Todo empezó en una extraña mañana dorada de enero, de esas que si no te fijas en el calendario crees que ha llegado el verano. Ella se encontraba tumbada boca abajo en la proa de aquel pequeño barco que desde niña llevaba reparando. Había estado navegando sin rumbo fijo durante muchos meses, por el puro placer de respirar aire limpio y no sentir el tacto del asfalto podrido bajo sus pies. Cada uno tiene su propia idea de lo que es sentirse a salvo, y para ella, la inmensidad del mar era siempre la mejor opción.
Leía ensimismada un periódico local que compró en un kiosco del puerto el día que zarpó, sonriendo con complicidad a su abuelo, que le contaba su versión política de la historia con altas dosis de bordería cartagenera en su columna de opinión. Cuando lo acabó se levantó y se detuvo a mirar a un grupo de gaviotas que pasaron raudas como estrellas fugaces. Las observó con admiración, ella nunca se había sentido tan libre; las obligaciones, los convencionalismos y todos los –ismos del mundo eran los eslabones de la cadena que la ataba al suelo. Sólo se sentía medianamente tranquila navegando.
El sonido de la orza chocando con el fondo marino que sacudió suavemente la embarcación la devolvió al mundo de los vivos. -De nuevo en casa- suspiró, con el poco entusiasmo de quien no está convencido de nada.
En vez de ponerse a buscar su punto de amarre entre las hileras de barcos que se abarrotaban en el puerto decidió abarloar su pequeña embarcación un poco antes, junto a unas escaleritas situadas frente al pequeño espigón que cortaba las olas en los días de levante y resguardaba a los turistas que se tomaban su caldero en las mesas de La Tana.
El primer contacto con la realidad le supo bien y el olor a aceite recalentado de las freiduras cercanas muy familiar. Dio un corto paseo por las calles estrechas del pueblo que en esa época estaban casi desiertas recordando las noches de ron y música de tantos veranos. Enseguida volvió a las escaleras y se sentó a comerse una manzana al lado de su barquito. Fue a levantarse a comprar una botella de agua y entonces reparó en él: un pequeño pajarito de acero en la torre la iglesia. Una veleta
No pudo evitar compararla con las gaviotas que había observado minutos antes, y con todas las aves migratorias que se había cruzado en su travesía. Hay pájaros estrellas, que se escapan del mundo, valientes, seguros, libres. Y hay pájaros veleta resignados a un tejado, encargados de marcar el rumbo que por miedo no tomamos.
Aquella fue la última vez que la vi, la chica acabó su manzana y se echó de nuevo a la mar.