¿Quién
es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de
terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak,
asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla?
¿Son
culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches
de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de
Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la
tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son
sagrados, también, quienes la defienden?
Según
la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos.
Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan
barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el
mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes?
¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan?
¿Por
qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más
poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por
qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley
internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo
vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los
trabajadores?
¿Quiénes son los
justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras
existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores
de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen
las llaves de las cárceles?
¿Por
qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en
las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la
paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial
esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras
de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un
caso de “crimen organizado”?
Pero
no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes
exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores
claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan
misiles.
Y uno se pregunta: ya que
esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen
la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que
cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares,
mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad
curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad
internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres?
¿Por
qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte
contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente
atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el
bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes
desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es
tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y
quien no tiene, no es?
¿Y por qué
no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está
organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria
militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte
de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia
cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en
un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable
para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia,
sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el
exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción
que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes.
Esa
tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los
enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de
implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo?
¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores
profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad,
nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a
los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho
cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé
esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de
aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina.
En
el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de
justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la
refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara
de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío
era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional,
que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la
violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en
pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se
negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el
mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por
estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los
políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional,
¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que
el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea?
Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia?
¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia?
¿No
es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas
que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el
aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será
porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden
pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?
Lo
mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el
sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el
aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos
contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen
su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan
consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que
proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo?
¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por
el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos?
¿Por
qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque
brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de
brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las
noches trabajan como lavanderías?
Ahora
el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las
consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria
del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de
sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia?
¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia,
desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos
envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos?
Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas:
–Ahí
lo tienes –dijo la Reina–. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su
condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por
supuesto, el crimen será cometido al final.
En
El Salvador, el arzobispo Oscar Arnulfo Romero comprobó que la
justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a
balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano
condenados, por delito de nacimiento.
El
resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna
manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que
como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la
injusticia?
A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego.