Status: Single
City: Paris
Country: FR
Signup Date: 5/25/2006
|
|
|
|
Tuesday, January 15, 2008
 |
Current mood:  hopeful
El santo cleptómano y la chica de la vagina dorada
No, la verdad es que me era absolutamente imposible soportar a la terrible Vicky Moriarty. Había terminado saliendo y hasta soñando con ella por el embrujo de su apellido, por aquel mítico Dean Moriarty de En el camino; pero, finalmente, el único toque aventurero de la tal Vicky era aquella particularidad suya de quedarse dormida en cualquier parte, por culpa de una enfermedad bastante rara cuyo nombre nunca conseguí memorizar. Ya no sé cuántas veces, en alguna expedición campestre del Club de Amigos de los Pájaros al que pertenecía, la habían perdido de vista y la habían terminado encontrando cien metros más atrás, durmiendo parada apoyada en un arbusto.
Es que mirar pajarracos con su largavistas importado era una de sus actividades favoritas, e innumerables veces había intentado arrastrarme al Delta a acompañarla. Como yo nunca aceptaba, terminó preguntándome si era que estaba celoso de los del Club. ¡Puta madre, celoso de esos bizcos anteojudos de remera con cuellito! ¡Me bastaba con verlos hacer malabarismos callejeros con las llaves del coche de papá en las esquinas de cerca del colegio, o abrir y cerrar una y mil veces sus navajitas suizas de ciento ocho funciones —que eran al mismo tiempo su mayor orgullo y su único tema de conversación—, para tener ganas de vomitar durante un par de cuartos de hora! ¡Por mí bien podían hacer un sexteto y entrechupársela salvajemente si les divertía!
Porque hay que decir que lo único que despertaba a la penosa Vicky Moriarty era que se la cogieran, y tantas veces como fuera posible. La verdad es que el único lugar donde no se quedaba dormida era en la cama. Ahí su rostro casi estúpido y su horrible gusto para vestir y hasta su clara incapacidad para enhebrar un pensamiento con otro se hacían a un lado, dejando al descubierto una de las vaginas más lubricadas de esta parte del mundo, y un cuerpo pequeño pero perfecto, moldeado en los entrenamientos de gimnasia deportiva de su infancia, y luego perfeccionado en las patéticas aunque efectivas clases de aerobic de su adolescencia.
Tal vez lo mejor para ella hubiera sido dedicarse al salto en alto o al fisicoculturismo, a actividades que no necesitaran en absoluto de inteligencia o de gracia. Pero había descubierto el deporte de las camas y ya nada la había detenido en su afán de perfeccionarse. Era una chica nacida bajo el sino de la voluntariosidad, y de pronto el descubrimiento de un talento especial para algo la había llevado directamente a ahondar cada vez más en la cuestión.
Así fue que empezó a ganarse en el colegio una justa fama de perra en celo. Ya no sé cuántas noches me desperté entre sudores, pensando en su vagina chorreante y su rostro vicioso sacudiéndose sobre mí como sobre una silla eléctrica. En esos momentos volvía a ella su verdadero lenguaje, que era el de los gemidos y los chillidos ahogados (dicho sea de paso, era una lástima que no existiera ninguna manera legal de explotar comercialmente aquel don tan extraordinario). ¡Dios, pero apenas el asunto terminaba yo no deseaba más que una cosa: escaparme al bar más cercano a tomar algo con quien sea, o dar una solitaria vuelta bajo las estrellas meditando acerca de nada! ¡Cualquier cosa con tal de poder irme de ahí! Y parece que ella había terminado dándose cuenta —no era demasiado difícil, así que sólo tardó un par de meses en comprenderlo—, porque cada vez me ponía más trabas para acostarme con ella. Que mi madre, que tu padre, que los pájaros, que la cabeza, que me duele, que charlemos.
Así que ahí estábamos. Yo le arrojaba temas de conversación y ella los destrozaba en tres zarpazos como una leona torpe destrozaría la mano que le extiende comida. Si en quince minutos más no conseguía llevármela a la cama, planeaba irme a vagar por la avenida vecina, a fumar cigarrillos y mirar pasar a las chicas, disfrutando de una compañía más agradable —la mía propia, sin ir más lejos. De hecho, en aquel momento estaba por comenzar, en la avenida cercana, la Hora de los Perdedores, el momento en que los fracasados de todo calibre y edad (ya que hay que entender que la mayor parte de los perdedores nacen perdedores, y que sólo un esfuerzo sobrenatural puede extraer a un hombre de las fauces de su destino) invaden la avenida, y uno puede sentirse reconfortado por ser al menos el que es, o experimentar una poética piedad hacia el género humano en su conjunto, hacia todos aquellos que habrán de perder una a una sus ilusiones hasta terminar extraviándose solos por los Desiertos de la Muerte, sin más preparación que la que puedan darles los programas de televisión de la madrugada...
En fin, Vicky y yo estábamos sentados ahí, en las condiciones ya explicadas, en el bar de la esquina del colegio, cuando acertó a pasar por ahí Julito Ayala, uno de mis enemigos número uno. Ver su pelo naranja y su cara pecosa bastaban para darme deseos de volverme monje o de asesinar —según el día.
— ¿Qué hacen, chicos? —preguntó el muy imbécil, con esa manera desagradable de hacerse el simpático que tenía cuando no veía a nadie más a quien molestar y tenía un buen rato que perder en medio de la completa inutilidad de su vida. Le contesté con un gruñido que debe haber confundido, en su jerga zoológica, con una invitación a sentarse, porque eso fue lo que hizo de inmediato.
— ¿Qué cuentan de bueno? –preguntó, en un espasmo de inspiración.
— Sólo idiotas que pasan. Sos el decimo octavo, y sería bueno que siguieras pasando —iba a contestarle, pero Vicky, viendo mi mirada hostil, y siempre con ganas de molestarme, le dio una cordial bienvenida. Había que desconfiar de ella: era capaz de revelarle hasta nuestros truquitos amorosos más secretos al primer estúpido que apareciera.
— Estábamos hablando del examen de biología. Parece que va a ser sobre fitoplancton —le contestó ella.
El le retrucó con una frase insípida, ella se esforzó por recordar un dato intrascendente y luego ambos llegaron a la conclusión que todo el mundo conocía con aire de estar descubriendo la Atlántida.
Entonces yo empecé a ser víctima del famoso Síndrome del Aniquilamiento. Comencé a hundirme en la silla, perdiéndome en algún lugar entre las circunvoluciones de mi cerebro, entre las razones para irme y las razones para quedarme y los deseos de que el mundo y yo fuéramos distintos y llegáramos a un acuerdo más conveniente para ambos. Llegaron entonces dos miembros del famoso Club de Molestadores Profesionales de Pájaros, junto a un par de imbéciles más. Todos sorbían interminablemente sus cervezas importadas o sus Coca-Colas, encendiendo sus cigarrillos mentolados con Zippos de cien pesos poniendo cara de ya ser adultos y habilidosos encendedores de cigarros profesionales, riéndose de los desabridos chistes de Vicky como si estuvieran frente a la reencarnación de Rabelais. En realidad, supongo que estaban todos como drogados por el humo rosado y dulcísimo que parecía brotar de sus pantys naranjas, y no pensaban más que en escalar posiciones en su mundo hasta lograr finalmente acostarse con ella.
Pero hagamos ahora un ligero y muy excusable paréntesis.
Para decirles que, cuando yo recién empezaba mi adolescencia, mi visión del Paraíso era, cuanto menos, bastante curiosa: una mesa con cinco o seis personas que llevaran una conversación sin dificultades —no como cuando hay sólo dos personas y los temas de conversación van extinguiéndose rápidamente sin dar lugar a ningún sucesor. Yo estaría sentado en un rincón, despreocupado de toda otra cosa que no fuera más que tomar cerveza, fumar cigarrillos y hacer comentarios ingeniosos o cínicos que adornaran o destruyeran la conversación principal. Sin olvidar, por supuesto, la presencia de una chica hermosa y repleta de sagrada cordialidad cuya atención y amor iría captando lentamente a través de mi lluvia de ingeniosidades. Ustedes se preguntarán cuál era entonces mi diferencia con todos estos pelagatos de los que les he estado hablando. Pero esa pregunta no habla muy bien en su favor. Porque bueno, creo que ya están grandecitos como para saber que, en todos los asuntos de este mundo, las diferencias pasan por cómo se hacen las cosas y no por lo que se hace en sí mismo.
Pero en fin: en aquella lejana época, yo era —o me consideraba— demasiado tímido como para aspirar a mayores ambiciones. Y en esta tarde junto a Vicky de la que les estoy hablando, ya hacía tiempo que había entrado al mundo de los adultos precoces, que sólo desean obtener lo que quieren lo antes posible. Aquella mesa a la que me encontraba sentado distaba mucho de resultarme el sitio ideal donde cultivar mi espíritu. Ya eran ocho o nueve los participantes del mitin acerca del examen de biología, aunque todos ellos en realidad no quisieran más que una cosa: hacerle un examen a la biología de Vicky, ya que en aquellos años y en aquel colegio no había demasiadas chicas que se dejaran hacer. Así que todo el mundo, incluso los tipos habitualmente más callados y energuménicos, hablaba como un entendido en cualquier tema que se tratara.
De pronto decidí que no podía más: me levanté y le dije a Vicky:
— ¿Nos vamos?
Me miró como si yo hubiera enloquecido: ¡por Dios, irse, cuando ella acababa de encontrar su propia visión del Paraíso! Nueve jóvenes admiradores (idiotas o no, no venía al caso) hablando alrededor suyo, soñando con acostarse con ella, con la lengua por las rodillas, el cerebro atrofiado y el miembro radioactivo. Obviamente me dijo que no, que yo nunca podía quedarme en ninguna parte, que ella estaba bien ahí, y que si quería podía irme, sin problemas. Así que, por supuesto, tuve que irme: la puta de Vicky no me había dejado otra posibilidad. Y mi propia noción de "elegancia de los instantes" como justificación ante la absurdidad de la vida podía llegar a perecer desfigurada si me quedaba ahí siquiera un par de segundos más.
Los ocho idiotas deben haberse quedado petrificados de alegría, viéndome perder mi puesto, al borde del ridículo, dejándoles el campo abierto para la primera dosis de amor libre de sus vidas, después de las prostitutas dominicanas pagadas con el dinero de sus padres en los alrededores de Punta del Este. Pero no me importó: tenía una hora y algo hasta que las clases recomenzaran y pensaba pasarla de la mejor manera que me fuera posible. Y, por supuesto, lamentarme no estaba entre mis planes. Como decía mi padre, "Si estás herido, no te lo demuestres ni a vos mismo." O, como yo suelo agregar: "No odies mañana lo que puedas odiar hoy."
Me fui entonces en busca de mi amigo Arnoux. Sabía dónde encontrarlo, porque siempre se sentaba en la misma escalera a tragar su comida y esperar un milagro ocasional que lo colocara en ruta hacia las estrellas. Es que Arnoux era lo que se dice el modelo del perdedor. Pero no hablo del perdedor novelesco, ese sujeto pasablemente guapetón e inteligente que pierde sus oportunidades de "convertirse en alguien" por culpa del alcohol y de su rebeldía, más o menos activa, contra las leyes del mundo. No: Arnoux era más bien el pobre tipo, el sujeto bonachón y acomplejado, lleno de complicaciones invisibles, ese tipo de gente que un buen día desaparece sin dejar ningún recuerdo preciso, o que incluso se disuelve en un recuerdo-injerto que engloba a tres o cuatro personajes de su calaña en uno solo. No sé qué beca rara había conseguido para terminar en esa escuela de ricachones. Era hijo de un portero muy viejo que no terminaba más de morirse, y ya nadie recordaba que su nombre era Antonio: todos lo llamaban por su apellido. Claro que lo más común era que nadie lo llamara de ninguna manera; hacía tantos esfuerzos por pasar desapercibido que hasta los profesores parecían haberse olvidado de su existencia y le ponían una nota mediocre e invisible, sin prestarle atención a lo que hacía o dejaba de hacer.
Ya hacía varios días que no iba a verlo, porque había estado muy ocupado con las manías de viejo electrodoméstico de mi amiguita Vicky. No sé por qué solía sentirme muy a gusto con Arnoux, sobre todo desde que las autoridades del colegio habían desarmado la Sociedad de la Navaja (de la que yo nunca fui realmente miembro, pero sí aliado o simpatizante o algo por el estilo) y expulsado a todos mis pocos amigos por borrachines o navajistas. Tal vez fuera porque Arnoux era alguien que nunca pedía nada, y que siempre lo recibía a uno con una sonrisa. Desde que yo había superado el temor que le suele provocar ese tipo de personas a la gente normal —el miedo a que su desgracia sea contagiosa—, me agradaba mucho darme una vuelta por su escalera y mantener con él una intrascendente conversación sobre fútbol o sobre música. Yo ya conocía sus opiniones —que no eran muchas, sino sólo un puñado— y hallaba un extraño placer al hacérselas recitar una y otra vez. Me gustaba la estabilidad del personaje, el hecho de que, mientras el mundo y mi cerebro atravesaban por centenares de cataclismos, él se mantuviera siempre igual, con sus mismas opiniones y costumbres.
Pero ya estarán imaginándose, por todo lo que les dije antes, que esa tarde Arnoux no me esperaba sentadito en su escalera habitual. Le pregunté por él a un par de chicas gordas y aplicadas que estaban parloteando por las inmediaciones, y me enteré de que lo habían agarrado metiendo mano dentro de una mochila ajena y lo habían expulsado del colegio de inmediato.
Las gorditas lucían compungidas, aunque no exageradamente. Pensándolo mejor, más bien parecían incómodas con su papel, como cualquier persona que tuviera que informar de una tragedia que en realidad le importa muy poco y hasta le causa cierta gracia. O no, en realidad ya ni sé cómo lucían aquellas malditas pobres chicas. Bajo mis pies, la tierra se resquebrajaba.
Debía haber algún error. No podía ser cierto. Esa gente que nunca tiene nada mejor que hacer que reírse del más débil, de la que siempre hay cientos de ejemplares hasta en el colegio más pequeño, debía haberle tendido una trampa para divertirse un rato. Como aquella vez en que habían convencido al tartamudo Trubba de que Bonifetti, la chica más linda del establecimiento, estaba enamorada de él, para después esperarlo con una cámara de video y filmar su patética y trabada declaración amorosa. Poco les importaba si así arruinaban una vida. Pobre Arnoux. ¿Qué destino se abría ahora ante él? La vergüenza eterna. Dondequiera que fuera, los rumores lo seguirían. El ladrón de cartucheras. Ni siquiera el aura fascinadora del crimen estaría ahí para protegerlo: nunca sería más que un pobre diablo; nadie le temería, pero todos le tendrían aprensión. Ya nunca podría entrar a casa de nadie sin que lo hicieran desnudarse para revisarlo a la hora de partir. Usarían linternas infrarrojas para revisarle el trasero, por temor a que se hubiera introducido ahí una lapicera o quién sabe qué bizarros tesoros domésticos. Aunque lo más probable era que ya nunca lo dejaran entrar a ninguna parte. Tendría que irse del país. Tal vez incluso del universo.
¿Por qué todo eso me afectaba tanto? Como ya dije, me había terminado encariñando con aquel pequeño mutantecito. Pero había algo mucho más importante: se había convertido en una suerte de derivación paralela de mi propia existencia, como una posibilidad de mi propia vida que había seguido su curso independiente más allá de mí mismo. Yo podría haber sido Arnoux, podría haber sido esa clase de muchachito tímido y asustadizo que ha abandonado toda esperanza de participar hasta en los más mínimos acontecimientos del planeta. Tal vez todos, o al menos todos los bichos raros como yo, hubiésemos podido ser él. Si tan sólo hubiera terminado dejándome vencer por la hostilidad del mundo exterior, por la dificultad de los movimientos y las palabras, como tantas veces estuve a punto de hacer, y tantas veces de hecho hice, pero si ese abandono hubiera sido generalizado y no circunstancial, si mi furibunda personalidad no se hubiera interpuesto entre mi falta de carácter y el mundo, quién sabe cómo hubiera terminado todo aquello, a qué dostoievskianos sucuchos me hubiese condenado la vida por ser incapaz de cumplir siquiera con sus órdenes más básicas...
Era un momento crucial. Porque si el mundo se atrevía a hacerle daño a un tipo tan inofensivo como Arnoux, estábamos todos en peligro. Todos seríamos denigrados y paseados por las calles como fenómenos de circo, como tigres desdentados, sin una mínima partícula de orgullo detrás de la cual resguardarnos del ridículo y el escarnio de las multitudes de imbéciles cagones envalentonados.
Empecé a regresar hacia el bar, casi sin pensarlo, pero a los pocos metros me detuve. Era obvio que aquellos estúpidos nerds no habrían abandonado su posición estratégica, montando sitio alrededor de la vagina de Vicky, y que el tema de Arnoux ya habría sido tratado con absoluta voracidad, como una pobre ramita indefensa arrojada a la oscura caldera de la conversación frívola, provocando que aquellos que eran más dignos de rechazo y de náusea pasaran por sujetos ubicados y sensatos, y que aquellos que se merecían toda la piedad de todos los corazones del universo terminaran aplastados por la vergüenza y los sobreentendidos.
Ya había sido demasiada la humillación a la que había expuesto mis propios principios sin razón valedera, sólo por una estúpida muchachita de vagina dorada. Decidí que iría a visitar a Arnoux a su casa, ya que estaba claro que, si no era yo, nadie iría a verlo jamás, ni siquiera todas esas chicas de anteojos y aparatos bucales a las que, de tan tímidas, se las termina siempre tomando por buenas.
Fui bordeando el Golf, entre los árboles de moras blancas y los monoblocks supuestamente elegantes construidos ahí donde antes se alzaban las demolidas villas del Bajo. Llegué al edificio del que el padre de Arnoux era portero y estuve un buen rato tocando el timbre. Al final, una puerta se abrió en el fondo del pasillo y la madre de aquel santo cleptómano vino hacia mí con cara de poquísimos amigos, muchísimas lágrimas y una cantidad a designar de pastillas para los nervios.
— ¿Sí? —me preguntó. Era la primera vez que la veía, aunque ya varias veces había acompañado a Arnoux hasta su casa.
— ¿Puedo ver a Antonio? —le pregunté.
— Antonio está descansando.
Creo que nunca antes había escuchado que lo llamaran dos veces seguidas por su nombre de pila. Insistí entonces con una tercera y la madre replicó con una cuarta. Lucía más cansada que un Ami 8 de los años 60. Era obvio que para ella nuestra conversación debía terminar cuanto antes. Pero yo insistí, expliqué que era amigo de Antonio ("Antonio no tiene amigos", me contestó la madre, no sé si con pena o con un extraño orgullo), que necesitaba verlo, que se había cometido una injusticia. Ella me escuchaba en silencio, demasiado sedada para reaccionar. Alguien que seguramente sería el hermano menor de Arnoux apareció entonces, preguntando:
—¿Qué pasa, mamá?
Volví a repetir lo que había estado diciendo, aunque las palabras se me enredaban entre sí y terminaban diciendo cualquier otra cosa, mientras el temor de estar ofendiéndolos me iba paralizando cada vez más. Algo marchaba mal: aquellas personas me miraban incrédulas, como preguntándose si era cierto lo que estaban oyendo, y sólo una fatiga extrema les impedía contestarme o echarme a patadas del lugar.
Finalmente, el hermano me hizo gesto de que lo siguiera y se marchó por el pasillo hacia el departamento, que estaba en la planta baja de un edificio decrépito. No había demasiada luz, pero creo recordar que la casa de los Arnoux estaba completamente atestada de trastos viejos, que por todas partes había cajas y muebles tapados con alfombras o con sábanas descoloridas, pero que de todos modos alguien (la madre, según supongo) intentaba mantener una apariencia de orden entre todo aquello, colocando vasos con flores, portarretratos y mantelitos bordados por doquier, con una dedicación entre enternecedora y escalofriante.
El hermano de Arnoux me guió hasta una habitación diminuta en la que evidentemente debía vivir mi amigo. Dudó un momento y luego abrió un pequeño armario escondido, y se hizo a un lado para que yo pudiera ver su interior. Para que yo también pudiera tener mi pequeña visión del Infierno que me hiciera compañía durante el resto de mi vida
Aquello era alucinante. Había ahí toda una interminable colección de lapiceras, sacapuntas, gomas de borrar, compases, transportadores, reglas, cutters, tijeritas, papeles secantes, de calcar y de forrar, y quién sabe cuántos útiles más, algunos de ellos muy caros y coloridos, otros viejos y casi irreconocibles, muchos de ellos con una inscripción con el nombre del propietario original, dando la pista de quién sabe cuántos millares de robos metódicos y sistemáticos cometidos durante años. Todo aquello estaba ordenado de una manera asombrosamente puntillosa, e identificado con etiquetas seguramente también robadas: ahí estaba el botín que el silencioso Arnoux había ido amasando a lo largo de los últimos diez años, desmantelando cientos de cartucheras perfectas de cientos de alumnos aplicados e insoportables.
No dije una palabra. Me fui de aquella casa (a Arnoux no se lo veía por ninguna parte, después me llegaría el rumor de que lo habían metido en una clínica psiquiátrica) y estuve vagando por la calle durante un tiempo que me pareció larguísimo. Finalmente, había terminado faltando a clase sin siquiera proponérmelo. Anduve dando vueltas por las disquerías de la avenida Cabildo, comí un par de hot-dogs en la galería de siempre y miré las mujeres pasar hasta quedar definitivamente paralizado en el capot de un auto, horrorizado por la cantidad de vidas que nunca viviría, y por entrever mi extraño destino, que me guiaría siempre hacia las puertas más tristes y solitarias, alejándome imperceptiblemente del resto de los seres humanos hasta que ya toda esperanza se transformara en una mera casualidad.
Atardecía. Me acerqué a un teléfono público y disqué el número de Vicky Moriarty. Dos veces seguidas, separadas por un par de minutos, escuché su voz quebrada y serpenteante repetir "Hola... Hola..." sin atreverme a decir nada. La tercera vez ella dijo "Sé que sos vos, K. Estoy harta de tus manías. ¿Cómo pudiste dejarme sola rodeada de todos esos imbéciles? No quiero saber más nada con vos."
No cortó, sino que se quedó respirando muy fuerte por el auricular del teléfono. ¡Dios, hasta su respiración sonaba a sexo desenfrenado! Estuve escuchándola un rato y después, siempre sin decir una palabra, corté.
Y juro que lo sentí un poco, ya que me costaría mucho encontrar otra vagina como aquella. Pero bueno, así eran las cosas.
Duro es el camino del hombre de corazón.
Powered by  | | English | | Albanian | | Arabic | | Bulgarian | | Catalan | | Chinese | | Croatian | | Czech | | Danish | | Dutch | | Estonian | | Filipino | | Finnish | | French | | Galician | | German | | Greek | | Hebrew | | Hindi | | Hungarian | | Indonesian | | Italian | | Japanese | | Korean | | Latvian | | Lithuanian | | Maltese | | Norwegian | | Polish | | Portuguese | | Romanian | | Russian | | Serbian | | Slovak | | Slovenian | | Spanish | | Swedish | | Thai | | Turkish | | Ukrainian | | Vietnamese |
|
|
|
|
Tuesday, May 08, 2007
 |
Powered by  | | English | | Albanian | | Arabic | | Bulgarian | | Catalan | | Chinese | | Croatian | | Czech | | Danish | | Dutch | | Estonian | | Filipino | | Finnish | | French | | Galician | | German | | Greek | | Hebrew | | Hindi | | Hungarian | | Indonesian | | Italian | | Japanese | | Korean | | Latvian | | Lithuanian | | Maltese | | Norwegian | | Polish | | Portuguese | | Romanian | | Russian | | Serbian | | Slovak | | Slovenian | | Spanish | | Swedish | | Thai | | Turkish | | Ukrainian | | Vietnamese |
|
|
|
|
Sunday, April 15, 2007
 |
Le clip du titre "Les chansons d'amour ont ruiné ma vie" est enfin prêt !!!!!!! (15 avril 2007)
Il a une longue histoire : il a été tourné à Londres (UK) en 2003 (en 16 mm en noir et blanc) et dans la Forêt Noire (Allemagne) en 2004 (en super 8 en couleur), et puis monté à Paris en 2004 aussi, et finalement remonté à Barcelone avec la version définitive de la chanson en avril 2007...
Le directeur est le peintre et cinéaste argentin Mario García Sasia, qui habite actuellement à Barcelone.
Pour voir le clip, allez plus haut sur l'onglet "View my - Videos"
Para ver el video, vayan más arriba a "View my - Videos"
To see the video, click at "View my - Videos"
Bises - Saludos - Hugs
Pablo
Powered by  | | English | | Albanian | | Arabic | | Bulgarian | | Catalan | | Chinese | | Croatian | | Czech | | Danish | | Dutch | | Estonian | | Filipino | | Finnish | | French | | Galician | | German | | Greek | | Hebrew | | Hindi | | Hungarian | | Indonesian | | Italian | | Japanese | | Korean | | Latvian | | Lithuanian | | Maltese | | Norwegian | | Polish | | Portuguese | | Romanian | | Russian | | Serbian | | Slovak | | Slovenian | | Spanish | | Swedish | | Thai | | Turkish | | Ukrainian | | Vietnamese |
|
|
|
|
Sunday, April 08, 2007
 |
Esta es una versión en español del cuento "Saison fantôme", extraido de mi libro "Le Saint Cleptomane et la fille au vagin doré", publicado en Francia en octubre de 2005 por la editorial Les Petits Matins. Saludos a todos!
Estación fantasma (Excursión de pic-nic a las tierras del olvido)
¿Qué fue lo que me agarró? ¿Qué fue lo que me hizo tomar el tren en la dirección contraria a la que pensaba hacerlo, la dirección donde me esperaban mi casa, mi mujer, mis libros y todos mis proyectos de futuro? ¿Fue la influencia de la luna, fue un clic inesperado en mi cerebro, o fue simplemente la belleza fantasmal de aquella estación desierta, que parecía invitarme a toda una vida de estaciones desiertas? No lo sé, no lo sé en absoluto, pero les puedo asegurar que apenas subí al vagón me sentí bien. Increíblemente bien.
Era medianoche pasada y el tren estaba casi vacío: un hindú trasnochado por aquí, un árabe madrugador por allá. Solía tomar ese tren todas las noches, cuando trabajaba como encuestador telefónico, en mis primeros tiempos en Francia. Por entonces, terminaba con el cerebro tan agotado que jamás se me hubiera ocurrido hacer otra cosa que regresar a casa a dormir.
Era un vagón nuevo y que aún tenía olor a plástico. Tal vez en otra ocasión, los colores pasteles de los asientos me hubiesen parecido de un gusto discutible, pero esa noche me recordaron objetos y detalles tontos de mi infancia: los colores de una pileta de hule, unas viejas sábanas de Pacman. Al fin de cuentas, una de las cosas más difíciles de vivir en el extranjero es esa imposibilidad de comunicar los recuerdos más tontos, que a la vez suelen ser los más emocionantes: un viejo programa de televisión, una canción idiota, una expresión pasada de moda... En ese sentido, tal vez casarse con una mujer autóctona no fuese una gran idea. Hay momentos en que hablar de un chocolatín es más importante que hablar de arte o del sentido de la existencia.
Mi amigo Thomas y yo siempre teníamos discusiones al respecto. Él decía que lo que más le gustaba en una mujer era esa especie de enigma o de misterio que por siempre había de separarlo de ella. Cultivaba la incomprensión como otros cultivan el exotismo. Acumulaba las amantes de todas las procedencias: egipcias, japonesas, bielorrusas, mejicanas. Supongo que era su manera de viajar sin salir casi nunca de la región parisina. Yo, para molestarlo, le decía que ésos eran puros vicios de autóctono ("autóctono", "indígena", "aborigen", son los términos que siempre he usado para referirme a los franceses en Francia), y que ese enigma inaccesible que lo fascinaba eran casi siempre sólo una acumulación de detalles banales del tiempo pasado: personajes de series de tevé, viejos hits estúpidos, jingles de galletitas que atraviesan noche y día nuestros parlanchines cerebros.
Los minutos iban pasando, y por la ventanilla desfilaban casas cada vez más viejas y espaciadas. Y postes de luz, puentes sobre ríos, carteles de publicidad, fragmentos de bosques. Me repantigué en el asiento y estiré los pies. Respiré profundo aquel olor a plástico nuevo, que es como olor a nada y me parece el mejor aroma para comenzar un viaje. Aunque no sabía si lo mío era un viaje o qué. "Excursión" me pareció la palabra adecuada. Saqué mi cuaderno del bolsillo y la anoté. Me sentía contento como un boy-scout que se va de pic-nic.
Sin embargo, después de un rato, algo me empezó a poner nervioso: un negro que hablaba a los gritos por su celular, con una mujer a la que juraba no conocer. Todo el tiempo repetía su nombre ("Diana") y decía "No, no sé quién sos". Después empezó a repetir otros nombres, de conocidos en común, que la mujer le proponía; él se quedaba pensando un momento, paladeando el nuevo nombre, y repetía: "No, no me dice nada..." Tenía una voz grave de profesor de gimnasia, e imitaba la forma de hablar de los rapperos de suburbio parisino.
No necesitaba verlo para imaginarme cómo debía mover los brazos y la mandíbula, como si estuviera en un video de gangsta rap americano. Siempre he detestado toda esa mística del gangsterismo de video clip que florece en los suburbios europeos. ¿Por qué no se van a dar una vuelta por LA Este, o mejor por los barrios bajos del Tercer Mundo, si tanto les divierte, a ver si salen vivos de ahí?
El tipo seguía rapeando nombres de gente y negando conocerlos. Se me ocurrió que yo me hubiese comportado exactamente igual si hubiese querido borrar toda mi vida pasada. Me bastaría con tomar los diversos nombres que la formaban e irlos vaciando uno por uno de su substancia, hasta convertirlos en simples palabras, rastros de viejos sueños o viejas lecturas, desprovistos de un significado claro. Para ver si funcionaba, me empecé a entrenar con personajes menores, que podía eliminar fácilmente sin que el resto del edificio de mi vida se resintiera. ¿Aquel compañero de voley-ball de mi adolescencia, apodado "La Mole", con el que le arrojábamos frutitos de pino a los peatones por la ventanilla del ómnibus? ¡Fuera! ¿Aquel energúmeno llamado Grillo Trubba con el que nos paseábamos arriba abajo por la calle de los cines, robando revistas en los kioscos y metiéndonos a tomar agua en las heladerías? ¡Fuera también! Y conocidos de vacaciones, compañeros de trabajos patéticos, gente de las afueras de Buenos Aires en cuyas casas entré cuando trabajaba de encuestador callejero, idiotas de todo tipo, compañeros de borrachera que emigraron a Méjico, a Israel, a alguna provincia remota. ¡Fuera, todo el mundo, de vuelta a la oscuridad de la que nunca deberían haber salido!
No era un ejercicio demasiado peligroso: era toda gente incapaz de defenderse. Las dificultades comenzaron cuando empecé a atacar a gente más importante: cada vez, había otros personajes que se alzaban del fondo de mi memoria para interponerse. No podía extraer los recuerdos de a uno. Tenía que borrarlo todo junto o nada.
No sé por qué me acordé entonces de mi mujer, Lucille, y más precisamente de diversas ropas que ella solía usar, de la emoción que yo sentía en otros tiempos cuando las iba sacando del lavarropas. Cuanto más viejas y gastadas estaban, más emocionantes eran, pues más recuerdos me traían (recuerdos que no hubiera sabido explicitar, pero cuya vaguedad los hacía aún más fuertes). Por eso siempre me sorprendía cuando ella se quejaba de que no tenía nada para ponerse. Espero que no piensen que estoy loco, o que soy pérfidamente avaro, si les digo que hubiese preferido que siguiera poniéndose por siempre las mismas remeras agujereadas, los mismos pulloveres desteñidos.
En fin, creo que nunca me gustó demasiado el futuro. Quizá mi palabra favorita sea: "reminiscencia".
De pronto me asaltó la idea de que tal vez no hubiese nadie del otro lado de la línea. Quiero decir: que el negro del tren estuviese sólo representándonos una escena. Ninguna mujer en su sano juicio hubiese soportado esa perorata tanto tiempo; cualquiera hubiese cortado casi de inmediato, y Dios sabe si a las mujeres les gusta cortar el teléfono. Por supuesto, existen también mujeres desquiciadas, pero ése es un campo en el que me especialicé un poco durante mi juventud, y puedo asegurarles que no existe ninguna dama capaz de soportar algo por el estilo.
Pero ¿por qué alguien se pondría a hablar a los gritos con nadie, por un celular, en un tren de medianoche? Cualquier escritorcito al que le guste hacerse el listo diría que "tal y no otra es la condición humana". Boludeces. Pero se me ocurrieron varias hipótesis. La más obvia: lo hacía para darse importancia, frente a sí mismo o frente a los pocos y adormecidos pasajeros que lo rodeaban (cada uno tiene el público que puede). La más rebuscada: para entrenarse para una conversación futura, en caso de que una mujer que lo había ignorado resolviese volver cuando él ya fuera rico y famoso. O quizás el tipo se imaginaba que hablaba con Diana Ross, o con Lady Di en el más allá. O tal vez se tratase de una terapia nueva, recomendada por psicoanalistas desquiciados, por libros new age de ventas millonarias: "Gane en autoestima negando a quienes lo lastimaron". El tipo de libro que Lucille leía cuando buscaba provocarme.
Ya que estaba sorprendiéndome a mí mismo, me pareció coherente verme levantarme y preguntarle sin ningún preámbulo al rapero telefónico:
– ¿No estás hablando con nadie, ¿no es cierto?
– ¿Cómo? –me gritó, y le dijo al teléfono–. Esperá un momento, hay alguien que me habla –y volvió a gritarme–. ¿Qué decís?
– Que no estás hablando con nadie. Que no hay nadie del otro lado del teléfono. ¿Es así o no es así?
– ¿Estás mal de la cabeza? –exclamó, y le dijo a su misterioso interlocutor–. Esperá, ahí vengo. Tengo que resolver un asunto.
El asunto iba a derivar en pelea. Los hindúes del vagón se habían despertado y se esforzaban por mirar en cualquier otra dirección. No sé por qué, pero me sentía cada vez más obsesionado por averiguar la verdad.
– Prestame tu celular, por favor.
– ¿Cómo?
Extendí la mano con gesto autoritario. El negro se echó hacia atrás y le dijo al aparato:
– Tengo que colgar. Después te llamo.
Cerró su teléfono y me miró con cara de pocos amigos.
Su gesto había tornado inútil cualquier esfuerzo de constatación.
– ¿Y ahora? –dijo, y se puso en guardia.
De pronto fue como si me hubiera despertado. ¿Cómo demonios había llegado hasta ahí? Todo estaba perdido. Sólo me quedaba la fuga. La fuga hacia delante o hacia atrás. Maniobré un poco y me las ingenié para poner un par de asientos entre el amigo de Lady Di y yo.
– No era nadie, ¿no es cierto? –le dije, para ganar tiempo.
– ¿Estás buscando problemas?
– ¿Es cierto o no es cierto?
– ¿Estás buscando problemas?
De pronto el tren se detuvo en una estación como las otras, con un nombre compuesto al estilo "Saint-Donat-sur-L'Herbasse". No lo dudé. Salí del vagón, aunque sin correr: la carrera atrae la carrera. El negro me lanzó un par de insultos sobre mi condición blanquecina, la puerta se cerró y eso fue todo.
Una vez que el ruido del tren se hubo evaporado, se hizo un gran silencio. Cerré los ojos y empecé a distinguir coros de grillos, ruido de viento, un extractor de aire lejano, e incluso voces. Había sido el único en descender ahí, pero justo enfrente había un barsucho-local-de-lotería que, milagro de los campos de Francia, estaba abierto a pesar de la hora tardía.
Era el prototipo perfecto de ese tipo de antros. Un basural hubiese sido más limpio. Una cárcel, más acogedora. Y sobre todo, sobre todo estaba lleno de aborígenes hostiles; tenían todas las características habituales: los bigotes frondosos, la mirada vidriosa de alcohol, el habla incomprensible. Thomas siempre me decía que yo exageraba la hostilidad de los autóctonos. "¡Esos extranjeros sin cara de extranjeros que vienen a por nuestras mujeres!", le decía yo, imitando el acento de alguna campiña inexistente. Recordé nuestras risas de entonces, y me dio un escalofrío en la espalda.
Pedí un café y me senté en una mesa solitaria, al lado del flipper. Saqué mi libreta y me puse a anotar detalles del lugar: el olor a desinfectante, las cucarachas que aprovechan la oscuridad para venir a zamparse un resto de sandwich... Ciertas noches, con Lucille, terminamos también en bares como ése. Recuerdo una vez en que nos había sorprendido un diluvio casi tropical en un rincón perdido del barrio 12. Recuerdo el agua que chorreaba de su pelo, la manera en que se reía, el café intomable que nos sirvieron. Creo que Thomas también estaba con nosotros, esa noche, y que hizo un comentario lapidario sobre ese tipo de sitios. A mí, la verdad, siempre me simpatizaron esos lugares, sobre todo por las noches, cuando están desiertos. Cada vez que me hablan de un bar horrible, me imagino más bien un bar atestado, lleno de turistas y de autóctonos fanfarrones, en el que pasan música seudo latina y sirven tragos con nombre en inglés.
Entonces apareció la patrona – una rubia entrada en carnes de mirada increíblemente simpática. Había algo en ella que de inmediato me hizo sentir reconfortado, como si ella entendiera de dónde yo venía, o tuviese alguna noción de dónde estaba yendo. "¿Busca un hotel, señor?", me dijo, mientras repasaba una mesa con un trapo. Alrededor, los parroquianos me lanzaban miradas de muerte súbita.
A decir verdad, no sé por qué la mujer me preguntaba eso, si yo no tenía valijas ni nada que me identificase como viajero. En fin, supongo que cuando uno va a la deriva se le debe notar en la cara, o por lo menos que la gente que ha andado a la deriva reconoce fácilmente a sus semejantes.
Le dije que no gracias, pero preferí no dar explicaciones, no inventar mentiras que después no sabría cómo sostener. Me sentí incómodo, o avergonzado, dije unas palabras confusas y me fui. Di vueltas por ese pueblo desconocido, intentando perderme, pero siempre terminaba regresando a la estación. Probé entonces de tomar una de las direcciones que indicaban las flechas, el nombre de un pueblo que ya ni recuerdo, y llegué hasta la ruta.
Caminé durante un buen rato, atravesando pueblos desiertos, intentando mantener la mente en blanco. Pero no dejaba de acordarme de conversaciones con Thomas, en los tiempos en que aún hubiera utilizado la palabra "amigo". Habíamos nacido a escasos meses de diferencia, a miles de kilómetros de distancia, y nos divertía decir que éramos hermanos, hermanos perdidos. Pero supongo que, a pesar de mis esfuerzos, todavía estaba un poco bajo el shock, porque no paraba de buscar y encontrar pistas de nuestra situación presente en conversaciones que creía haber olvidado.
Por pensar en otra cosa, me puse a tratar de entender lo que había pasado en el tren. Otra vez, ¿qué me había agarrado? Habitualmente no me meto en ese tipo de situación sin salida. ¿Qué me importaba si el pobre tipo quería hablar con la Princesa Diana, o hacerle creer al vagón que el hecho de que él conociera o no a no sé quién tenía alguna importancia para alguien en el mundo? Pero lo peor es que, mientras me hundía alegremente en la boca del lobo, ni siquiera estaba realmente ahí. Seguía rumiando solo por mi cuenta, buscando las palabras adecuadas para decirle a Thomas y a Lucille en caso de que me los encontrara en alguna parte. O las palabras que debería haber dicho. Veía una y otra vez la misma escena. Preparaba una linda frase, llena de sobreentendidos: "¿Desde cuándo, esa preferencia por las autóctonas?" Pero era idiota. Absolutamente idiota. Y sobre todo, no servía para nada.
Finalmente amaneció. Entré en un pueblo igual a todos los otros: la calle desierta, la iglesia cerrada, los bancos llenos de musgo. Un cartel con el nombre del pueblo tachado, que nos anuncia que apenas acabamos de entrar allí y ya estamos saliendo. Grandes ovillos de heno. Perros que ladran. Vacas desconfiadas. Los tractores madrugadores, y la vieja pareja de campesinos que sale a ver si el mundo sigue estando ahí afuera, esta mañana.
Me senté a un costado de la ruta y empecé a arrancar el pasto y a partirlo en pedacitos, como cuando era niño. Cada coche que pasaba era como una detonación, sobre el fondo sonoro de canto de pájaros. Las colinas parecían una vieja pintura, el fondo de un magnífico cuadro que seguramente nadie pintaría jamás. Y el cielo, el cielo era algo indescriptible. No recuerdo el nombre del pintor que se especializaba en ese tipo de cielos; ya saben: nubes por doquier, grises, blancas y negras, y en el medio un pequeño rayo que representa a Dios, o la gracia, o las escasísimas chances que tenemos de alcanzar algún día la redención. Creo haber leído eso en un libro. Nunca he entendido mucho sobre pintura. Lucille siempre se burlaba de mi manera de confundir a un pintor con otro, y más en general a casi todo el mundo con casi todo el mundo, toda cosa con otra cosa, un estado de ánimo con otro estado de ánimo. Supongo que no debía ser fácil vivir con alguien que, la mayor parte del tiempo, se mueve como un fantasma por la vida real. Alguien que nunca se sabe qué está pensando y que finalmente sólo está perdido en una lucha solitaria contra las palabras, o intentando insuflarle su propia vida a uno de sus reemplazantes en el mundo de la ficción...
Al fin de cuentas, como todo el mundo, siempre termino escribiendo la misma historia. Apenas hay que rascar un poco bajo la superficie y ahí están: los eternos muchachos que fingen ser hombres y que al final, como todos nosotros supongo, terminan volviéndose transparentes. Podemos ver entonces al niño asustado en su interior, accionando las manecillas del robot en forma de hombre en el que ha sido encerrado. Los hago hacer todas las cosas que nunca he sabido hacer: dar portazos, reaccionar cuando hace falta, partir a tiempo, mostrar un amor o un odio violento hacia cada objeto de este mundo...
Si no me quedara aún un poco de vergüenza, ésta sería una ocasión inmejorable para apiadarme de mí mismo. Pero bueno, por más esfuerzos que haga, no logro recordar la última vez en que lloré, y no creo que me ponga a hacerlo justo ahora.
Así es. Tal vez sea simplemente el momento de que yo mismo me vuelva transparente, de una vez por todas. Supongo que ya lo han comprendido: no hay casa, ni mujer, ni libros, no hay más ningún lugar donde regresar. El futuro es un manchón borroso en el horizonte. Un coche que pasa, dispuesto a llevarnos por delante.
Es sólo el comienzo de otra estación fantasma, como las ha habido ya tantas, en mi vida.
En fin: buena suerte, Lucille, Lucía, Lucy, dondequiera que estés a estas horas.
Y dile adiós a Thomas de mi parte.
Piensen que simplemente me fui de excursión al tiempo pasado. A hacer un largo pic-nic en las tierras del olvido.
Powered by  | | English | | Albanian | | Arabic | | Bulgarian | | Catalan | | Chinese | | Croatian | | Czech | | Danish | | Dutch | | Estonian | | Filipino | | Finnish | | French | | Galician | | German | | Greek | | Hebrew | | Hindi | | Hungarian | | Indonesian | | Italian | | Japanese | | Korean | | Latvian | | Lithuanian | | Maltese | | Norwegian | | Polish | | Portuguese | | Romanian | | Russian | | Serbian | | Slovak | | Slovenian | | Spanish | | Swedish | | Thai | | Turkish | | Ukrainian | | Vietnamese |
|
|
|
|
Friday, June 16, 2006
 |
Current mood:frenetic
Category: Writing and Poetry
Hey! Voici une nouvelle extraite de mon recueil "Le Saint Cleptomane et la fille au vagin doré", publié en France en octobre 2005 par la maison d'édition Les Petits Matins (distribuée par Les Belles Lettres).
J'espère que ça vous plaira bien.
Pablo
Saison fantôme (un pique-nique dans les terres de l´oubli)
Qu´est-ce qui m´a pris ? Qu´est-ce qui m´a fait prendre le train dans la direction contraire ? La direction contraire à celle où m´attendaient ma maison, ma femme, mes livres et tous mes projets d´avenir ? L´influence de la Lune, peut-être ? Ou un déclic inattendu dans mon cerveau ? Ou simplement la beauté fantasmatique de cette gare déserte, qui semblait m´inviter à toute une vie de gares désertes ? Je ne sais pas, je ne sais pas du tout, mais je peux vous assurer qu´à peine monté dans le wagon je me suis senti bien. Incroyablement bien.
Il était minuit passé et le train était presque vide : un Hindou somnambule par-ci, un Arabe lève-tôt par-là. J´avais l´habitude de prendre ce train tous les soirs lorsque je travaillais comme enquêteur téléphonique, à mon arrivée en France. À cette époque, je finissais la journée si anéanti que je n´aurais jamais pensé à faire autre chose qu´à rentrer chez moi me coucher.
C´était un wagon tout neuf qui sentait encore le plastique. Peut-être qu´à un autre moment j´aurais trouvé les couleurs pastel des sièges d´un goût discutable, mais ce soir-là elles m´ont rappelé des détails idiots de mon enfance : les couleurs d´une piscine gonflable, de vieux draps « Pacman ». En fin de compte, une des choses les plus difficiles de la vie à l´étranger, c´est cette incapacité à partager ses souvenirs les plus stupides, qui sont souvent aussi les plus émouvants : une vieille émission de télé, une chanson nulle, une expression passée de mode De ce point de vue-là, me marier avec une femme autochtone n´avait peut-être pas été une bonne idée. Il y a des moments où parler d´une tablette de chocolat est plus important que parler d´art ou du sens de l´existence.
Mon ami Thomas et moi avions toujours des discussions à ce sujet. Lui disait que, ce qui lui plaisait le plus chez une femme, c´était cette sorte d´énigme ou de mystère qui devait la séparer à jamais de lui. Il cultivait l´incompréhension comme d´autres cultivent l´exotisme. Il accumulait les amantes de toutes les provenances : Égyptiennes, Japonaises, Ouzbeks, Mexicaines. Je suppose que c´était sa façon de voyager sans presque jamais quitter la région parisienne. Pour l´embêter, je lui disais que c´étaient là de véritables vices d´autochtone (« autochtone », « indigène », « aborigène », c´est les termes que j´ai toujours utilisés pour parler des Français en France), et que cette énigme inaccessible qui le fascinait n´était le plus souvent qu´une accumulation de détails banals du temps passé : des personnages de sitcom, de vieux tubes stupides, des jingles de crackers qui traversent jour et nuit nos cerveaux volubiles.
Les minutes s´écoulaient, et par la fenêtre défilaient des maisons de plus en plus vieilles, de plus en plus clairsemées. Et des poteaux électriques, des ponts sur des fleuves, des affiches publicitaires, des fragments de forêts. Je me suis affalé sur mon siège et je me suis étiré avec délice. J´ai respiré profondément cette odeur de plastique neuf, qui est comme une odeur de vide et qui me paraît le meilleur arôme pour commencer un voyage. Même si je ne savais pas si mon affaire était un voyage ou autre chose. « Excursion » m´a semblé le mot qui convenait. J´ai sorti mon carnet de ma poche et je l´ai noté. Je me sentais heureux comme un scout qui part en pique-nique.
Cependant, après un certain temps, quelque chose a commencé à m´énerver : un Noir qui parlait, en criant sur son portable, à une femme qu´il assurait ne pas connaître. Tout le temps, il répétait son prénom (« Diana ») et disait : « Non, je ne sais pas qui tu es. » Puis il s´est mis à répéter d´autres noms, de connaissances communes, que la femme lui soumettait ; il réfléchissait un moment, puis répondait : « Non, ça ne me dit rien » Il avait une voix grave de professeur de gymnastique et il imitait la façon de parler des rappeurs de banlieue.
Sans le voir, j´arrivais presque à imaginer comment il devait bouger les bras et la mâchoire, comme s´il était dans un clip de gangsta rap américain. J´ai toujours détesté cette mystique du gangstérisme de vidéo-clip qui s´épanouit dans les banlieues européennes. Pourquoi ne vont-ils pas faire un tour du côté est de Los Angeles ou, mieux, dans les banlieues chaudes du tiers-monde, si ça les amuse tellement, pour voir s´ils en reviendraient vivants ?
Le type continuait à rapper des noms de gens et à nier les connaître. Je me suis dit que j´aurais fait exactement la même chose si j´avais voulu effacer toute ma vie passée. Il me suffirait de prendre les différents noms qui la constituaient et de les vider un à un de leur substance, de les transformer en de simples mots, des traces de vieux rêves ou de vieilles lectures, dépourvues d´une signification claire. Pour voir si ça marchait, j´ai commencé à m´entraîner avec des personnages secondaires que je pouvais éliminer facilement sans que le reste de l´édifice de ma vie n´en pâtisse. Ce camarade de volley-ball de mon adolescence, surnommé « la Chose », avec qui on jetait des pommes de pin sur les passants depuis la fenêtre du bus ? Dehors ! Cet énergumène du nom de Grillo Trubba avec qui on arpentait la rue des cinémas pendant des heures, en volant des magazines dans les boutiques et en entrant boire de l´eau chez les glaciers ? Dehors lui aussi ! Et des connaissances de vacances, des camarades de travail pathétiques, des gens des banlieues de Buenos Aires dont j´ai visité les maisons quand je travaillais comme enquêteur de rue, des imbéciles en tout genre, des compagnons de soûlerie qui ont émigré au Mexique, en Israël, dans quelque province perdue. Ouste, tout le monde, retour à l´obscurité dont vous n´auriez jamais dû sortir !
Ce n´était pas un exercice trop périlleux : c´étaient tous des gens incapables de se défendre. Les difficultés ont commencé quand je me suis attaqué à des gens plus importants : à chaque fois, il y avait d´autres personnages qui se dressaient du fond de ma mémoire pour s´interposer. Je ne pouvais pas extraire les souvenirs un par un. Je devais effacer tout à la fois, ou rien.
Je ne sais pas pourquoi je me suis souvenu alors de ma femme, Lucille, et plus précisément de différents vêtements qu´elle avait l´habitude de porter, de l´émotion que je ressentais autrefois quand je les sortais du lave-linge. Plus ils étaient vieux et usés, plus ils m´émouvaient, car plus nombreux étaient les souvenirs qu´ils me rapportaient (des souvenirs que j´aurais eu du mal à mettre au clair, mais dont l´imprécision faisait justement la force). C´est pour ça que je m´étonnais toujours quand elle se plaignait de n´avoir rien à se mettre. J´espère que vous ne penserez pas que je suis fou, ou sournoisement radin, si je vous dis que j´aurais aimé qu´elle continue à porter à jamais les mêmes tee-shirts troués, les mêmes vieux pull-overs.
Enfin, je crois que je n´ai jamais trop aimé le futur. Mon mot préféré serait sans doute « réminiscence ».
Tout à coup, j´ai eu l´idée qu´il n´y avait peut-être personne à l´autre bout du fil. Je veux dire : que le Noir du train ne faisait là que nous jouer la comédie. Aucune femme saine d´esprit n´aurait supporté si longtemps ce baratin ; n´importe qui aurait aussitôt raccroché, et Dieu sait si les femmes aiment le faire. Bien sûr, il y a aussi des femmes détraquées, mais il s´agit là d´un domaine dans lequel je me suis un peu spécialisé dans ma jeunesse, et je peux vous garantir qu´il n´existe aucune dame capable de supporter ce genre de chose.
Mais pourquoi quelqu´un se mettrait-il à parler en criant avec personne, sur un portable, dans un train de nuit ? Un écrivaillon quelconque qui aimerait faire le malin dirait que « c´est là le propre de la condition humaine ». Foutaises. J´ai réfléchi à plusieurs hypothèses. La plus évidente : il le fait pour se donner de l´importance, vis-à-vis de lui-même ou des quelques voyageurs assoupis qui l´entourent (on a le public qu´on peut). La plus biscornue : pour s´entraîner à une conversation future, au cas où une femme qui l´aurait ignoré décidait de lui revenir quand il serait riche et célèbre. Ou peut-être le type s´imaginait-il qu´il parlait à Diana Ross, ou à Lady Di dans l´au-delà. Ou encore, il pouvait s´agir d´une nouvelle thérapie, recommandée par des psychanalystes déséquilibrés ou par des livres new age aux ventes astronomiques : « Gagnez en auto-estime en niant ceux qui vous ont blessé. » Le genre de livre que Lucille lisait quand elle voulait me provoquer.
Puisque j´étais en train de me surprendre moi-même, ça m´a semblé cohérent de me voir me lever et de demander intempestivement au rappeur téléphonique :
Tu ne parles avec personne, n´est-ce pas ?
Quoi ? a-t-il crié, et il a dit au téléphone : « Attends une seconde, il y a quelqu´un qui me parle. » Et il m´a crié à nouveau : « Qu´est-ce que tu dis ? »
Que tu ne parles avec personne. Qu´il n´y a personne à l´autre bout du fil. C´est ça, non ?
Ça ne va pas la tête ? s´est-il exclamé, et il a dit à son mystérieux interlocuteur : « Attends, je reviens tout de suite. J´ai une affaire à régler. »
L´affaire allait tourner à la bagarre. Les Hindous du wagon s´étaient réveillés et s´efforçaient de regarder ailleurs. Je ne sais pas pourquoi, mais j´étais toujours plus obsédé par l´idée de découvrir la vérité.
Prête-moi ton portable, s´il te plaît.
Quoi ?
J´ai tendu la main d´un geste autoritaire. Le Noir s´est jeté en arrière et a dit à l´appareil :
Je dois raccrocher. Je te rappelle.
Il a fermé son téléphone et m´a regardé, l´air mauvais.
Son geste avait rendu inutile toute tentative de vérification.
Alors ? a-t-il dit, et il s´est mis en garde.
Tout à coup, c´est comme si je m´étais réveillé. Comment en étais-je arrivé là ? Tout était foutu. Il ne me restait que la fuite. La fuite en avant ou en arrière. J´ai manuvré un peu et j´ai réussi à mettre une ou deux rangées de sièges entre l´ami de Lady Di et moi.
C´était personne, n´est-ce pas ? je lui ai dit, pour gagner du temps.
Tu te fous de ma gueule ?
C´est vrai ou pas ?
Tu te fous de ma gueule ?
Soudain, le train s´est arrêté dans une gare comme les autres, avec un nom composé du style « Saint-Donat-sur-l´Herbasse ». Je n´ai pas hésité une seconde. Je suis sorti du wagon, quoique sans courir : la course attire toujours la poursuite. Le Noir m´a lancé quelques insultes à propos de je ne sais quelle race, la porte s´est refermée et voilà.
Une fois le bruit du train évaporé, il s´est fait un grand silence. J´ai fermé les yeux et j´ai commencé à distinguer des chorales de grillons, le bruit du vent, un extracteur d´air lointain, et même des voix. J´avais été le seul à descendre là, mais juste en face il y avait un bar PMU qui, miracle de la campagne française, était ouvert malgré l´heure tardive.
C´était le parfait archétype de ce genre de rade. Une décharge municipale aurait été plus propre. Une prison, plus accueillante. Et surtout, surtout, c´était plein d´aborigènes hostiles ; ils en avaient toutes les caractéristiques : les moustaches touffues, le regard vitreux, le parler incompréhensible. Thomas me disait toujours que j´exagérais l´hostilité des autochtones. « Ces étrangers qui n´ont même pas l´air d´étrangers et qui viennent nous prendre nos femmes ! », lui disais-je, en imitant l´accent de quelque campagne inexistante. Je me suis souvenu de nos rires d´alors, et ça m´a donné des frissons dans le dos.
J´ai commandé un café et je me suis assis à une table solitaire. J´ai sorti mon carnet et je me suis mis à noter des détails de l´endroit : l´odeur de désinfectant, les cafards qui profitent de l´obscurité pour venir déglutir un reste de sandwich Certains soirs, avec Lucille, on finissait aussi dans des bars comme celui-là. Je me souviens d´une fois où un déluge presque tropical nous avait surpris dans un coin perdu du onzième arrondissement. Je me souviens de l´eau qui dégoulinait de ses cheveux, de la façon dont elle riait, du café imbuvable qu´on nous a servi. Je crois que Thomas était aussi avec nous, ce soir-là, et qu´il a fait un commentaire lapidaire sur les lieux de ce genre. Moi, en vérité, j´ai toujours eu une certaine sympathie pour ces bars-là, surtout le soir, lorsqu´ils sont déserts. Quand on me parle d´un bar affreux, j´imagine plutôt un endroit bondé, rempli de touristes et de riches autochtones présomptueux, où l´on passe de la musique pseudo-latino et où l´on sert des cocktails aux noms anglo-saxons.
Alors est apparue la patronne une blonde bien en chair au regard incroyablement sympathique. Il y avait quelque chose en elle qui m´a immédiatement réconforté, comme si elle comprenait d´où je venais, ou avait quelque notion d´où j´allais. « Vous cherchez un hôtel, monsieur ? », m´a-t-elle demandé, en essuyant une table avec un chiffon. Autour d´elle, les habitués me lançaient des regards noirs.
À vrai dire, je ne sais pas pourquoi la femme me demandait ça, car je n´avais pas de valises ni rien qui puisse me cataloguer comme voyageur. Enfin, je suppose que lorsque quelqu´un va à la dérive, ça doit se voir sur son visage, ou du moins que ceux qui sont passés par là reconnaissent facilement leurs semblables.
Je lui ai dit « non, merci » et j´ai préféré ne pas donner d´explications, ne rien inventer qui aurait pu m´entraîner dans des mensonges intenables. Je me suis senti mal à l´aise, j´ai bredouillé quelques mots et je suis parti. J´ai rôdé dans ce village inconnu, essayant de me perdre, mais je finissais toujours par revenir à la gare. J´ai essayé alors d´emprunter l´une des directions qu´indiquaient les flèches, le nom d´un village dont je ne me souviens même pas, et je suis arrivé jusqu´à la route.
J´ai marché pendant un bon moment, traversant des villages fantômes, essayant de garder l´esprit vide. Mais je n´arrêtais pas de me souvenir de certaines conversations avec Thomas, à l´époque où j´aurais encore utilisé le mot « ami ». Nous étions nés à tout juste quelques mois de différence, à des milliers de kilomètres de distance, et ça nous amusait de dire que nous étions frères, des frères perdus. Mais je suppose que, malgré tous mes efforts, j´étais encore un peu sous le choc, car je n´arrêtais pas de chercher et de trouver des indices de notre situation présente dans des conversations que je croyais avoir oubliées.
Pour penser à autre chose, j´ai essayé de comprendre ce qui s´était passé dans le train. Encore une fois, qu´est-ce qui m´avait pris ? D´habitude, je ne me fourre pas dans ce genre de guêpier. Qu´est-ce que ça pouvait bien me faire, après tout, si ce pauvre type voulait parler à la princesse Diana, ou faire croire que le fait qu´il connaisse ou pas je ne sais qui puisse avoir de l´importance pour qui que ce soit ? Mais le pire c´est que, tandis que je m´enfonçais allègrement dans la gueule du loup, je n´étais même pas réellement là ; je continuais à ruminer tout seul dans mon coin, à chercher les mots justes que je dirais à Thomas ou à Lucille, au cas où je les retrouverais quelque part. Ou les mots que j´aurais dû dire. Je voyais et revoyais la même scène. Je préparais une belle phrase, pleine de sous-entendus : « Depuis quand, cette préférence pour les autochtones ? » Mais c´était nul. Nul à chier. Et surtout, ça ne servait à rien.
Finalement le jour s´est levé. Je suis entré dans un village pareil à tous les autres : la rue déserte, l´église fermée, les bancs couverts de mousse. Un panneau avec le nom du bled barré, qui nous annonce qu´à peine entrés, nous sommes déjà en train d´en sortir. De grandes balles de foin. Des vaches qui nous regardent avec méfiance. Le vieux couple de paysans qui sort voir si le monde est toujours là, ce matin.
Je me suis assis à côté de la route et j´ai commencé à arracher l´herbe et à la déchirer en petits morceaux, comme lorsque j´étais enfant. Chaque voiture qui passait était comme une détonation, sur fond sonore de chant d´oiseaux. Les collines ressemblaient à un vieux tableau, le fond d´une toile magnifique que sûrement personne ne peindrait jamais. Et le ciel, le ciel était quelque chose d´indescriptible. Je ne me souviens pas du nom du peintre dont ce genre de ciel était la spécialité ; vous savez bien : des nuages partout, gris, blancs et noirs, et au milieu un mince rayon qui représente Dieu, ou la grâce, ou les très rares chances que nous avons d´atteindre un jour la rédemption. Je crois avoir lu ça dans un bouquin. Je n´ai jamais compris grand-chose à la peinture. Lucille se moquait toujours de ma façon de confondre un peintre avec un autre, et plus généralement presque tout le monde avec presque tout le monde, toute chose avec une autre, un état d´esprit avec un autre état d´esprit. Je suppose que ça ne devait pas être facile de vivre avec quelqu´un qui, la plupart du temps, se déplace comme un fantôme dans la vie réelle. Quelqu´un dont on ne sait jamais à quoi il pense et qui finalement est juste en train de batailler tout seul avec des mots, ou de tenter d´insuffler sa propre vie à l´une de ses doublures dans le monde de la fiction
En fin de compte, comme tout le monde, je finis toujours par écrire la même histoire. Il faut juste gratter un peu et les voilà : les éternels petits garçons qui feignent d´être des hommes et qui à la fin, comme nous tous, je suppose, finissent par devenir transparents. Nous pouvons alors voir l´enfant effrayé qui actionne les manettes du robot en forme d´homme, d´adulte, dans lequel il a été enfermé. Je leur fais faire toutes les choses que je n´ai jamais su faire : claquer des portes, réagir quand il faut, partir à temps, montrer un amour ou une haine violente pour chacun des objets de ce monde
S´il ne me restait encore un peu d´amour-propre, ce serait là l´occasion rêvée de m´apitoyer sur moi-même. Mais bon, j´ai beau faire des efforts, je n´arrive pas à me souvenir de la dernière fois où j´ai pleuré, et je ne crois pas que je me mette à le faire maintenant.
Voilà. Il est peut-être simplement temps que moi-même je devienne transparent, une fois pour toutes. Je suppose que vous l´avez déjà compris : il n´y a plus de maison, ni de femme, ni de livres, il n´y a plus aucun endroit où retourner. L´avenir est comme une tache floue à l´horizon. Une voiture qui passe, prête à nous envoyer dans le décor.
C´est juste le début d´une autre saison fantôme, comme il y en a déjà eu d´autres, dans ma vie.
Enfin, bonne chance, Lucille, Lucy, Lou, où que tu sois à cette heure.
Et bonne nuit à Thomas de ma part.
Dites-vous que je suis juste parti en excursion dans le temps passé. Faire un long pique-nique dans les terres de l´oubli.
Powered by  | | English | | Albanian | | Arabic | | Bulgarian | | Catalan | | Chinese | | Croatian | | Czech | | Danish | | Dutch | | Estonian | | Filipino | | Finnish | | French | | Galician | | German | | Greek | | Hebrew | | Hindi | | Hungarian | | Indonesian | | Italian | | Japanese | | Korean | | Latvian | | Lithuanian | | Maltese | | Norwegian | | Polish | | Portuguese | | Romanian | | Russian | | Serbian | | Slovak | | Slovenian | | Spanish | | Swedish | | Thai | | Turkish | | Ukrainian | | Vietnamese |
|
|
|
|