05-Jun-2009
Crocknicas marcianas
Joselo
Hu hu hu
Conocí a Natalia Lafourcade hace ya muchos años. Me la presentó mi amigo Xavo, cantante del desaparecido grupo Nudo, cuando todavía no tenía ni siquiera su primer disco. Xavo me decía que tenía que escucharla, que era buenísima, que sus canciones me iban a encantar. Para entonces a Natalia ya le estaban ofreciendo un contrato discográfico y me quería hacer unas preguntas relacionadas con el mundo de la industria musical.
Nos reunimos en un café y durante más de una hora hablamos sobre sus preocupaciones: lo que la disquera le estaba ofreciendo, lo que le estaban pidiendo que hiciera y sobre el miedo que tenía a que le cambiaran su música y su estilo.
Este tipo de reunión no era extraña para mí, pues mucha gente se me acerca a preguntarme cosas parecidas: ¿debo o no firmar este contrato? ¿Debo o no aceptar esta propuesta? ¿Qué hago si me quieren exigir trabajar con un productor que no quiero?
Yo contesto las preguntas lo mejor que puedo, dependiendo de mi conocimiento del tema, pero la mayoría de las cosas que me preguntan, el artista implicado ya ha tomado una decisión y sólo quiere corroborarla con alguien más.
Contesté a las preguntas de Natalia sin haber escuchado su música. Pensaba que no era necesario, las preguntas iban enfocadas a la parte contractual y no a la artística.
Pero Xavo, que estaba ahí con nosotros, insistía en que tenía que escuchar sus canciones. Así que nos fuimos a mi casa para escuchar el demo que la pequeña Natalia traía bajo el brazo.
Lo que escuché me voló la cabeza.
El demo eran canciones con piano y voz, con guitarra y voz o simplemente a capella. Recuerdo que las letras me sorprendieron mucho: hablaban de flores, de sabores; describían esta realidad, pero con una perspectiva distinta a la mía; eran como cuentos infantiles, pero no como los de Walt Disney, sino como de los hermanos Grimm.
Al escuchar el demo y ver a Natalia ahí sentadita, cazaba perfecto su imagen con la música que salía del estereo: era un personaje de un mundo fantástico, en donde las dimensiones y las leyes de la naturaleza eran otras.
¡Y era sólo un demo!
Le confesé a Natalia ahí mismo mi admiración. “No te preocupes —le dije—, no creo que nadie pueda cambiar u ocultar lo que tú eres. Ni con una producción fresa ni con una campaña de promoción comercial. Al final, pase lo que pase, notarán el talento que traes. Ni aunque tú quisieras podrías esconderlo”.
Muchas de las canciones que escuché en ese demo no llegaron al primer disco de Natalia, supongo que a los productores y disquera se le hacían muy extrañas.
Es una lástima, pues cuando salió ese primer disco noté que la percepción del público era diferente a la idea que yo tenía de Natalia. Pero no importaba, sabía que, tarde o temprano, la gente escucharía lo que esta artista tenía que dar y ofrecer en su totalidad.
El disco que ahora está sacando, Hu Hu Hu, está más cercano a la Natalia Lafourcade que yo percibo: una artista con un universo aparte, con letras y melodías que no ofrecen concesiones a lo que está de moda; con estructuras musicales nada convencionales, pero que transmiten alma.
Música pop, sí, pero sin las connotaciones peyorativas que esta palabra carga en nuestro país.
Claro, hay que entrarle a este disco sin pensar en la Natalia de otros discos y videos. Despojarse de algunos prejuicios que sólo estorban para escuchar la música como realmente es.
Si este disco no es la obra que consolida a Natalia como una de las artistas más interesantes de nuestro país, no importa, porque quiero pensar que la señorita Lafourcade no va a parar de hacer música nunca en su vida.
Ojalá nos deleite con discos como éste muchas veces más.
Quiero pensar que la señorita Lafourcade no va a parar de hacer música nunca en su vida.
exonline