MySpace
myspace music


Kartopfeln



Last Updated: 7/25/2009

Send Message
Instant Message
Email to a Friend
Subscribe

Status: Single
City: Peninsula de Chocotorta
State: Buenos Aires (Ciudad Autónoma de)
Country: AR
Signup Date: 11/20/2007
Wednesday, February 06, 2008 

Movías el mismo pie que se me había dormido esta mañana, aunque vos probablemente habrías sabido ponerlo en palabras de una forma mucho más linda como "mi pie tiene interferencia", y sentada en la vereda con tu espalda curvada contra la pared, apenas asomabas tu torso hacia fuera de unos pantalones gigantescos. Parecían ser tu casa, y que lo único que te separaba de ser indigente eran esos tiradores que amaban a tus hombros, y la cara de haberte quedado afuera sin llave, que irónicamente merecería concederte la entrada a todas las moradas del mundo.

Lisandro y yo nos detenemos a mirarte, pero él siente como ñandú… y en ese momento como en muchos otros antes en mi vida, lamento no tener un idioma en común con él para decirle lo que estoy sintiendo ahora al contemplarte. El reloj del mundo tan solo ha eructado un segundo y yo ya creo haber sentido todas las cosas buenas que conocía mientras te miraba. Sentimientos abrumadores están siendo inventados en este momento en algún lugar del universo solo para que yo pueda sentirlos hacia vos… y probablemente sin notarlo me acerqué un poco.

Dijiste una palabra, la primera dirigida hacia mí en tu vida, mientras levantabas un poquito la cabeza en mi dirección exhalándola con un dejo levemente masculino e infantil. Las dos sílabas enlazadas a ese suspiro un poco más fortachón del que pensé que tendrías:

"Ñan-dú" Dicho bajito, mientras sonaban bombas de estruendo atrás nuestro. Cómo te quise. Y por algún motivo si bien te referías a Lisandro, me lo dijiste a mí como si yo fuera el abogado del ñandú. Sentí que quería sonreír hasta que el hecho de hacerlo fuese por siempre asociado con mi persona, pero realmente era necesario que antes de sonreír por tiempo indefinido, te contestara. Me ganaste de mano y deduciendo que no había mucho que yo pudiera decir en respuesta a la palabra "ñandú", me dijiste la segunda palabra que me dirías, y la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta, la séptima, octava y novena.

"¿No me das la mano para que me levante?"

Fue un pacto hecho en el cielo. Yo te traje al mundo de los que estábamos de pie, y vos me llevaste al de quienes necesitan sentarse a causa de incesante temblor en las piernas.

Eras bajita, como yo, y en tu presencia tan nueva a mi lado, lo primero que pude atinar a hacer fue a ofrecerte el lomo de Lisandro para que no fueras a pie a donde sea que estuviésemos caminando a partir de ese momento. Te declaraste cansada y me contaste que nunca te habías subido a la espalda de un ñandú antes. Para que Lisandro te tuviese confianza te ayudé, y noté en ese momento que tenías volantes en una de tus manos, que dejabas libre y sin aferrar a las plumas. Eran volantes de Ismael, como los que yo me había perdido por no prever que a él probablemente lo llevarían preso y por poco hasta lograría conseguirme el mismo paradero para mí mismo.

La imprenta cumplió su función original histórica en ese momento, y ocasionó que habláramos el uno con el otro, comunicándonos quienes éramos mientras caminábamos alejándonos de lo considerado céntrico en una ciudad llena de úlceras. Me contaste que tenías tu propio partido político. Eras la única integrante y abogabas por el sentido común, hasta ese día en el que los abusos verbales y (en casos mucho más benévolos) la indiferencia por parte de las señoras paquetas que pasaban caminando, te habían valido un desalojo de tu esquina regular, y un chichón en la cabeza que acto seguido me mostraste. Mi frase de presentación si hoy lo pienso, fue muda, y fue una caricia con el dedo índice haciendo un movimiento de gusanito sobre tu chichón de una manera muy suave, para vos y tu dolor, casi imperceptible o habitando el reino de la cosquilla. Para mí, lo suficientemente perceptible como para ser lo más emocionante en mucho tiempo.

Habías tenido algo similar a un club literario como el que yo anhelaba formar. Un verano en que tu hermano había ido bajo el agua del río a pedalear con su bicicleta, te perdiste en un libro que encontraste en los estantes de la casa de tu tío. Ese libro había marcado con sus últimos pasajes la cadencia de los segundos en que ya no extrañabas al distante pedaleador que ya nunca volvería, o simplemente dejabas de cuestionar su ausencia, y fue en el momento de devolverlo a su lugar, que encontraste el interruptor que te llevaría detrás de los libros, para revelar el escondite de cinco chicos sorprendidos. Ellos –me contaste- serían magia por el resto de los días en los que anochece más tarde. A la hora de comer, tus ojos se clavaban en la chimenea mientras el tono cordial de tu tío resumía la jornada que llegaba a su fin, buscando tu aprobación con algún comentario de señor mayor hacia una chica que durante meses y meses aparentaba estar sola. Con tu tenedor jugabas un poquito y de esta manera hacías tiempo para aparentar tener la intención de pasar ese rato en terrenal compañía, aunque en el fondo deseabas arrojar inmediatamente a tu garganta toda esa comida de astronauta a base de bolitas de arroz y zanahoria comprimida, para salir corriendo, y luego de cerciorarte de que no hubiese moros en la costa, adentrarte tras el mueble a pasar horas y horas de turnarse a que uno de los presentes sea puesto bajo un sueño profundo con las cosquillas de una pluma de gallina, mientras el resto inventaba historias que le recitaban al oído, turnándose de a renglones al tiempo que el dormido manifestaba en sus gestos cómo cada elemento mencionado aparecía en su subconsciente.

Cuando llegaste al momento de tu relato en el que todas estas cosas desaparecieron súbitamente para dejarte en la soledad de un estante corriente que no tenía nada detrás, y en la cornisa húmeda de un verano en extinción, sentí que lo más coherente para hacer, y lo que el cien por ciento de los Yo querían hacer, era tomarte de la mano.

El sonido de cortinas de hierro elevándose para dejar salir a las calles centenares de Tanqueques que arrojarían corrosivo aceite de soja sobre los manifestantes… y tu meñique contra mi meñique. El sonido del espíritu de madera de un espantapájaros siendo empujado a la fuerza hacia adentro, por la puerta trasera de una camioneta aserradero… y tu anular contra mi anular. El sonido de una tapa desenroscándose para liberar galones de mercurio venenoso y renacuajos piromaníacos que carcomen el oxígeno… y tu dedo medio contra mi dedo medio. El sonido de un cañón de termitas apuntando en todas las direcciones con su zumbido enfermizo, y tu índice contra mi índice. Un silencio sepulcral declaraba todas estas nuevas armas como un presagio de nubes oscuras, cuyo color y desaforadas precipitaciones habíamos adivinado hasta cierto punto, cada uno por separado en la privacidad de todo lo que nos convertía en bolsas de boxeo ante muchísimos ojos.

Ahora ningún ser vivo podía infiltrarse en la caverna milimétrica que habían creado nuestras dos manos estrechándose, bajo el sol avaro y frente al monumento de la rotonda, en forma de rulero. Inspirados por musas de enamorada delincuencia corrimos hacia el mismo, acompañados por Lisandro, tomamos de manera muda la misma decisión en el mismísimo segundo y sonriéndome desprendiste tus tiradores para rodear la estructura cilíndrica del rulero, siendo asegurados los extremos de las ataduras improvisadas, por el pico de Lisandro. Subimos, esta vez juntos a su espalda y con un alarido dimos la señal de huída, para nosotros mismos. Nuestro amigo alado parecía imitar la forma de un Concorde mientras sus piernas rasgaban el cemento y el gigantesco rulero era desprendido de su base con la fuerza de cien hombres.

Así nos alejamos a toda velocidad por la campiña, con esta suerte de cola conmemorativa, como si fuésemos recién casados bajo la iglesia del delito que tarde o temprano se nos intentaría adjudicar. Por nuestra juventud, por el tono de nuestras mejillas y por el simple hecho de tener bolsillos con vórtices hacia el suelo, íbamos a ser considerados sospechosos, y en el transcurso de días probablemente perseguidos para ser desalojados de nuestras viviendas, sino es que también del mundo.

Estando a más de medio camino hacia mi casa, el hogar que inminentemente tendría que abandonar, te pregunté si eras alérgica a alguna cosa. Ante tu suave respuesta negativa, opté por tomar un desvío indicándole a Lisandro que atraviese nuestro campo de dientes de león favorito, uno que ostentaba los más majestuosos y esponjosos de ellos, tan agraciado por la naturaleza que lograba reconstruirse solo, luego de cada una de nuestras visitas a alta velocidad. Tu expresión fue de asombro cuando a nuestro paso comenzó a nevar desde la tierra hacia el cielo, y nuestro rulero emergía absolutamente blanco a medida que salíamos del campo que muy rápidamente dejábamos atrás. Con tu mejilla sobre mi espalda, permaneciste mirando de reojo la reconstrucción casi inmediata del sendero atravesado, mientras yo divisaba mi casa a lo lejos, acercándose, y con ella el momento en que debería despedirme de su tinglado tan amigo del sol como lo es el bicho bolita. Había amado tanto mi casa, y al tiempo que me detuve a pensar en estas cosas pude notar en el fulgor de tus ojos que estabas conmigo en mi tristeza de desalojo. Cuando nos detuvimos, al bajar de la espalda de Lisandro y antes de que yo pudiese decir nada, me besaste. La odisea de poquísimos centímetros que tus labios hicieron hacia los míos, me hicieron sentir como si ambos hubiésemos estado parados en hemisferios opuestos del mundo, y al dejar este de girar, su inercia en el momento de frenar había hecho que tropezaras sobre mí, uniéndonos. Hoy en día, que desconozco realmente en qué plano me encuentro, sigo tratando de recuperar el aliento.

Entraste a casa colgada de mi espalda jugando a que me ahorcabas, y te adoré por tener juego en vos, por tener el encanto lúdico que nos hacía falta al momento de escapar de algo que abarcaba el cielo en su totalidad. Te dejé suavemente en mi cama, tapándote y reproduciendo las montañitas de manta que tuve a mis pies esa misma mañana, y besando tu nariz, luego tu chichón, y por último un mechón de tu pelo rojo, me incorporé para guardar lo mínimo en una bolsa de consorcio.

Cuando te levantaste para sacarme de ahí de la mano, a sabiendas de que eras todo lo que necesitaba para acolchonar la bola de cañón, entendí que probablemente no era casual el hecho de perder una casa y ganar otra el mismo día, una casa que comenzaba en los dedos de tus pies y se extendía hasta tu chichón.

Lisandro nos llevó a un lugar que solo él conocía. Hoy si lo pienso, tal vez se trataba del lugar donde nació, el cual nunca había visitado desde ese día. Quién sabe si eligió ese momento al presentir la importancia de los sucesos venideros… nos estaba llevando a su fortaleza, a nosotros y a nuestro rulero.