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El Coocon



Last Updated: 9/28/2008

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Sunday, July 15, 2007 1:05 AM

Las mil putas de la diosa de Roma


Las mil putas de la diosa de Roma se juntaban una vez al año para honrarla en la capital del Reino.

Cada una de esas mil jodidas zorras llegaba sola, dando cortos pasitos, rodeadas de cámaras, fotógrafos, elegancia mal entendida y sobretodo mucho, mucho glamour.

Las mil putas contoneaban sus huesitos delante de los sacerdotes de la moda y el vicio. Ellos les tenían prohibido comer nada, so pena de no poder honrar a su diosa en una pasarela, a no ser que fuese la leche calentita de algún diseñador homosexual dispuesto a hacer una excepción cada vez que una de ellas se ponía de rodillas.

Las mil putas de la diosa romana, mil sacerdotisas de un mundo escuálido, mil guarras de la televisión y las revistas vivían ajenas al mundo. Vivían en suntuosos palacios de inanición y compras. Transcurrían en su vida ajenas al sufrimiento de miles de niños y adolescentes que las admiraban como a diosas, sin darse cuenta de que eran solo putas.

En los palacios de cristal de esas zorras no sonaba la campana a la hora de comer. En sus jardines del capitalismo ponían en manos de su diosa el agotamiento total de sus huesos, entregándole la poca energía que les quedaba. Esas putas, perfectas de dinero y alhajas, se dejaban morir de hambre con una sonrisa, al tiempo que con su estilo de vida decadente asesinaban de inanición a la mitad del mundo.

Las putas de la diosa tenían como cometido distorsionar la belleza, la verdad y la vida. Se paseaban moribundas a la vista de todo el mundo, mirando fijamente a cámara, asegurándose de que todo aquel que las viese las desease. Para él. Para sí mismo.

Las putas de la diosa se afanaban día tras día, desfile tras desfile, foto tras foto, mamada tras corrida, en hacer olvidar al ser humano la voluptuosidad de las formas. El erotismo intrínseco a la curva del pecho de una mujer. La perdición del trampolín de una cintura sobre una suave cadera. La realidad de la vida.

Por eso se enfadaron tanto las mil putas cuando la condesa, la marquesa, la grande del Reino y gobernante del atrio de sus sacrificios hambrientos las obligó a pasar por una prueba de salud. Vieron peligrar su vida, su status y todas sus ofrendas. Las suyas propias y las que arrancaban de otros. Por eso todas esas guarras de principios de usar y tirar, con todos sus sacerdotes podridos de molicie y dinero hicieron todo lo posible para anular la prueba.

Y esas guarras de la inanición desfilaron, y después salieron en cientos de teles quejándose de la prueba. Intentando dignificarse, intentando justificarse, intentando hacerme creer que ellas eran lo que estaba "bien" y yo lo que estaba "mal". Intentando obligarme a vomitar por su ignominia ya que yo me negaba a hacerlo por mi propia voluntad.

Las mil putas de la Cibeles honraban a su diosa en pasarelas de osarios, y le entregaban como sacrificio el agónico suicidio de cientos de adolescentes de todo el mundo.

Porque eran putas, y eran muchas. Y porque llegó un momento en el que adelgazaron tanto que no les quedó sitio para el corazón.