Botas de agua 2
Se derriten los cristales, despacio, despacio. Los árboles detrás se ven deformes, se balancean, enormes péndulos de madera que oscilan, adelante y atrás. El agua resbala por el cristal, el viento sopla tanto que cambia el curso natural de las gotas al caer, dejan rastros babosos, densos, como gotas de miel. El tiempo está como tú y como yo. Tú y yo estamos como el tiempo, enérgicos, cambiantes e intensos; lástima que no coincidamos últimamente en periodo de anticiclón o borrasca. Te has ido, me dejas en la calle, con el sol iluminando la acera, unos auriculares que no funcionan, una cámara sin pilas en el bolso y un móvil sin batería en el bolsillo. Ahora estás lejos, sigue lloviendo, como ayer, y antes de ayer, y así desde que recuerdo. Por la noche no me importa, la luz naranja de Madrid hace que la sombra proyectada en mi techo de las gotas de agua en el cristal le den un aspecto galáctico a mi habitación, por el día es distinto. Puedo pasarlo sin más, pero hoy no tengo música, ni botas de agua, ni paraguas de cuadros, ni sonrisas en la cama al llegar. Hoy me he hecho yo la cama, hace un rato me he puesto a pensar en cuanto hacía que no me tocaba a mí estirar las sábanas y me he dado cuenta de que se puede medir en días, meses e incluso años. Quique González no me trae hoy Pájaros Mojados, pero no pasa nada, torres más altas han caído. Torres de Manhattan.