La partida de Bergman
Conocí
a la muerte hoy, estamos jugando ajedrez.
(línea de Max Von Sidow en El Séptimo Sello)
A fines de julio
de 2007 murió Ingmar Bergman. La noticia, sin embargo, no causó gran revuelo,
fue mencionada en los noticiarios en medio de notas acerca del clima, las
declaraciones de un artista en el escándalo, tal vez un incendio. Sin darle
relevancia quizá porque se consideró que había en la vida cosas más urgentes
que atender.
Es, sin embargo,
un suceso desolador, en función de que no habrá ya manera de que continúe
creando arte, de que una de las últimas mentes maestras del cine no volverá a
maravillarnos con sus reflexiones de celuloide, y es que la obra de Bergman es
un paradigma de la estrecha vinculación que el cine puede alcanzar con el arte
y la filosofía, de cómo conjuntando estas se consigue un documento
inconmensurable para explicarnos la vida.
Cierto, las
películas que realizó son difíciles de digerir para el espectador promedio y
aún para algunos que están más entrenados en la apreciación cinematográfica,
pero es que la carga expresiva de cada una de ellas requiere de una completa
entrega a la obra. Su cine es tremendamente personal e intimista, pero al mismo
tiempo se vuelve una expresión universal gracias a la profundidad reflexiva de
los temas que en el abordaba. Proveniente de una familia extremadamente
puritana, los valores que le fueron inculcados dieron pie a una serie de
cuestionamientos morales y filosóficos que estudiaría a través de sus
películas: la idea de Dios; el amor; la infancia; la muerte; la culpa y la
redención fueron diseccionados a través de sus filmes como ningún otro director
ha podido hacerlo.
La fuerza motriz
de su quehacer fílmico, empero, recaía en buena medida en sus guiones, de
manera que la verbalidad muchas veces se imponía como el elemento principal de
la escena, dicho esto sin demeritar la difícil labor de interpretación a la que
se enfrentaban sus actores, pensemos por ejemplo en Max Von Sydow interpretando
en El séptimo sello a un cruzado que
en el viaje de regreso a su tierra, devastada por la peste, se encuentra con la
Muerte, quien le informa que ha llegado su hora, el caballero reta entonces a
la parca a jugar una partida de ajedrez en tanto disertan sobre temas
fundamentales. En un momento, el personaje se cuestiona:
¿Es tan terriblemente inconcebible tratar de comprender a
Dios con los sentidos propios? ¿Por qué se esconde tras una nube de medias
promesas y milagros invisibles? Como podemos creer en los fieles cuando
carecemos de fe? ¿Qué sucederá con quienes deseamos creer pero no podemos? ¿Qué
con aquellos que ni desean ni pueden creer? ¿Por qué no puedo matar a Dios en
mí? ¿Por qué vive dentro de mí de una manera humillante a pesar del deseo de
sacarlo de mi corazón? ¿Por qué es, a pesar de todo, una realidad fingida de la
que no me puedo deshacer?
Y así, se podría
seguir hacienda trascripción de líneas maestras dentro de los guiones escritos
por el genio, que sería una buena manera de honrarlo, es difícil dado el
espacio, pero quiero mostrar uno más, proveniente de la que para muchos –yo
mismo incluido, es la cinta máxima de Bergman, si se permite atreverse a
destacar una sola, Persona, de 1966,
en la que Liv Ullman interpreta a una actriz que repentinamente decide dejar de
hablar y la enfermera que se encarga de cuidarla, encarnada por Bibi Anderson
entabla una comunicación unilateral con su paciente, hasta que la simbiosis de
ambas les convierte en una sola persona. Un tercer personaje, la doctora,
muestra en un hermoso monólogo su fascinación por el caso que atiende:
Entender, bien. El sueño sin esperanzas de Ser, no
aparentar, sino Ser. Alerta en cada momento de la vigilia. El abismo que hay
entre lo que eres ante otros y lo que eres a solas. El vértigo y la hambrienta
necesidad de ser desenmascarada, de ser vista por dentro, quizá incluso de ser
destruida. Cada inflexión y cada gesto es una mentira, cada sonrisa una mueca.
¿Suicidio?, no, demasiado vulgar. Pero si puedes rehusarte a moverte, a hablar,
de manera que no tengas que mentir. Puedes callarte interiormente. Entonces no
necesitarás interpretar ningún papel o hacer gestos erróneos. O así lo crees.
Pero la realidad es diabólica. Tu escondite no es impermeable. La vida gotea
desde el exterior, y así, te ves obligada a reaccionar. Nadie cuestiona si es
verdadero o falso, si eres genuina o sólo una embustera. Esas cosas sólo
importan en el teatro, y aún ahí difícilmente. Entiendo porqué no hablas,
porqué no te mueves, porqué has creado el papel de una apática para
interpretarlo. Lo entiendo. Lo admiro. Debes interpretarlo hasta que termine la
obra, hasta que pierda interés para ti. Entonces podrás abandonarlo, justo como
has abandonado otras partes de ti una a una.
Alguien me comentó
fascinado que Bergman debería haber ganado en Premio Nóbel de Literatura y
sinceramente veo que tiene razón, si el cine es un arte que congrega a otras
expresiones artísticas, el genio sueco supo destacar cada elemento que conforma
un filme para hacer obras imperecederas y en el guión y dirección plasmó un
discurso personal que de mucho sirve para entender la condición humana.
AVG