Por todas esas palabras tan bonitas que nos dejáis, por los mails, mensajes y críticas... nos hace muy felices y nos impulsa a hacer más canciones y más cosas.
Más críticas que hemos leído esta semana:
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El último disco de Charades es como la fuerza de esas olas que de pequeño te atrapaban y, antes de darte cuenta, te abandonaban en la orilla sin poder hacer nada para evitarlo. Como buena ola caprichosa En ningún lugar te deja estupefacto y preguntándote ¿Qué me ha pasado?
En menos de veinticinco minutos disfrutamos de un conjunto de power-pop vital, sin excesivas concesiones a la galería y acompañado de unos textos tan directos como descriptivos. Las canciones duran el tiempo justo. Una vez que el mensaje se ha trasmitido, desaparecen dejándote con la miel en los labios. Cada una de ellas tiene entidad propia y se erigen como auténticas declaraciones de intenciones, desde el inicial "Siete" con su Todo lo vendo, todo lo cambio al gran final de "Anna Arendt" y su Si sientes que no queda nada, que se apaga, sólo cámbialo, por el camino quedan perlas como "La máquina del tiempo", "La carta", "El barco de Eric", "En ningún lugar" o "Rozando la suerte" y su gran verdad El tiempo que perdí se vuelve contra mi, ya no creo en la suerte.
Este disco significa un antes y un después en la carrera de Charades; atrás queda el inglés, atrás queda ese cansino The. Ahora tienen por delante todo un futuro abierto y, parafraseando la letra de "La máquina del tiempo", espero que su pasado no marque lo que son ni lo grandes que deberían llegar a ser.
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Es un buen momento para el optimismo. La inflación alcanza el cinco por ciento interanual, el petróleo supera los ciento diez dólares por barril y la tasa de crecimiento tiende a la baja. Sigues sin poder comprarte un piso y, encima, el puto jefe te ha amenazado con despedirte de tu mierda de curro. Mientras, sueñas con ser algún día un buen mileurista -como los que salen en El País- y poder pagarte unas vacaciones. Menos mal que nos queda Charades. Es tiempo de optimismo.
Y de buena salud. Con En ningún lugar (BCore, 2008), su segundo disco, primero para el sello barcelonés, Charades consiguen despejar las tormentas, subirnos el ánimo y empujarnos a la calle con euforia. Esto es pop español del bueno. Melodías alegres y pegadizas, coros clásicos e impecables, atmósferas llenas de matices y, sobre todo, excelentes canciones.
En veintitrés minutos y diez temas -once en la edición vinilo- esta banda plurinacional (ahora se dice "diversa") se muestra llena de inspiración a la hora de componer joyas de menos de ciento ochenta segundos. La canción que da título al álbum nos lleva a muchos lugares comunes porque "soñamos en alto". La preciosista El barco de Eric nos emociona y nos creemos que "detrás de la mirada se esconde la verdad". Sin olvidar la brillantez de La máquina del tiempo, que nos recuerda que podemos detener el reloj en la soledad de nuestra habitación. Letras en castellano intimistas y, algunas veces, melancólicas; palabras, en definitiva, que nos dicen que otra adolescencia hubiera sido posible.
La impecable producción de Santi García y, sin duda, el espíritu contemporáneo de la banda introducen sonoridades cercanas al pop tradicional con guitarras resofónicas, bajos acústicos, percusiones personales y sintetizadores envolventes. Todo ello sin etiquetas y sin caer en machacados territorios independientes de grandes almacenes. Isa (Bilbao), María (Barcelona), Coki (Ponferrada) y Guille (Madrid) dibujan un mapa lleno de sinceridad y buen rollo.
Quizá, además, con Charades nos encontremos con un botón de muestra de un necesario cambio de ciclo en la música popular. Hasta hace poco era necesario cantar un inglés de Home English o en un español para idiotas -o locos- para tener un reconocimiento de las distintas pandillas indies o del gran público. Decir "Fuck you" era sencillo y canturrear "María Rosa" animaba a rimar con sosa. Pues bien, una vez que hemos demostrado que nuestro conocimiento de la lengua anglosajona es aceptable y que Sabina no va a entrar en la Academia -¿o sí?-, parece que las bandas vuelven a las letras en castellano. Charades o Havalina son buen ejemplo de mejora con el cambio. En cualquier caso, atentos. Al final, va a ser un buen momento para el optimismo.
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Cuántas veces los tópicos nos ayudan a describir ciertas cosas. Cuántas veces hemos oído aquello de que un par de buenos resultados lo cambian todo.
Que si un equipo puede estar todo el año deprimido vagando por los lugares bajos de la tabla y resurgir en apenas un par de jornadas, que si el fútbol no tiene lógica, que si está sujeto a factores imprevisibles, eso que llaman la irreprimible aparición de la magia... y cuántas veces se ha apelado a esos símiles deportivos para hablar de música. Podríamos abundar aquí en esa conexión, pero tampoco es el caso. Nos basta con apelar a unos cuantos lugares comunes para retratar la excelencia del segundo álbum de este cuarteto, integrado por tres mujeres y un hombre procedentes de cuatro puntos distantes de la geografía hispana: eso de que lo cien veces escuchado en manos de muchos otros pueda volver a emocionar como la primera vez, esa frescura indefinible que se tiene o no se tiene, pero nunca se compra, esa sonrisa tonta que provocan los tres minutos de inmaculada radiación pop. Como atrapar el cielo en una breve melodía. Todo eso encierra "En ningún lugar", fresco y adictivo compendio pop sin desperdicio, a medio camino entre los sesenta y la contemporaneidad. Liviano, sumamente aseado e hipervitaminado. En estos tiempos de escuchas fugaces y fragmentadas, no encontrarán un reconstituyente más valioso en menos de veinticinco minutos. Como para vivir unas cuantas semanas pegado a él.
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El último disco de Charades es, sin duda, la mejor noticia que podían recibir aquellos que siguen creyendo firmemente en el pop nacional. Un disco de tres chicas y un chico que hablan de cosas sencillas y cotidianas, sin adentrarse en las arenas movedizas de la experimentación o en la pose del lloriqueo pseudointelectual, demostrando que power-pop no ha muerto y que las fórmulas tradicionales bien esgrimidas aún pueden dar mucho de sí. Qué mejor prueba de ello que este fantástico En ningún lugar.
Brillan especialmente unas guitarras llenas de luz y energía, que se complementan con una sección rítmica brillante y compacta, y consiguen que canciones como "Siete", "La máquina del tiempo", "La carta" y "Cuando tú no estás" sean lo más cercano que he oído en varios años a la canción de pop perfecta. Todos son singles maravillosos que quisieran para sí los mejores grupos del género a nivel nacional e internacional. Las letras son otro de los aspectos que nos demuestran el espléndido momento en que se encuentra el grupo, con mensajes inspiradísimos, llenos de optimismo y sencillez, con la ventaja de lo cercano que resulta que estén cantadas por primera vez en castellano.
Destaca, además, el trabajo realizado por Santi García en una producción cristalina y poderosa, que es otra de las grandes bazas que juega este disco para convertirse en uno de los mejores de este 2008. No os perdáis, por nada del mundo, temas como "En ningún lugar", "Rozando la suerte", "Un día en Brighton", "Tengo a María" o "Hanna Arendt", hacía mucho tiempo que no escuchaba tantos temazos en los escasos 30 minutos que dura este álbum. Buen rollo asegurado en cada escucha.