El tema de hoy debería haberlo publicado hace ya un par de meses, cuando empezó toda la movida, pero nunca es tarde si la dicha es buena y la leche, mala.
Hoy voy a hablar del Tibet y de China, del Dalay Lama y del paseo de La Antorcha Olímpica. Como sabréis, si estáis al tanto de las noticias, hay movida en el Tibet; los Tibetanos arman gresca, los Chinos les dan estopa, la comunidad internacional caga fuera del tiesto, una panda de borregos la toma con los portadores de la antorcha olímpica y el Dalay Lama de catering con Richard Gere, dice que es una víctima política y que los Chinos son muy malos.
Bien, para empezar pongámonos en antecedentes; hasta finales del siglo XIX, el Tibet era un estado vasallo del Imperio Chino, una teocracia dónde gobernaba el Dalay Lama sobre una población de monjes y campesinos. El Emperador Chino aseguraba las fronteras del Tibet, les daba apoyo y protección militar y a cambio, el Dalay Lama ejercía para el Emperador de "consejero espiritual". Todos eran felices y comían Rollitos de Primavera y Chop-Shuey de Gambas (el equivalente chino de las perdices). Pero entonces llegaron los ingleses, invadieron el Tibet y echaron a los chinos, se trataba de una maniobra estratégica debido a sus disputas coloniales con el Imperio Ruso. El tema estuvo bastante complicado durante bastante tiempo, con un par de Guerras Mundiales, una rebelión de Boxers y un par de revoluciones y guerras civiles en China. Pero la cuestión es que después de la Segunda Guerra Mundial, una vez que Mao Tse Dong puso las cosas en su sitio (a su manera, claro está) en China y que los Ingleses cagaron pal Tibet y pa todas sus antiguas colonias, pues el tío Mao decidió recuperar (también a su manera) aquello que pertenecía a China por derecho, que no era otra cosa que el Tibet.
Hagámonos cargo de la situación del Tibet antes de que el casero volviese por el vecindario; en Tibet sólo había dos cosas, monjes y campesinos, monasterios y aldeas. El Dalay Lama, en su infinita sabiduría, se dedicaba a meditar y a cantar el "hare-hare" en su humilde monasterio de ascetas, con las paredes recubiertas de oro, mientras que su agradecido pueblo disfrutaba de los beneficios de la vida en el campo y de un nivel cultural y tecnológico que ya envidiarían muchos en el siglo VIII de nuestra era. Entonces llegaron los chinos, y mandaron al Dalay a cantar canciones con Mecano, pusieron a los monjes a dar el callo y construyeron carreteras, centrales eléctricas, hospitales y escuelas, por supuesto, siempre a la manera del tío Mao: a hostia limpia y el que se queje, tiro en la nuca y factura de bala a la familia, que no estamos pa gastos tontos. El Dalay por su parte, entre canción y canción, lleva desde entonces un duro exilio en un pueblo de la India en un palacio con criados, guardaespaldas, coche oficial de lujo, jet privado y juergas varias con Richard Gere, Uma Thurman y otros VIPs por el estilo, eso sí, sin apear la túnica azafrán que hay que ser austero.

La humilde chabola del Dalay Lama
Bien, si no me habéis pillado lo que quiero decir es que las reivindicaciones de China respecto al Tibet son legítimas, que el Dalay Lama es un farsante que como buen teócrata se dedica a vivir de la sopa boba y del sudor y la sangre de otros y que las pegatinas de "Tibet Libre" no son de "guays" si no de gilipollas. Es cierto que China lleva a cabo su política sobre el territorio en cuestión muy a su manera, como si se trataran de Israelitas masacrando palestinos. Pero China no es Israel y el Tibet no es Palestina. Las diferencias son claras: China no es un invento de la ONU, el Tibet pertenece a China tanto como las Canarias a España, Bretaña a Francia o Gales al Reino Unido, nos guste o no. China ha llevado la misma política de integración, de desarrollo y de modernización en el Tibet que en el resto de su territorio, no ha expoliado ni reducido a la miseria a sus habitantes. Ciertamente, ha llevado a cabo una represión cultural e ideológica brutal, pero no más ni menos que en el resto de China. Así que si los democráticos y liberales estados occidentales están dispuestos a darle palmaditas en la espalda a Israel, a Arabia Saudí, a Marruecos y a gente similar, China no merece peor trato.
Lo peor de todo es que pretendan salpicar de mierda un acontecimiento deportivo, símbolo de paz e integración entre pueblos, un breve momento de cese de disputas donde sólo prima la honra al espíritu de superación humano, al margen de himnos, banderas y políticas con la disculpa de un asunto interno y local a merced de intereses políticos y económicos. No recuerdo que en las Olimpiadas de Atlanta (por no ir más lejos) a nadie le perturbase las atrocidades cometidas por los EEUU dentro y fuera de su territorio, sus penas de muerte, sus estados que censuran la Teoría de la Evolución de las Especies o sus ghettos en Los Ángeles o en Nueva York donde la esperanza de vida no supera los 27 años. Ningún estado boicoteó dichas Olimpiadas ni el paseo de la Llama Olímpica, por eso ahora pido el mismo trato a los Juegos Olímpicos de Pekín.
Por favor, no dejéis que se extinga la llama (olímpica).