Lloro; tengo toda la distancia de tu cuerpo atragantada en
mis branquias. Tengo mi alma de sirena coagulada en el corazón que nunca ha
dejado de latir por ti... Llanto salado, de azar, de desastre... He sembrado en
todas las aristas de tu sarcófago abierto, un centenar de lágrimas coloreadas
por tu tacto... Pero en el cielo no se puede sembrar nada, en el cielo no se
puede enterrar a nadie... mi niño... mi ángel... mi perdición...
Hace cuatro años del velatorio y no me he movido ni un
centímetro de aquí... Todos se han ido,
y el abismo me mira de reojo desde las profundas tinieblas de la vida,
diciéndome que nunca más vas a volver...
Pero cada día lamo con la punta de mi lengua rosada la
circunferencia de tu luna de plata... los puntos imposibles del dado azaroso
que lanzaremos a la intemperie el día de mañana...
El agua del fondo del mar se está rompiendo; todas las otras
sirenas se mueren: no existe cielo alguno si tus dedos mágicos no hienden sus
yemas como bisturís sobre su piel... La noche palidece... la madrugada es un
recuerdo...
Pero nada va a hacer que me mueva de aquí... recito con mis
dedos pequeños los orgasmos que me susurraste entre las piernas... yemas
delicadas que deletrean tu nombre cuando me toco... Que te gritan y delinean tu
silueta irrumpiendo alada y azul a través de las sombras de mi presencia...
Tu ausencia.
El vacío se cierne a mi alrededor, una tormenta de hojas en
blanco parten la insistencia de mi canto, corrompen el sentido de mi garganta abierta...
Soy muy pequeña, todavía tan pequeña, pero te juro que voy a desafiar a la
eternidad, alzándome desnuda y virgen de ti en equilibrio sobre esta cola de
sirena que me ata a la imposibilidad, voy a desafiar a la derrota, al Abismo, a
todo lo que un día provocó tu muerte... Pequeña voy a gritarles desde este
espigón de roca encallecida, sepulcro de niño que te deshaces en vocales y
consonantes, con un chillido demoledor uvular y sangriento; tan pequeña voy a
ser capaz de clavarles este grito desesperado en el centro de la metástasis que
desplegaron en la magia caliente que tu cuerpo segregaba en mi boca, en mi
sexo, en mi piel blanca arada en versículos azules...
Y siendo tan pequeña morderé la vena precisa, la mina
adecuada, el cuello de tus párpados... para hacer sangrar un géiser de
incertidumbre alrededor del sarcófago que nunca llegaste a ocupar.
Mi ángel, mi sentencia, mi niño de cielo, cirujano
erógeno... te espero... aborrezco los siglos de literatura que me hablan de tu
desaparición, execro la hipótesis final de la ciencia que asegura tu muerte.
Nadie va a convencerme para que deje de esperarte..
Siento, en cada uno de los poros de mi piel salvaje, la
presencia intrigante de tu lengua caliente lamiendo mi sentido... El sentido de
mi vida entera...
Ábrete espacio en el universo, rasga la tela delicada del
espacio, del tiempo, con tus pestañas de amanecer; surge como una supernova
deliciosa de la oscuridad de este mundo, ábrete camino como un feto prodigioso
atravesando la cesárea imposible de lo nunca más eterno. Y estréllate contra
mí, bésame con ese cuerpo sucio de líquido amniótico, de placenta vomitada;
rompamos la existencia, huyamos de una vez por todas del dictamen de lo escrito... (aunque sea lo
único que nos quede). Y hundámonos despacio en el océano de mis flujos
restregados en tu cara de ángel...
No voy a cesar en mi empeño, mi cielo...
"ay... "