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Me aparecí en el estudio de grabación donde Los Harris le han estado dando sentido a todo lo que ha estado deviniendo, desde que se han ido encontrando. Obviamente encuentro el grabar, en tanto proceso, otra piedra angular en la disposición ordenada de la mitología. Es tan importante como los trajes, o el roundel. Si leen -y no oraciones-, verán que en efecto son una pandilla, no un banda. Y quizá compartan que, el por qué, es más intriga que la aseveración misma. Es, que son individuos; son lo huecos entre ellos mismos, la lejanía entre los espacios que ocupan, lo que paradójicamente se nos aparece como cohesión. Solo en el tiempo se pueden juntar. No necesitan de un espacio para siempre estar los cuatro, pues; en nuestra memoria les vemos siempre juntos, aún cuando con los ojos se vea solo a uno. Quien no observa pensaría que estoy equivocado, sin embargo: los ángulos desde dónde parten las ideas, las ejecuciones de las mismas y los diferentes resultados, dejan entrever lo opuesto y complementario de los anclajes en cada uno. Y estoy tan en lo correcto, que en los Harris, Los Beatles se contemplan, se observan, se aprecian y se consideran. Todos términos distintos dentro del mismo enjambre. Nunca había estado en un estudio de grabación. Y con Los Harris hago todo. Descompuestos en lo que realmente son, se me aclara el proceso y entiendo más de que va el Grabar. El Grabar, para ellos. Observo a Pablo sentado de este lado del vidrio con el bajo conectado al amplificador, que está del otro lado -del mismo vidrio-, toca con una naturalidad que si alguien lo relativiza lo entendería como desdén. Yo, que lo miro sonreír, se que es confianza en lo que escucha: la batería y las guitarras. Se equivoca y comienza de nuevo -aunque no siempre desde el principio-, hasta que Darío y el consiguen grabar esa flexión de las piernas, brazos, y hasta la del Hofner. Molino es más complejo, y es que no lo puedo mirar: el está del otro lado. Solo escucho, que nos escucha a través de audífonos, por los que escucha la música; y a ratos, a nosotros. En todo caso, el es más complejo, hay atención a como repite la parte en la que debe entrar, en la que tiene que tocar otra cosa distinta de la que hacia apenas menos de un segundo. Pareciera que escucha algo distinto a lo que escuchamos Pablo, Darío y yo. Quizá nadie entiende que está buscando el momento. El que se encuentra incrustado en el inconsciente colectivo. De Darío no consigo apartar la atención, es la honestidad: más que consejero es oráculo. Dice lo justo para que suene a lo que todos quieren que se escuche, que no es perfeccionarlo, es hacerlo honesto. Deja que las cosas estén y, se dejen ser, que convivan. Lo hace con teclas y con la guitarra. No he visto, ni he escuchado a Ángel, hasta que Darío y Pablo mencionan un detalle de la batería, y me llega de repente: todo el tiempo he sabido que ha estado ahí. Hay una imperceptible y familiar seguridad, como si sonara siempre, con los brazos fuera de control: atinado y fluido. Roundel en el brazo y Wembley en frente. Ahora nos queda esperar, esperar a que terminen de grabar, que terminen la mezcla; y que lo pongan en un formato, para todos escuchar como nos lo dicen todo, los secretos, la verdad y la posibilidad de crear por que puedes, no por que tengas que. Escuchar lo que tiene que decir una pandilla, disfrazada de banda.
Edgar Harris.
9:52 PM
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