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Chicos que tiraban piedras a los gatos entre los surcos de las cepas. Sucedía lejos de allí. En otros lugares los niños son verdes y húmedos y juegan con conchas que recogen las tarde de agosto en la playa. Sus madres los observan con cuidado mientras comentan cómo ha crecido éste o aquel y cuánto ha subido el pescado. Ya ni en la lonja Mari, lo que yo te diga.
Y Carlos-Pedro-Pablo-Ricardo anhela trabajar en una fábrica de Milkybar o Jungly o dibujando para Cinexin o inventando nuevos sabores de cheetos. Crece viendo como la marea roba la vida de las piedras cerca de la torre. Siempre fue un niño común, corriente. Y, aunque pueda parecer contradictorio, especial. Nunca aprendió a nadar en condiciones, se agotaba, no sabía siquiera bucear así que se limitaba a dejarse flotar mientras el resto hacían carreras, a ver quién se atrevía a ir hasta la boya y volver. Flotando, soñaba con ser capitán, primero de un barco de madera precioso y más tarde, con el paso de los años, de cuerpos. Capitán de cuerpos suaves que se mecen al compás de las olas en Riazor, el Sardinero o La Concha. Que al final da lo mismo. Se trata sólo de noches en bares y bocas ajenas y piel, a veces de seda y a veces de lija, y chicas con cortes de pelo moderno y pintas de hippie y pijas de colegio de monjas que se dejan sobar cualquier domingo por la tarde en un parque, al lado de la estatua de algún místico músico mítico.
Pero el capitán no quería una novia en cada puerto. Él se limitaba a liar Golden Virginia desde la cubierta, mientras sus hombres se echaban a las tabernas en cada ciudad. Y cuando digo "cada ciudad" quiero decir "cada noche", ya que no debemos olvidar que se trata de un marinero especial, un marinero en tierra que ni por todo el oro del mundo dejaría su casa azul, con sus cimientos bien fijos y sus fotos en blanco y negro, tomadas en sitios a los que no deseaba volver.
Cuando llegó el momento, empezó a beber a morro y aprendió a adorar la cerveza. Aparcó su colección de Barco de Vapor y llevó a la práctica aquello de "Elige tu propia aventura". Por aquella época quería ser músico, guitarrista, estrella del rock. También: astronauta, pintor, artista y fotógrafo. Fue entonces cuando la conoció y con ella llegaron las primeras veces (en realidad, esto ya había sucedido antes, pero ya sabemos lo que pasa con el amor cuando creemos que es de verdad, que nos hace olvidar aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor"). Ella trajo el amor y el odio y la pasión y el dolor y muchas otras cosas que hoy en día el capitán cree haber olvidado. Juró que por ella se embarcaría, pero el desamor es un deporte muy raro y, por desgracia para él, lo tuvo que aprender tarde, mal y rápido.
Ahora vendría la parte en la que os contaría que nuestro protagonista pasaba triste las horas muertas mirando al mar: el pelo agitado por el viento, los pies descalzos, las manos en la arena. Nein. Cuando esto pasaba, él fingía olvidar que vivía en una ciudad costera. Cogía su cámara y se iba al túnel a pensar. Se sentaba con las piernas cruzadas entre la hierba y observaba a los coches pasar más abajo. Ese verano pudo comprobar casi a diario los cambios en las vallas publicitarias, cada semana uno nuevo: rebajas en El Corte Inglés, Ven a Reanult y sorteamos...y muchos más. En momentos así, le gustaba pensar que estaba solo en el mundo: los coches no eran más que hormigas y el tunel su hormiguero.
De esta manera pasaba los días lejos del puerto. Fue entonces cuando una amiga le mostró que hay más sirenas en los bares que entre las olas y se hizo capitán de cuerpos. Decidió que odiaba el mar. Fue entonces cuando él se echó a las tabernas, las del puerto y las otras. Y a los portales. Y a la playa. Y a cualquier lugar que le permitiese combatir la humedad con un par de embates furiosos y muchos besos de miel y vino.
Ya no queda nada de aquel niño que devoraba chocolate blanco en la playa. Ni del lobo marino. Sólo fotografías en blanco y negro. Las más tristes azoteas y tejados que jamás podréis imaginar. Tan tristes que sólo con mirarlas uno desea decirle que todo está bien. Que siempre lo está.
No lo olvide Capitán: donde manda patrón no manda marinero. Sus hombres siempre estarán con usted. Nunca abandonaremos el barco.
14:45
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