Maldita sobriedad
Alfonso Morcillo
Hace un año y medio comenzaron mis molestias en
el estómago, luego de una borrachera que se prolongó por cuatro días, (que se
ha prolongado por cada semana durante ya cinco o seis años y que inició hace 20
cuanto tenía 16 de edad) en la noche me asaltó un tremendo dolor, una punzada
mortífera. Alucinaba, le decía a la mujer con la que dormía en ese momento
que no pasaba nada, que el mounstro del
dolor se iría, pero no bien cerraba los ojos cuando la punzada regresaba más
feroz. Ella me dio una pastilla que quién sabe de donde sacó y me la tomé y me
dormí. Al otro día los dolores continuaron. Acudí a un doctor en una clínica de
teporochos en la colonia Guerrero. Me la recomendaron porque precisamente va
puro borrachín y los doctores saben bien como tratar a estos individuos, me
dijeron. Pues fui y lo que me detectó el doctor fue gastritis, le dije lo que
bebia, los días que bebía (cerveza tinto vodka mezcal whisky pulque), lo que
comía (barbacoa panzita pozole tacos picante birria), lo que no comía (frutas
verduras y cereales), lo que no dormía, lo que trabajaba (trabajo) lo que
esnifaba y fumaba. En fin que le dije todo lo que entraba y no en mi cuerpo
maltrecho.
Me extendió una receta que surtí apenas salí
del consultorio que más parecía el camino al patíbulo y me dijo que durante el
tratamiento no bebiera. Así fue. Tres meses después los dolores volvieron y fui
con mi médico de cabecera, o por lo menos el que ha me ha atendido durante los
últimos cuatros años por diarreas o gripes menores (a mi edad ya no se está
para dejar sanar al cuerpo solo). Le dije lo que le había dicho al médico del
patíbulo y me dijo lo mismo. Pero además, al ver el volumen de mi estómago me
mando a hacerme un ultrasonido para verificar si no tenía cirrosis. Esa era su
sospecha.
.. ..
Fui al ultrasonido y a otras pruebas de sangre.
Con mis resultados en el brazo acudí de nuevo con el doc. Revisó primero los
resultados arrojados por la sangre y la orina. Todo en orden. “Demasiado bien
para la vida que me dices llevar”, dijo. Bien de triglicéridos, colesterol,
azúcar, y otros elementos. Sacó los resultados del ultrasonido y vio lo que
decían. Esteatosis nivel leve.
Me dijo que pensaba que era más grave, que si
dejaba de beber en ese momento mi hígado podría regenerarse, pero que era
imprescindible dejar de beber y de tomar café y de fumar y que habría que comer
sanamente, verduras, fibra, fruta, cero picante enlatado. Bah, lo que siempre
le dicen a todo mundo que enferma de una cosa u otra. ¿Pero dejar de
beber? “Si sigues como vas aún puedes vivir 10 años con ese hígado, ya
después no te platico”, dijo por último, aunque agregó que si sufría por mi
manera de beber o tenía problemas me recomendaría un psicólogo o un grupo de
AA.
Pum, cuaz, zas. ¿Y ustedes creen que hice caso? No, este señor siguió bebiendo
como antes. Paró de comer picante enlatado, tacos y demás fritangas, menos café
y cigarro. Pero otro día, hace un año reaparecieron posdolores de la gastritis,
no así lo del hígado, que debió haber incrementado su nivel de grasa por el
alcohol.
Y desde entonces, mayo de 2007, vivo en una
patética y absoluta sobriedad. No se lo recomiendo a nadie, ni a mi peor
enemigo. Si los gobernantes del mundo hubieran tomado las grandes decisiones de
sus países como ir a guerras o estupideces similares en estado de ebriedad,
seguro que viviríamos en un mejor planeta, pero estaban sobrios, sabían lo que
hacían. La sobriedad causa ansiedad, estrés; disminuye la convivencia social;
aumenta las preocupaciones; pone en estado de mal humor. En fin, la sobriedad
total es peor que la ebriedad total.
Y hoy sigo sobrio un año después. Aunque he de
confesar que hice una deliciosa pausa de dos semanas. Tomé un curso en ..La Plata.., Argentina, a unos
kilómetros de Buenos Aires. El sólo hecho de pensar que allá el vino es
abundante y barato hizo a mi estómago cosquillear. Y efectivamente, aun desde
el avión mi estómago comenzó a acostumbrarse al dulce sabor del vino tinto. Y
tres días antes de partir una sesión de amargas cerveza negra del Vizcaya junto
a Juan Beat fue el preámbulo.
En Argentina, con calor, mujeres guapas por
doquier, parques por toda la ciudad
donde puedes beber y mear sin que la policía te moleste, cafés y bares
de toda la noche, pizzerías, en fin, casi cualquier changarro te vende cerveza
y las puedes beber de manera libre mientras no escandalices; y no vi a nadie
escandalizar ni pelear ni matarse ni robar borracho.
Así que feliz por ese descubrimiento compraba
mis cervezas, me salía a las plazas y bebía sentado en las bancas y meaba detrás de los árboles; y después
sacaba botellas de vino y saca corchos y continuaba la juerga, viendo a los
deportistas correr, a los bailarines practicar
sus coreografías, a familias pasear, a otros borrachos beber y fumar
mota. Me iba a dormir hasta las 4am y me despertaba para ir a mi curso a las 9.
y salía de ahí y continuaba la borrachera. Y comía carne buena y pastas y
pizzas y pan y mi panza comenzó a hincharse de nuevo, más por la cerveza.
Y el viaje terminó y llegué aquí y sufrí una
cruda de tres largos días. Había olvidado l oque era una resaca de tres días.
Fue espantosa, tuve que recurrir al pedyalite para hidratarme. Además, los ojos
me ardían, las mujeres son feas y mamonas, no se puede beber cerveza en la
calle, no como allá y mi estómago de nuevo resintió el exceso de picante. A mi
hígado no lo he vuelto a mandar analizar, supongo que continuará su
putrefacción, más lentamente que antes
por lo menos.
Y hoy no sé qué hacer, qué decisión tomar.
Mientras la tomo, no bebo y créanme, ver el mundo estando sobrio es peor, mucho
peor de lo que ya es. Aunque si me largara a Argentina apenas después de salir
del aeropuerto me compraría un buen López o un Álamos o cualquier vino y me
iría a una plaza a beber hasta haber destruido mi jodido hígado o hasta haber
agotado el dinero de mi bolsillo.