..
....
..
-Cariño, por favor. Podrías dejar de comer, ¿no te parece?
-Si me dejaras al menos
besarte podría parar, pero es que como eres tan casta tengo que
complacerme de algún modo.
-Yo te beso, no paro de
hacerlo, pero es que tú no paras de comer y me provoca nauseas
besarte en la boca con toda esta carne ensangrentada corriendo por
entre tus encías.
-Cada uno tiene sus
defectos y creo que deberías empezar a soportar los míos. Lo
siento, es que no puedo parar de comer, ni de besarte tampoco. Te
amo- manifiesta mientras eructa-.
-¿Lo ves? No tienes
perdón. Te odio.
-Y yo te amo, sí te amo,
como amo toda esta carne que circula por entre mis adentros- una
ventosidad se precipita por entre sus piernas-.
-Si yo también te amo,
pero es que no me gusta el sabor a tormenta que respiran tus labios
cada vez que intento fundirme y confundirme contigo. Ya no siento lo
mismo que antes.
-¿No sientes lo mismo?
¿Por qué no me lo habías dicho antes?
-Porque temía herirte,
porque te quiero a rabiar pero ya no me excitas y creo que yo a ti
tampoco.
-Sí, sí que me excitas.
Por supuesto. Si lo dices porque ya no se me levanta puedo
explicártelo. No se me levanta por exceso de placer y de respeto. Mi
apreciado pene no clama al cielo por modestia, prefiere arrodillarse
ante tu belleza, agachar la cabeza frente la inmensidad, como si
fuera a desmayarse para pedirte socorro.
-Y yo siempre vengo a
socorrerte pero no pareces recuperarte. ¿Sabes? Resulta muy
desagradable acudir a ayudar a tu glande y que en plena caricia se
abalance sobre mí un cráneo. Ponte en mi lugar, por favor...
-Es difícil, sabes.
Sobre todo si no aceptas la propuesta de cosernos cuerpo a cuerpo uno
con el otro para poder estar siempre juntos como fue al principio.
Sabes que así dejaría de comer para no dejar de besarte nunca.
-Con lo que te gusta la
carne dudo que dejaras de comer.
-Pero tu clítoris me
gusta más, lo juro, dejaría de comer, te lo prometo, si nos cosemos
el uno al otro, la única carne que tocará mi lengua será tu cielo.
-No, cosernos no. Hay
otras soluciones menos radicales. Aunque me chifle tu pedazo de carne
no podría estar besándolo hasta la saciedad. Nos acabaríamos
aburriendo el uno del otro y no podríamos siquiera intentar dar
marcha atrás.
-Pues yo no veo otra
solución. Sabes que soy adicto a la carne. Tú y la comida sois lo
único necesario para mí.
-Pero al menos, podrías
probar de no comer carne fresca- susurró a modo de súplica mientras
su mano tocaba con el dedo índice el asta de su amante-.
-No puedo, me chifla la
carne fresca.
-Bueno, vale, qué comas
carne fresca también pasa. Lo que no soporto es escuchar los gritos
que profieren tus alimentos- le besa el glande-.
-Es que si no los mato al
instante se resecan muy rápido, a mi me gusta la carne muy fresca.
-Pero es que casi me
parece escuchar sus suplicas. Estos bichitos se parecen tanto a
nosotros que me asusta- se traga toda su tranca-.
-No me dirás que te dan
pena. No seas tonta, estos bichos, los saco yo de la tierra sin
ninguna resistencia, ni siquiera tienen conciencia de lo que les va a
pasar- se traga una costilla sin casi morder y se corre-.
-Te quiero, sí. Sobre
todas las cosas, pero creo que deberías dejar de comer ¿humanos? O
vas a engordar tanto que dejaré de quererte y querer frotarte y
besar tu sexo.
-Lo haré por ti, creo
que podré dejarlo. Te amo tanto que solo me apetece fornicar
contigo.
-Yo también te quiero,
anda deja de cultivar humanos y zambullámonos en una procesión de
silencios misericordiosos.
-¿Cariño?- metiéndole
un dedo en el coño-. ¿Y con los que quedan en el corral que hago?
-Quizás si les dejas
libres, podrías construirles un hogar. Yo creo que con siete días
tendrías suficiente...
-¿Siete días sin follar
contigo? No. Qué les jodan, ya se apañarán- busca dentro de sus
entrañas el mecanismo que dispare su placer-. Les daré una manzana
para que se apañen y que se busquen ellos la vida.
-Gracias por ser tan
misericordioso- se corre-. Por ser tan, ah, tan comprensivo, tan, ah,
tolerante. Tú que eres mi trono, me contraigo ante ti, ah.
-Ahora que los he dejado
marchar prométeme que de vez en cuando volverás a dejarme comer
alguno. Después de cada acto, cuando estemos cansados podré probar
algunos. Serán mi almuerzo.
-De acuerdo. Lo prometo,
¿seguimos?
-Sigamos.