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Current mood:  drained
Canto. Canto desde hace muchos años. Ha sido tal mi devoción, que no me he resistido a ningún estilo, y ningún proyecto se ha quedado en el tintero. A tientas he ido indagando por este mundo de tratos y más tratos, un camino que he hecho hacia afuera, pero que al mismo tiempo, evoluciona con un camino que se hace hacia dentro. Curioso, no?. Un paso que avanzas hacia el exterior, otro lo tomas hacia el interior... He traspasado las noches, ahondando mientras transcurrían las oscuras horas, en un oficio, que pocos consideran oficio. Quizás sea, porque cuando alguien mira a lo alto en el escenario, ¿qué ve?. Ve músicos. O quizás ni eso. QUizás sólo vean una pandilla de adolescentes aporreando una guitarra, quizás vean un estudioso jazzístico haciendo escalas arriba y abajo, diciéndose a sí mismo "qué pesado". Quizás vean a la guapa solista de una orquesta en minifalda o traje largo, pidiéndole un tema mientras está cantando, groseramente, sin respetar ese momento íntimo que uno tiene con su voz, su cuerpo, su mente y su espíritu. QUizás sólo vean el cuarteto de turno que siempre contrata su ayuntamiento y al que sólo van los viejos a escuchar, en un intento de recuperar viejos momentos, sin fijarse en la expresión de aquel muchacho que toca la gralla al fondo, para ganarse unos durillos y acabar su carrera en el conservatorio. ¿Qué demonios ve la gente cuando mira a los músicos? Bien es cierto, que quizás sólo unos pocos afortunados, son capaces de transmitir ese imán irresistible que emociona hasta el más necio. Quizás sólo unos pocos se encuentran en el centro del mundo y se les otorga un escenario y un séquito a su alrededor para que desarrolle todo su potencial, para que la gente pueda vislumbrar en él o ella, el músico e intérprete que encoje corazones. Pero hablemos de los músicos mercenarios. Aquellos, que amando su oficio, recorren carreteras perdidas, puertos de montaña, autopistas prohibitibas, todo en pos, de no acabar trabajando en una fábrica, o postrándose en una oficina, soñando por el resto de su vida en qué hubiera pasado si no hubiera colgado las baquetas. Aquellos músicos, que andarán siempre en el cuarto puesto al alcance de la vista, que se empachan de ensayos para conseguir la versión exacta del tema del verano, para el disfrute de los más pachangueros, aquellos músicos, que han sido fieles a su instrumentos y a toda una carrera y no sueñan con lentejuelas, ni focos, ni grandes eventos... simplemente... tocar. Tocar. Tocar.
Poca gente sabe, lo mucho que cuesta ser músico mercenario. Un día aquí, otro allá... quizás con suerte, te contrate alguien de moda para su gira ese verano... quizás el año siguiente, encuentren a otro. Cierra un contrato, con sus dolores de cabeza, prepara tu ropa, pon gasolina al coche, cúrrate 400 km para llegar, montar un equipo de 8000 w y 20000 de luces, con su puente, su manguera, sus enormes renkos, discútete con el ayuntamiento porque no te suministraron tierra, el suelo de las tarimas entremaliadas está húmedo y sufres no vaya a ser que te electrocutes. Discútete también con el de la barra, que te sirva suficientes aguas para las cuatro horas de concierto. Con suerte aparecerá tu representante para asegurarse que te han puesto un escenario suficientemente grande para que el cantante no tenga que cantar en el suelo, pero resulta que esa noche no aparece, se debe estar gastando el 20% de tu actuación en una buena mariscada sin haber hecho nada. Actúa con las irremediables críticas de un público que no está deacuerdo con el repertorio ni con el sonido en ese pabellón insonorizable que tiene el pueblo, donde todo rebota de una pared a otra imposibilitándote escuchar lo que tocas. Cuando quedan apenas dos canciones para terminar tu horario establecido en el contrato, se te acerca el de la comisión y te dice muy diplomáticamente que tienes que tocar media hora más para que te vuelvan a contratar el año que viene... Por fin terminas, sin no haber echado del escenario a un par de borrachos que han ido a persuadir a la cantante de sus grandes dotes masculinas, gracias a esa enorme dosis de alcohol que les convierte en héroes. Terminas reventad@ y aún te queda descargar todo el chiringuito, cargarlo en la furgo y volver a recorrer los 400 km que separan el infierno de tu casa justo cuando ya empieza a salir el sol. Antes de meterte en la cama, recuentas el dinero, restando la gasolina, los gastos de reparación del equipo, la cena de los músicos, la cuota de socio de musicat, la tintorería y el bocadillo que te han hecho pagar en la barra de la comisión de fiestas y que necesitabas para no desmayarte y recoger algo de energía para conducir. Estarás de suerte si sobra algo para sobrevivir, quizás unos cinco euros para ahorrar...
Y si alguien ha llegado hasta aquí en mi explicación, le concedo la medalla de la solidaridad!
Conclusión, si alguna vez, alzáis la vista hacia un escenario, sea cual sea... mirad a la cara a los músicos y pensad que más allá de la devoción que les ha llevado hasta allí, están trabajando. Hacedles disfrutar, como muchos de ellos, están ahí para eso con vosotros.
apa! un saludo a los solidarios.
19:29
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