Nadie sabe mentir lo suficientemente bien como para llegar a
decir la verdad.
Arrojo este estropicio de mirada, que se me llaga en los
ojos, por el precipicio del cielo.
(Silencio)
Albergo, en toda la farsa que desprendo de cada palabra, el
corazón de mi tristeza más profunda.
(Silencio)
Contemplo a cada una de las personas del mundo como
figurantes inestables y toscos de lo que soy incapaz de imaginar. Cada día que
camino por la calle concurrida debo taparme los ojos para tratar de no ver toda
esa maleza humana tan mal construida. Sufro. El instante de rozar mi presencia
con las demás es una tortura; el defecto crónico de lo que no he sido capaz de
crear me atormenta con su mirada parapléjica, y sufro. Y desata en mí el más
inconsolable de los llantos.
Los lazos de palabras que ato a los sentidos apócrifos
estrechan desiertos de vacío.
Qué bonito es decirlo todo de maneras tan diferentes, qué
bonito es seguir engañándonos, qué bonito es disimular frente a los seres
cercanos que la vida corre por las venas de uno; es bonito hacer ver que este
cúmulo de células informes nos constituye como seres conscientes.
Y una vez dicho esto, voy a tratar de relataros lo
verdaderamente importante y trascendente de la vida. Para ello,
tendréis que imaginar que estáis leyendo a Proust, o a Joyce, o a Santa Teresa
de Jesús, o al lado de la chimenea encendida en el hogar de infancia, o a Santa
Claus, o a Jesucristo-Buda, o a Stephen Hawking, o al Sr. Nietzsche, aunque no
sea capaz de escribir tan bien:
Allá voy:
Aderezando la madrugada tierna y tibia del otoño, sin mis
trémulas caricias de amor, y envejecido como una especie marchita en el
crepúsculo de su evolución, me postro y siento en una silla del mundo. Desnudo
de cintura para abajo, abro mis nalgas con las palmas abiertas de mis manos,
desato mis saltos más ridículos e infantiles y enhebro el orificio anal en la
punta salada y sonriente del miembro divino de la muerte.
Persigo el rastro de sangre de tu primera menstruación por
los caminos inseguros de los aledaños del universo; sé que me esperas en las
esquinas ambivalentes de la pecosa realidad que deshacemos en cada mota de
sueño que desperdicié.
Qué frases tan largas, qué poca respiración en estos
inventos, qué, ¡cuánto!, sería capaz de salvar y aprovechar si supiera
escribir.
Si me alzo sobre cualquier nota tónica de voz, si me olvido
de todo lo que aprendí leyendo en los estercoleros postestructuralistas, si
chupo tierno y acobardado mi dedo pulgar encogido en la cuna imposible de tu
amor salvaje e inaprensible por mí, tu amor inextricable e incumplido hacia mí,
tu amor ingenuo e imposible por este cadáver que se pudre… Si… entonces me
atrevería a mostrarme tal y como soy (mentiroso hijo de puta, mentira paradójica
y demente), me atrevería a arrodillarme ante tu nimia lengua celeste, deshacerme
de la vida y de la muerte, del porvenir y de la literatura, de mi ¡identidad! y
de mis deseos, para, solamente siendo la última patraña viva, entregarme a ti,
pequeña adolescente que no has nacido y sonríes liberada de nosotros. Entregarme
al sueño imposible.
Bésame en la punta del cielo, logra que me corra sobre las
aristas indecentes de la Tierra.
Amasemos nuestros cuerpos en una caricia de niña. Nunca vas
a existir, nunca vas a existirme; así de perdido, rezo bajo tu sexo pubescente
la lluvia que borre nuestra existencia.
Nada ha ocurrido lo suficientemente bien, lo suficientemente
falso, como para creer en ello…
Soy la última posibilidad, la única esperanza de tu bonito
feto lúbrico, la última oportunidad para escapar de todo esto y ser felices al
margen de toda vuestra puta construcción simbólica, ligüística y advenediza…
No me mires, sugiéreme… y, en algún punto indeterminado,
recrearé tus labios delineando las letras del beso que selle nuestra definitiva
boda furibunda.