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julianbozzo



Last Updated: 11/5/2009

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Status: Single
City: Torrelodones/Montevideo
State: Madrid
Country: ES
Signup Date: 10/27/2006

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Monday, June 23, 2008 

 

Supongo que será la fatiga, sentimiento de descenso largo que longitudinea la pena hasta hacerla avenida entera. Las calles entonces son venas anchas de desesperación volcánica, donde la mínima reacción pone a bailar al cerebro burlón y sus fronteras. Pero no todo es gris, pienso. Entonces extiendo mis ojos hasta donde me presta la calle, como arañando un poco de bondad extra, y la calle se hace plaza, y en su centro, todo son extensos hogares-rincón.

 

Porque a veces, y sobre todo en Madrid, pasar desapercibido puede ser resultado del quedarse inmóvil entre la vorágine de la gente.

Los encontronazos con ella fueron de esas pequeñas historias que se hacen grandes por contarlas despacio; la lentitud, dice mi madre, es la cualidad que hace posible darle un hogar a lo invisible y festejar la ilusión del carnaval un martes de junio cualquiera. Y en ese letargo viven las historias que se hacen novelas porque la emoción es tan grande que hace que un punto cualquiera desemboque en el vértice alto del corazón. Porque el amor, es un tipo de atención lisonjera que hace que una falda sea una manto de estrellas.

 

Nos conocimos en Almería, hace mucho, aunque tampoco hace tanto. La reacción evidente de estas dos almas que chocaban fue la indiferencia, y digo que fue evidente porque ambas porciones de aire ya estaban comprometidas con otras mitades. Es lo que tiene el amor, pienso; que crece a favor del cielo y no importa cuánto quiera uno a otro persona porque siempre pueden suceden duendes y magas que nos hacen reorganizar fronteras y observar que donde antes había un muro que prestaba sombra y cobijo, se esconden traviesas pequeñas ventanas que nos invitan a mirar hacia más allá.

 

Y en ese más allá, uno ya siente la singularidad del salto del aquello que pensó estanco  que ahora se convierte en vacío y viento. Y en eso, inevitable, suceden miradas que se hacen mordiscos en la distancia ocupada por la feroz incapacidad de elección que evita acercarnos más hasta hacer fundir nuestros deseos. Y es que el sexo empieza ahí, en ese juego implacable donde los ojos practican en las retinas películas de sudor, abrazos, saliva y besos. Y basta sólo un segundo para sentir el orgasmo de lo prohibido, del te siento adentro mío pese ha estar tan separados.

 

 

La distancia es lo que tiene, dice mi padre, hace que el punto se confunda el en plano de la normalidad afectiva y aquello que un día fue planeta, hoy se convierta en un astro danzarín que sólo en momentos de luna nueva, de sequedad lumínica, reaparezca procurando luz a la oscuridad envolvente de aquéllos ojos, que hoy son sólo un puñado de acordes locos que invitan al derrumbamiento de aquél muro que tanta sombra me había regalado. Digo "amarte es al arte de romperme en tu frontera" y tu cintura se hace baile en mi boca que parece sentir que nunca antes había besado, y en cierto modo y por el temblequeo de mis piernas, parece que nunca lo hizo.

 

De a veces, nuestro secreto nos hacía coincidir en la orilla del mar, del amar en silencio nuestra condena y detrás nuestro, todos cantando y riendo y de frente, esa cama profunda y caudalosa a la que todos llaman mar. Mi mano sucedía a la tuya que tímidamente la acariciaba concentrando en un segundo toda la necesidad de sexo y abrazo, de exilio afectivo al país del nunca jamás. ¿Porqué no abrazarte?, pensabas; ¿porqué no caerme en tus brazos?! gritaba mi guitarra las dureza de las horas… pero nada pasaba, los escasos 40 centímetros que nos separaban me parecían más extensos que la bondad azul del mar; El horizonte, pensaba; me es más cercano que tus labios.

Y todo se lo quedó el mar, con sus labios y orillas. Aquélla vez no nos dio tiempo a despedirnos, yo salí en el primer tren de la madruga. Mientras tú sencillamente, dormías.

 

La segunda vez que coincidimos, la cosa había cambiado un poco. Tú estabas igual de linda, con tu luz habitual. Tenías el cabello más brillante y ondulando, y el sol había declarado tu piel obra de arte universal. Tus ojos agudizaban travesuras de carteos y mensajes íntimos, donde ambos sabíamos que el secreto de nuestro salto no quedaba impune a la imaginación silenciosa de meses atrás, nuestro primer abrazo sorprendió a más de uno, (normal, pensé: parece que en él nos jugábamos la vida) aunque luego nos fue fácil disimular tanta alegría y amor saludando al resto del grupo por igual. El dibujo de caracoles en tu camiseta o los detalles de tu bolso, me servían de escusa para detenerme en tus pechos facturando en real las veces que soñé dormirme encima de ellos. Callados, seguíamos simulando la normalidad, y nuestras mitades confundidas empezaban a sentir el abandono tácito que ocurre cuando el amor se hace expresión súbita de sorpresa y deseo de sueños conjuntos. Contra eso nada se puede hacer, pensaba; si me dices ven, yo voy.

 

Y mientras, ellos, ajenos. Bailaban.

 

Escrupulosos cedíamos a la multitud del grupo, aunque era inevitable fabricar juegos de miradas que gritaban la humedad prohibida de nuestro cuerpo, estábamos ahí sentados estallando en lo alto del mundo guirnaldas de gotas lecheras que reclamasen nuestro amor como una gigantesca explosión cósmica, y yo cantaba improvisadas notas que hacían vibrar al duende de adentro; qué condena, pensaba, no poder cantar a pulmón entero y mirarte sólo a ti y tú a mí y que el mundo pudiera ser una esfera del tamaño de un puño donde poder vaciarse dentro sin miedo al derramo emocional. Pero no era así y una noche, y solos, volvimos a encontrarnos frente al mar.

 

-¿Qué tal? ¿Todo bien?- Te pregunté.

 

–Si- respondiste volteando tu cuello. -Veo que has dado muchos conciertos, a ver cuando puede verte con las magas o la bandada-

 

-Claro, espero girar mucho por Barcelona pronto- dije manifestando poco interés en lo que es estaba diciendo

 

-Bueno, pues habrá que ir verte..-

 

-claro, estaría bueno vernos-

 

El silencio agresivo hizo patente el nerviosismo de mis manos que temblaban si descanso, incluso creí escuchar el bombeo excesivo de tu corazón pidiendo la presión de mis dedos. Pero nada más lejos de ello, nos quedamos de nuevo compartiendo el azul oscuro ese manto universal.

 

Esa extensa balsa de agua parecía reírse de nosotros, recordándonos que eternidad es sólo una palabra inventada por los mortales para no vivir el día a día a todo pulmón. El fru fru sueavente de la orilla ponía banda sonora a nuestro no decir, y nuestros cuerpos eran el lenguaje en pro de salivas que lo dijeran todo y callaran tanta palabra.

 

-Me gustas- le dije en un tono que me devolvió al mariposeo barriguil típico de la adolescencia…

 

Ella quedó callada y se rió, -tú también me gustas- me dijo… y nuestros ojos se clavaron como anunciando lo inevitable. Me giré, se giró y de fondo se escucharon voces pocos oportunas buscándonos; de nuevo la realidad implacable de esas mitades compartidas subrayaban la condena.

 

¿Julián? ¿Dónde estás?

-¿Vamos?- dijo ella.

 

Respiré, la miré y horas más tarde estaba de vuelta en Madrid