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-No, no y no. Yo siempre
he estado solo. Porque cuando uno no consigue llegar a ningún lugar
no encuentra nada.
-Papá, claro que has
conseguido cosas. No digas tonterías...
-Mire, yo a usted no la
conozco de nada. Creo que usted está mal de la cabeza porque yo no
soy su padre. Nunca tuve hijos y... y ya no me acuerdo lo que quería
decirle.
-Papá, por favor, no
seas tan descortés. Llamarle a tu hija “loca” no es nada
gratificante. Debería aprender a ser un poco más amable.
-¿Cómo pretende que sea
amable una persona con tanta mala fortuna como yo? Pamplinas
muchacha, usted no entiende nada de sufrimiento. Si quiere que sea
cortés le invito a que se vaya por donde ha venido.
-Viejo gruñón- musitó
en voz baja como riéndose-. No se de qué te quejas. Tu mujer era
una gran belleza, tus libros de lo más leído. Amabas a tu hija
sobre todas las cosas...
-¿Sabe a qué hora
comeremos?-volviendo a interrumpir-. Tengo hambre.
-Tonto, pero si acabo de
darte la comida.
-Pues yo tengo hambre.
Señora enfermera, ¿le he explicado alguna vez mi gran fracaso?
-Papá, no soy la
enfermera. Soy tu hija.
-Como usted quiera. ¿Sabe
señorita? Yo siempre he estado solo y en todo he fracasado.
-Mamá no me explicó lo
mismo.
-¿Quién es tu madre?
-Irene.
-Yo conocí a una Irene.
Todos los días la esperaba delante de la fuente anhelo. Y todos los
días le regalaba mis escritos. Pero, de repente, un día me dejó
plantado y no la volví a ver más y todo dejó de tener sentido de
repente.
-¿Cómo dice que se
llamaba de apellido esta Irene?
-¿Qué Irene? Yo conocí
a una Irene y se apellidaba López. Era tan bella que yo sólo me
atrevía a versar para ella.
-Irene me contó todo de
ti cuando yo era muy pequeña.
-¿La conocías? Cuenta
chiquilla, cuenta.
-Me contó que a ella le
sorprendían tus textos y que en cada verso podía leer algo de tu
alma pero que nunca se desentrañaba del todo nada de lo que
contabas...
-Sigue, sigue.
-También me explicó que
tendías a la crueldad para ilustrar tus ideas, que ella no lo
acababa de entender y que para tranquilizarla le comentabas que
cuando hablabas de guerra no te referías a la guerra, quizás te
referías al azar o a un pez bengala. Que cuando hablabas de
dominación te referías a las circunstancias o a unos zapatos o,
peor aun, podías referirte a un gotera encallada en el mar. Que nada
de lo que escribías remitía a lo que escribías salvo una
excepción...
-Cuando hablaba de ella
sí que hablaba de ella y de nada más. Porque su belleza era
directa, porque mis versos querían imitar su estructura. Cuando
hablaba de Irene hablaba de amor pero en el fondo hablaba de Irene.
-Exacto, papá. Te
acuerdas, ¡todavía te acuerdas!
-Claro que me acuerdo.
Soy viejo pero no tonto, nunca olvidaré aquellos momentos. Amo a tu
madre sobre todas las cosas y a ti, Lucía, tanto como a tu madre.
Nunca os olvidaré, no al menos en el fondo de mis versos donde la
memoria es, todavía algo más que memoria.
-¿Quieres que vayamos a
dar una vuelta por el patio?
-Claro que sí. Por
cierto ¿a qué hora comemos?
-Acabas de comer.
-Pues yo tengo hambre
señorita. Por cierto, le he contado alguna vez que mi soledad y mis
fracasos son imperdonables...
Romaní para Corita por los regresos; para M.J. para que los textos nunca digan lo que dicen; para Sofía por llamarse suerte; para rivera ruborizado y para Paola por que sí.
