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gustavo alvarez nuñez


Last Updated: 7/7/2009

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Sunday, November 11, 2007 

Sobre algunos temas en la obra de Daniel Melero

by GAN

 

Uno de los primeros recuerdos que tengo de Melero es una tapa de la revista Pelo, que compartía con Gustavo Cerati y Piltrafa (Los Violadores). Se venía a pasos firmes un recambio en el rock argentino y ellos tres lo encarnaban ostensiblemente. Lo curioso es que Melero aún no había sacado un disco. Y menos que menos tenía la promoción radial de los otros dos. Sería el año 86. Meses previos a la salida del álbum debut y despedida de Los Encargados, Silencio. En 9 PM (el programa de Lalo Mir) había escuchado La balsa, en versión tecno; recuperada, por suerte, unos años atrás en una edición de la electrónica local que sacó el sello Indice. También pasaban Creo que estamos bailando.

Me atrapaba, de movida, su imagen: daba hombre elegante, sofisticado. Moderno. Melero era un nuevo modelo de rockero argentino. Parecía venir de ningún lugar. Sí, remitía a David Sylvian, el cantante de Japan. Y compartía con otro de sus héroes, David Bowie, esa facilidad por saber qué va a pasar, adelantándose al signo de los tiempos y marcándolo con su mirada. Pero Melero (en la foto tenía puestas unas alpargatas, que en esa época eran un guiño de modernidad absoluta) estaba cerca nuestro. Era de acá. Era un producto argentino. Made in Flores.

Cualquiera podía tocar el timbre de su casa y llevarle material. Cualquiera podía encontrarlo en un show e invitarlo a un recital propio. Cualquiera podía acercarse a su estudio y comprarle algunos de los cassettes de su pequeño sello, Catálogo Incierto. Ya estaba en ciernes una de sus cualidades sociales: ser un gran anfitrión. Pero Melero, pese a ser un chico de barrio, parecía venir de la luna. O tal vez era un marciano con DNI porteño (como alguna vez lo confundieron sus amigos de la adolescencia).

En todo caso, Melero invocaba a los demonios de la melancolía y a las carmelitas descalzas de la contemplación como casi ninguno de los músicos de acá se lo había propuesto. Todo matizado con ritmos bailables y robóticos: hacía música para bailar, pero sus letras decían algo. No estaban vacías de contenido. Si uno de los grandes prejuicios del rock es que si la música es bailable, es frívola; Melero ponía el dedo en la llaga y arremetía. No quería ser cómplice de anacronismos varios. Más adelante se despachará varias veces sobre el tema; una de ellas fue en uno de sus hits, No dejes que llueva: "Tengo tanto para decir / y las palabras me hacen torpe / Vivir para callar / no me deja conforme".

Melero nunca necesitó ser un cronista social ni un agitador de proclamas seudo políticas para ser un cronista social y un agitador político. Porque, a la distancia, su lugar en el rock argentino se lo debe a su comprensión del contexto general; y al hecho de fundar sin proponérselo una estirpe de desfachatados y husmeadores. Como fue primero productor antes de grabar un disco propio, también es un músico político sin haber hecho referencia política alguna en sus canciones. No hubo necesidad: su música, su presencia y su discurso potenciaron más debates y escándalos que muchos de sus colegas no lograron ni por asomo proponiéndoselo.

Trátame suavemente es el tema de Soda que más me gustaba, firmado justamente por Daniel. Hay en esa canción un giro melódico cautivante, una cadencia muy especial; además, la letra tiene una vuelta de tuerca que hasta el día de hoy me intriga: parece algo muy real y sólido, pero si uno se pone a buscar los pormenores de sentido en esa imagen de supuesta fragilidad, la coherencia se evade, se evapora.

Hay una palabra cara a Melero: operación. Como su amado Brian Eno depositó en "estrategia" su evangelio estético (sí, el Eno argentino también la utilizó), Daniel hizo de sus tácticas una operación microscópica. Sin embargo, de una omnipresencia significativa. Sin duda Melero atesora una serie de operaciones que evidencian su caudal de talento y su reservorio de soluciones. Y ser imperceptible, "casi invisible; quizá finalmente logre desaparecer", como canta en Pequeño, es una operación Melero por excelencia. Ahí uno entiende porqué el tipo, cuando el éxito y el reconocimiento le sonreían (etapa Soda Stereo post Canción animal y Dynamo), se despacha con un disco tan exigente como Operación escuchar o con Recolección vacía. Y no realiza un álbum para reafirmar su crédito popular.

"La gente me decía en la época de Soda: "Ahora tenés que aprovechar el momento". Entonces la clave era recolectar vacío."[1]

Este vaivén, este orden de prioridades caprichoso pero sumamente fructífero, es el que hace que Melero sea Melero y no un nombre más en la historia del rock local. Melero podría ser el grano en el culo del rock argentino, como muchos suponen, pero me atrevería a darle una función corporal más que una desavenencia guerrera. Lo veo más como el ojo. Lacan dijo que "la mirada es la erección del ojo", y el rol de la figura y el proceder de Daniel fue aportar belleza donde había tosquedad, generar claridad donde había confusión, pronosticar chubasco (palabra que sé que ama) donde había un sol que rajaba la tierra. Y hacer que su mirada avizore los planteos del futuro y transporte (en su peregrinar, en su búsqueda) infinitas capas de certezas como de desconfianza. Así, la mirada de Melero es la excitación diáfana de una orquesta de inquietudes reveladoras; presagia un camino al que habrá que sumarse, ya que es muy seguro que esconda en ese devenir una perspectiva nueva y enriquecedora.

Melero, supuestamente, es un hombre de lo mínimo. Que domina la impasibilidad como pocos. Hay un bellísimo cuadro de Edward Hopper, Habitación de hotel, que tiene muchos de los componentes de los rasgos que hacen al universo meleriano, una suma de pequeños detalles que dicen mucho más que cientos de verdades rimbombantes. El poema de la uruguaya Cristina Peri Rossi sobre la pintura de Hopper es bastante descriptivo al respecto: "La soledad de la viajera / al borde de la cama / en el cuarto de hotel / las maletas sin abrir / los zapatos altos / desbocados / caídos en el suelo / como frutos maduros / Ella lee un menú / un programa / un horario de ferrocarriles / tan sola / en la habitación / como cualquier viajera / recién llegada / a un mundo hostil / a una ciudad sin nombre".

Melero lo dice siempre: sus grandes temas son los detalles perdidos. Puede construir escenas con muy pocos elementos. Y hacer de ello un todo flagrante: emotivo aunque sin necesidad de golpes bajos, opulento sin relamerse en la fastuosidad. Retomando el impacto de Trátame suavemente, la operación Melero como hacedor de canciones es partir de una pintura casi realista, pero compuesta de sensaciones personales, elucubraciones varias, fantasías risueñas. Un retrato que hace pie en el naturalismo, aunque su torbellino de fugacidades, de suaves gestos, provoca un viraje en el sentido bastante particular. Pese a contar con palabras sencillas y de no invocar nunca a los giros herméticos casi típicos de la escritura de canciones más pretenciosa, el imaginario Melero parece movilizar líneas de fuga, puentes hacia ningún lugar (como las construcciones arquitectónicas del mexicano Luis Barragán). Más que una declaración de principios, la no ostentación es en Melero un atributo de conmoción, una apuesta entre ética y estética.

Por eso, cuando edita Piano, el choque que produce remite sin duda a que tamaña desnudez (sonora, ambiental, tecno, discursiva) parece albergar otras sospechas. Ya no es el hombre que se esconde tras un muro de sonidos y proclama la irreversibilidad del goce (lo sin sentido, lo que no tiene objetivo concreto) y la muerte del placer (la sujeción a un dogma), sino el cantante que está solo y tiene la boca lista. Un vocalista cuya voz no es lo suficientemente crooner y un compositor cuyo estigma es no ser suficientemente reconocido. Y no escupe ni finge, no se amedrenta ni se persigna.

Piano es sólo un tratado de lo menor, la quintaesencia del poder (maléfico) de la operación Melero. Despojarle la ropa a sus canciones, en la órbita Melero, es pronunciar la conjura de la libertad. Es no abusar de lo pertinente y abocarse a rastrear las huellas fetichistas del silencio.

De vuelta: una gran parte de la trayectoria (otra palabra cara a su discurso) de Melero denota una superación de ciertos reduccionismos (compositor frío, opinólogo presumido, músico carente de aptitudes instrumentales, puto) y la puesta en escena del conflicto. Si jugase al fútbol, le encantaría entrar en los últimos quince minutos, teniendo toda la hinchada en contra (casi una superación de Barros Schelotto).

Melero no le teme al conflicto y le gusta la idea de desafiarlo, de convivir con el antagonismo. Es algo irremediable en él. De eso dan cuenta sus movimientos discográficos: al pop y transparente Vaquero le sigue un pulsional y maquinal Tecno; al ambicioso proyecto de Después le redobla la apuesta con Acuanauta, un disco ambient que únicamente se consigue accediendo al sitio de una marca de cigarrillos.

En todo este plan de resistencia a la obviedad y a la idea de carrera, la potencia de Melero consiste en hacer de la sencillez un embudo de sofisticaciones y errores, una convivencia de supuestos atronadores y mosaicos relucientes; una marquesina de luces irreverentes y talismanes endemoniados. La sencillez, todo reside en ella. La sencillez, todo desemboca en ella. La sencillez como un plan (a pesar de todos). La sencillez como un tratado filosófico. La sencillez como un mantra. La sencillez como un tokonoma[2].

Eso es lo estimulante al vérselas con Melero, con su música, con su discurso, con su hacer y deshacer. Porque no se puede negar que no existe Melero sin su discurso, lo que no quiere decir que Daniel sea puro discurso. Más bien, Melero es un hombre de palabra. Por suerte. Pero con un discurso tan consistente, que ante la media general (obviamente) pasa como si fuese muy fuerte. Muy engreído. En un mundo donde las palabras significan tan poco y los hechos parecieran nunca haber ocurrido, la maestría de su no maestría es abrirnos las puertas como Alicia; un salto hacia mundos desbordados de aire cotidiano pero con resabios de incompatibilidad. Y la sensación de no saber si se está haciendo lo correcto, pero con la irremediable costumbre de ir más allá. Esa es la enseñanza de las no enseñanzas de Melero. Después, qué importa el después, si todo puede hablarte de todo.



[1] Declaración inédita. Forma parte del piloto del programa televisivo Oigan (2005). Conducido por Gustavo Álvarez Núñez y producido por Ciro Cavallotti y Daniela Allerbon.

[2] "Tener cerca de lo que nos rodea / y cerca de nuestro cuerpo / la idea fija de que nuestra alma / y su envoltura caben / en un pequeño vacío en la pared / o en un papel de seda raspado con la uña.

Me voy reduciendo, / soy un punto que desaparece y vuelve / y quepo entero en el tokonoma.

Me hago invisible / y en el reverso recobro mi cuerpo / nadando en una playa / rodeado de bachilleres con estandartes de nieve / de matemáticos y de jugadores de pelota / describiendo un helado de mamey.

El vacío es más pequeño que un naipe / y puede ser grande como el cielo / pero lo podemos hacer con nuestra uña / en el borde de una taza de café / o en el cielo que cae por nuestro hombro."

El poema se llama El pabellón del vacío y lo escribió José Lezama Lima. El libro es Fragmentos a su Imán (1976.)

Capítulo 7
Eramos tan 90


 

"En los 90 hay una gran revolución, que no me parece una revolución sino que es `la gran adaptación´."



Me acuerdo el día en que Carca apareció por primera vez por casa en 1990. Lo vi y sentí que habían llegado los años 90.



La camada de los 90 no contó con la difusión ni la suerte que tuvieron los grupos editados en los albores de la primavera alfonsinista. Pero está bien que no se haya capitalizado inmediatamente. El rock es reaccionario. Cuando se pone "bueno", está en crisis. Cuando denosta a lo anterior, ahí se torna interesante. Cuando hay muchas tendencias y fusiones forzadas o predecibles, es aburrido. En la Argentina se pateó el tablero en aras de nada. Lamentablemente sólo quedó la reacción. En este país existe una capacidad muy grande por darle la espalda al talento y a la creatividad. Es asombroso.



Nada que se parezca a la historia del rock hoy me resulta rockero. Estoy aburrido de que los discos hagan referencia a "qué álbumes escuché". Los discos deben tratar de los álbumes que nunca oí o de los discos que no existen. Hacerlo durante un tiempo fue una experiencia, pero esa experiencia termina con Paul´s Boutique –el segundo álbum de los Beastie Boys. Después tuvimos una década en la que la gente que hace música nos mostró los discos que escuchó. Y si bien es parte del universo de una época, no lo veo como revolucionario. Compré muchos discos que contienen esa música, pero no lo llamo rock. Esa idea no contiene rock, pero sí Historia del rock. Sin embargo, no es rockera.



"Lo importante no es de dónde vengo, lo importante es adonde voy"
: eso es una idea del rock. Lo importante no es que discos escuché, sino los que todavía no se hicieron. Está el caso de dos discos que los separan casi diez años y que son buenos discos de rock: Scremadelica de Primal Scream, y The Contino Sessions de Death In Vegas. Ambos tienen los mismos principios pero llegan a un lugar diferente: tienen procedimientos en común, cuentan con cierto historicismo musical, pero tienen una proyección al futuro mucho más grande que la historia que te cuentan de los discos que oyeron.



En los 90 hay una gran revolución, que no me parece una revolución sino que es "la gran adaptación". Es un cambio tremendo: los grupos componen pensando en el video para entrar en una cadena o canal que ya existe. No componen pensando en el video que provocaría que esos canales de promoción se transformen. Si bien es un cambio que no había existido nunca en el rock, en realidad fue un cambio acomodaticio, de adaptación –nada de revolucionario. Es lisa y llanamente marketing.

La única manera de convertirte en un clásico es ser un revolucionario. Para ser un revolucionario tenés que agitar banderas realmente poderosas y muy compactas, y muy contrarias a lo que está circulando en ese momento. Lo que me convirtió en clásico en la escena local –a pesar de no ser el músico que más discos vendió y pese a ser muy criticado– fue mi carácter revolucionario. Y eso pasa en casi todos planos de la vida: todo el que se convierte en clásico, primeramente fue revolucionario.



Todos los que siguen normas clásicas son los olvidados, pueden rendir un tiempo pero no van a convertirse en clásicos.
Cuando hoy se habla de los años 80 y se tiene que evocar los grupos de la década más allá de Soda Stereo y Virus, que ya eran completamente mainstream–, los grupos definitivos son Fricción, Metrópoli, Clap y Los Encargados. No lo son los de ska, que sin embargo vendieron más discos que todos nosotros juntos. Cuando los 90 sean observados y analizados, estoy convencido de que el grupo de la década no va a ser La Renga ni Los Piojos, aunque cualquiera de ellos vendió más que Babasónicos, Juana La Loca o Los Brujos –porque serán ellos los que definan la estética de esos diez años.


Tarantino forjó a lo largo de los 90 una revolución estética en el cine. No existe hoy película de Hollywood con violencia incluida que no contenga las ideas desarrolladas por él. Por lo pronto la idea del asesino con vida cotidiana indolente: el asesino que va a matar discutiendo con su amigo sobre cómo es una hamburguesa en otro país es una innovación que trajo Tarantino. Ese concepto de algún modo emergía de los informes de la Comisión de Derechos Humanos cuando se analizaba la tortura: ¿Cómo estos torturadores después volvían a sus casas, tenían una familia y jugaban con sus hijos? Es un tipo de realismo que el cine no había visto. Hasta ese momento, el malo era un malo perverso las veinticuatro horas del día, no era una parte de su trabajo. El malo era un malo estereotipado.


 

Coleco Music

 
Sobre la primera parte:
Luego de una muy corta experiencia en un taller de teatro, encontré una técnica, el micromovimiento, la cual inmediatamente articule con la operación melero, aquello que hace que vos lo definas como el hombre de lo mínimo.

Sobre la segunda:
Lacan plantea una postura crítica sobre el concepto de revolución, volviendo a la etimología de la palabra, revolución es dar toda una vuelta para volver al mismo lugar, al modo de un giro de trescientos sesenta grados. Por esta razón, el propone el concepto de subversión.
Puedo leer en tu texto, una preocupación en Melero, por alcanzar cierto lugar de clásico. Me resulta un tanto asombroso, ya que creo haber encontrado en su obra, un hacer que se ubica en los márgenes, como un movimiento de desterritorializacion continuo, una intención de escaparse continuamente de cierto afán historicista. Si mi memoria no falla, recuerdo a Daniel diciendo en una entrevista radial (o fue en el Si de Clarin?): Yo no tengo una trayectoria
 
Posted by Coleco Music on Monday, November 26, 2007 - 2:41 PM
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pulmón

 
http://recoleccionvacia.blogspot.com/ es una versión digital del libro que melero y schanton publicaron en 1992. La idea es ir publicando gradualmente las imágenes y los fragmentos. Esperamos sus comentarios.
 
Posted by pulmón on Sunday, March 23, 2008 - 8:46 PM
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