
Creo hablar en nombre de una nutrida mayoría de miembros de mi colectivo cuando hago la siguiente afirmación: ¡Los espías autónomos estamos siendo discriminados! Trabajamos más que cualquier otro, ya que realizamos las tareas propias de cada una de nuestras identidades, y a cambio no obtenemos derechos laborales ni protección social ni subvención alguna; beneficios de los que sí disfrutan muchos ciudadanos con un solo trabajo en el que, además, no dan palo al agua. Los agentes dobles y triples están descorazonados.
Y todo se lo debemos al cine, porque estamos muy mal vistos por culpa de los payasos que protagonizan esas degradantes películas del género. Os aseguro que si hay un personaje al que todos los profesionales del gremio odiamos con aplastante unanimidad, ese es James Bond. ¡Cuánto daño nos ha hecho! Vale, pasamos por lo de los martinis y las chicas; pero eso de ir todo el rato vestido de smoking, esos casinos deslumbrantes, esos yates imposibles y el lujo obsceno versión Hollywood, pues qué queréis que os diga: apesta e induce a la gente a pensar lo que no es. Por no hablar de sus delirantes medios tecnológicos o de los faraónicos presupuestos que dilapidan sin despeinarse. Esas películas nos retratan como presuntuosos fantasmas que ganan más que Julio Iglesias currando menos que Chabeli, pero la realidad es bastante más ordinaria y miserable, amigos. Permitidme que ilustre mi reivindicación con el relato sucinto de un par de jornadas normales en la vida de un "proveedor autónomo de información reservada", que es como preferimos ser denominados los espías que no trabajamos para organizaciones estatales ni para lobbys multinacionales, y que no tenemos respaldo alguno ni seguridad social ni jubilación ni leches. Es decir, los pringaos de base.
El jueves pasado salí de mi casa dispuesto a hacerme con algunos pertrechos imprescindibles para las arriesgadas misiones que me aguardaban en Gijón y en Castellón. Viajé cuarenta minutos en el autobús que comunica Madrid con la superpoblada y nada glamourosa barriada periférica en la que resido; luego me desplacé en metro durante treinta y cinco minutos más, entre insolidarios apretones y reveladores efluvios, para llegar después de tres trasbordos y una larga caminata a "La Flor de Oriente", el todoacién especializado en artículos de carnaval que administra con arácnida eficiencia mi amigo y colaborador Chung Hi, conocido entre los nuestros como "el Chungui". Yo estaba interesado en máscaras de calidad, como esas de las pelis, que son como una segunda piel; pero el Chungui no tardó en desanimarme: "Poronto", dijo, que es lo que dice siempre que no tiene intención de conseguir lo que le pido, y plantó bajo mis marices su amplio muestrario de caretas de goma, restos de los últimos veinte carnavales, entre las que, después de mucho reflexionar, elegí la de Carod-Rovira, por ser la más moderna. También me proporcionó una boina grasienta como complemento del disfraz de vagabundo andrajoso que le compré a muy buen precio hace varios años, que me ha dado muy buen resultado y que se conserva como el primer día. Precio total de la compra: nueve euros con sesenta y cinco céntimos. Pido factura y salgo a la calle resignado a tragarme otra horita larga de transporte público para volver a mi covacha de espía proletario.
Y ahora, decidme sinceramente: ¿se parece esta historieta en algo a esas deleznables películas de "tomcruises" guaperas (malditos sean los ginecólogos de sus madres), que no hacen sino minar nuestra muy discutida credibilidad y destruir el escaso prestigio que nos queda?

Pero eso no es todo. Lo primero que hice al llegar a Gijón fue pasar a recoger la entrega de Gario y Nacho. Pues bien, no había siete cajas de sidra sino seis, y dos de ellas eran de El Gaitero, que quede claro. Y las fabes no llegaban a diez kilos, que quede claro también. Para lograr introducirlo en el teatro tuve que sobornar al encargado de la puerta: una caja menos. Para sacarlo de allí debía comprar la voluntad de los técnicos que lo cargarían: tres cajas de sidra y cinco kilos de fabes menos. Al conductor del camión no le gustaba la sidra, así que se quedó con los cinco kilos de fabes restantes y tuve que darle las gracias mientras le veía tapar mi decepcionante botín con una lona sucia. Beneficios netos de mi arriesgada y agotadora actividad: ¡dos cajas de El Gaitero!
Luego de realizar durante varias horas la actividad correspondiente a mi identidad real, que es con la que a duras penas logro alimentar a mi numerosa prole de Paesitas, me presenté en los camerinos y saludé a Nacho y a Gario, que en ningún momento sospecharon quién era yo. Necesitaba ponerme en contacto con ellos para quejarme de la deficiente entrega que habían realizado, y para ello debía disfrazarme. Me deslicé en el baño del camerino de los músicos y en unos segundos, como superman en la cabina telefónica, me convertí en otro. Salí a los pasillos con la jeta de Carod-Rovira y, para mi sorpresa, nadie pareció sorprenderse: "eso es lo que consigue el principal partido de la oposición con su incesante matraca", pensé, "que puedes estar junto a un depravado conspirador destruyepatrias robaniños y qué sé yo qué más, y ni te inmutas, oye". Por el contrario, Miguel me cogió del brazo y me pidió que le hiciera unas fotos con los foreros; y yo, claro, obedecí sorprendido pero en silencio. A partir de ahí no volví a estar a solas con Gario y Nacho y no tuve ocasión de trasladarles mi queja. Resignado a no alcanzar mi objetivo; agotado por la extenuante doble jornada de trabajo, y harto de los caudalosos chorretones de sudor que me provocaba la careta, desaparecí de nuevo para recuperar mi verdadera identidad y despedirme de todo el mundo. Al día siguiente salíamos para Castellón a las ocho de la mañana y ya no tenía más fuerzas que empeñar en mi infortunado e ingrato oficio. ¡Menudo negocio!