..
....
..
Ni siquiera había
aprendido a deslizarme por entre tus manos. La luna, acunada por
Lorca, nos sonreía procurándonos sus más buenas intenciones. Una
fina escarcha caía danzando hasta conseguir besar las flores, hasta
teñirse de blanca sombra mimetizando el parpadeo de cada una de las
miles de estrellas que en el cielo tamborileaban silenciosamente.
Mis gafas pánicas se
habían roto y tú, mi único faro, me guiabas hacia tu vientre, el
más delicado de los frutos que jamás alguien se atreviera a
saborear una y otra vez hasta la saciedad. Tú erguida y titiritando
por entre los límites de mi locura y yo buscándote sondeando el
norte más interesado por tu olor que por tu luz.
Las olas, todas, me
dirigían a ti. Me imaginabas como una flecha tentando a Aquiles a
ser más veloz, luego la quietud de tus oscuros ojos, la luz más
hermosa del mundo. Tú mi faro, yo tu barco en un breve periodo de
tiempo en el que un latido no llega a ser más que su propio eco. Me
gusta cuando sonríes descalza danzando y dando vueltas como la luz
de un faro que atrae miradas.
Tú te sonrojas y te
sorprendes de mí. Me comparas con un caracol, me contrapones a
Heidegger. Sonríes porque siempre llevo a cuestas mi propia casa con
una suerte de egocentrismo que ralla lo autista. Pero tú me alejas
de mí, mi océano se convierte en puerto cuando divisa el perfume
que de tus tobillos se diluye un ardor que me invita recorrer tus senos. Yo siempre soy el
más lento porque llevo mi mundo a cuestas. Tú siempre tan ligera,
flotas.
La fiebre se ha enamorado
de ti y te muerde porque solo entiende de canibalismo. Tu ardor me
excita y te lamo para que se compense la temperatura, tu calidez no
se apaga. No conozco el fin y me digo, “todavía no, todavía no”
porque no hay nada más bello que rozar tu bello púbico en privado y
allí posar como lo haría un cabello sobre un prado. En ésta, tu
última noche el silencio se hace carne y tus vaivenes le susurran a
Bach sus pequeñas sinfonías, rasgando el tiempo.
“Hola, adiós, un beso”
rezas mientras buscamos sincronizarnos al menos durante el pestañear
de un segundo. Te vas, te alejas y vuelves hacia mí corriendo.
Contracciones y distracciones. Todo se nubla a tu alrededor, yo ya
dejé de ver nada. Pienso luego en los himenópteros capaces de
copular con una flor por responder a sus estímulos y entiendo la
ceguera en la que estamos inmersos, tú y yo.
No sé siquiera qué
eres, te rozo y alcanzo a comprenderlo. Te huelo y me excito dentro
de tu sagrado vientre una y otra vez. Te beso y me erizo y tú
siempre dando vueltas como la tímida luz de un faro. Mi mano busca
tu nuca y roza un cristal, son los restos de mis gafas que tú
mansamente estás recomponiendo para que te reconozca y el orgasmo
acude a ti en el mismo momento en que me pones mis nuevas gafas.
Me asusto, sonríes.
Eyaculo, te reconozco. Vienes a por mí, con tu veneno, con tus
deseos de sangre después del amor. Decido aguantar, seguir
abrazándote, no terminar nunca de hacerte el amor. El acto perpetuo a lo Sísifo me mantendrá en un eterno retorno porque sé que
mientras esta danza no acabe tú me seguirás amando y yo seguiré en
tu vientre una y otra vez bombeando para poder seguir naufragando
en ti, tú que eres mi faro.
Roman Aixendri alborotado, y más si escuchan nuestra "balada anhelo".