LA SEPARACIÓN
Alcanzo a ver a tu mamá,
exultante ella,
desatada y concentrada a la vez,
llevada por el ímpetu de madre
que escribe el futuro de los días.
La veo a tu mamá, Ángeles,
hipnotizada por la velocidad de unas piernas
que se despliegan vertiginosamente
en el rodeo sepulcral de tu aura
de niña hermosa y consentida
sin rubor…
Puedo ver a ella,
tan joven y valiente,
afincada en la plenitud evanescente
de sus fragosos estertores de vida,
ahí, corriéndote a vos.
Subida a una bicicleta con rueditas, vos,
mientras escribís en los bordes
de una imagen recurrente
las hilachas incandescentes
de un prontuario en perpetua oscilación.
Vos, sujeta al deslizamiento
conmovedor de las rueditas,
estilizando la frescura vital
de tu belleza insolente;
vos vas rompiendo las últimas cavidades
donde tu madre depositaba
la felicidad estridente de su insolente belleza, Ángeles.
No me resisto a creer
en que hay una explicación que anuncie un por qué,
pero no es la ocasión
para medir el grado de transparencia
que se agita en cada enfoque
donde la madre conduce a la niña
a los jardines del porvenir.
Ella, mamá a ciegas,
no puede con la tentación
de cristalizar el deterioro,
la brecha que comienza a desarrollar
tu belleza acogedora y fulminante,
a años luz de la belleza fulminante y acogedora
que ella va esparciendo
por las calles de Retiro
un domingo de otoño.
Ahora, mirando las diversas monedas
que resaltan el poderío de tu territorio
–la sonrisa hilvanadora,
la crítica chispeante,
la arrolladora sexualidad–,
puedo ver a tu madre llevándote
hacia inconfesables gestos de comunión,
dejándose llevar por tu arremolinada bicicleta
que posaba sobre unas rueditas estelares.
Tu madre, ahí,
arrojada a una persecución vanidosa y fatal,
sosteniendo tu huida hacia delante,
buscándote proteger del fragor irresponsable
con que algunas situaciones
se dejan llevar por las sorpresas desagradables.
Entonces vos,
una niña motorizada por el tren de las sensaciones
nuevas e inesperadas,
vos ves el avance de la separación,
la vertiente irrisoria de congeladas
suposiciones que comienzan
a desplegar su ansiada materialización.
Casi percibís al instante
cómo la chispa de los rumores
descansa en el broquel de iridiscencia
en que se repliegan al fomentar el abuso
de eso que no parecería posible.
Ay, Ángeles,
columpiada al bombeo del asiento
de la bici con rueditas,
ya tan jovencita
sos llevada
ante las puertas de la ley
para impedirte el pasaje
a la felicidad.
Puedo entender el sobrepeso
de esa mochila,
la ostentación inconexa
que busca fagocitar
la elocuente morada de la responsabilidad,
vos, una niñita,
tan dulce
en tu papel de niñita,
desorbitada ante la inclemencia de la precipitación
con la que esa bici con rueditas te guía.
Ángeles, Ángeles, Ángeles,
¿por qué te tocó justo ahí sentir
–en la presión de madre
que empuja a su hija arriba de una bici con rueditas–
el abismo
que empuja tu vida
al continuo pálpito del abandono?
Ella, madre y mujer,
esposa y cornuda,
intenta bañarte de incontinencia infantil,
sobrellevada por su incontinencia
de amargura y desesperación,
ataviada entonces en una caudalosa
marea de efervescencias y espasmos,
ella, tu mamá,
como una esponja que se ve desbordada
por las inflexiones de su debilidad
en arropar distintas y diversas
magnitudes de limpieza y estabilidad.
Ella, madre hay una sola,
se escucha decirte precipitadamente,
contar sin el empacho de la sutileza,
la historia de un final,
el comienzo de una nueva vida:
"Con tu papá es imposible contar".
Ni números
ni cuentos
ni alternativas.
No los agrega
pero ahí comprenderás
casi para siempre
el valor de una mirada.
"Tu papá me cansó."
Ella, vos, las rueditas, tu belleza,
el domingo por la tarde, Retiro,
ser madre, ser hija, el abandono,
el divorcio, lo oculto, la suerte,
el cansancio, lo inesperado.
Y vos sólo buscabas aprender a andar en bici,
poblar con novedosos itinerarios
los caminos que te separaban
del hecho de poseer autoridad,
quizá determinación.
Se torna vago, ahora,
terminar de dibujar
el fogonazo
que arrojó el encuentro
de esos ojos.
La moral que resplandecía
en esa (amarga) constatación.
BESOS SIN ROUGE
¿A cuántos chicos quisiste besar
esta noche,
Ángeles?
¿Hasta dónde
llevaste la luz
de una mirada lastimada
que acude
al sacrificio de toda dignidad?
Porque los hombres,
bien lo sabés
y no dejás de ponerlo en práctica,
suelen olvidar con facilidad
toda vana vanidad
que los compromete a ciegas
con su especie.
Los hombres, Ángeles,
mienten a sabiendas
en su preocupación preocupante
por la causa y el efecto,
nunca dispuestos
a tomar distancia
de que en los bajos y obvios anhelos
respira el horror vacui.
Ángeles, Ángeles, Ángeles,
no te cuides de los hombres.
Sólo no te descuides,
que no es lo mismo.
¿Vos también
no soportás
a esa gente
que al despedirse
dice "Cuídate"?
LIOS
¿Podremos,
podré alejarme,
alejarnos,
alguna vez,
alguna,
de nosotros,
de mí?
La recurrencia es ausencia,< P>
es desaliento,
es huir de la memoria,
es construir sobre la tarea
maratónica y titánica
que encierra el hecho de escapar.
No hay deseo de recordar
más que el instante
en el que la pérdida
se encargó de montar su territorio.
Ahí,
en la línea fugaz
en donde se trasladan
las palpitantes variaciones
de una ensordecedora y esquiva
turbulencia de indiferentes espasmos,
en ese lodazal
se termina por invertir
la canónica luz
que hace estragos.
La felicidad
es saber que la posibilidad
está abierta;
que en cualquier momento
se hará presente
el futuro.
La felicidad,
lo sabemos desde chiquititos,
nunca está relacionada
con el presente;
que se evapora,
que es transpiración pura
–sudor hecho puré,
diría un poeta poético.
El cuello,
el pie izquierdo,
un dedo de la mano izquierda,
la vista cansada.
El cuerpo
es un cúmulo de señales
que tienden a nublar
cualquier propósito
de estabilidad y sosiego.
Ni hablar
de los terremotos afectivos,
la oscura facilidad
con que nos distendemos
en los periplos precarios
con que el amor festeja
nuestra valorable independencia.
¿Por qué escribir poesía?
¿Para qué?
¿Me lo podrías decir, Ángeles?
¿Dónde vamos a terminar,
atrincherados en esta terca manía
de correspondernos
con la impaciente atención
de las palabras,
susurros casi evaporados
de una ambición
que se ha vuelto
insuficiente?
Inconsistente red
que tejemos, Ángeles,
pluralizada y sin vacíos,
rodeada la cadena
de lentas desapariciones…
¿Por qué se fagocitan
las instancias de goce
de los poetas
en tiránicas
cadencias suburbanas,
arropadas en el jardín,
las lagunas, los ladrillos,
los árboles, la dictadura gay,
las rutas?
Ay, Ángeles,
estamos perdidos otra vez.