremediablemente hace de su vida un arte, y de su arte, su vida, más que en la creación. De ahí la serie de autorretratos, un afán de autodescubrimiento y de inclinación por la constante experimentación. Tal vez como un cuestionamiento de la propia identidad que se nos lanza a nosotros. Saca lo que no se ve del ser humano, pero lo que se percibe de este. A veces el tormento distorsiona la apariencia, los contornos y límites de la realidad conocida. Cada foto tiene un matiz surrealista, un aspecto que despista y revuelve algo dentro de nosotros, produce un momento de purgatorio que saca a relucir nuestros silencios más chillones, nuestros sentimientos estrangulados.
Cada instante se convierte en un fetiche, algo deseable, coleccionable, con cierto punto vicioso o inalcanzable.
Cada foto desprende olor a antiguo, a pasado, a lo que pudiera ser y nunca fue, a lo que gustaría que fuera o, un espejo de ilusiones. Pergaminos, chisteras, cofres, cajas de secretos, rituales, oraciones, gritos de cuervos en esquinas desiertas. El nihilismo de un vacío blanco y de unos cuerpos maniquíes movidos cual marionetas por hilos y halos siniestros.
Una luz vibrante que comunica (ilumina) dos mundos como una nueva aurora de juego y de placer anestesiado.
Carnaval de sutiles voluptuosidades, se hace palpable hasta el terciopelo,, sombreros, cuervos, ángeles, un toque dada en las fotos.
por Alexandra Fernández Díaz (http://www.myspace.com/velvet_salome)
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