VagabundoNunca supe lo que realmente pasó esa noche. Ella me hablaba constantemente de caballos envueltos en el fuego, mientras yo, aún un niño, la observaba haciendo el amor en una esquina de Bellavista. Fue entonces cuando lo vió salir del pavimento, acercándose con sus ojos grandes como focos y su sonrisa diabólica, resplandeciendo en medio de las luces marchitas. Dejó la bolsa en el suelo y corrió a recibirlo. Segundos después, escuché un grito sobrecogedor, y luego de una caída estrepitosa, vi al asfalto teñirse lentamente de rojo. Ese amanecer, vagué por las calles santiaguinas buscando una respuesta.
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PérdidaA través de la rayada ventana del Metro, pudo ver al mundo. Algunos eran altos y elegantes, del porte casi de un edificio, otros gordos y redondos como una pelota de baloncesto. Su papá le había dicho que no mirara mucho a los animales detrás del vidrio. Acaso pudiese ser que rompieran su jaula de cristal y le devorasen, despedazándolo. Pero él sólo reía. Nunca le creyó a su padre, por mucha sabiduría que mostrara el viejo. Y es que recién pudo darse cuenta cuando su conejo, ya sin su sombrero y su reloj, yacía muerto a sus pies.
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Alicia en el cielo con diamantesMe levanté cansado, pensando sobre el día de ayer. Llovía, y el fuerte viento desordenaba mi pelo. Le pedí que lo solucionáramos. Ella sonrió como siempre lo hace, pero yo sabía que le duraría poco. Después de clases, nos fuimos a una sala para hablar sobre la descomposición de las violetas. Encendí un cigarro, le expliqué lo que sentía, lo que haría, y ella lloró. Hoy, luego de escuchar una vieja canción de los Beatles, desperté con náuseas. Vomité sueños, amor y deseo.
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Una serie de cuentos con los que participo en www.santiagoen100palabras.cl