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gustavo alvarez nuñez


Last Updated: 7/7/2009

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Sunday, December 09, 2007 

Noche que me hiciste bien


Acerca de Sólo se vive una vez – un tratado sobre el mundo de la noche de Armando Enhiesta, editorial Backstage, 358 páginas, $ 45



¿Por qué la salida por la noche es un acontecimiento de redención, una zona liberada donde se movilizan una serie de estímulos imperceptibles a la luz del día y que manejan insospechadas gamas de presupuestos incompatibles con el orden y la voluntad de la vida cotidiana? ¿Qué poder ejerce el llegar a un club o una discoteca, conozca o no a los habitúes ese sujeto, para que se vea investido de una lozanía hasta hace un instante inadmisible o lejana? ¿Cómo es abocarse ciertas noches a un ritual que parece desestimar las reglas o las prioridades básicas manifiestas en toda ceremonia, cuando anida en lo desconocido (como augurio de felicidad) la incontrolable llama de un plan? Estas son algunas de las preguntas que subyacen en el arqueológico trabajo que se propuso Armando Enhiesta a la hora de desmontar los clivajes y los propósitos que encierra salir por la noche. El baile, el sexo, las drogas, la amistad, lo impensado, la gloria rápida, la traición, el alcohol, son algunos de los cimientos sobre los que levantó este ensayo autobiográfico que es Sólo se vive una vez – un tratado sobre el mundo de la noche; casi una beatífica orgía de personajes e impresiones, de desdichas y teorías inviables, de iluminaciones y justificaciones.

Dije autobiográfico. Dice Enhiesta, clase 67, abogado de profesión, outsider intelectual: "Soy fan de las epifanías. El instante en que un leve indicio marca un antes y un después en la vida de una persona es digno de todo mi respeto. Por eso fue epifánico haber visto a Pan Sonic, un dúo finlandés de electrónica experimental, ese domingo del año 2000 en el Morocco. Esa noche el uso abismal de las frecuencias parecía entrometerse en mis entrañas: nunca antes viví algo similar en una discoteca. No hacía mucho había leído a Stockhausen referirse a algo parecido, que nuestro cuerpo es un sistema eléctrico y que los sonidos los podemos escuchar a través de todo el cuerpo, no sólo por los oídos. Bueno, esa noche decidí dejar de escuchar a Bob Dylan. Hasta ese momento si había una explicación para todas las cosas, Dylan la tenía. Su forma de narrar, su modo de poner tal acorde y no otro, su manera de aprisionar y destapar las palabras; el poder abrasivo de su voz, lo cautivante de su imagen eran claves en mi visión del mundo. Pero esa noche me di cuenta que había vivido equivocado. Es que Dylan, sin darme cuenta, era todo lo contrario a lo que en verdad era mi vida. Trabajaba mucho, muchísimo, en el bufete de Marval, O'Farrell & Mairal, pero también me gustaba salir por la noche. Como era el representante legal de muchos dueños de boliches, mi presencia era asidua y bienvenida. La música de fondo era bailable o instrumental con pulso electrónico. Nada de canciones, nada de estribillos. Ritmo y sólo ritmo. A lo sumo unas voces ululantes o mántricas, monocordes, robóticas a veces. Pero nada de confesiones, nada de sentencias. Todo descansaba en el ritmo".

Esa jornada epifánica Enhiesta se convirtió en un detective salvaje: comenzó a mirar de otra forma ese universo políglota de trabalenguas y murmuraciones que lo había rodeado hasta esa ocasión. Los Dylan del mundo, según él, lo único que proponían era la salvación de las conciencias, pero el mundo de ahí afuera estaba habitado por cuerpos; y para Enhiesta, sus estímulos pertenecían a zonas incomprensibles, y no estaban atados a razonamientos viables, sino todo lo contrario, eran reflexiones poco fiables. Se dio cuenta que estaba inmerso en un cuadro donde los colores cuanto más aducían constancia de claridad, más terminaban ocultándose o diluyéndose. Lo invadió la desconfianza: eso que se presentaba tan literal y cerrado, ¿era en verdad literal y cerrado? El abogado, lector indiscriminado del poeta pampeano Bustriazo Ortiz, se vio envuelto en una cautivante marea de presuposiciones y laberintos; estaba convencido de que la noche podía darle señales de su vida; que no era descabellado comenzar a atender indefensos detalles, en vista de que sacaran a relucir meandros fundamentales si se trataba de ahondar en cuestiones personales. Además, tan propenso a perderse en charlas con personas casuales en barras de bares o al costado de la pista de una discoteca; gente con la que compartía preceptos implícitos por el sólo hecho de encontrarse de ese lado de la puerta, el abogado no vio desacertado enfrascarse en el recuerdo de ciertas figuras cuyo aura descansaba en su prestancia en ciertas ocasiones, en su manera de encadenar frases en otras; había en ellos un registro del tiempo más que potable. El tiempo, en ellos, estaba atravesado por potencia y no por poder. La potencia, señaló en el capítulo dedicado al pionero de la electrónica local, Daniel Melero, "es inevitable y busca canales todo el tiempo, fluye, aunque eso le cueste desaparecer; en cambio, el poder es una articulación que siempre se realiza con la intención de generar una reacción que estaba preestablecida como meta; el poder tiene que ver con manipular o manejar a los demás, o inducir en el mejor de los casos a alguna pauta de conducta. El poder busca poder, la potencia busca fluir."

Cuando le pregunto a Enhiesta por qué, pese a que cada capítulo está determinado por un problema musical o hace mención de un músico o DJ (revelador el encuentro en Ibiza con el rosarino Alfredo Fiorito, considerado por muchos el padrino del Balearic Beat, ya que en sus sesiones en el legendario club Amnesia combinaba géneros muy disímiles; además, en la pista de baile confluían todas las identidades urbanas y sexuales vistas y por haber; algo imposible en esa época, mediados de los 80), él no puede resistirse a involucrarse con la gente que está dando vueltas al costado de la escena; quiero saber qué hay en su obsesión por el fuera de foco en esa imagen que nos pone delante. "No soy crítico musical, pero me gusta leerlos. Tal vez por masoquista, porque tiendo a creer que no les gusta la música y lo que leo es su insatisfacción personal. Me encanta leer en sus notas cierto registro del relato biográfico de su frustración, no en términos de no ser músicos (ya lo dijo un periodista muy lúcido, que eso es un idiotez gigantesca de los músicos que no les gusta que hablen mal de ellos), sino por su fascinación por loserville. Como digo en el capítulo sobre la desintegración de la errancia: géneros como el micro house y el dub digital acapararon las tentativas de cambio en la electrónica más aventurada, pero hicieron de la comodidad del cuarto solitario y la simple computadora sus herramientas de combate, forjando nuevos oyentes menos propensos a la desestabilización emocional que involucra ir a un lugar a bailar o a perderse en el mar de cuerpos; lo que equivale a más riesgo artístico, pero menos riesgo existencial. Y los periodistas muchas veces pecan de esa adulación a loserville, como meca de su incomodidad de reconocerse inoperantes para dar cuenta de los nuevos registros de época. Y sólo se congratulan de su saber opiparo."

Le digo a Enhiesta que no entiendo. Que en la lectura de ese capítulo me pareció ver otra cosa. Ni lento ni perezoso, afirma: "En general los periodistas se congratulan de vivir en loserville, ese plácido lugar de incomprendidos. En Sólo se vive una vez quería esquivar la idea de una épica del dancefloor. Mi intención era dar cuenta de las distintas operaciones que hay detrás de poner el cuerpo en una pista de baile, pero desdramatizando. Me interesaba ver qué había detrás de esa disposición a salir toda la noche, vincularse con otros bajo los efectos de la música y las drogas, el alcohol y la excitación. Y qué esperaban en el afán de perderse en el movimiento y en las luces, en la circulación de miradas y en el roce con desconocidos. ¿Qué erótica movilizaba a estos intrépidos bailarines? Ahí residía el encanto de lo que buscaba. Pero había un problema…"

Sí, había un problema. Enhiesta no era investigador académico, sólo sabía redactar sentencias, abrir expedientes, fabricar todos los textos que hacen a los procedimientos judiciales. Tampoco escritor: ese encierro de horas y horas que implica la tarea de escribir no era lo suyo. Lo atraía demasiado la fugacidad de la noche, los intersticios de relatos nuevos; no estaba preparado para encarar un plan cuyo objetivo fuese ubicar en una trama una serie de personajes, problemas y ensoñaciones. No podía concederle tiempo a su ansiedad, no podía acorralarla. Para el abogado maldito (así se define en un momento de la charla en un coqueto restaurante en el piso 25 de un edificio del Bajo sobre la avenida Corrientes), el escritor es alguien que renuncia. Renuncia al contacto, renuncia a su nacionalidad, renuncia a la renuncia a no escribir, renuncia al desorden. Nada más alejado de su ideal: "Un gran escritor sería ese que te cuenta los grandes libros que va a escribir; un tipo que te para en la calle y te habla de las entretenidas pero no menos complejas historias en las que está embarcado. Pero no sabemos por qué, se niega a publicarlas. Se hace el distraído. Me gusta más esa idea. Un escritor que se niega a ser escritor, aunque todo el tiempo está vanagloriándose de su escritura. Y ese escritor, aturdido por todo lo que tiene por escribir, en realidad sólo está encandilado por todo lo que tiene por hacer; su vínculo con la escritura no es sentarse y un día editar su esperadísima novela, sino más bien hacerse desear. Defraudar. Lo sistemático en él sería defraudar, no sentarse a escribir."

¿Cómo sortear entonces todas estas vicisitudes teóricas y redefinirlas en un tipo de soporte que pudiese transmitir la escalada de frentes que abría el paseo por la noche? ¿Y si lo planteaba como si fuese un remixador, ese productor que se encuentra con elementos originales de un tema y los lleva hacia un nuevo horizonte, un cielo que puede tornarse irreconocible? ¿Y si en vez de transmitirlo en un ensayo convencional, sostenido en dos o tres ideas capitales a desarrollar, lo llenaba de notas sueltas, de recortes de revistas, de flyers, de anotaciones al costado de las páginas de lecturas momentáneas, de una serie de links a blogs o sitios webs que suscribiesen a las ideas que manejaba? ¿Y si lo acompañaba con un CD con un sinfín de mp3s en el que coexisten fragmentos de temas de grupos que nombra en conversaciones con distintas personas, con alegatos a burlarse de los dogmas de la noche? Enhiesta se propuso así en Sólo se vive una vez… servirse de las herramientas que desarrolló la música electrónica y el hip hop (ambas producidas, en sus albores, por no músicos; incompetentes si hablamos de lectura de partituras y la imagen tradicional), para bucear en un desafío mayúsculo. Herramientas como el cut and paste y el sampler (sumado al conflicto con el copyright) se transformaron en variantes más que propensas para enfrentar y retratar el motor de las historias y observaciones que se suceden en el libro: la ausencia del tiempo. "Adhiero a esa idea de Cage, de querer vivir la música como un turista: ver y oír todo por primera vez. Cuando uno se zambulle en la noche, debe estar preparado para dejar de estar preparado. Por eso si algo me interesaba de la noche es que no es un refugio de certidumbres, sino más bien una entrega a la fascinación de la ausencia de tiempo. Y mi trabajo es una celebración de esa búsqueda del tiempo ausente."

Lecturas

Alvarez Núñez Gustavo, Antes, ahora y después. Conversaciones con Daniel Melero, por una biografía posible (inédito)

Blánquez Javier & Morera Omar, Loops (Reservoir Books, 2002)

Brewster Bill & Broughton, Last Night the DJ Saved my Life (Headline, 1999)

Gilbert Jeremy & Pearson Ewan, Cultura y políticas de la música dance (Paidós, 2003)

Maradón Juan Carlos, Yo también fui un boludo (Diálogo Beat, 2006)

Peirotti Miguel, Shock eléctrico. Cómo sobreviví a la caravana (Lumpen Gigoló, 2007)

Shapiro Peter (ed), Modulations (Caipirniha, 2000)

http://www.brunogalindo.com/

http://www.costhanzo.com/