Voy dormitando en al camión pensando que apenas es Jueves y la letra de la cumbia que se escucha me hace sonreír. Le cedo al asiento a una señora con bolsa, mochila y un niño que me mira como asustado. Me provoca tanta ternura que le quiero tomar una foto y decido que mejor no, no vaya a pensar mal la señora. En eso veo un letrero de un plomero y decido guardar el teléfono en mi celular. Mi mano se mueve lentamente hacia mi cadera y no hay nada. Pienso, “seguramente está en la mochila” y nada. Mi mente se vuelve loca pensando en la última vez que lo vi. Se me viene a la mente el celular pegado al cargador que está conectado a la pared de mi cuarto y siento un vacío en el estómago. Esto no puede estar pasando, ¿y si me hablan de la escuela del niño, y si se quema la batería de estar cargándose toda la noche y ocasiona un incendio? Todo puede suceder, me pueden hablar de la agencia de empleos por el puesto que estoy esperando, ¡no!, no, no puedo más y me bajo del camión corriendo como loca por la calle. Sé que voy a llegar tarde al trabajo, pero lo único que ronda mi cabeza es la imagen de mi celular ocasionando un incendio eléctrico en mi depa. ¿Y si alguien me llama y es una emergencia? ....
Mis manos tiemblan al querer sacar las llaves de la bolsa, de la inmensidad de mi bolsa a media cuadra de mi edificio, veo que no hay incendio. No siento los pasos que doy al subir por las escaleras, no le atino al cerrojo. Abro la puerta apresuradamente y oigo el último repicar del celular. Corro a verlo y tengo cinco llamadas perdidas, entro en pánico cuando vuelve a repicar, lo contesto y escucho... “Estimado cliente, te recordamos que su pago está...” Cierro los ojos y sonrío. ....
De repente siento nuevamente el vacío en el estómago... ¡Voy a llegar tarde al trabajo! ¡Maldito celular!....