Apenas colgué el teléfono agarré mis maletas, metí todas mis cosas, me di una ducha y llamé un taxi para que fuera a buscarme; abrí lentamente la puerta, tratando de meter el mínimo de ruido, y vi que Frankie se había dormido sobre el sofá, roncando fuertemente. Me fui a la cocina, me hice algo de desayuno y, mientras me tomaba mi café encendí el televisor, tratando de pensar lo menos posible en lo que pasaría con mi vida de ahora en adelante; de repente, vi que Frankie comenzó a moverse, se levantó y me miró, frotándose los ojos, yo ni siquiera me inmuté. Él se levantó y caminó hacia mí, apagó el televisor y se sentó frente a mí, tomando mis manos entre las suyas, sin ser capaz de levantar la vista.
- ¿Becky, mi amor? –musitó, con voz de arrepentido.
Yo no contesté nada, ni siquiera lo miré, seguí con la vista perdida en algún punto del horizonte.
- Becca, por favor no me ignores, por favor dame una sola señal de que puedes llegar a perdonarme algún día…
Estuvimos mucho rato así, él rogándome que le hablara y yo tratando de resistir, hasta que por fin sonó mi celular; era el taxi para decirme que ya estaba en la calle.
- Gracias, bajo enseguida.
- ¿No necesita que la ayude con sus maletas? –me preguntó el taxista.
- No, son pocas cosas, yo puedo bajarlas.
Colgué el celular, me levanté de la silla y me dirigí al dormitorio, agarré las maletas y miré todo por última vez; unas lágrimas rodaron nuevamente por mis mejillas pero me las sequé, respiré hondo y salí, quedando frente a Frankie nuevamente, quien al verme con mis cosas en la mano abrió los ojos de par en par.
- ¿Becky, qué significa…?
Sin decirle nada, pasé por su lado y me dirigí a la salida, pero me detuve antes de salir del departamento por última vez.
- Adiós, Frank… -musité, ahogada en llanto.
Antes de darle tiempo a Frankie de reaccionar, abrí la puerta y salí, corrí hasta el ascensor, bajé al primer piso y metí mis cosas al taxi, me subí y le rogué al chofer que se pusiera en marcha a toda prisa; comencé a llorar desesperadamente otra vez, tratando de calmarme, pero sencillamente no podía.
- Señorita, ¿se siente bien? –me preguntó el chofer, preocupado al verme en ese estado.
- Sí… -dije, tratando de calmarme- Por favor lléveme al aeropuerto, apúrese.
Lentamente me fui alejando de Nueva York, y ese sueño hermoso que tuve de formar una familia y nunca más estar sola comenzó a desvanecerse poco a poco, a medida que me alejaba de Frankie… Todas las ilusiones, todos los sueños y todos los momentos se vieron reducidos dramáticamente a la nada.
- Becca, vamos, ya es hora de levantarse. –Candace me remeció suavemente.
- Tengo sueño. –gruñí, poniéndome una almohada sobre la cabeza.
- No puede ser, son más de las tres de la tarde. Vamos, quiero que vayamos de comprar, faltan cosas en la tienda.
- Ve tú sola. –volví a gruñir.
- ¡Ya basta, saca tu maquinaria de la cama, muévete a la ducha y me acompañarás a salir, no puedes pasarte todo el día durmiendo!
Al ver mi nula reacción, Candace se molestó y se dirigió a la sala de estar, para ejecutar medidas algo mas drásticas; fue a buscar a Jimmy, nuestro otro amigo, y los dos juntos me sacaron de la cama, me llevaron a la ducha y dieron a correr el agua fría, para ver si despertaba, pero su gesto sólo consiguió enfadarme aún más de lo que ya estaba y comencé a lanzar golpes al aire, tratando de descargar mi rabia contra algo o alguien.
- ¡Déjenme en paz, maldita sea! –grité...
- ¡No vamos a sentarnos a ver cómo te conviertes en una idiota depresiva, Becca, olvídalo! –dijo Jimmy, tratando de hacerme reaccionar.
Salí de la ducha con los ojos aún cerrados y, sin siquiera ponerme algo seco, volví a meterme a la cama, cubriéndome con las colchas hasta los ojos…
Había pasado una semana desde que había vuelto a Los Angeles desde Nueva York, y había estado así desde entonces; no me levantaba en todo el día, no comía nada, no me cambiaba ropa y para qué hablar de tomar una ducha; tal vez sonaba asqueroso, pero ésa era mi realidad en aquellos momentos de depresión y desilusión. En cuanto a Frankie… bueno, sabía que me llamaba todos los días pero yo nunca contestaba el teléfono, porque estaba siempre durmiendo o fingiendo que lo hacía, así que Candace hablaba con él y le contaba cómo estaba yo, claro que omitía esa parte de que no comía ni me bañaba y que dormía todo el día; sabía que él siempre le decía que me dijera que lo perdonara, que volviéramos a intentarlo y que por favor no echara por la borda tantos momentos hermosos que habíamos pasado juntos… Claro, de un momento a otro la culpa era mía por soberbia, por no ser capaz de perdonar, ¡por favor! Si había algo que yo no tranzaba era mi orgullo, no había dejado que mis padres pisotearan lo que yo era cuando aún era niña, y menos lo haría ahora que era una adulta autosuficiente.
- Becca, vamos, te va a hacer bien salir un rato… -susurró Jimmy, tratando de convencerme.
- ¡Déjenme sola! –chillé.
- Si no vas con nosotros no nos moveremos de aquí, así que de todas maneras no te dejaremos sola; y más te vale salir a hacer compras, porque nos estamos quedando sin tinta y sin agujas quirúrgicas para los piercings. –agregó Candace.
- Ustedes saben dónde hay dinero, dónde compro siempre y saben todos los precios, ¡ahora váyanse y déjenme en paz!
A pesar de que di una pelea férrea, Candace y Jimmy lograron sacarme de mi hermetismo, me convencieron de ducharme por mi propia voluntad, y ya una vez que me sentía un poco mejor agarramos nuestras cosas y salimos; llegamos al centro de la ciudad en apenas unos minutos, pasamos por los mismos boulevards que siempre frecuentábamos, donde se vendían los insumos para las tiendas de tatuajes y perforaciones, los chicos se encargaron de comprar todo, yo sólo me senté a mirar por la ventana, y me detuve en un parque que estaba cerca, una pileta de agua cristalina donde algunos niños trataban de capear el calor, y recordé muchas cosas…
- Becca, ya vámonos. –dijo Jimmy.
- Una vez Frankie y yo hicimos un pic-nic en ése parque… -dije, apuntándolo con un dedo- Llevamos una botella de vino blanco y el muy idiota se golpeó la nariz con el corcho, cuando abrió la botella…
- Oh Becky, ya no te pongas así… -Candace me abrazó.
- Y… y una vez metimos los pies a ésa pileta, donde están esos niños, pero el guardia del parque nos hizo sacarlas e irnos, fue tan vergonzoso…
- Becca, ¿quieres decirnos algo? –musitó Jimmy, con voz suave.
Miré a mis amigos, con mis ojos arrasados de lágrimas.
- Lo extraño demasiado… -musité, con la voz ahogada- ¿Por qué tuvo que pasarme una cosa así?
Sin poder evitarlo, me largué a llorar como una niña chica, al tiempo que mis amigos me abrazaban y me sacaban de la tienda, pues ya todos comenzaban a mirarme extrañados; caminamos hasta un Starbucks cercano, lo cual me provocó aún más nostalgia, pues recordé las tardes de cafés con Mikey, Ray, Bob y mi Frankie y más pena me dio. Al parecer todo me recordaba a Frankie, incluso cada fragmento de mi propia ciudad, de mi propia casa, mi propio cuerpo me pedía a gritos que volviera con él y olvidara todo, pero mi mente y mi orgullo eran mucho más fuertes; nos sentamos, pedimos unos cafés y comenzamos a beberlos en silencio.
- ¿Sabes, Becca? Tal vez deberíamos tomarnos vacaciones, los tres. –sugirió Jimmy, dándole un sorbo a su café.
- Es buena idea, tal vez debamos irnos a México, a pasar unas noches de fiestas desenfrenadas. –Candace se largó a reír.
- No quiero tiempo libre, necesito tener la cabeza ocupada. –dije, con voz lúgubre.
Hasta ahí llegó la idea de las vacaciones para nosotros, Jimmy y Candace se miraron y se encogieron de hombros, bebiendo sus cafés, al tiempo que yo me quedaba con la vista perdida en algún punto del horizonte; no quería poder pensar, al menos ahora no estaba trabajando porque me pasaba el día durmiendo, pero si íbamos de vacaciones estaría obligada a salir con los chicos, a dar caminatas por la playa y ese tipo de cosas cursis, y no podría evitar que el recuerdo de Frankie llegara a mi cabeza de un momento a otro, no quería permitirme ni un momento de cuestionamiento en mi cabeza acerca de mi decisión de terminar con Frankie definitivamente, y sabía que teniendo tiempo para pensar la idea daría más que una ronda a mi mente.
Volvimos a la casa a eso de las ocho de la noche, los chicos prepararon tacos, comimos y luego ellos se dispusieron a bajar a abrir la tienda, pero yo los detuve.
- Voy a ir con ustedes, mis clientes deben extrañarme. –dije, lavándome los brazos.
Candace y Jimmy me miraron, sorprendidos, e hicieron un pequeño gesto triunfal; bajamos los tres, abrimos la tienda y nos pusimos a trabajar, como todas las noches, como siempre debía ser, y entonces me di cuenta de que comenzaba a dar mis primeros pasos para dejar la horrible experiencia vivida con Frankie atrás en el pasado y dar vuelta la página, pero en ese momento no contaba con que el Enano tenía de perseverante y molestoso lo que yo tenía de tozuda y porfiada…
A eso de las doce de la noche el negocio iba a toda marcha; teníamos varios clientes, los tres estábamos ocupados, yo le estaba haciendo una perforación en la ceja a un chico gótico, cuando sentí que un auto se estacionaba afuera, así que le pedí a Candace que fuera a echar un vistazo, a ver si venía más gente. Mi amiga salió un breve momento, Jimmy fue tras de ella, y de repente volvieron los dos, con cara de susto.
- ¿Qué pasa? –pregunté, sin dejar de mirar lo que hacía con el piercing.
- Becca, creo que tienes que venir con nosotros. –musitó Jimmy, inexpresivo.
- ¿Qué sucede? –dije, levantando la vista.
Candace me hizo un gesto con una mano, para acercarme a ellos; acabé de poner el piercing, me saqué los guantes y fui con mis amigos a la entrada… Grande fue mi sorpresa cuando, frente al aparador, vi a Frankie, con la cara llena de seriedad. Me quedé completamente impávida, sin saber qué hacer ni decir.
- Creo que lo mejor es que nosotros sigamos atendiendo, Becca; no te preocupes. –dijo Candace, amablemente.
- Sí… -agregó Jimmy- Ustedes dos podrían subir al departamento o…
- ¿Qué se te ofrece? –pregunté, con la voz vacía y desconocida.
- Vengo a hacerme un tatuaje. –respondió Frankie, como la primera vez.
- Esta noche no hacemos tatuajes, sólo piercings, así que tendrás que ir a otro local.
- Bueno, hazme una perforación, me da igual. –dijo él, con naturalidad.
Me molesté demasiado al comprobar que Frank no cambiaba, seguía siendo el mismo fastidioso incansable de siempre, el mismo niño antipático que había conocido, así que intenté volver adentro, pero mis amigos me detuvieron.
- Becca, por favor no seas inmadura… -susurró Jimmy.
- Atiéndelo, tú sabes que te mueres por hablar con él también, ustedes dos se deben otra oportunidad. –agregó Candace, regañándome.
- Ya basta, no tienen por qué meterse ustedes dos… -susurré, enojada.
- ¿Qué pasa, acaso ése tipo de local es éste, donde le dan la espalda a los clientes y se ponen a murmurar en su presencia? –dijo Frankie, molesto.
Me volteé hacia él y lo miré con rabia; podía aguantar que se metiera con cualquier cosa, ¡pero de la calidad del servicio de mi tienda nadie hablaba, nadie lo pondría en duda jamás!
- Pasa a la zona quirúrgica, estoy contigo en un momento. –respondí, mirándolo fijamente a los ojos.
Frankie pasó por mi lado, sin dejar de quemarnos con la mirada, e intencionalmente rozó su mano con la mía, en un contacto que casi me hizo estremecer; no iba a dejar que el Enano me amedrentara, pues yo, Rebecca, nunca me había apocado frente a nadie, y ésta no sería la primera vez.
- ¿Qué quieres hacerte? –pregunté, una vez que me había sanitizado las manos y puesto los guantes.
- Quiero una expansión en la oreja derecha, de unos dos centímetros. –respondió él, sentándose en el sillón de intervenciones.
Tomé la bandeja con las agujas y el expansor, lo miré fijamente y luego miré a Frankie, que ladeó su cabeza hacia la izquierda, cerró los ojos y se aferró fuertemente al sillón, apretándolo; acerqué la silla hasta su lado, y le corrí el cabello hacia atrás, dejando al descubierto ese tatuaje con forma de escorpión que tenía en el cuello, justo debajo de la oreja derecha. No pude evitar el recordar la noche en que le había hecho ese tatuaje con forma de escorpión, cuando habíamos formalizado en algo nuestra relación apenas dos meses después de habernos conocido, le hice ese tatuaje y después hicimos el amor desenfrenadamente, justo encima de ése sillón donde él yacía ahora, completamente ajeno y distante a lo que habíamos sido hacía tan poco tiempo, apenas una semana atrás. Me puse sumamente nerviosa al recordar todas esas cosas, tanto que se me cayó el expansor al suelo, y tuve que levantarme a recogerlo y limpiarlo; gruñí, algo molesta, fui hacia el lavamanos que teníamos en la sala quirúrgica, pero justo cuando lavaba el aparato sentí que Frankie se incorporaba en el sillón.
- ¿Todo está bien? –preguntó.
- Siéntate y cállate. –ordené, casi gritando.
El Enano se sentó en silencio, y volvió a ladear la cabeza hacia la izquierda, yo volví a acercarme a él con el expansor en la mano, pero justo en el momento en que le tomaba la oreja a Frankie para meter el expansor por la perforación de su lóbulo derecho él giró la cabeza hacia la derecha, mirándome a los ojos.
- ¡Tonto, casi te entierro el expansor en un ojo! –exclamé, asustada.
- No me habría importado si lo hubieras hecho… -dijo, sentándose y acercándome a él- Pero por favor, deja ya este hermetismo, dime algo, golpéame, grítame, escúpeme, ¡sólo te imploro que reacciones Becca, por Dios!
Me quedé sin saber qué responder ante tan extraña petición, si hubiera sido por mí le habría caído encima a golpes a Frankie, lo habría dejado noqueado y luego me habría colgado de su cuello y habríamos hecho el amor para siempre, pero nada de eso coordinaba muy bien, así que descarté la idea; miré al vacío, sin saber qué decir…
- ¡Rebecca, dime que me odias, dime que me perdonas o que me amas, pero dime que aún sientes algo por mí, por favor! –rogó Frankie, con angustia.
- Recuéstate para ponerte la expansión, tengo más gente que atender. –respondí, mirando al suelo.
Frankie me miró un momento, luego bajó la mirada también y volvió a recostarse, girando la cabeza hacia la izquierda; en el momento en que sujetaba el lóbulo de su oreja, un coraje enorme salió de dentro de mí, fue una sensación incontrolable y gigantesca… sin pensarlo demasiado, tiré el lóbulo de su oreja y le encajé el expansor en la perforación, con violencia, abriéndole la oreja por lo menos unos cuatro centímetros; Frankie gritó, adolorido, apretándome una pierna, y luego se soltó en el sillón, gimiendo de dolor.
- ¿Por qué hiciste eso? –musitó, casi sin voz.
- ¡Porque tengo mucho coraje contigo, maldito! –dije, al borde de las lágrimas.
- ¿Tenías que arrancarme la oreja para decir eso?
- ¡Por qué te acostaste con ella, Enano del demonio! –grité, dándole un puñetazo en un brazo- ¡Íbamos a casarnos, Frankie, por qué me engañaste!
- ¡Fue una tontería sin importancia, Becky, yo nunca quise engañarte! –exclamó Frankie, asustado al ver que unas gotitas de sangre caían de su oreja desgarrada.
- Frankie, te encontré a punto de tener sexo con tu ex novia, ¿qué esperabas que hiciera? –pregunté, con los ojos llenos de lágrimas.
- Mi amor… -Frankie trató de abrazarme, pero lo rechacé violentamente.
- ¡No me pongas las manos encima, Iero! –chillé, sollozando.
- Está bien, está bien… -Frankie suspiró, tratando de poner la cuota de cordura en esa engorrosa situación- Mira, yo necesito curarme la oreja, y además tenemos que hablar, ¿por qué no vamos a tu casa, y ahí discutimos con más calma?
- Yo no tengo nada que decirte… -me levanté, y abrí la puerta de la sala- ¡Lárgate, no quiero volver a verte!
- Rebecca, ¡no seas tonta, ya déjate de niñerías y escúchame! Sé que cometí un grave error, ¡pero al menos dame una oportunidad!
- ¡Sal de mi negocio, Frank, no quiero verte nunca más!
Frankie me miró con expresión de tristeza, y agachó la cabeza; yo no quería mirarlo, por miedo a doblegarme de alguna manera ante él, pero tenía que saber ser fuerte y resistir la pena que me provocaba todo lo que estaba pasando. Frankie se dispuso a salir de la sala, pero justo cuando iba pasando frente a mí, que estaba de pie junto a la puerta, se detuvo, me tomó de la mano y me atrajo hacia él, besándome en los labios sin darme tiempo de reaccionar; traté de zafarme de sus brazos, pero sin hacer ni siquiera el más mínimo esfuerzo, el Enano me doblegó con el roce de sus labios, en el beso más dulce y tierno que me han dado en toda mi vida… Fui cediendo poco a poco, cerré mis ojos y le seguí la corriente, rodeé su cuello con mis brazos y me entregué a sus caricias, al tiempo que unas lágrimas rodaron por mis mejillas, lágrimas tibias que él besó suavemente, sin abrir los ojos ni dejar de abrazarnos. Cuando nos separamos, Frankie me acarició las mejillas y, sin previo aviso, se agachó frente a mí, me sujetó de las rodillas y me echó a su hombro, mientras yo chillaba; salimos así del quirófano, a vista y paciencia de todo el mundo, que nos quedó mirando, sorprendidos.
- Becca y yo tenemos que hablar, así que me la llevo para arriba, ¿de acuerdo? –le dijo Frankie a Jimmy y a Candace.
- Pierde cuidado amigo, tómense todo el tiempo que necesiten. –respondió Jimmy, dándole un palmetazo a Frankie en la espalda.
- ¡Frank Anthony Iero, bájame ahora mismo! –protesté, golpeándolo en la espalda.
Frankie y yo salimos de la tienda y nos fuimos a mi casa; ahí en la puerta él me bajó y yo le planté un fuerte empujón, completamente molesta por haber hecho algo tan estúpido como besarme y después "secuestrarme" a mi propia casa; el Enano me miró arqueando una ceja, con esa expresión seductora que tenía siempre conmigo, así que no me quedó otra más que sacar la llave y dejarlo entrar.
Una vez dentro de la casa él se sentó en el sofá, yo puse algo de hielo en una bolsa plástica y se lo pegué a la oreja, para detener la hemorragia que tenía producto de la expansión.
- Déjate eso ahí, no te muevas. –dije, poniéndole la bolsa de hielo con muy poca delicadeza.
- Está bien… -musitó él, con la voz hacia adentro nuevamente.
- Voy a ponerte alcohol después de que pare la hemorragia, y después te vas de mi casa, ¿entendiste?
- No voy a irme hasta que tú y yo hayamos conversado, tenemos temas pendientes.
- Yo no tengo ningún tema pendiente contigo, yo tengo temas pendientes con el hombre con el que iba a casarme, un chico tierno que habría sido incapaz de engañarme… -dije, con rabia en la voz- Ciertamente tú no eres ese hombre.
- ¿Quieres hacerme sentir peor de lo que me siento?
- ¡Es lo mínimo que te mereces, idiota! –chillé, llorando nuevamente.
- Becky… -Frankie se acercó a mí nuevamente, dejando la bolsa de hielo a un lado- Yo sé que tú me amas, porque yo también te amo con todo mi corazón y con todas mies fuerzas. Sé que no me crees, y no te culpo, porque si hubiera tenido que ver lo que viste tú, seguramente estaría igual o peor, pero te ruego que recuerdes que soy humano, cometo errores también, pero nunca he dejado de amarte, y nunca dejaré de hacerlo. Si en verdad quieres que me vaya, dime mirándome a los ojos que ya no sientes nada por mí, y te dejaré en paz, saldré de tu vida para siempre, te prometo que lo haré.
El silencio nos rodeó, yo bajé la vista tratando de tragarme mis lágrimas pero me era imposible, ya no resistía estar así, sin Frankie a mi lado teniéndolo tan cerca. El Enano se acercó a mí, me tomó la mano y me besó el dorso, con lo que finalmente acabé por rendirme ante él; me puse a llorar muy bajito, Frankie me abrazó fuertemente y así estuvimos un buen rato, fundidos el uno en el otro, hasta que él me miró con sus hermosos ojos pardos y volvimos a besarnos apasionadamente, sin querer separarnos nunca más. Luego, cuando dejamos de besarnos, Frankie se arrodilló frente a mí y me tomó la mano.
- Rebecca, ¿quieres casarte conmigo?
Yo lo miré fijamente, me agaché frente a él y me senté, pensando.
- No puedo casarme contigo aunque quiera, Frank. Yo perdí la confianza en ti, y eso es algo que necesita mucho tiempo para sanar… Yo te amo demasiado, no voy a negártelo, pero ya no confío en ti…
Frankie bajó la vista, decepcionado, se llevó una mano a la frente y sus hombros se estremecieron en un leve temblor; volvió a mirarme, con los ojos llenos de lágrimas.
- ¿Qué puedo hacer para que me creas? –preguntó.
- No hay nada que puedas hacer, sólo dame algo de tiempo, el tiempo cura todas las heridas. Yo te amo demasiado, Enano precioso… -sonreí, acariciándole las mejillas- Y lo que más quiero en la vida es casarme contigo y formar una familia, pero para hacer eso tengo que estar bien contigo, y necesito tiempo para extrañarte y volver a creer en ti… Lo siento si no es lo que esperabas, mi amor, pero es todo lo que te puedo dar por ahora.
Frankie me miró, un poco decepcionado, pero logré arrancarle una tibia sonrisa, que me dio algo de esperanzas.
- Después de lo que hice no puedo presionarte, te daré todo el tiempo que necesites. –respondió, entrelazando mis dedos con los suyos.
Frankie y yo volvimos a abrazarnos y besarnos, y nos quedamos juntos esa noche, durmiendo muy juntos, pero nada pasó porque le puse eso como condición también, esperar hasta la noche de bodas. Sin imaginarlo siquiera, el Sol volvía a salir sobre nuestras vidas, ahora todo dependía de mí nuevamente, igual que al principio; nuevamente volvía a tener mi futuro y el de Frankie en mis manos.
Pasaron dos meses desde que Frankie y yo nos habíamos reconciliado, y la verdad de las cosas es que no todo iba como yo pensaba; creí que, después de arreglar nuestros problemas, íbamos a estar más unidos y compenetrados que nunca, pero fue todo lo contrario, y en realidad es que las circunstancias no daban para más: justo en esa época, Frankie debió salir a una gira internacional con la banda, que lo mantuvo en Europa durante todo ese mes, y luego tendrían que recorrer Canadá, México y recién después de eso harían una gira que los traería de vuelta a Estados Unidos. Él me había ofrecido acompañarlo, ir con él a recorrer Europa para estar más cerca, pero justo en esa época, una tarde cualquiera, Jimmy, Candace y yo nos sentamos a conversar acerca del futuro del negocio.
- Creo que ya es hora. –dijo Jimmy, fumando un cigarrillo.
- Sí, ya no podemos dilatarlo más. –agregué yo.
- No lo sé, tal vez será demasiado trabajo. –dijo Candace, algo confundida.
- ¿Por qué dices eso? Tú siempre fuiste la más entusiasmada con la idea de abrir una cadena de tiendas, ¿por qué ahora no quieres? –pregunté, extrañada.
- Es que… -Candace tomó aire- No se los había dicho, pero he estado haciendo algunos trámites y… me aceptaron en la UCLA, para entrar a estudiar Licenciatura en Artes.
Jimmy y yo quedamos boquiabiertos, no podíamos creer que Candace, que siempre había sido tan reacia a los títulos universitarios y todas esas cosas ahora se decidiera a entrar a la Universidad, y para colmo a la UCLA, que era una universidad tan prestigiosa.
- Candace, ¡no puedes hacerme esto! –chillé, alterada- ¡No ahora que quiero abrir una segunda sucursal del negocio!
- Yo lo sé Becca, y créeme que siento dejarte sola, pero es que… es algo que he estado pensando por mucho tiempo, y no quiero seguir postergándolo, o si no se me irá la juventud y las energías. Éste es el momento, no quiero esperar más.
Jimmy y yo nos miramos, y yo suspiré; no podía ponerle problemas a mi amiga justo ahora que estaba a punto de dar un paso tan importante en la vida, el entrar a la Universidad era algo que requeriría de todo su tiempo, necesitaba estar concentrada.
- O sea que… -preguntó Jimmy- ¿Vas a dejarnos?
- Siempre estaré ahí con ustedes, los iré a ver y los ayudaré en lo más que pueda… -dijo Candace, sonriendo- Pero me temo que debo retirarme.
- Si crees que es lo mejor, es lo que debes hacer. –dije- Pero no te preocupes Candace, yo lo entiendo, y créeme que te apoyaremos en todo lo que necesites.
Candace, Jimmy y yo nos abrazamos, emocionados; ahora sólo seríamos Jimmy y yo en el negocio, así que decidí dejarlo como gerente de la tienda en los Angeles a él, y yo me iría a trabajar a la tienda de San Diego, para poder participar a fondo en mi tan anhelado sueño de abrir una cadena de tiendas de tatuajes y perforaciones. Justo en ese tiempo Frankie me pidió que fuera con él a Europa, y por eso me vi forzada a rechazar su invitación.
- No nos veremos en mucho tiempo, ¿te das cuenta de eso? –Frankie me miró con decepción- Tú trabajando en la segunda tienda, y yo metido en las giras…
- No lo veas tan negativamente, Frankie… -dije, dándole un golpecito en el mentón- Yo creo que la distancia podría venirnos bien, nos servirá para echarnos de menos.
- Te extrañaré demasiado, ¿por qué no lo reconsideras? –me pidió mi novio, abrazándome.
- No hay nada que pensar, ya está decidido. –contesté, con determinación.
Frankie no tuvo otra alternativa más que resignarse a mi decisión, así que entre besos y abrazos nos separamos en el aeropuerto de Nueva York, el día en que los chicos partieron a Europa…
Dos meses después, mientras estaba en mi nuevo departamento, en San Diego, recibí una llamada a mi celular: era Frankie.
- Mañana tendremos el show en Los Angeles. –anunció, emocionado.
-¿De verdad? ¡Qué bien! –exclamé, emocionada.
- Supongo que estarás ahí, ¿verdad?
- Como la primera vez en que te vi acá, mi amor. –contesté, coquetamente.
Frankie y yo estuvimos hablando un buen rato, y luego corté el teléfono justo cuando alguien llamaba a la puerta; abrí y dejé pasar a mi amiga Candace.
- Frankie acaba de llamarme. –le conté, mientras le servía un café.
- ¿De veras? ¿Qué te dijo, cómo está?
- Mañana llegan a Los Angeles, y me espera en el show.
- Qué bueno que al fin vuelven, ¿estás emocionada por volver a verlo?
- No lo sé… -suspiré- Me da un poco de miedo volver a verlo, y que las cosas no sean lo que fueron antes…
- Ay Becca, ¡no seas tonta! –chilló Candace- Deja los temores de lado y de una buena vez haz lo que tienes que hacer.
- ¿De qué hablas?
- Tú amas a Frank, ¿no es así?
- Tú sabes que sí, lo amo con todo mi corazón. –respondí, ruborizada.
- Entonces toma las riendas de esto, deja ese miedo ridículo de lado y sorpréndelo.
- Sigo sin entender. –respondí, riendo.
- Mañana, cuando vuelvas a verlo, pídele a Frankie que se case contigo. –Candace levantó las cejas, con expresión sugerente.
- ¿Qué yo le pida matrimonio? ¡Por qué iba a hacer yo una cosa así! –exclamé.
- Porque Frankie está esperando a que tú estés lista para formar una familia contigo, y si le pides matrimonio él se convencerá que todos los fantasmas del pasado quedaron ahí, bien superados.
Miré a Candace, y lo pensé un momento.
- ¿Tú crees que eso es lo que debería hacer? –pregunté, confundida.
- Por supuesto; mañana, cuando se vuelvan a encontrar, toma su mano románticamente y pídele que sea tu esposo.
Candace y yo nos largamos a reír, pero en el fondo de mi corazón me daba algo de miedo, ¿qué pasaría si ya no éramos los mismos, y si este nuevo intento resultaba ser un fracaso rotundo? Candace se fue a su casa, yo bajé a atender a mis clientes y traté de mantenerme lo más ocupada posible, para evitar pensar, pero al final del día, cuando cerré la tienda a eso de las cuatro de la mañana y pude irme finalmente a descansar, una idea surgió claramente en mi cabeza: no importaba si las cosas habían cambiado, si nosotros ya no éramos los mismos, lo único que importaba es que el amor que sentíamos fuera el de siempre, y si habíamos cambiado, de seguro era para mejor, seríamos más maduros y estaríamos más preparados para construir una nueva vida juntos. No me acosté a dormir, llamé a Candace a las siete de la mañana y le pedí que se fuera a toda prisa a mi casa, y que de camino acá pasara a alguna florería que estuviera abierta y me trajera el ramo de rosas rojas más grande de todos; me duché, me arreglé un poco, nunca en exceso, pues sabía que Frankie amaba mi estilo, y cuando llegó mi amiga le pedí que me hiciera un favor.
- Quiero que me tatúes "Marry Me?" abajo del cuello, para que Frankie lo vea.
- ¡¿Estás loca?! –exclamó ella, sorprendida- ¡Es un disparate!
- ¡Ya lo sé, pero quiero que el Enano no olvide nunca este día, porque es el día más importante para los dos! –chillé, agitando las manos.
Candace me miró, arqueó una ceja y suspiró, tomó la pistola, la sanitizó, me limpió la piel del pecho y comenzó a tatuar, se tardó dos horas, el tiempo justo para que saliéramos en dirección al estadio donde los chicos de seguro ya estaban; de camino en el auto me retorcí las manos, como cuando íbamos al primer concierto de My Chemical Romance al que fui, pero esta vez estaba ansiosa y feliz. Cuando llegamos al campamento tomé mi ramo de rosas y caminé con decisión a través del montón de fans que estaban ahí agolpadas, para ver a los chicos; una vez frente a la reja llamé a Brian a su celular, le pedí que fuera a buscarme para que me dejaran entrar y sobretodo le pedí que no comentara nada con Frankie, porque era un absoluto secreto. Esperamos unos minutos y Brian apareció en la reja, creo que en pijamas, nos saludó, me dio un fuerte abrazo y entramos.
- ¿El Enano no sabe que estás aquí? –me preguntó.
- No tiene idea, pero espero que esta sorpresa le guste. –dije, sonriendo.
Cuando llegamos frente a su bus me topé con Bob y Gerard, que estaban abajo bebiendo un café; Bob me abrazó y me levantó en el aire, efusivamente, y Gerard me miró con cara de pocos amigos.
- Qué bueno que estás aquí, Frankie se volverá loco cuando te vea. –dijo Bob.
- Eso espero, y espero que le guste la sorpresa que le traigo. –dije, mostrándoles mi tatuaje.
Bob exclamó emocionado y Gerard ni siquiera se inmutó; me paré frente a él, viéndolo con mirada desafiante.
- ¿Ves esto, hijo de perra? –le pregunté, señalando mi tatuaje- Voy a pedirle a ése hombre que sea mi esposo, y esta vez no importa las artimañas que trames, él y yo vamos a casarnos.
Gerard me miró, encolerizado, pero antes de que pudiera decirme nada Bob lo detuvo y le dijo que me dejara en paz. Después de darme el gusto de restregarle en la cara a Gerard que sus tretas no habían conseguido nada me paré afuera del bus, frente a las ventanas que daban a la parte de los dormitorios, cerré los ojos y tomé aire.< o:p>
- ¡Julieta, abre la ventana y asómate al balcón! –grité, llamando a Frankie.
Mikey y Ray se asomaron, alarmados por los gritos, pero al verme corrieron a despertar a Frankie, que seguía durmiendo; el Enano se asomó a la ventana, y al verme ahí se frotó los ojos, sin poder creer lo que veía.
- ¿Becky, qué rayos…? –murmuró.
- ¡Frankie, por favor… -grité, poniéndome de rodillas y mostrándole el tatuaje y el ramo de rosas- Cásate conmigo, Enano precioso, ya no puedo vivir sin ti!
Frankie sonrió, emocionado, saltó por la ventana afuera del bus y me abrazó, tomándome en sus brazos y girando en el aire, al tiempo que todos nuestros amigos aplaudían, emocionados; luego me bajó, y nos miramos a los ojos.
- Por favor, Frank Anthony Iero… -musité- Acepta ser mi esposo, cásate conmigo.
- ¿Volviste a confiar en mí? –me preguntó.
- Para siempre, mi amor.
- ¡Entonces sí, acepto casarme contigo!
Todo el lugar estalló en aplausos, chiflidos y gritos; por fin había logrado derribar todos mis miedos, por fin Frankie y yo seríamos felices para siempre.
- Muy bien chicos, vamos a cerrar. –dije, avisándoles a los clientes que estaban esperando.
- ¡Pero si aún no nos tatúan, cómo van a cerrar! –protestó uno.
- Hoy tenemos cosas que hacer, es la despedida de soltera de Becca. –les dijo Candace, haciendo cuadrar la caja.
Todos los que estaban ahí, la mayoría eran clientes frecuentes, así que se levantaron y me felicitaron, casi nadie sabía que estaba por casarme nuevamente, todos pensaban que eso ya se había acabado; después de cerrar el local de San Diego, Candace y yo nos subimos a mi auto y nos fuimos a Los Angeles, a casa de Jimmy, celebraríamos mi despedida entre los tres, nadie más. Nos juntamos en la casa de Jimmy, su Mamá nos preparó unos bocadillos, compramos unas cervezas y nos sentamos en la terraza a conversar, con la cálida brisa nocturna rozándonos la piel.
- Por fin dejas el club de los solteros. –comentó Jimmy.
- Sí, ya no será lo mismo sin ti, Becca. –agregó Candace, riendo.
- Siempre será lo mismo, no cambiaré mi forma de vivir porque me case con Frankie, una cosa no tiene nada que ver con la otra. –respondí, bebiendo una cerveza.
- ¿Vas a seguir atendiendo el negocio? –preguntó Candace.
- No creo que te de tiempo estando casada, pronto empezarás a tener niños y vas a tener que atenderlos a ellos. –dijo Jimmy.
- Tal vez no pueda estar siempre ahí, tal vez no pueda tatuar tan seguido como antes, pero nunca dejaré de estar ahí; creo que si tenemos hijos, lo más probable es que en vez de bautizar al bebé le hagamos un tatuaje o un piercing. –bromeé.
Los tres nos largamos a reír, ya algo bebidos; después de un rato hablando del negocio, lancé la primera piedra de lo que sería el inicio de algo que se veía venir ya.
- Bueno, en todo caso ustedes dos se quedarán a cargo de todo, por lo menos sé que Jimmy lo hará.
- Yo podría ayudarte, Jimmy. –dijo Candace, inocentemente.
- ¿De verdad me ayudarías? –preguntó Jimmy, algo ruborizado.
- Ah, creo que estoy interrumpiendo… -dije, carraspeando.
Lo que dije fue sólo por molestar, pero creo que, inocentemente, desaté una chispa entre mis dos mejores amigos, Candace y Jimmy, que los haría unirse más de lo que ya habíamos estado en todos estos años juntos. Seguimos con mi festejo un rato más, hasta que Jimmy dijo que ya era tarde y decidió ir a dejarnos a Candace y a mí a mi casa, pues al día siguiente había una boda a la cual asistir; llegamos a San Diego, y justo cuando nos bajábamos del auto Frankie me llamó a mi celular, así que dejé a los chicos solos y subí primero.
- ¿Dónde estás? –me preguntó mi novio.
- Vengo llegando de mi despedida de soltera. –dije, riendo.
- ¿A esta hora? Son casi las dos de la mañana, Nena… -dijo el Enano, casi regañándome.
- Ya lo sé, pero me voy a dormir ahora… Ya casi no puedo esperar a mañana. –dije, emocionada.
- Yo tampoco, estoy aquí acostado pensando en mañana, en la ceremonia, en todo… Te amo tanto Becky, todo esto me parece un sueño. –dijo Frankie.
- Y pensar que estuvimos a punto de perderlo…
- Te juro que nunca más pasaremos por algo así, Nena… Estaremos juntos hasta que seamos viejitos, y nuestros tatuajes estarán arrugados porque la piel se nos pondrá viejita también.
Escuchar las palabras de Frankie me emocionaba tanto, que unas lágrimas asomaron a mis ojos y mi voz se ahogó de la emoción.
- ¿Becky, estás ahí? –me preguntó Frankie, al ver que no respondía.
- Sí, aquí estoy… -musité, secándome las lágrimas- Ya, basta de tantas promesas ahora, deja algunas para mañana, frente al altar.
- Está bien, ya vete a dormir porque mañana te estaré esperando en la iglesia, ¿de acuerdo?
- Ahí estaré, mi amor.
Frankie y yo nos despedimos justo cuando llegué a casa, abrí la puerta, me metí a la ducha me puse el pijama y me metí a la cama, justo cuando Candace entró con cara de atontada.
- ¿Qué te pasa? –pregunté, arqueando una ceja.
- Nada… -dijo ella, suspirando- Ya tengo pareja para tu matrimonio mañana, Jimmy y yo iremos juntos.
- ¿En serio? Pues qué bien… -comenté, arqueando una ceja, conteniendo la risa.
Mi amiga se cambió de ropa también, se puso el pijama y se acostó a mi lado, y apagamos las luces, casi inmediatamente me quedé profundamente dormida, soñando con mi boda del día siguiente…
Me levanté a las ocho de la mañana, tomé desayuno tranquilamente e incluso tuve tiempo de prepararle el desayuno a Candace también; mientras ella comía, preparé la tina con agua caliente, le eché unas sales de baño y comencé el largo proceso de acicalarme para las seis de la tarde de ese día, hora en la que debía estar entrando a la iglesia. Me metí a la tina y estuve ahí cerca de una hora, tratando de relajarme y quedar lo más perfumada posible para la tarde, de verme renovada y fresca, pero la verdad de las cosas era que ni siquiera estaba nerviosa por la boda, sentía como si hubiese estado preparada para ese momento toda mi vida. Después de que me salí de la tina me sequé con una toalla cálida, me puse ropa lo más cómoda posible y Candace comenzó a hacerme la manicura, justo en ese momento mi suegra, Linda, llegó a verme.
- Vine a pasar el día contigo, por si necesitabas alguna cosa. –me dijo, sonriendo cálidamente.
- Candace está conmigo, no tenías para qué molestarte, Linda.
- De todas maneras, voy a prepararles un rico almuerzo y luego te dormirás una siesta, para que estés lista para la tarde, ¿te parece?
Según lo que yo pensaba, Linda era lo más parecido a una madre que yo había tenido en toda mi vida, ni siquiera mi propia madre, antes de pelearnos, había sido tan amorosa conmigo, siempre tuvimos una relación distante.; en cambio Linda me preparó una comida rica y liviana, y luego nos acostamos las dos en mi cama a dormir un ratito. Yo apoyé mi cabeza en su regazo, mientras ella me acariciaba el pelo tiernamente.
- Linda, gracias por todo… -le dije, emocionada.
- Es lo menos que puedo hacer por ti, querida… Siempre quise tener una hija, y siempre pensé que cuando tuviera una hija sería una chica como tú; gracias por amar tanto a mi Frankie, telo agradezco de todo corazón.
Linda y yo nos pusimos a llorar como un par de tontas sentimentales, nos abrazamos fuertemente y luego nos dormimos un ratito; a eso de las tres y media de la tarde, Candace fue a despertarnos.
- Becca, ya es hora, van a ser las cuatro.
Linda y yo nos levantamos y me metí a la ducha, a bañarme nuevamente; luego salí en bata, me puse la ropa interior y el falso del vestido, justo en el momento en que el estilista llegaba a hacerme mi peinado. Entre Candace que me arreglaba el vestido, Linda que arreglaba el velo y el estilista me estaban preparando me estaban volviendo loca… Cuando finalmente estuve lista, a eso de las cinco y media de la tarde, me miré al enorme espejo que estaba instalado en mi pieza y me vi con el vestido blanco, el peinado y el ramo… sentí algo tan especial, tan hermoso y tan cálido que me emocioné demasiado, pero no quise llorar porque se me correría el maquillaje; Linda y Candace me miraron desde la puerta y ellas si se pusieron a llorar, pues aún no estaba arregladas. Justo en ese momento, mi celular sonó: era Frankie.
- ¿Qué haces? –me preguntó, con voz temblorosa.
- Me estoy mirando al espejo, ya estoy lista… -dije, riendo nerviosa- ¿Y tú?
- Yo voy saliendo para la Iglesia a recibir a los invitados… pero me iré cuando logre salir del baño, ¡me duele la pancita de los nervios!
- Ya cálmate, mi amor… -volví a reír- Ya nos veremos allá, te amo.
Colgué el celular y miré a mi amiga y a mi suegra, conteniendo la risa.
- Creo que a Frankie le dio una indigestión por los nervios.
Las tres nos largamos a reír, y luego ellas se fueron a otro cuarto a arreglarse y partieron a la Iglesia antes que yo, justo cuando Jimmy llegó a buscarme para acompañarme a la Iglesia en el auto; al verme, mi amigo quedó boquiabierto.
- Becca… -musitó- Te ves… te ves despampanante, Frankie de irá de espaldas cuando te vea.
- Eso espero, ¿tú crees que así será? –pregunté, ansiosa.
- Estoy seguro, así será.
Mi amigo y yo esperamos pacientemente, hasta que el citófono del departamento sonó, era el auto, nos estaba esperando abajo y teníamos que bajar; salí del mi casa caminando a toda prisa, pero Jimmy me hizo calmarme y me ayudó a entrar al ascensor con el vestido tan grande. Llegamos a la calle, nos subimos al auto y nos pusimos en marcha a la Iglesia, yo iba retorciéndome las manos, como siempre, pero Jimmy me tomó una mano y me la apretó con fuerza.
- Tranquilízate, todo va a estar bien.
- Sí, ya estoy en esto y no hay marcha atrás, ¿verdad? –dije, ansiosa.
Jimmy y yo volvimos a guardar silencio, pero no nos soltamos de la mano hasta que dimos la vuelta a la esquina y vi la Iglesia, y a Frankie parado en la puerta, recibiendo a todos los invitados; al ver aparecer el auto los chicos lo obligaron a entrar y esperar en el altar, mientras yo me bajaba con ayuda de Jimmy y caminé hasta la entrada, donde estaban Mikey, Ray, Gerard y Bob.
- Te ves hermosa, Becca… -dijo Ray, sonriendo.
- Muchas gracias, Ray. –respondí, abrazándolo.
Todos los chicos me abrazaron, felicitándome, hasta que llegué frente a Gerard y tuve la firme intención de pasar de largo, pero él me detuvo agarrándome del brazo.
- Mi amigo… -se detuvo, pero continuó- Frankie es un hombre muy afortunado, lo digo en serio.
Gerard y yo nos miramos a los ojos, firmemente, pero luego los dos esbozamos una pequeña sonrisa, que me hizo sentir que ya todas las rencillas habían quedado en el pasado, todo iría bien de ahora en adelante. Los chicos entraron y yo me quedé sola a la salida, esperando a que la marcha nupcial empezara; cuando oí las primeras notas de la marcha me sorprendí al descubrir que venían de una guitarra eléctrica, y más me emocioné cuando entré a la Iglesia y vi que quien tocaba era Frankie, de pie frente al altar con "Pansy", otra de sus guitarras favoritas. Al verme entrar Frankie quedó completamente embelesado, pero sonrió dulcemente y siguió tocando, hasta que llegué a su lado, se sacó la guitarra, se la dio a su padre y me tomó la mano, mirándonos a los ojos.
- Eres hermosísima, ¿te lo había dicho alguna vez? –musitó.
- Creo que un par de veces hace tiempo. –respondí, sonriendo.
Nos miramos y sonreímos, y luego nos paramos frente al sacerdote y la ceremonia comenzó; ante la pregunta de "Si alguien se opone que hable ahora o calle para siempre", no pude evitar mirar a Gerard, esperando a que dijera algo en contra mía, pero él y los chicos, incluido Frankie, se largaron a reír, pues mi cara de susto les causó mucha gracia, y en vista de que nadie se oponía la ceremonia continuó. Nos tocó leer los votos de amor que cada uno debía escribir para el otro, y yo comencé leyendo el mío.
- Cuando tenía dieciséis años me fui de mi casa… -comencé, lentamente- En los bolsillos apenas llevaba dinero para un pasaje de autobús y llevaba mi corazón destrozado, pero apenas salí de mi casa tuve el presentimiento de que mi vida cambiaría y que no volvería a estar sola, como había estado hasta ese entonces… Hoy, seis años después, estoy aquí, frente al altar de una iglesia y frente a los seres que nos aman para agradecerte, Enano loco, por haber entrado a mi vida justo cuando… -mi voz se quebró por las lágrimas- Cuando comenzaba a creer que mi destino era quedarme sola por siempre… El despertar cada mañana con tu rostro junto al mío, que mi mundo se llene del sonido de tu risa, de los acordes de tu guitarra, de tu voz y tus silencios, es todo lo que siempre soñé. Te amo, Frankie, y te amaré desde ahora y para siempre, mientras respire y mientras este corazón lata, sólo por ti.
Frankie me miró y se secó los ojos, pues se le habían llenado de lágrimas; cuando suspiró un poco, provocando una risa entre nuestros invitados, sacó un papel arrugado del bolsillo de su chaqueta y lo miró con detenimiento.
- Recuerdo el día que te conocí, atrás del mostrador de tu tienda; fui a hacerme un tatuaje en la barriga, a pesar de que todos se burlaron de mi idea descabellada… - nuestros amigos se largaron a reír- Quién iba a decirme que "Search And Destroy" me llevaría a ti, la mujer de mi vida, y que por cosas del destino estuve a punto de perderte; pero aquí, frente a nuestros amigos y frente a Dios, te prometo que dedicaré cada día de mi vida a hacerte feliz, Becky, y te prometo que te amaré para toda la vida, hasta que Dios decida llevarme de este mundo. También te prometo que te haré reír y te contaré chistes cuando te sientas mal y cuando las cosas vayan mal, pues dedicaré toda mi vida a ti, pues tú eres mi corazón y mi alegría… -Frankie me miró a los ojos, sonriendo dulcemente- Te amo, Nena, nunca lo olvides. Tu Enano.
Todos los que estaban en la Iglesia aplaudieron, enternecidos, mientras nosotros dos sólo nos tomábamos de las manos y chocábamos nuestras frentes, en vista de que aún no podíamos besarnos. Llegamos a la parte en que debíamos ponernos los anillos, Frankie y yo nos pusimos frente a frente, él tomó mis manos entre las suyas y sacó una cajita de su bolsillo, la abrió y vi relucir a la luz de los candelabros de la Iglesia dos argollas de oro; sacó una y la puso en mi dedo, mirándome a los ojos.
- Rebecca, toma este anillo como señal de mi amor eterno. –dijo, sin dejar de sonreír.
Yo tomé el otro anillo, lo puse en su dedo anular izquierdo y también lo miré a los ojos.
- Frank, toma este anillo como señal de mi amor eterno. –repetí, sonriendo también.
Una vez puestos los anillos, nos tomamos de la mano y volvimos a mirar al sacerdote.
- Frank Anthony Iero-preguntó él- ¿Aceptas por esposa a Rebecca Marie Wright, para amarla, cuidarla y respetarla todos los días de tu vida, hasta que la muerte los separe?
- Por supuesto que sí… -Frankie rió, nervioso- Quiero decir sí, acepto.
- Y tú, Rebecca Marie Wright, ¿aceptas por esposo a Frank Anthony Iero, para cuidarlo, amarlo y respetarlo todos los días de tu vida, hasta que la muerte los separe?
- Sí… -musité, emocionada- Sí, acepto.
- Entonces, en el nombre de Dios, y por el poder con que se me ha envestido, los declaro marido y mujer. –el sacerdote sonrió- Frank, ya puedes…
Ni siquiera dejamos que el sacerdote terminara, cuando ya me estaba arrojando a los brazos de mi ahora esposo, fundiéndonos en un apasionado beso casi de película, pues Frankie me agarró de la espalda y me inclinó, recostándome entre sus brazos; todos en la Iglesia dieron una risotada general y estallaron en un aplauso, ¡por fin nos habíamos casado, después de todo lo que nos costó! Salimos tomados de la mano de la Iglesia, corriendo por el pasillo, cuando en la entrada nos encontramos con los chicos de la banda, además de Candace y Jimmy, mis amigos, y nos bombardearon con granos de arroz con premeditación y alevosía, maliciosamente; nos fuimos a la recepción, la cena comenzó y nuestros amigos comenzaron a decir sus discursos, expresándonos sus buenos deseos y felicidades. Nosotros sólo nos mirábamos, emocionados, sin poder creer que lo que nos había costado tanto trabajo por fin se hubiera hecho realidad; luego vino todo lo típico, bailamos el Vals de los Novios, yo bailé con Chuck, mi suegro y Frankie bailó con Linda, mi suegra, pero sencillamente no podíamos dejar de mirarnos, embelesados el uno con el otro. Vino la cena, vino el baile, arrojé el ramo y Candace, mi amiga, lo atrapó casi sin problemas, miró a Jimmy, con complicidad, y entonces supe que eso ya estaba más que arreglado; luego, a eso de las dos de la mañana, los invitados comenzaron a irse lentamente, Frankie y yo los despedimos a todos amablemente, entre abrazos y felicitaciones, hasta que se fue el último de todos y sólo quedamos los chicos de la banda, los padres de Frankie y nosotros dos.
- Ya deberían irse al resort, ¿o no? –dijo Mikey, guiñándonos un ojos.
- Sí, creo que ya podemos irnos. –respondí, tomando la mano de mi esposo.
Nos despedimos de los chicos, de mis suegros, nos subimos al auto y partimos en dirección a Los Angeles, cerca del Orange County; Frankie y yo íbamos sentados en la parte de atrás, él rodeaba mi espalda con sus brazos y yo iba recostada en su pecho, con los ojos cerrados y sin decir nada. Llegamos al resort, nos dieron nuestra llave y nos fuimos a la última cabaña, la más grade y alejada de todas, caminado lentamente de la mano, por un camino iluminado con antorchas y cubierto de pétalos de rosas; cuando llegamos frente a la puerta Frankie la abrió, me miró y me tomó en sus brazos, al tiempo que yo soltaba una risotada nerviosa. Entramos, vimos todo delicadamente decorado, la cama con las sábanas blancas, todo rodeado de pétalos de rosas rojas, y una botella de champaña en una cubitera con hielo, todo iluminado suavemente con unas velas… Frankie se dirigió a agarrar la botella de champaña, pero yo lo tomé de la mano, lo detuve y lo atraje frente a mi, agaché la cabeza y él comenzó a acariciarme cabello, ambos con los ojos cerrados; Frankie buscó suavemente mis labios, besando mi frente, mis mejillas, hasta llegar a mi boca y nos fundimos en un beso apasionado e incontrolable, rodeé su cuello con mis brazos y él se abrazó fuertemente a mi cintura, acariciando mi espalda de arriba abajo hasta que encontró el primer broche del corsé de mi vestido, y comenzó a abrirlos todos lentamente, uno por uno, hasta que los sacó todos y el corsé cayó suavemente, dejándome sólo en un conjunto de ropa interior blanca; yo le saqué la corbata, sin prisa, mirándolo a los ojos en todo momento, besando sus labios nuevamente, le saque el esmokin, desabroché los botones de su camisa y lo dejé sólo con los pantalones…
Frankie me sacó el faldón del vestido, se agachó frente a mí y comenzó a subir por mi cuerpo, besándolo, hasta que llegó hasta mis labios, nos abrazamos fuerte y él me tomó suavemente, acostándome en la cama, lo ayudé a sacarse los pantalones, sin dejar de besarnos desesperadamente en los labios, él comenzó a bajar por mi cuello, mis pechos, mi vientre, mientras yo cerraba los ojos y me mordía el labio inferior, para controlar tanta pasión y tanto placer retenidos por tanto tiempo… Justo antes de que finalmente consumáramos nuestro matrimonio, cuando él estaba a punto de entrar en mí, Frankie me sujetó la cara y nos miramos a los ojos…
- He esperado tanto este momento…No sólo estos meses, sino toda mi vida. –musitó, besándome.
- Yo también, mi amor… hazme tuya. –suspiré, fundiéndonos en un apasionado beso.
Frankie y yo nos miramos a los ojos, él se afirmó de mis caderas y, lentamente, lo sentí entrar en mí; fue un momento sublime, después de tanto tiempo sin tenerlo, sin besar sus labios y sin sentir su piel sobre la mía, ahora volvíamos a unirnos en un solo cuerpo, al consumar este matrimonio tan anhelado y esperado. Frankie cerró los ojos, me besaba las mejillas y el mentón mientras masajeaba mis pechos intensamente, y yo me aferraba a su espalda y mordía su cuello, gimiendo y dejando salir poco a poco el inmenso placer que sentíamos. Estuvimos así un buen rato, disfrutando lentamente de aquel momento mágico, hasta que no pudimos más y, en un grito lleno de placer, ambos llegamos al orgasmo… Caímos rendidos de tanto placer, Frankie se recostó en mi pecho, entrelazando mis dedos con los suyos, suspirando y gimiendo, felices y agotados; nos metimos bajo las sábanas y, abrazados y besándonos, estuvimos haciendo el amor toda la noche y, cuando llegó el amanecer, lo hicimos nuevamente. Ahora éramos los dos, él y yo, un nuevo ser, una nueva vida… Frankie y yo no nos separaríamos nunca más y, a su lado, nunca más volví a sentir ese vacío horrendo dentro de mi corazón, un vacío que se llenó con el color de sus ojos y el dulce sabor de sus besos, grabados en mi piel, al igual que los tatuajes que nos hacíamos de vez en cuando y que nos llevaron a conocernos y amarnos, para toda la eternidad.
Fin.