18 de mayo 2008
Una bella forma de tristeza
Marisol Garcia
Extenderse sobre la tristeza de la música chilena se ha convertido en un tópico del comentario especializado. La carga melancólica de nuestros discos y la pesadumbre espiritual de la música campesina abrumaba ya a los primeros críticos de nuestra prensa, como lo demuestra uno de los textos antologados en el libro "En busca de la música chilena", sacado de un ejemplar de "Ercilla" de 1937: "El indio araucano fue, es y será triste, consecuencia lógica de ..la Conquista.. y del estado deprimente en que hoy se encuentra". Cuando se asume que la tristeza define de modo esencial a nuestros músicos, el desafío no está ya en redundar sobre sus posibles causas, sino en evaluar las formas más o menos armónicas que toma esa melancolía intrínseca.
En su nuevo disco, "Nazca", Elizabeth Morris decide asociar su lamento a una sugerente visualidad: "Llorando está la guitarra / y en el silencio de su dolor / sus lágrimas se desgranan / sembrando en gotas una canción". La primera estrofa de "Estelas de luz" es la síntesis de un talento excepcional, que se ha acomodado en su identidad y canta desde una emoción a veces desolada, pero siempre sincera, clara, confiable.
Morris no busca tanto hacernos saber cuánto sufre, sino compartir los climas, colores y recuerdos en los que ha elegido acomodar sus penas. "Nazca" es la obra de una mujer capaz de transmitir una identidad de autora, por mucho que su trabajo en vivo la asocie, aún, a su colaboración con proyectos colectivos, como Inti-Illimani o el trío Alheña, o de múltiples colaboraciones con otras solistas, desde Francesca Ancarola a Isabel Parra.
En este disco, la cantautora se hace cargo de guitarras, charango, bombo, chajchas, cuatro portorriqueño, cajón peruano, tiple, caixixi y maracas, y es probable que ese oficio sobre las cuerdas y la percusión distraiga la atención de una voz que conmovería incluso sobre una pura guitarra. Pero la fusión latinoamericana ha sido una opción artística de Elizabeth Morris, y con ello ha conseguido también sacar su creación hacia espacios de una consideración más amplia, como lo que sucedió con "Canción de agua y viento", un huayno que hace dos años ganó el apartado folclórico del Festival de Viña y que aquí se acomoda bien con temas igualmente bien urdidos, determinados, muchos de ellos, por su período de embarazo.
"A mí me da pena escucharme: canto el cumpleaños feliz y me sale triste", explicaba hace poco la propia Elizabeth en este diario. Exageraba, claro. La viveza de "Nazca" no puede salir de un alma apesadumbrada, sino de cuánto anima una canción bordada con cuidado.