Es fiesta mayor. Estoy en casa, relajado, disfrutando… me encanta saber que en mi bloque y en todos los de alrededor no hay nadie; que todos están fuera, lejos… y me han dejado solo, una enorme parcela de oxígeno.
La ciudad tiene un mejor aspecto así cuando estoy encerrado en casa.
Leo, escribo, veo películas, me recreo en mi ocio… y ni un solo ruido que me perturbe, ni una sola señal de vida más allá de la ropa colgada en el tendedero del bloque de enfrente.
Al día siguiente me dio por salir un rato. La noche empezó bien cenando con los amigos, pero llegó el momento temido: entrar en el recinto de la fiesta mayor, con sus puestecitos, sus atracciones, sus tómbolas…
No aguanto las aglomeraciones, me dan angustia; pero especialmente éstas. En los días de fiesta mayor la mayoría de gente sale con sus mejores galas y se luce, dan la vuelta a la pasarela y juegan al juego de ver si encuentran a algún ex compañero del colegio o instituto para ver si se ha quedado calvo, tiene barriga o sigue soltero. Por cada persona que te encuentras a la que saludas sinceramente te cruzas con 4 que, en otras circunstancias, habrías evitado a toda costa. Pero yo aguanto el tipo; sonrío falsamente mientras mis amigos aparentemente disfrutan de la compañía de la masa. Les envidio.
No se podía andar 10 metros seguidos sin que alguien se parase a saludar a un conocido o familiar, a veces las conversaciones se alargaban… yo los despachaba en segundos. Recordé que había escuchado en un documental hace poco que a Hitler no le gustaba la gente, y empecé a asustarme.
En quince años apenas ha cambiado nada… las mismas caras, las mismas atracciones… solo ha cambiado el precio de éstas y que cada vez las veo más pequeñas, más ridículas, y no entiendo porque hacen filas y esperan minutos para subir.
También han cambiado los autos de choque. No la atracción en sí, sino su gente. Ya no es lo que era la fiesta mayor. Será que me hago grande pero, alrededor de la atracción ya no está la flor y la nata de la garrulería de cada casa, no hay peleas, no hay nadie robando a nadie… solo veo a mindundis de 15 años con los pelos ordenadamente despeinados que seguramente pidan tanda antes de montarse.
En un par de ocasiones me pararon "ei, a ti te he visto en la tele", "si?", "si", "ahh…", "venga, adiós", "¡adiós!". Que enriquecedora es la interacción.
Llega un punto en el que dejo de ver gente de aquí para allá y sólo veo caballos. Relinchan sin parar y me molesta. Mucho. Siento una aguda ansiedad y unas ganas enormes de volver a casa, quitarme la ropa y seguir mi vida de ermitaño.
Estoy sentado en el water mientras escribo esto en el portátil. No encuentro sitio más adecuado.
Seguramente tu leerás esto y pensarás; "puedo estar tranquilo, habla de otro tipo de gente, desde luego yo no soy uno más de la muchedumbre".
Desde luego que no. Tú relinchas de una forma bastante más agradable.