Desde la palabra. Desde el profundo silencio que es mi nombre. Hay alguien haciendo señales de vida: un pulso de sangre que estilla el viento, una roca vibrando en la tierra. Desde la cáscara del cuerpo, desde la espesa flora en mi rostro, un pájaro viene con el olivo en su pico. Un ave descomunal y delgada narra los cuerpos que devoro, las manos que me ataron, el diminuto resquicio alucinando... dice que la cabeza está abierta, rajada de esquina a esquina chorreando luz y sesos sin importar que estoy vivo. En su pico el olivo dice que el mar se coló por mi ventana... señores si supiera yo de ventanas sería mudo y ya se me caerían los dedos. Este pájaro tiene la culpa. Este pájaro inmenso que me lleva y me trae a estos lugares: si pudieran sentarse, tan sólo sentarse callados y quietos. Cansados de hablar con el cuerpo. Si pudieran callarse y entender de ventanas, tal vez un pájaro les cantara, quizá entenderían mi idioma. Tal vez se caerían sus dedos.