(a la Luna)
La muchacha de la voz cálida como manos tibias desenredó mi madeja. Tardó, exactamente, una milésima parte del tiempo que yo había empleado para embrollar en esa maraña los retales más desvaídos de mí mismo.
Con la frente alta, el gesto sereno, la mirada firme de quien sabe que no tiene nada que ocultar, arrancó con delicadeza cada nudo de tela mugrienta y descolorida, y fue poniéndolos todos con cuidado, con humildad, delante de mis ojos para que sintiera vergüenza de este síndrome de Diógenes que me hace acumular flagelos hechos con el cuero de mis miedos, con los cuales me azoto a mí mismo y fustigo a mis semejantes en una orgía de orgullo que yo mismo originé.
Y, a la vez que me guiaba por las calles oscuras de mi laberinto interior, levantado con muros de larvas fracasadas en su intento por transformarse en mariposas, la muchacha me instruyó sobre el horror instintivo que mis propios temores despiertan en los demás cuando los lanzo a sus caras, y me mostró una pequeña espada clavada en el corazón de su pájaro azul, dándome este ultimátum: "el pájaro sanará, pero te lo advierto: no vuelvas a esgrimir ante sus tiernos ojos otra de tus dagas, no quieras mostrar ni tan siquiera el brillo de su metal".
¡No me sueltes la mano, muchacha de voz cálida como manos tibias, pues tengo miedo de mis miedos!