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Ettiene Ortiz


Last Updated: 1/5/2010

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Monday, January 26, 2009 

Category: Life

"¿Quien me presta una escalera

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno?"

Antonio Machado.





Hace unos días el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se refirió a
Jesús como el más grande socialista de la historia. No me interesa aquí
hacer una defensa o un ataque de su persona. Sólo quisiera hacer
algunas observaciones sobre una típica reacción que causaron sus
palabras por diversas partes del mundo.





Tal vez decir que Jesús era socialista es como decir que Tutankamón era
egipcio o Séneca era español. No deja de ser una imprecisión semántica.
Sin embargo, aquellos que en este tiempo se han acercado a mí con cara
de espantados por las palabras del "chico malo" ¿lo hacían en función
de algún razonamiento o simplemente en función de los códigos impuestos
por un discurso dominante?





En lo personal, siempre me ha incomodado el poder acumulado en un solo
hombre. Pero si el señor Chávez es un hombre poderoso en su país, en
cambio no es él el responsable del actual orden que rige en el mundo.
Para unos pocos, el mejor orden posible. Para la mayoría, la fuente de
la violencia física y, sobre todo, moral.





Si es un escándalo imaginar a un Jesús socialista, ¿por qué no lo es,
entonces, asociarlo y comprometerlo con la cultura y la ética
capitalista? Si es un escándalo asociar a Jesús con el eterno rebelde,
¿por qué no lo es, en cambio, asociarlo a los intereses de los
sucesivos imperios —exceptuando el más antiguo imperio romano? Aquellos
que no discuten la sacralizad del capitalismo son, en gran número,
fervientes seguidores de Jesús. Mejor dicho, de una imagen particular y
conveniente de Jesús. En ciertos casos no sólo seguidores de su
palabra, sino administradores de su mensaje.





Todos, o casi todos, estamos a favor de cierto desarrollo económico.
Sin embargo, ¿por qué siempre se confunde justicia social con
desarrollo económico? ¿Por qué es tan difundida aquella teología
cristiana que considera el éxito económico, la riqueza, como el signo
divino de haber sido elegido para entrar al Paraíso, aunque sea por el
ojo de una aguja?





Tienen razón los conservadores: es una simplificación reducir a Jesús a
su dimensión política. Pero esta razón se convierte en manipulación
cuando se niega de plano cualquier valor político en su acción, al
mismo tiempo que se usa su imagen y se invocan sus valores para
justificar una determinada política. Es política negar la política en
cualquier iglesia. Es política presumir de neutralidad política. No es
neutral un observador que presencia pasivo la tortura o la violación de
otra persona. Menos neutral es aquel que ni siquiera quiere mirar y da
vuelta la cabeza para rezar. Porque si el que calla otorga, el
indiferente legitima.





Es política la confirmación de un statu quo que beneficia a una clase
social y mantiene sumergida otras. Es político el sermón que favorece
el poder del hombre y mantiene bajo su voluntad y conveniencia a la
mujer. Es terriblemente política la sola mención de Jesús o de Mahoma
antes, durante y después de justificar una guerra, una matanza, una
dictadura, el exterminio de un pueblo o de un solo individuo.





Lamentablemente, aunque la política no lo es todo, todo es política.
Por lo cual, una de las políticas más hipócritas es afirmar que existe
alguna acción social en este mundo que pueda ser apolítica. Podríamos
atribuir a los animales esta maravillosa inocencia, si no supiésemos
que aún las comunidades de monos y de otros mamíferos están regidas no
sólo por un aclaro negocio de poderes sino, incluso, por una historia
que establece categorías y privilegios. Lo cual debería ser suficiente
para menguar en algo el orgullo de aquellos opresores que se consideran
diferentes a los orangutanes por la sofisticada tecnología de su poder.





Hace muchos meses escribimos sobre el factor político en la muerte de
Jesús. Que su muerte estuviese contaminada de política no desmerece su
valor religioso sino todo lo contrario. Si el hijo de Dios bajó al
mundo imperfecto de los hombres y se sumergió en una sociedad concreta,
una sociedad oprimida, adquiriendo todas las limitaciones humanas, ¿por
qué habría de hacerlo ignorando uno de los factores principales de esa
sociedad que era, precisamente, un factor político de resistencia?





¿Por qué Jesús nació en un hogar pobre y de escasa gravitación
religiosa? ¿Por qué no nació en el hogar de un rico y culto fariseo?
¿Por qué vivió casi toda su vida en un pueblito periférico, como lo era
Nazareth, y no en la capital del imperio romano o en la capital
religiosa, Jerusalén? ¿Por qué fue hasta Jerusalén, centro del poder
político de entonces, a molestar, a desafiar al poder en nombre de la
salvación y la dignidad humana más universal? Como diría un xenófobo de
hoy: si no le gustaba el orden de las cosas en el centro del mundo, no
debió dirigirse allí a molestar.





Recordemos que no fueron los judíos quienes mataron a Jesús sino los
romanos. Aquellos romanos que nada tienen que ver con los actuales
habitantes de Italia, aparte del nombre. Alguien podría argumentar que
los judíos lo condenaron por razones religiosas. No digo que las
razones religiosas no existieran, sino que éstas no excluyen otras
razones políticas: la case alta judía, como casi todas las clases altas
de los pueblos dominados por los imperios ajenos, se encontraba en una
relación de privilegio que las conducía a una diplomacia complaciente
con el imperio romano.





Así también ocurrió en América, en tiempos de la conquista. Los
romanos, en cambio, no tenían ninguna razón religiosa para sacarse de
encima el problema de aquel rebelde de Nazareth. Sus razones eran,
eminentemente, políticas: Jesús representaba una grave amenaza al
pacífico orden establecido por el imperio.





Ahora, si vamos a discutir las opciones políticas de Jesús, podríamos
referirnos a los textos canonizados después del concilio de Nicea, casi
trescientos años después de su muerte. El resultado teológico y
político de este concilio fundacional podría ser cuestionable. Es
decir, si la vida de Jesús se desarrolló en el conflicto contra el
poder político de su tiempo, si los escritores de los Evangelios, algo
posteriores, sufrieron de persecuciones semejantes, no podemos decir lo
mismo de aquellos religiosos que se reunieron en el año 325 por orden
de un emperador, Constantino, que buscaba estabilizar y unificar su
imperio, sin por ello dejar de lado otros recursos, como el asesinato
de sus adversarios políticos.





Supongamos que todo esto no importa. Además hay puntos muy discutibles.
Tomemos los hechos de los documentos religiosos que nos quedaron a
partir de ese momento histórico. ¿Qué vemos allí?





El hijo de Dios naciendo en un establo de animales. El hijo de Dios
trabajando en la modesta carpintería de su padre. El hijo de Dios
rodeado de pobres, de mujeres de mala reputación, de enfermos, de seres
marginados de todo tipo. El hijo de Dios expulsando a los mercaderes
del templo. El hijo de Dios afirmando que más fácil sería para un
camello pasar por el ojo de una aguja que un rico subiese al reino de
los cielos (probablemente la voz griega kamel no significaba camello
sino una soga enorme que usaban en los puertos para amarrar barcos,
pero el error en la traducción no ha alterado la idea de la metáfora).





El hijo de Dios cuestionando, negando el pretendido nacionalismo de
Dios. El hijo de Dios superando leyes antiguas y crueles, como la pena
de muerte a pedradas de una mujer adúltera. El hijo de Dios separando
los asuntos del César de los asuntos de su Padre. El hijo de Dios
valorando la moneda de una viuda sobre las clásicas donaciones de ricos
y famosos. El hijo de Dios condenando el orgullo religioso, la
ostentación económica y moral de los hombres.





El hijo de Dios entrando en Jerusalén sobre un humilde burro. El hijo
de Dios enfrentándose al poder religioso y político, a los fariseos de
la Ley y a los infiernos imperiales del momento. El hijo de Dios
difamado y humillado, muriendo bajo tortura militar, rodeado de pocos
seguidores, mujeres en su mayoría. El hijo de Dios haciendo una
incuestionable opción por los pobres, por los débiles y marginados por
el poder, por la universalización de la condición humana, tanto en la
tierra como en el cielo.





Difícil perfil para un capitalista que dedica seis días de la semana a
la acumulación de dinero y medio día a lavar su conciencia en la
iglesia; que ejercita una extraña compasión (tan diferente a la
solidaridad) que consiste en ayudar al mundo imponiéndole sus razones
por las buenas o por las malas.





Aunque Jesús sea hoy el principal instrumento de los conservadores que
se aferran al poder, todavía es difícil sostener que no fuera un
revolucionario. Precisamente no murió por haber sido complaciente con
el poder político de turno. El poder no mata ni tortura a sus adulones;
los premia. Queda para los otros el premio mayor: la dignidad. Y creo
que pocas figuras en la historia, sino ninguna otra, enseña más
dignidad y compromiso con la humanidad toda que Jesús de Nazaret, a
quien un día habrá que descolgar de la cruz.+ (PE)





(*) Jorge Majfud, uruguayo, profesor en The University of Georgia