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L.
A. :
Indie-pop
de alta definición. La luz mas cegadora del 2009.
Es
aun un pequeño secreto. Pero con destino grande. Muy grande. Y
no hablo de cifras prosaicas. Sino de impacto perenne. De ese que
anida en el legado de artistas especiales a la mejor memoria
colectiva. De hecho, los escasos privilegiados expuestos ya a su
alcance compartimos asombro total y enriquecedora abducción a
un nirvana de laptop-pop
orgánico, del que cuesta bajar de nuevo a tierra.
No
es para menos. Pese a mi experiencia personal uno no se encuentra
así, de golpe, con un diamante no ya en bruto sino pulido y
reluciente. Con algo tan imprevisto como inspirado. Con canciones tan
espectaculares y a la vez tan frágiles y palpitantes. Con su
imposible equilibrio entre espacios abiertos, agrestes o
puntillistas(Stop
the clocks)
y seducción nocturna(Evening
Love).
Como los grandes discos, Heavenly
hell
afronta nuevos territorios con un bagaje adorable de resonancias
familiares que lo hacen aun mas atractivo, mas próximo. Algo
que lo eleva a la misma sino a mayor altura de trabajos y artistas
que comparten –por fin en España ya no llegamos tarde-
afinidad e interacción comunes. Es decir, un Yellowstone con
horizonte propio que compite en magia y argumento con the
Shins,
Death Cab for Cutie, Arcade Fire
o Postal
Service,
pero en misión suicida.
Escamado
de tanta moto vendida, cuando Carlos Mariño me advirtió
que tenía el grupo ideal de Bulevar no pude evitar el inicial
recelo. Un error reparado al comprobar que L.A.
no solo era el grupo del sueño de Bulevar sino de cualquier
programa, medio o aficionado. Y es que L.A.
es responsable de la mayor arma de depuración emocional masiva
que amenaza el pop en 2009. De un disco que otorga una nueva
dimensión al termino agridulce.
A esa dualidad afectiva que ilumina la mejor música. Desde su
título, Heavenly
Hell,
al inditrónico corte que lo cierra, es un himno personal al
mejor indie-rock
americano irrigado de gloriosos estribillos(Perfect
Combination),
ribetes silvestres, raptos anglófilos -¿Pulp?,
no,
mas bien Phoenix-
y una incesante espuma de mil detalles preciosos y, lo mejor,
precisos. Pero, en especial, de una luminosidad de cristal puro que
te invade, que cruza torrentes emocionales de guitarras
electroacústicas, trenzados electrónicos y apuntes
existenciales y que inunda unas maravillosas melodías
transidas de esa dualidad agridulce que ya quisieran las bandas
mencionadas.
Heavenly
hell
es todo un monumento sonoro al pop de refugio de montaña en
pleno deshielo primaveral. Un seductor enjambre de burbujas
ensoñadoras, arrebatos líricos y audaces contoneos de
baile, difícil de imaginar. De melancolías animadas que
discurren con esa elegante placidez de mañana de domingo o
saltan a la pista horas mas tarde. Pero que enmarca, sobre todo, la
irrupción en el panorama de un nuevo talento.
L.A.
no es, para nada, otro nombre de siglas pretenciosas. Responde
simplemente a un nombre.
Al
del elfo anónimo capaz de facturar él solito el disco
mas deslumbrante del nuevo planeta pop. L.A.
es Luis
Albert Segura,
un genio recluso
en
su Mallorca insular con un notable background
que recorre la resaca grunge
y taciturna de Glycerine
o las baterías de The
Nash
o Valendas,
con cuyo guitarrista, Toni
Noguera,
comparte adicción por Jellyfish
y horas de estudio. Es también el cabecilla de Dreamville
Records, sello local donde ha editado sus tres previas entregas:
Grey Coloured Melodies
(2005), BellFlower
Blvd(2006)
y Wellcome
Halloween
(2007).
Pero,
olvida el pasado. La historia de L.A.
arranca aquí y ahora. Heavenly
hell
es su nuevo punto de partida. Deja atrás la belleza
indie-folkie
de esos trabajos -Me
han servido para comprobar que podía grabar discos apreciables
a lo Elliot
Smith,
en el pasillo de casa. Era el momento de dar el salto- para
lanzarse al sueño de su vida. Un proyecto de proporciones
épicas que le ha supuesto la fantasía cumplida pero
también la quiebra sentimental y económica.
Lo
primero, la ruptura con su chica tras 13 años de pareja.
Lo
segundo, porque tuvo que esquilmar sus ahorros en sortear los 2 años
de encierro en el estudio de Noguera -quien, a su vez, tuvo que
reestructurarlo y ampliar su colección de cachivaches para
afrontar titánica empresa- a la búsqueda del sonido
perfecto. Para temas como Private
lullaby
-el mas beatlemano- llegaron a utilizar 90 pistas. Sin contar
vocoders,
voces regrabadas en 5 pistas, etc..
La pena es que estábamos tan abstraidos en
el
dia a día que olvidamos grabar un video testimonial de
semejante odisea.
Una locura sin limite de tiempo ni dinero que incluye registros tan
peregrinos como el roce distorsionado de un barra de pan contra un
Mondo Sonoro. Eso fue en Elizabeth,
otra de las joyas mas destacadas, realizada en 40 pistas y donde la
voz, la otra gran sorpresa de L.A.
intuye a un Eddie
Veder
lírico cantando en Eurythmics.
La verdad es que siempre me he visto mas cerca de Grant
Lee Philips
que de Vedder.
Creo que mis influencias están mas en Ryan
Adams
aunque soy una esponja que absorbe de todo, desde Tom
Petty
a Orson
o the Feeling.
Soy de los que aun compran discos.
Pero
semejante despliegue de pistas, instrumentos, displays
digitales y meses de estudio no se traduce en un mastodonte épico
sino en un álbum liviano de cortes breves e infecciosa
impronta. De canciones y melodías e-m-o-c-i-o-n-a-n-t-e-s
donde prima el detalle. Minúsculos pero mágicos
efectos: la campanitas que circundan Elizabeth,
el tick
tack
o las mandolinas de Stop
the Cloks,
melotrones invisibles, chisporroteos electrónicos(Pain
relieving),
las orquestaciones sintéticas de Evening
Love
o los teclados juguetones de Heavenly,
otra bomba de resonancias seráficas inflamada por un increíble
falsete.(Estaba
obsesionado con la subida vocal del estribillo y de pronto me vino la
idea del falsete mientras estaba sentado en el water de casa…llegué
al estudio y funcionó).
Heavenly
Hell
es uno de esos fantásticos trabajos que como Death
Cab For Cutie,
hace facil lo difícil. Tan ligero como incisivo. Cálido
e intimista incluso en la pista de baile. Y conducido por esa voz,
transparente, cuyo bisturí traza corte profundo. La del
polivalente protagonista que, junto aportes del productor Noguera,
es responsable de todos los instrumentos y sonidos del álbum
aunque para el directo se ha agenciado una sólida banda con
caras conocidas: Angel
Cubero(Vancouvers, Mineralwater, etc); Carlos Pilan (Sexy Sadie );
Toni Alorda y Pep Mulet.
Y
aun sobran piezas por el camino. Descartes ejemplares como sus
curiosas versiones de Cyndi
Lauper o
de Calling
Occupants (of Interplanetary Craft)
de los canadienses Klaatu
que popularizaran Carpenters.
Solo 11 de los 18 temas grabados irán en esta insólita
exhibición de un talento capaz de abrir fronteras mentales y
físicas. Música sanadora, como decían antes,
para el cuerpo y el alma. De verdad.
j.
maría rey