El Gris de un día de tormenta predominaba en el cielo de su alma. Poca luz penetraba en ese oscuro páramo en el que se había convertido su mundo espiritual. El único sonido que se escuchaba era el continuo y ensordecedor silbido del viento. Ese viento que azotaba sus sentimientos y no le permitía ni un segundo de paz, ni un pequeño respiro. Ni siquiera podía ya sonreír porque el continuo murmullo del dolor atormentaba su corazón. Si mirabas con un poco de atención el profundo azul de sus ojos podías adivinar el incontrolable huracán que abatía sin piedad el océano que constituían sus pensamientos. Sus ojos eran realmente una ventana abierta al profundo abismo en el que se hundía y naufragaba su ilusión. Pocas cosas ya constituían un estimulo.
Pocas ganas ya le quedaban para enfrentarse al continuo reto de sobrevivir. Definitivamente la vida había ganado la batalla en la que se había visto envuelto sin haberlo requerido. Definitivamente se sentía rendido ante esa realidad tan desesperanzadora que es la vida cuando tienes la capacidad de pensar. Se había dado cuenta de que solo los necios o los locos podían ser felices y por desgracia el no estaba loco.
Sin previo aviso, sin esperarlo, un día la vio. Se cruzo en su campo visual como una flecha que se clava en una manzana. Y de esa misma manera la luz que irradiaba su cara irrumpió en su triste y desolado mundo quebrantando la imperturbable oscuridad, el incesante dolor, la continua desesperanza. Solo contemplar su rostro provoco una reacción tan inesperada que su gris interior se vio iluminado por un repentino rayo de luz, tan brillante, que cegaba aquellos desgarradores sentimientos que le atormentaban. Un tímido cruce de miradas. Su primer pensamiento racional fue pensar que semejante belleza jamás podría anidar en un terreno tan árido. Sin embargo algo de aquella oscuridad también atrajo a aquel ángel de esperanza. Irrumpió en su mundo quebrantando la dura corteza, consiguió que floreciera algo hermoso en aquella tumba cerrada. Entonces…….se amaron.