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De Películas



Last Updated: 9/17/2009

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Friday, May 22, 2009 

Current mood:  happy

 

La utilización del cinematógrafo como vía para mostrar y difundir una postura política no tardó en manifestarse tras la introducción del revolucionario invento de los hermanos Lumière, incluso antes de la aparición del montaje, dado el innegable poder de la imagen en movimiento como uno de los medios de comunicación más eficaces y poderosos por antonomasia.

La propaganda ha sido una constante de las cinematografías de todo el planeta, ya sea de una manera abierta o, como en el caso de Hollywood, mediante mensajes intencionadamente (vamos si no es intencional entonces es franca imbecilidad) mal ocultos en casi toda su producción, otros por su parte, han optado por hacer del arte cinematográfico el instrumento para la defensa y propagación de sus ideales, como en el caso de Costa-Gavras, director franco-griego que haciendo de la honestidad una constante en la puesta en filme de su pensamiento se ha ganado un lugar tanto como uno de los grandes directores del siglo XX y al mismo tiempo uno de los más repudiados por la derecha, e incluso en cierta medida, por la izquierda, por películas como Z (1969); La confesión (1970) y Desaparecido (1982).

México por supuesto no ha quedado al margen de esta línea en su producción fílmica, aunque tampoco se puede decir que sea algo que suceda de manera frecuente, los casos más sonados quizá han sido los de aquellas películas que se han vuelto íconos políticos merced a la propia censura ejercida por el estado, como la extraordinaria La sombra del caudillo (Julio Bracho, 1960), sepultada 30 años por los militares, traficada en el underground del VHS en los años 80 y exhibida finalmente en 1990 durante el salinato, apertura tal vez motivada por el fuerte debate y censura malograda a Rojo amanecer (Jorge Fons, 1989), donde al fin se cuestionaba sin tapujos la participación de la estructura del Estado en la masacre de Tlatelolco, hecho inédito en nuestro cine.

En 1982 sin embargo, se estrenaron dos películas que abordaron temáticas vinculadas a su tiempo de una manera muy específica; con Bajo la metralla, Felipe Cazals abordaba los conflictos internos de una guerrilla urbana tras el fallido atentado contra un funcionario de gobierno. La otra película fue La víspera, primer largometraje de Alejandro Pelayo que narra el día antes de la toma de posesión del nuevo presidente de la República, mientras el ingeniero Manuel Miranda (Ernesto Gómez Cruz) espera, en compañía de algunos familiares y colaboradores cercanos, el llamado que lo confirmará como secretario de estado. La espera ha sido larga para Miranda, ya que desde hace doce años, cuando fue ministro en la administración de Adolfo López Mateos, no se había vuelto a integrar a la vida pública.

La cinta dio el Ariel a Ernesto Gómez Cruz como mejor actor y a Alejandro Pelayo por Argumento original y Ópera prima, así como nominación a María Rojo y Alfredo Sevilla por actuación femenina y co actuación masculina, respectivamente. El mérito fundamental de la obra radica en la exploración de los entresijos de la vida política mexicana en los tiempos en que parecía que el PRI permanecería por toda la eternidad en el poder. Con un ritmo lento pero lleno de matices Alejandro Pelayo debutaba de una manera demoledora que desafortunadamente no le ha hecho justicia con el paso del tiempo, pues nadie se ha animado a editarla en DVD pese a la relevancia de la misma y la información que se puede conseguir sobre ella es prácticamente nula.

Destaca sobremanera una secuencia donde Ernesto Gómez Cruz ensaya su discurso de aceptación como secretario de estado, conmovedora y poderosa como sólo podría hacerlo uno de los mejores actores mexicanos de todos los tiempos, y ni qué decir de la manera en que a lo largo del filme el director nos acerca con precisión quirúrgica por los laberínticos caminos de una clase política ya en ese tiempo decadente, pero que bien o mal, construyó lo que somos como país en estos días.

Falta una correspondencia a esta cinta, algo que viviseccione a nuestros políticos actuales, no para mostrarnos su miseria, que esa ya bien conocemos, si no una mirada que nos permita desde un punto neutro comprender qué es lo que anida en la mente de las personas que dolorosamente seguimos dejando nos gobierne.

 

AVG