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D’CALLAOS



Last Updated: 12/18/2009

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Status: Single
State: Barcelona
Country: ES
Signup Date: 10/31/2006

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Friday, January 02, 2009 





D'CALLAOS presenta:

" El Café de las Niñas"

El CAFÉ DE LAS NIÑAS era un pequeño café que había en la ciudad de Terrassa, lo cerraron hace ya tiempo. Tenía un sótano con forma de cueva que era punto de encuentro para muchos amantes de la música de esta ciudad. Era este un café con solera y aire bohemio. Se hacían pequeños conciertos acústicos, casi siempre de forma improvisada y sin permiso, porque así están las cosas. Por este pequeño vivero de sensaciones pasaron muchos músicos. Me viene ahora a la cabeza, por ejemplo, Jairo en sus inicios, cuando estaba pariendo su proyecto de Muchachito Bombo Infierno.

Se programaban conciertos, pero los momentos más intensos se vivían en el café cuando los músicos que lo frecuentaban desenfundaban sus instrumentos sin más y se ponían a tocar. Unos traían la guitarra, otros se ponían a dar palmas, y los más atrevidos se arrancaban con el cante. Así empezaban, de manera espontánea, mágicas fiestas que se alargaban hasta que salía el sol. Se tocaba flamenco, sobre todo flamenco sí, pero abierto a todo, sin límites ni normas.

Daniel G. Felices, guitarrista y compositor de gran parte de los temas de D'Callaos, trabajaba de camarero en este desaparecido café ( Conocéis el chiste? - Qué le dice un músico en paro a uno que trabaja: Pónme un café! ). Allí conoció, en las improvisadas sesiones, a Daniel del Toro, guitarrista del grupo durante los primeros años. También a Lluis Pi, percusionista. Las horas hicieron nacer ideas y amistad, que con el tiempo se convirtieron en grupo de música. Así nació D'CALLAOS. Y fue allí, en el café, dónde hicieron su primer concierto. No podía ser de otra manera.


EL ESPECTÁCULO

D'Callaos vuelve a abrir el CAFÉ DE LAS NIÑAS. Será esta vez, pero, un café itinerante que irá de pueblo en pueblo, de teatro en teatro, esparciendo por todas partes el espíritu de aquel entrañable lugar de Terrassa. En el escenario del teatro, convertido por unos instantes en este peculiar café, se encontrarán músicos que quieren pasar un buen rato en compañía de sus amigos, haciendo música. Unos llegan, otros se van. No siempre van los mismos, pero todos disfrutan intensamente de estos momentos que les regala la vida.... Como hilo conductor, como banda sonora, las canciones de D'CALLAOS.


Este espectáculo está coproducido por :

La Casa de la Música de Terrassa, CAET ( Centre d'Arts Escèniques de Terrassa) y D'Callaos.


Música en directo: D’Callaos

Dirección escénica: Lavinia Hervas

Dirección musical: Pedro Javier González

Vestuario: Maribel Martín “La Canija”

Escenografía: CAET y D’Callaos

Fotografía: David Ruano

Técnicode sonido: Albert Castan

Técnico de luces: Toni Ubach




Crónica de " El Café de las Niñas " por J.L.M :




Me siento al lado de una niña que acompañaba a su padre. O quizá
era el padre quien acompañaba a la niña. En el escenario la representación de
una taberna: “El Café de las Niñas”, título con el que se anunciaba el
espectáculo que entro a ver. Un rótulo luminoso con el mismo nombre preside la
escena, en la que se han dispuesto dos mesas, sillas y taburetes, y la barra del
bar. Seis hombres jóvenes juegan a cartas, beben cerveza y vino, fuman
incesantemente y aparentan charlar amigablemente de sus cosas. En la barra de la
taberna el camarero habla animadamente con una muchacha que también bebe y fuma
y cuyo rostro no vemos porque está de espaldas. Tras la barra, estanterías con
licores y dos guitarras españolas cuelgan como esperando que alguien le saque
alguna nota. Al ladito de las guitarras, un reloj de péndulo marca la hora y
desde una radio antigua se oye la música flamenca que emite alguna emisora.
Flota una nube de humo. Llega hasta la platea el olor de vino manzanilla,
ducados y tabaco rubio de liar, el único lazo que une a los espectadores con lo
que vemos entre candilejas. A más de uno de los que han pagado entrada le
gustaría estar en el escenario. A mí no me importaría.

El público continúa entrando al teatro mientras en “El Café
de las Niñas” la vida transcurre ajena a los comentarios de la gente que espera
algún indicio de espectáculo. De repente me da por pensar que la realidad de la
taberna y nuestra realidad en el patio de butacas conviven en un mismo espacio,
y me acuerdo de Borges. La niña que se sienta a mi lado está inquieta. No deja
de moverse y de preguntarle al padre intrascendencias. Es tarde y seguramente
debería estar en casa, en su camita, durmiendo al abrigo de su lámpara de luz
azul con estrellitas. La música de la radio se diluye, se funde en el murmullo
del público y poco a poco se hace el silencio. La luz de platea se apaga.
Algunos de los jóvenes que beben en la taberna se levantan de sus sillas y se
despiden amistosamente. La despedida no se oye, sólo les vemos mover los labios
y las manos. Ahora quedan dos muchachos, la muchacha y el camarero. Los dos
chicos se levantan, descuelgan las guitarras, vuelven a la mesa y puntean
algunas notas sueltas, limpias, como preludios sin continuidad, sin final,
apuntes que atraen a la muchacha y al camarero. Ya podemos verle la cara, viva,
joven, llena de energía; ojos grandes, pelo largo y oscuro, y de repente su voz
por encima de todo el espacio, unida a la nota de la guitarra tan solo
hilvanada. Ha sido de una belleza breve, fugaz, casi cruel, porque al poco, al
pronunciar el último quejío agudo dado a la luz de los candiles que alumbran el
bar, la muchacha se despide de sus amigos de “El Café de las Niñas” en compañía
del otro guitarrista. El camarero se levanta y barre el suelo, coloca las sillas
sobre las mesas y va apagando luces calmosamente mientras de la última guitarra
surge un sonido que parece de tránsito y despedida, lento, dulce, como una nana
que esa noche tuviese la función, casi la obligación, de ponerle fin a la
realidad. El camarero apaga la última luz. El escenario queda a oscuras. La
taberna ha cumplido una jornada más. Entre bambalinas se oye el estruendo
metálico de la persiana. Después
silencio.


Me revuelvo en la butaca, inquieto, expectante, como casi todo el
público, y en el acomodo veo que la niña que se sentaba a mi lado ahora está
sentada sobre el regazo de papá. Duerme plácidamente con la cabecita inclinada
ligeramente hacia la derecha, descansando sobre el ritmo lento de la respiración
del padre. Y entonces un haz de luz se abre de nuevo en el escenario y de la luz
nace una voz rasgada, en una nota aguda, imposible, un lamento o una llamada, un
grito o el llanto del nacimiento, el de la mujer que canta, verbo y carne en la
fantasía de un nuevo espacio que , aunque es el mismo, se transforma a medida
que van apareciendo los que antes parecían parroquianos noctámbulos convertidos
ahora en músicos fantásticos, artistas del otro lado que surgen después de las
doce, en la hora bruja, y encarnan la promesa de unas horas que, antes del
cierre, siempre acaban ahogadas en vino, tabaco y risas.



En un instante todo es música, el “café de las niñas” es ahora un espacio
mágico, repleto de ritmos, de cante, de duende, de voz. Un territorio al que
aquí abajo no tenemos acceso más que como espectadores de un suceso
extraordinario, porque lo que sucede más allá de la primera fila no está hecho
para nosotros, sucede para goce y disfrute de los artistas que cambian su
posición en el escenario, que se guiñan cómplices, se cantan, bailan, giran como
derviches sobre el mundo, tocan, como si de verdad fuesen los habitantes míticos
de una taberna imaginada. El sentir que nos invade proviene de una mezcla de
placeres sonoros, fusiones de sonidos antiguos y eléctricos, del duende y del
ritmo, la palma y la piel del cajón, la ebullición de la sangre, un reconocernos
como humanos al escuchar de nuevo el sonido extraviado de la tribu con el que
viajamos a través de los tiempos, con el que nos hemos explicado nuestros
lamentos y nuestras alegrías. Y también, la certidumbre de la conciencia de ser
testigos de algo que solo está produciendo en esos instantes y que jamás
podremos volver a experimentar, a ver, a oír, a sentir. ( “No bebo pa
olvidar / bebo pa sentir que sigo vivo / y borrar el camino / que me obligó el
destino / a andar sin ti
”. ¡Dolores, cómo no recordarte, siempre presente,
hasta en la voz quejumbrosa, bella, y doliente que se alza sobre la noche en una
taberna de sueños!. )


No recuerdo el tiempo que pasamos un centenar de personas viendo y
escuchando a aquellos maravillosos artistas. Pero sí recuerdo con toda claridad
como, finalizada la que sería la última canción, sonó tirano el gong del reloj
de péndulo que marcaba las horas del bar y, entonces, “El Café de las Niñas”
quedó a oscuras, los músicos quietos, y en el aire, como una expiración, la nota
insolente del reloj que se perdía entre las tablas. Luces, olés, aplausos: ya
todo era verdad, en pie el público, reverencias de los músicos, satisfechos, y
mi tristeza de estúpido romántico que no acepta el final de una mentira
irrepetible.


A mi lado la niña había despertado. Miraba con ojos muy abiertos a su
padre, como miran los niños al despertar en un lugar que no es su cama y de un
sueño que no es su sueño. Después me miró a mí, y también a los músicos. Parecía
no sorprenderse de nada, parecía ser la dueña del tiempo que transcurrió desde
que el estruendo metálico de la persiana cerró la cotidianeidad de nuestras
vidas para abrirnos e invitarnos a entrar en el lugar donde se produjo la
ensoñación del arte. Me gusta creer que yo también fui parte del sueño en el
dormir de la niña; que ella nos soñó a todos.







 

" Estéis donde estéis, si veis en cualquier rincón de España carteles
anunciando el espectáculo del grupo D’Callaos
titulado “El Café de las Niñas”, comprad una entrada, no lo vais a olvidar
nunca. "

 

El
pobrecito hablador del siglo XXI