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Last Updated: 7/15/2009

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April 2, 2007 - Monday 

                                                         JUBILADOS..

                     Aprendí a escuchar cuando todos enmudecieron.

                         Aprendí a hablar cuando todos quedaron sordos.

Sentados en el banco de la plaza, tres ancianos observaban fijamente en dirección a la Catedral. Ninguno de ellos hablaba y probablemente ninguno de ellos se conocía.

Unos metros más allá, sobre la explanada, se encontraba el micro de excursión con el resto de los afiliados del centro de jubilados.

Los tres mantenían el silencio propio de aquellos que hallándose en el final de sus vidas, contemplan el mundo con paciencia y con algo de resignación, fruto amargo de la experiencia. Pero alrededor de este trío, el resto de la gente se movía vertiginosamente y así como la peatonal era un incesante y gigantesco hormigueo humano, la calle era un malón ruidoso e incontenible de autos, taxis y ómnibus.

De pronto, en esa fresca pero hermosa mañana primaveral, uno de aquellos ancianos tosió como intentando aclarar la voz. Era quizás el menos viejo, o lo que es lo mismo, el más joven del grupo. De poco más de sesenta y cinco años, seguramente recién jubilado, era el único que intentaba disimular la edad. Su calva, oculta bajo un obvio peluquín y su forma de vestir informal y hasta juvenil demostraba que él era el más presumido de ellos. Volvió a toser y sin dejar de observar la catedral, tal como lo hacían los otros dos viejitos, comenzó a hablar sin importarle si sus compañeros de banco le prestaban algo de atención.

No se porque esta mañana me trae a la memoria algo que viví hace muchísimo tiempo.

Recuerdo que los rayos del sol estaban atravesado la ventana, iluminando directamente mi rostro .Mis párpados, con un ligero movimiento se abrieron, provocando que el primer pensamiento que tuve esa mañana fue ese temido: "¡Me dormí!". Miré el despertador y se había detenido a las 3 y 18 de la madrugada.

Busqué mi reloj sobre la mesita de luz y cuando veo la hora, no puedo hacer otra cosa que empezar a insultar: son las 8 y 43.

Me vestí lo más rápido posible y sin lavarme los dientes y medio despeinado, salí en busca del ascensor.

El departamento en el que vivía quedaba casi en Colón y General Paz y lo había alquilado precisamente porque estaba a solo siete cuadras de la empresa en que trabajaba.

Por eso estaba tan molesto en llegar tan tarde a la oficina.

Ya en la calle, me mezclé sin querer con un alcoholizado y violento grupo de personas que iba provocando disturbios, marchando no se muy bien a favor o en contra de que o quién. La cuestión es que se me hizo difícil cruzar hacia la vereda de enfrente y esa demora ya había comenzado a desesperarme.

De pronto, tres bombas de estruendo fueron lanzadas por los manifestantes hacía el grueso cordón policial que estaba ubicado delante de ellos, hiriendo gravemente a un uniformado. Esto causó una reacción desmedida de los policías, que intentaron desconcentrar rápidamente la marcha, reprimiéndolos con gases lacrimógenos y balas de goma, aunque en el tumulto también se escucharon las detonaciones de unas cuantas armas reglamentarias.

Lejos de provocar la retirada, los manifestantes se resistieron y más de uno sacó a relucir un arma de fuego, haciendo disparos al aire o apuntando directamente a la valla policial. Inmediatamente llegaron al lugar más refuerzos, desde la guardia de infantería hasta la caballería, lo que hizo que todo se convirtiera en un verdadero caos, en donde podía verse cuerpos sin vida, desparramados y pisoteados en plena calle, decenas de heridos, en su mayoría ocasionales transeúntes, locales comerciales destruidos, autos en llamas...

Yo me encontraba parado en medio de esa locura, con el maletín aún en mi mano, mi saco gris impecable, mis zapatos lustrados y el tiempo jugándome en contra. De pronto, me decidí y súbitamente comencé a correr con todas mis fuerzas, ya que me encontraba a menos de tres cuadras de mi trabajo y no me iba a dar por vencido.

Pero a mis espaldas, escuché un grito que en medio de esa guerra campal me ordenó: "¡Alto o disparo!".

No se porque no me detuve, pero lo cierto es que la bala tampoco lo hizo.

Sentí como si mis entrañas ardieran, mientras todo daba vueltas a mi alrededor hasta que al fin caí bruscamente al piso, quedándome paralizado.

Todo se oscureció y así perdí el conocimiento.

Cuando los abrí, tal vez porque los rayos del sol que atravesaban la ventana iluminaban directamente mi rostro, me doy cuenta de que estaba en mi cama.  

Miré el despertador y creo que no hace falta decir que se había detenido a las 3 y 18 de la madrugada. Me levante y avisé a la oficina que no iba a poder ir a trabajar porque me sentía bastante mal. Me volví a acostar y seguí durmiendo, con la intención de hacerlo hasta el mediodía. Eran las 8 y 50 y afuera ya se escuchan las bombas de estruendo.

Apenas terminó de contar su historia, se quedó en silencio y en ningún momento intentó mirar a los otros dos abuelos sentados con él. Ninguno hizo algún comentario y solo se quedaron observando la Catedral, tal como lo hicieron durante toda la mañana. Mientras un grupo alegre y ruidoso de jóvenes estudiantes pasaba al frente de ellos dispuestos a festejar el día de la primavera, el anciano sentado en el medio del banco, se sacó los anteojos y con un pañuelo que llevaba en el bolsillo de su saco, limpió durante unos segundos la suciedad de los lentes. De unos setenta y cinco años, delgado y de estatura alta, sus largos cabellos blancos y su sobria manera de vestir, le daban cierto toque distinguido, sugiriendo haber sido en el pasado una persona importante y de alta posición económica. Apenas volvió a colocarse los anteojos, se desabrochó un poco el nudo de la corbata para poder respirar más cómodo y empezó su relato. Todo esto, sin que ninguno de los tres dejara de observar hacia la histórica construcción religiosa.

Nunca antes había esperado con tanta impaciencia que llegara la noche, como lo hice durante esos diez meses. Recostado sobre un duro colchón, dentro de un calabozo pequeño e inmundo, me disponía a huir con mi imaginación, proyectando en mi mente una película en la que yo viajaba al pasado para impedir que cometiera un error fatal. Cada noche variaba el argumento, en otras lo perfeccionaba, tratando de llegar a una solución que me permitiera evitar estar en esa cárcel. Cárcel que me tendría que tener por huésped por unos quince años más.

Muchas veces, había creído que realizando cada noche esa especie de ritual, me llevaría hacia la locura, porque cada imagen que reproducía en mi mente, cada vez se iba tornando más real. Tenía en claro que no era muy sensato utilizar obsesivamente mi imaginación, planeando viajes en el tiempo, pero al menos, podía evadirme de la realidad por un par de horas, hasta que el sueño me venciera de una buena vez.

La última noche que me dispuse a realizar esa especie de "juego mental", las escenas que imaginaba eran bastantes verídicas, quizás debido a la práctica constante de ese ejercicio.

Esto fue lo que imaginé.

Me encontraba delante de la puerta de mi casa. Podía observar fielmente el número de la casa colocado a un lado de la ventana, el timbre, que sabía que se encontraba descompuesto y un pequeño graffiti que los chicos de la esquina pintaron sobre el portón del garaje: "El futuro llego hace rato". Golpeo la puerta y un tipo me atiende, quedando sorprendido y espantado al ver mi rostro. Sin esperar que me invitara a pasar, cruzo el umbral decididamente (al fin y al cabo es mi propia casa) y una vez adentro tomo una silla y me siento alrededor de la mesa.

-Tengo que darte una información que se que te va a interesar. Andá a traer un papel y una lapicera.

Mariano va veloz y ni siquiera alcanza a preguntar que estaba sucediendo.

-Tomá asiento y escribí bien el número que te voy a decir: 5012. Ese número va a salir esta noche en la quiniela de Córdoba. Recuerdo que acabas de cobrar mil pesos por el trabajo de albañilería que hiciste en la casa de los Márquez, así que jugá toda esa plata a primera. ¿Anotaste bien? 5012.

Me levanto sin darle tiempo a que me hiciera alguna pregunta y me marcho rápidamente sin saludarlo. Yo sabía que me iba a hacer caso, porque él era yo, o sea, era el yo de hacia diez meses, sin dudas el jugador empedernido y vicioso de siempre. Y que mejor palpito puede tener un timbero como yo, si el dato del número te lo das vos mismo viajando desde el futuro…

Cuando llegó esa noche, Mariano, yo, probablemente haya querido cortarse las bolas al ver que el número que le di no salió ni a los veinte. Lo que realmente me interesaba, era que no usara ese dinero para comprar al día siguiente, esa hermosa escopeta de caza que siempre había soñado tener. Arma con la que habría de matar a mi esposa y a mi mejor amigo.

Lo que acabo de relatar, es lo último que recuerdo haber imaginado, antes de caer en un sueño profundo y reconfortable.

Cuando desperté, me sentí totalmente descansado y con una gran, e inexplicable, paz interior.

Mi cuerpo reposaba sobre un suave y cómodo colchón y por la ventana se veían los hermosos rayos de sol de un nuevo día. Retiré, con bronca y asco, la mano de mi esposa que me abrazaba mientras dormía acurrucada contra mi cuerpo.

Me levanté a tomar un poco de agua y fui hasta la puerta a buscar el diario como lo hacía cada mañana. Era martes y el boleto de la quiniela aún se encontraba sobre la mesa.

Me fijé en la sección de interés general y efectivamente el 5012 no salió en ningún sorteo.

Fue la única vez en mi vida, que no me amargué por la suerte esquiva. 

Desayuné y antes de que se despertara mi mujer, me fui al estudio jurídico del abogado que alguna vez, en aquella línea de tiempo que se alteró, me defendió en la causa de homicidio. Claro que él no me conocía, pero recurrí a sus servicios nuevamente. Esa vez, fue para algo no tan grave. Solo para iniciar los trámites del divorcio.

Cuando concluyó de hablar, el distinguido anciano se ajustó el nudo de la corbata y se sumó al silencio que sus dos compañeros habían mantenido durante esos minutos.

Una fresca brisa aplacó un poco el calor que comenzaba a sentirse, a medida que el sol se iba acercando al cenit. El tercer viejito, el que aún no había pronunciado ni una sola palabra, se quitó la boina y con un pañuelo agujereado por el paso del tiempo, se secó la transpiración de su arrugada frente y su brillante calva. Era el más anciano de los tres.

¿Ochenta años de edad? Quizás. Su mano tiritaba y le costaba hacer hasta el movimiento más sencillo. Vestido de forma humilde. Con su larga barba blanca y sus zapatos gastados, aparentaba ser unos de esos tantos linyeras que andan vagando por el centro de la ciudad. Se volvió a colocar la boina muy lentamente y con voz temblorosa y entrecortada, se animó a acabar con ese silencio solemne. Tenía la boca reseca, pero la historia estaba tan lúcida en su mente, que sus palabras sonaron seguras y convincentes.

Mi esposa odiaba a mi perro. Lo detestaba.

Si bien a "Camilo" lo tenía desde antes de conocer a Natalia (era cachorrito cuando nos pusimos de novios) ella siempre sintió una repulsión que luego se transformó también en temor, a medida que ese hermoso ejemplar de Dogo fue creciendo.

A pesar de las quejas, súplicas y rechazos que debía soportar de Natalia, nunca me pude deshacer de él. Es más, siempre estuve más cerca de separarme de ella que de desprenderme de mi amado can.

Pero como al fin y al cabo, amaba a ambos casi de la misma manera, busqué un equilibrio, una posición conciliadora para poder mantener un poco de paz en mi hogar.

Por cierto, "Camilo" tampoco quería mucho a Natalia. Cada vez que ella se le acercaba, él ladraba enloquecidamente y si bien nunca pasó más allá de eso, el hecho de mostrarles más de una vez sus afilados colmillos junto con esa mirada amenazante e inquisidora, lograban que ella se introdujera en el estado de pánico más morboso que pudo haber conocido en su vida.

Fueron incontables las veces que con Natalia discutimos por ese asunto.

Muchas veces, incluso, llegamos a insultarnos y hasta intentar agredirnos delante de su familia, por lo que debo reconocer que no contaba precisamente con el afecto de mis suegros y hasta me animaría a decir que me odiaban con todas sus fuerzas.

De todas formas, doy fe que ella me lo pidió de todas las maneras posibles, hasta rogándome de la forma más humillante, pero para mí la idea de deshacerme de Camilo era simplemente inconcebible y si bien ella amenazó muchas veces con marcharse de casa, el amor que nos teníamos la obligaba a dar marcha atrás con sus intenciones y luego de la reconciliación, al menos por una semana, todo se olvidaba y no se hablaba más del tema.

Una noche Camilo se liberó de la gruesa cadena que lo mantenía confinado a un sector del patio y se metió en la cocina. Natalia, distraída mientras introducía en el microondas nuestra cena, no advirtió que mi amado perro fue directo hacia su tobillo y la mordió, aunque levemente. Aterrorizada y furiosa comenzó a gritar y pegándole con una olla que encontró sobre la mesa, se zafó de Camilo que volvió asustado al patio.

Natalia fue ciega de odio hasta el dormitorio, en donde me encontraba recostado sobre la cama, escuchando música. Comenzó a tantear con su mano derecha arriba del ropero hasta que encontró el arma, una 22, que teníamos por miedo a los múltiples robos que sucedían a diario en el barrio. Apenas la vi, fui corriendo tras ella, que se dirigía al patio a ejecutar a mi amado Camilo. Cuando vi a Natalia empuñando el arma, apuntando a mi indefenso cachorro, me tiré sobre ella de una manera tan poco afortunada, que en el forcejeo un disparo se escapó, dando en el pecho de mi esposa que, en forma inmediata y de manera fulminante, cayó sin vida sobre el piso de la cocina.

En la desesperación, a pesar de las vertiginosas imágenes que se sucedieron, alcancé a comprender que estaba en un grave problema y que me sería complicado demostrar de que mi intención no había sido la de asesinar a Natalia.

Entre lágrimas, sufriendo por lo que ocurrió y por mi segura encarcelación, tomé el cuchillo con el que cortaba la carne y los huesos que Camilo devoraba día a día y corté en trozos el cuerpo de mi esposa que ya comenzaba a enfriarse.

Una vez terminado el trabajo, guardé algunas de sus partes en una bolsa sellada que luego dejé en el freezer, entre medio del pan y otras viandas de comida. El resto, se las di a mi perro para que las comiera y al parecer Natalia le gustaba mucho más de lo que yo hubiese imaginado.

Al día siguiente, le di un poco más de esa carne, ya que necesitaba que la terminara cuanto antes, porque la súbita desaparición de mi esposa, en poco tiempo llamaría la atención de mis vecinos, y por sobre todo, la de mis suegros.

Pero de pronto, mientras Camilo comía lo que parecía ser una porción de pierna de Natalia, comenzó a dar arcadas y a emitir un extraño gruñido, víctima seguramente de un hueso atravesado en la garganta que le impedía respirar.

Todo fue cuestión de un par de minutos, prontamente de su hocico comenzó a caer una baba espesa y tirado en medio del patio, sufrió una muerte horrible.

No hay mucho más por decir, salvo que mi amado perro quedó enterrado en el fondo del patio y que lo que quedó de mi amada esposa, terminó sobre la parrilla compartiendo el último asado conmigo.

Los tres viejitos estaban, como desde el primer momento, mirando en dirección a la Catedral. Las campanas comenzaron a sonar dando las doce y el contingente de jubilados que visitaban el lugar, enfilaron hacia el micro, con un gesto de cansancio pero también de alegría. Una joven y atractiva enfermera, se dirigió hasta donde se encontraban estos tres jubilados y comenzó a llevarlos de a uno hasta dejarlos cómodamente sentados en el asiento del ómnibus. No se molestó en hablarles ni en preguntarles como la habían pasado, ya que ella siempre creyó que los tres eran sordomudos, debido a esa constante actitud autista que siempre llevaban.. Pero esa enfermera pudo ver en esas miradas perdidas y distantes, un brillo especial. Un destello que le indicaba que ellos se habían divertido.

                                                                                                                     FIN