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El olor a maíz era lo
que todo el mundo, al pasar por Campredó, recordaba. Un pueblo
emboscado por altas chimeneas que esputaban algún vapor travestido
de azufre y, sin embargo, el maíz era lo único que recordaban. Nada
fácil de explicar. Bueno, no tan difícil si se tiene en cuenta que
en aquella tierra extraña habitaba con su pipa el viejo y
meditabundo Julián el del Mas, de los del Mas de toda la vida.
Las historias
hiperbólicas allí dejaban de serlo cuando Julián y su pipa
regalaban bocanadas de humo de maíz a los transeúntes. Nadie
conseguía recordar de Campredó nada más y nada menos que al viejo
“del Mas” y su peculiar olor que teñía el aire de una extraña
calidez liviana. Curioso quizás, pero no tanto si se tiene en cuenta
que el viejo Julián de joven había conseguido demostrar la
existencia del alma para bochorno de los más creyentes.
Es conocido por los menos
exigentes que hace muchos años, cuando “el viejo” contaba 24
años, cuando todavía merodeaban por aquellas extrañas tierras
lobos de 3 cabezas y la hermosura se medía con baladas varadas,
nadie pensaba en nada más que en trabajar. Nadie a excepción de
Julián; quien solo se interesaba en contar, una a una, las gotas del
río que pasaba por delante de su extravagante maizal.
Las doncellas, solo las
más inteligentes, se dieron cuenta en seguida que el eterno contador
de gotas de agua itinerante era especial. Sí, diferente y eso les
atraía. A pesar de la fascinación desorbitada solo una se atrevió
a acercársele. En seguida le demostró que estaba en lo cierto
cuando al intentar hablarle él se subió a una higuera para poder,
según sus propias descripciones, estar a su misma altura. No
importaba que nadie le entendiera. Él tenía sus reglas y a aquella
chica le valieron y comenzó una bacanal de frases. La conversación,
de una dignidad moral casi enfermiza, se desarrolló con total
desorden tal y como era normal y tal come debía ser.
Pasaron los días y
Julián no bajaba de la higuera. No podía porque la chica no se
movía de su lado. Tampoco podía contar sus gotas de río porque la
conversación que ella le regalaba era demasiado digna como para
atender asuntos menores. Las noches se hacían añicos, cada vez más
fugaces. Los días se apagaban una y otra vez, cada vez mas cortos.
Bueno una y otra vez hasta que la perspicaz chica le pidió la mano.
El silencio se hizo carne
e izó sus banderas hasta casi llegar al cielo. Julián que era
cortés pero no valiente no sabía como quedar bien con la mujer sin
perder, por ello su mano. Las miradas se cruzaban como si de balas en
una trinchera se trataran. La única alternativa que veía el joven
“del Mas” era regalarle su alma, cosa de la que sería solo capaz
un chiflado.
Regalar el cuerpo era
fácil, bastaba con no pensar y dejarse llevar. Por necesidad o por
vicio, daba igual. Pero ofrecer el alma eran palabras menores, de una
frecuencia tan baja que ningún humano sería capaz de escucharla.
Julián se atrevió a hacerlo quizás porque estaba loco pero también
porque creía que el alma era una invención, una mentira pequeña y
piadosa sin ánimo de ofender a nadie aunque, al fin y al cabo,
inútil.
La dama, cuyo nombre
permanece en el anonimato por voluntad del ya viejo Julián, ni
siquiera se extrañó por lo raro del asunto. Al contrario, su
alegría se desbordó. De hecho y casi habiendo echado raíces
después de los casi dos años de conversación seguida, empezó a
correr alejándose de la persona que creía que más amaba en este
mundo. Solo consiguió pronunciar: “Cuidaré tu alma”.
Julián permaneció en su
árbol, temía empezar de nuevo a recontar las gotas de agua. También
temía que el alma existiera y que si alguna vez ella se proponía
destrozarla se le cayera a él una pierna o el brazo izquierdo. Que
si ella sacudía el pote en el que él había depositado su espíritu
a él se le rompieran los dientes o que se le descolocara el cuello.
Tan ensimismado estaba que cayó de bruces al suelo. Su reloj se
paró, su miedo se encabritó al volver a poner los pies en el suelo.
El alma existía, eso me
contó mi abuelo Julián. No se lo contó nadie, ni se volvió loco,
ni nada de eso. Descubrió que tenía alma cuando al caerse del árbol
no solo estaba el pote que le había regalado a la joven si no que
además había otro pote, el que sin querer él le robó a ella.
Desde entonces solo me acuerdo del olor a maíz aunque otros olores
acudan a violentarme. También me acuerdo de cuando me contó que en
realidad en el río solo hay una gota de agua como en un cuerpo en
realidad solo hay una alma, o quizás dos.
Roman Aixendri Cugat, un loco a diez metros bajo cero y menos que inspirado, transpirado y pirado.