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El Blogüer

Tomás Betín



Last Updated: 10/19/2009

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Monday, May 05, 2008 

Por Tomás Betín.


Rónald, de dos años, fue al médico como va uno. Llegó a la 1 de la tarde y lo atendieron a las 12 de la noche. Murió a las 5 de la mañana, asesinado, por el sistema de salud, esta vez, en Santa Marta.

Rónald Grassianni Manotas, de dos años y los ojos como dos uvas brillantes y los cachetes como dos globos de cumpleaños, cumplía años el mismo jueves en que se convirtió en otra víctima más de un sistema de salud inexplicable, insensible, absurdo, homicida, y que, por supuesto, siempre se "cura en salud", como todo lo de cuello y batas blancas en Colombia.

La mañana del martes 29 de abril Rónald ardía en fiebre. Su madre, Sandra Manotas, con el título más allá de la medicina que le daba su oficio de mamá, de haber cargado en las entrañas a su único hijo durante varios meses, sabía que la fiebre no era pasajera, sabía que algo andaba mal. Por eso, como pudo, corrió al pequeño puesto de salud del barrio Bastidas de Santa Marta.

Una doctora, milagrosamente, lo atendió. Y luego de tomarle la temperatura, le recetó una medicina. La madre le recordó que Rónald, además, tenía una llaga en la garganta. La doctora la revisó y como no le pareció grave, le dijo que le diera acetaminofén. Y que si el niño seguía mal, lo trajera nuevamente.

Las pastillas no le sirvieron, y aún ardía en la frente y las manos. Sandra lo llevó nuevamente el miércoles al puesto de salud. Era la 1 de la tarde. Y les dieron las 2 y las 3. Y las 4 de la tarde. Y Sandra seguía en la sala de espera con Rónald en el regazo. A las 5, por fin, la hicieron pasar, le autorizaron unas plaquetas, y le dijeron que el niño no tenía nada.

Pero después le dijeron que sólo tenía bronquitis.

Y más tarde le dijeron que su pequeño lo que tenía, nada más, era dengue.

Entonces, "de inmediato", les hicieron la orden de remisión al hospital Fernando Troconis, y se quedaron esperando una ambulancia. Y les dieron las 6 y las 7 y las 8 y las 9 y las 10 y las 11 de la noche. De verdad, verdad. A las 12 de la medianoche llegó la ambulancia.

Cuando llegaron al Fernando Troconis, le dijeron a Sandra que tenía que ir, ya, así, sin más, a la medianoche, hasta Salud Distrital para que le dieran una autorización del ingreso del paciente y pudieran atender al niño.

Dejó solo a Rónald, con fiebre y dificultades para respirar, y salió corriendo a la entidad, a donde fuera, a hablar con quien tuviera que hacerlo, y a hacer lo que fuera necesario, para que atendieran a Rónald.

En Salud Distrital le dieron la autorización, se devolvió al hospital y les entregó el papel. Lo recibieron, lo revisaron y se lo devolvieron.

Le explicaron que esa autorización era para otro paciente, no para su hijo.

Sandra, que no lo podía creer, desesperada, se devolvió a buscar la autorización verdadera.

De vuelta al hospital, le dijeron que sí, que ahora sí podían internar al pequeño Rónald.

Pero Sandra no sabía que su hijo había empeorado mientras ella corría por toda la ciudad a la medianoche, buscando papeles, en vez de estar a su lado.

El jueves, a las 5 de la mañana, murió Rónald, sin la autorización de Sandra pero con todo el beneplácito de lo habitual en este país.